El color de una camiseta marcó la muerte de un hincha

El color de una camiseta marcó la muerte de un hincha

Brayan Amaya fue apuñalado por varios aficionados de Millonarios en un parque de Tunjuelito.

Brayan Amaya

Brayan Amaya junto a sus padres y su hermana mayor. Ellos lo recuerdan como un joven alegre.

Foto:

Archivo particular

Por: Yuliana Narváez Ángel
11 de julio 2019 , 10:26 a.m.

El viernes 31 de mayo de 2019, Brayan Amaya jugaba un partido con sus amigos más cercanos, hinchas del Atlético Nacional, como él. Planeaba un viaje a Chile y esa era su despedida.

Todo transcurría normal. Nadie habría podido pensar que el color de una camiseta iba a ser razón suficiente para que alguien acabara con la vida de este joven de tan solo 19 años.

La inexplicable escena comenzó con el arribo de un grupo de fanáticos del equipo Millonarios al parque El Triángulo, de la diagonal 56 bis sur con carrera 35. Ellos, en vez de llegar con pitos y banderas, lo hicieron con machetes, puñales y bates.

No hubo pelea previa, no hubo ofensas. En ese lugar, el color verde de una camiseta fue el detonante de una agresión que terminó en dolor. Unos ocho hombres comenzaron a amenazar a Brayan y a sus amigos sin medir consecuencias.

Atemorizados, y sospechando un acto de más violencia, varios de los jóvenes que acompañaban al joven huyeron.

Pero él, sin medir reacción, decidió devolverse a rescatar una bicicleta prestada, la cual había quedado abandonada en ese lugar. Fatal error. Lo esperaba un hincha de Millonarios, quien lo vio solo; una presa fácil de ser perseguida en manada. La razón: el color de una camiseta, nada más.

Pedaleó y pedaleó, pero no alcanzó a recorrer ni una cuadra. Lo hirieron con un arma blanca en el tórax. Luchó para seguir caminando hasta un conjunto residencial donde pidió ayuda. Tres mujeres, irónicamente, dos hinchas de su equipo y una de Millonarios lo auxiliaron hasta que una patrulla de la Policía llegó por él.

Hoy, su hermana mayor aún no entiende qué motivó el crimen. “Ese día, los policías me pidieron que viera los videos para reconocer a algún agresor, pero yo a duras penas podía estar de pie. Vi que él intentó defenderse, pero ocho personas lo atacaron”.
El joven, recuerda, quedó inerme. De hecho, cuando llegó al hospital El Tunal sus signos vitales estaban por apagarse para siempre.

Brayan Amaya

Brayan Amaya cumpliría 20 años el 16 de septiembre.

Foto:

Archivo particular

Duro fue el golpe también para la madre de Brayan. “Me llamó su padre. Me dijo que a mi hijo le había sucedido algo grave y me fui al hospital”, cuenta Zoraida Castiblanco. Aún hay dolor en su mirada. Recordó que pese a la gravedad de sus heridas, los doctores trataron de mantenerlo con vida. Durante casi 45 minutos intentaron reanimarlo sin éxito.

Cada miembro de la familia vivió el drama a su manera. “Cuando llegué, el médico me dijo que en cinco minutos hablaba conmigo. Sabía que no eran buenas noticias, luego pasaron con un platón y presentí lo peor”, recuerda con amargura Brenda.

Horas después llegó el padre del joven y a las 10 de la noche el doctor les confirmó la noticia: Brayan estaba muerto.

Nunca nos afectó seguir a equipos diferentes porque era una hermandad. Sabíamos que la amistad estaba primero que los colores

Zoraida se enteró de este dictamen en el camino al centro asistencial. Fue devastador pensar que se iba a despedir de su hijo. “Uno de papá nunca piensa que se va a ir primero”.

Ese día, Brayan se levantó muy temprano y se preparó para encontrarse con Johan*, con quien viajaría a Chile el 4 de junio. Quería estudiar idiomas, ayudarles a su mamá y a sus hermanos menores.

A las 7 a. m., el joven salió de su casa en Ciudad Verde (Soacha) y se fue a Venecia, donde vivía su compañero de viaje. A mediodía visitó a su papá, Rafael Amaya, en el barrio San Vicente, en Tunjuelito. “A las cinco de la tarde, más o menos, tomó una bicicleta prestada y se fue para el parque El Triángulo, donde todos los viernes jugaba fútbol”, contó su hermana. Era un día normal, como otros tantos, pero que terminó en tragedia.

El amor por un equipo

La afición por el Atlético Nacional venía de herencia, su padre era seguidor del equipo. “Al principio amaba al hombre araña y se vestía como él, pero con el paso del tiempo cambió el disfraz por la camiseta verde. Su cuarto estaba lleno de Nacional”, contó su hermana.

Su pasión por el equipo creció tanto que lo seguía a donde fuera. Viajó por toda Sudamérica para acompañarlo. Incluso, las derrotas de los jugadores se volvieron suyas y al final lloraba como si él también estuviera en la cancha, con sus ídolos.

A veces trabajaba con su tío y ganaba dinero para transportarse. “Se crió con buenos valores, era demasiado noble, comprometido y trabajador. No es aceptable que asesinen a alguien que a penas empieza a vivir”, dice Eduardo Gómez, allegado.

Aunque su mamá no compartía que fuera hincha de Nacional, se lo perdonaba porque era un hijo y un hermano respetuoso. “No le gustaba verme enojada, era pacífico y muy organizado. Adoraba a sus hermanitos pequeños que son de mi segundo hogar. Además, la gente lo quería mucho”, recordó su mamá.

Y eso se vio reflejado el 3 de junio, día de sus exequias, pues más de cien personas asistieron al funeral: maestros, familiares amigos e hinchas le dieron el último adiós.

“Locura de la Suramericana, en las buenas y en las malas junto a Nacional. A pesar de adversidades y los malos ratos, la decencia de Brayitan siempre va a estar”, se oía al unísono en las calles del barrio San Vicente. Bombos y vuvuzelas sonaban de fondo.

Su mejor amigo, quien es hincha de Millonarios, no pudo estar el día del entierro porque vive en Chile desde hace un año, pero lo estaba esperando. “Nadie es quién para quitarle la vida a una persona, y menos por una camisa. Por ejemplo, nunca nos afectó seguir a equipos diferentes porque era una hermandad. Sabíamos que la amistad estaba primero que los colores”, afirma Juan David Isaza Cuervo.

Hoy solo podría haber dos alicientes para esta familia. La primera es que ya que ellos nunca podrán entender el por qué del crimen, la justicia actúe y los asesinos paguen, y que los hinchas comprendan que el color de una camiseta no puede valer más que una vida.

A pesar del dolor, una buena noticia le devolvió la esperanza a esta familia. Brayan tenía una novia y está embarazada. “Lo esperamos con felicidad. Ojalá sus ojos sean verdes, como los de mi hijo”, dijo Zoraida. *Esta es la última nota de una serie de crónicas que se publicaron semanalmente. Reflejan el grado de intolerancia al que estamos llegando en la ciudad y la importancia de reflexionar sobre un problema de convivencia y autocontrol que en muchas ocasiones tiene desenlaces fatales. Lea aquí el sexto episodio.

YULIANA NARVÁEZ ÁNGEL
yulnar@eltiempo.com
Redacción Bogotá​

Descarga la app El Tiempo. Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias. Conócela acá

Empodera tu conocimiento

Logo Boletin

Estás a un clic de recibir a diario la mejor información en tu correo. ¡Inscríbete!

*Inscripción exitosa.

*Este no es un correo electrónico válido.

*Debe aceptar los Términos y condiciones.

Logo Boletines

¡Felicidades! Tu inscripción ha sido exitosa.

Ya puedes ver los últimos contenidos de EL TIEMPO en tu bandeja de entrada

Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.