La familia que vive de limpiar panorámicos en una calle de Bogotá

La familia que vive de limpiar panorámicos en una calle de Bogotá

Desde hace nueve años, Gustavo e Isabel convirtieron ese oficio en una empresa familiar.

Familia que limpia panorámicos

Isabel Gómez y Gustavo Espitia (der.) llegaron a Bogotá hace 25 años, luego de que decidieron darles un giro a sus vidas. Los acompaña su hijo Jonathan.

Foto:

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

Por: Marta Noriega
18 de diciembre 2018 , 06:18 p.m.

Gustavo e Isabel llegaron a Bogotá hace 21 años, tratando de escapar de las drogas y el alcohol que los agobiaban en Pereira. Vivían en un barrio peligroso y después de enfrentar varias situaciones en las que sus vidas estuvieron en riesgo, decidieron que debían cambiar. Y así fue. La pareja viajó a la capital del país sin nada más que un bolso.

Cuando Gustavo habla de su oscuro pasado, se le quiebra la voz, pero enseguida surge esa sonrisa que caracteriza a esta familia, y asegura: “Hoy somos superfelices”.

Sonríen casi siempre, o eso intentan. Y para dirigirse a alguien utilizan palabras como ‘reinita’ o ‘hermosa mía’ si son señoras. Ellos son limpiavidrios, y así tratan a sus clientes. Con una sonrisa a flor de piel, les preguntan a los conductores si quieren que les limpien el parabrisas, y la respuesta, que normalmente es amable, hace que su trabajo sea mejor.

La jornada empieza muy temprano. Se levantan a las 2:15 de la madrugada, una hora después ya están montados en una buseta que sale de Tiguaque, uno de los barrios de la punta del cerro de Usme, en el suroriente de Bogotá, un sector que casi siempre está cubierto por una densa neblina.

Después de dos horas largas, la pareja llega al norte de la ciudad, a la calle 127 con carrera 19, por donde baja de oriente a occidente el canal Callejas. Esa es, dicen, su “oficina”. Se esconden debajo de la intersección y se cambian de ropa para no ensuciar su vestido. Sacan los uniformes: unas camisetas rojas que tienen el nombre de cada uno en la espalda y por delante, el mensaje ‘Déjame servirte’. El uniforme lo cambian cada tres meses porque, aseguran, “feos no vamos a salir a atender los clientes”. Por eso, esta pareja y sus hijos son los limpiavidrios más elegantes y organizados de Bogotá.

Los Espitia, por el apellido de Gustavo, siempre permanecen impecables. Los hombres salen de la casa bañados y bien afeitados, y la patrona, o sea Isabel, siempre está maquillada. La pregunta era obvia: si viven en el extremo sur de Bogotá, ¿por qué deben atravesar la ciudad para trabajar y luego para regresar al hogar?

“Por una sencilla razón, mi reina –responde Isabel–, porque aquí, en la calle 127, fue donde empezamos a trabajar hace 9 años, y aquí están nuestros ángeles”.

¿Cuáles ángeles?

“Los que nos cuidan y nos apoyan con los hijos, hermosa mía”, replica de nuevo Isabel con una gran sonrisa que pareciera abarcarle todo el rostro.

Ella es una mujer de carácter fuerte y habla duro, pero si no fuera por esa verraquera que dice tener de pronto hoy no estaría contando la historia. A Isabel muchas veces le tocó pelearse en las calles de los barrios en Pereira para salvar su vida y la de su marido.

Gustavo e Isabel tienen tres hijos: Jonathan, de 27 años; Sebastián, de 26 años y padre de tres niños (Kevin, Santiago y Sofía, de 3, 5 y 6 años), y Jésica, de 24. Pero solo el mayor y la hija menor están terminando sus estudios. Y eso se lo deben, dicen, a dos “ángeles” que les pagan la matrícula.

Familia que limpia panorámicos

La familia de limpiavidrios trabaja desde hace 9 años en la calle 127 con carrera 19, en el norte de Bogotá.

Foto:

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

Isabel cuenta que un día estaban limpiando los vidrios de un carro, y una señora que conducía, al conocer la historia de la familia contada en los segundos de un cambio de semáforo, se ofreció como benefactora de Jésica, y lo ha cumplido religiosamente. Cada 6 meses, esa señora cancela los 5 millones de pesos que vale el semestre de la universidad, y la joven le lleva el certificado de notas como parte del compromiso que hicieron. Ella cursa séptimo semestre de medicina veterinaria en la Universidad Antonio Nariño.

Pero, no obstante esa ayuda, no les ha tocada nada fácil. Ese ángel que se le cruzó un día en el camino paga la matrícula de la universidad, pero la familia debe asumir los demás gastos de manutención de Jésica, quien está dedicada al estudio y por eso no puede trabajar como limpiavidrios. “Ella que se dedique a estudiar, después trabajará”, responde Gustavo mientras limpia el panorámico posterior de un carro.

Lo mismo pasó con Jonathan, agrega Isabel. “Otro ángel le dijo que no podía quedarse limpiando vidrios toda la vida, y desde entonces lo patrocina para que valide el bachillerato”. El mayor de los tres hermanos se graduó esta semana.

En medio de ese giro que le dieron a la vida hace 25 años, Gustavo e Isabel también se acercaron a Dios y, tal vez por eso mismo reparten bendiciones a todos aquellos que los ayudan con alguna moneda o algo para llevar a casa. Siempre hay una fruta, una camisa o incluso algo de maquillaje. “Yo los quiero mucho, son gente muy linda, muy trabajadora, que está tratando de progresar”, dice Stella González mientras espera que Isabel le limpie el panorámico de su auto.

Camila Rodríguez, otra conductora, destaca que esta familia de limpiavidrios es organizada y siempre está uniformada, pero, por sobre todo –dice–, “son muy queridos, primero preguntan si quiere que le limpien el panorámico”.

Y es que si alguien rechaza el ofrecimiento, ellos de inmediato se retiran sin protestar. “Lo más importante es la atención al cliente”, insiste Gustavo mientras toma de la mano a su “reina”, a su “hermosa” mujer, como él se refiere en todo momento a Isabel, quien en realidad es la que lleva las riendas del hogar y dice la última palabra. Por ejemplo, ante la pregunta de si son católicos, Gustavo vacila y responde un cortó “no” entre los dientes, a lo que su mujer le reclama: “Cómo así, claro que sí”. Ante lo cual Gustavo no tiene más remedio que rectificar. “Sí, creo en Dios”, y sonriendo agrega: “Casi me pega mi reina”.

Y, a pesar de que el trabajo de limpiavidrios a penas les da para sus gastos, esta familia ha ido aumentando el número de miembros. Ellos han recogido dos gatos, con los que comparten hasta la cama, y los consienten como si fueran niños, y 10 perros, algunos muy grandes y otros de raza pequeña, que se han vuelto un motivo más de alegría en la casa.

“Estos cachorros”, como ellos se refieren a sus mascotas, los motivan a trabajar más duro para darles la comida, el caldo que preparan con menudencias de pollo para mezclar con concentrado.

Los recogimos de la calle para que se sientan en su casa, no para que sufran más; si nosotros comemos, ellos también comen”, dice Isabel en medio de sus mascotas y con la frustración de que por falta de estudio no tiene un mejor trabajo. “Mi reina, ¿no ve que yo no tengo estudio? Para hacer aseo, yo voy y lo hago; también he vendido arepas, pero de resto nunca he hecho más nada”, asegura esta mujer que sueña también con echar la plancha del segundo piso de su casa, que han construido con esfuerzo en uno de los rincones de Usme. Pero mientras esté estudiando Jésica, ese anhelo no es posible.

“Cambiamos para ayudar a los demás”, dice Gustavo refiriéndose de nuevo a la decisión de abandonar la vida que tuvieron en su natal Pereira, y luego observa a su ‘reina’ y ambos sueltan una risa cómplice.

Ya son las 10:30 de la mañana, y los cachorros deben comer. Los esperan 40 minutos de viaje en TransMilenio, otros 45 en un alimentador y 15 minutos más a pie, hasta llegar a la casa en Tiguaque, para descansar algunas horas porque mucho antes de que se empiece a asomar el sol, Isabel y Gustavo de nuevo tienen que estar de pie y dispuestos a atravesar la ciudad en busca de otros parabrisas para limpiar.

MARTA NORIEGA
Citytv

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