Morir durante la pandemia: funerales vacíos y duelos aplazados

Morir durante la pandemia: funerales vacíos y duelos aplazados

Las víctimas de la covid-19 son cremadas de urgencia, sin rito. Para el resto hay ceremonias breves.

Cementerio sur Serafín

Muchos fallecidos por causas distintas al covid-19 son enterrados igualmente sin ritos funerarios. Imagen del Cementerio Distrital del Sur. 

Foto:

HÉCTOR FABIO ZAMORA

Por: Juan Manuel Flórez Arias
06 de mayo 2020 , 10:24 a.m.

El horno crematorio ya está encendido cuando los dos carros funerarios cruzan la puerta del cementerio Serafín, al sur de Bogotá, entre Usme y Ciudad Bolívar, y el administrador, Carlos Martínez, sale de su oficina con ropa de ejecutivo, guantes y tapabocas, luego de recibir la confirmación: son dos muertos por covid-19.

El primer carro no se detiene, sigue directo hacia la sala de hornos. El otro se queda a medio camino, en una zona demarcada por cintas de seguridad fluorescentes. De él bajan dos hombres vestidos como para una guerra radioactiva: trajes blancos de cuerpo entero, ceñidos a guantes y mascarillas que les cubren casi todo el cuerpo, salvo el espacio de los ojos.

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Carlos guarda 10 metros de distancia e intenta hacer las preguntas de protocolo, pero no logran escucharlo. Los operarios a su vez gritan los nombres de los fallecidos, los repiten varias veces sin éxito, hasta que finalmente se entienden por encima de la tela que les cubre la boca.

Ninguno de los que están allí conoció a las personas a las que pertenecían esos nombres.

Los muertos por el nuevo coronavirus no tienen funeral, no pueden ser acompañados al entierro y, por orden del Distrito, todos los casos en Bogotá son trasladados al cementerio Serafín, frente al relleno sanitario Doña Juana, bajo la instrucción de pasar directamente del carro funerario al horno.

Puede haber 10 personas en cada ceremonia, aunque últimamente muchas veces no llega nadie, solo el cuerpo

Cuando llegan varios, dice Carlos mientras sube la pequeña colina hacia la sala de cremación, los otros deben esperar abajo. Cada cuerpo tarda, en promedio, hora y media en volverse cenizas a una temperatura 1.000 °C.

“En realidad, son más como piedritas de acuario que cenizas. Pesan. Eso de lanzar las cenizas al viento como en las películas es una gran mentira”, dice.

Arriba, la sala –compuesta por tres habitaciones para el público general y una puerta de servicio por la que solo entran los muertos por covid-19– está casi vacía. En el único cuarto ocupado, una mujer llora, derrumbada sobre el ataúd, y tres acompañantes la miran en silencio.

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Carlos explica las reglas que han implementado por la pandemia: “como máximo, puede haber 10 personas en cada ceremonia, aunque últimamente muchas veces no llega nadie, solo el cuerpo”.

Luego, se acerca a la familia y les dice: “Entiendo su dolor, pero acaba de llegar un caso de covid-19, por lo que deben retirarse”. Desorientados, los cuatro salen caminando por el campo que separa los hornos del mausoleo, y se pierden de vista entre las lápidas.

Muertos por covid-19

De los 46 fallecidos que ha dejado el coronavirus en el país, 22 han sido en Bogotá.

Foto:

Cortesía del Cementerio Serafín

El rito suspendido

Más que el lenguaje, la característica que diferencia a los humanos de los animales, para el escritor francés Louis Vincent Thomas, es que ritualizamos la muerte.

“Ninguna otra especie hace algo con un cadáver. Somos la única que sigue viéndolo como parte de la comunidad, como uno de nosotros”, dice Diego Bernal, historiador y secretario de la Red Iberoamericana de Cementerios Patrimoniales.

Por eso, en las primeras horas, tratamos el cuerpo como si siguiera vivo: acomodamos su cabeza en una almohada, del lado correcto del ataúd, e imaginamos dolor en caso de que se caiga o se golpee durante el entierro.

Ese era, hasta ahora, el oficio de los funerarios; aquellos que, en palabras del escritor estadounidense George Saunders, “te vestían como querían, te cosían y te pintaban según hiciera falta”*, construían la imagen que luego los familiares verían.

Pero la pandemia interrumpió esa ceremonia. Las salas de velación reciben a las personas con la invitación de lavarse las manos, los espacios son desinfectados cada dos horas y solo permiten el ingreso de cinco familiares por cada fallecido.

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Los velorios se redujeron de días a horas. “Como la gente tiene cerca la muerte, como siente que la amenaza, entiende y acepta las normas.Hay unos incluso que no están viniendo, por decisión propia: entregan a sus familiares y piden que los entierren sin estar allí”, dice la funcionaria de una funeraria que prefiere mantener su nombre en reserva.

Por las salas transitan cuerpos que nadie llora, que permanecen en la habitación unas horas, por si llega alguien, y que al momento de desaparecer por la puerta del carro fúnebre solo tienen por compañía al operario de turno.

El trabajo funerario es un oficio fundamentalmente retórico, que consiste en nombrar de otra forma aquello para lo que ya existen palabras: ser querido en lugar de cuerpo, cofre y no ataúd, homenaje de amor en vez de exequias.

La novedad, ahora, es encontrar palabras para explicar que quien muere por covid-19 no tendrá ningún rito. “Se hace toda la traza. Nuestro conductor entrega un documento que debe firmarse al pie de la letra para hacer el proceso de cremación, y se le cuenta que no podemos tener contacto con el familiar y que no puede ser velado”, dice Paola Peña, funcionaria de la funeraria Los Olivos.

La parte presencial de ese trabajo, luego de las llamadas y los trámites, recae en los conductores. Fernando** manejaba camiones de carga antes de dedicarse a esto. Hace un año es empleado de Los Olivos y hace unos días le tocó recoger un fallecido por covid-19.

Él siguió el plan al pie de la letra: retiró el cuerpo del domo de plástico en el que lo encontró en el hospital, lo pasó al ataúd, pidió la firma, lo condujo hasta el cementerio Serafín y ayudó a introducirlo en el horno. En el proceso, usó tres trajes de protección distintos.

Lo cuenta como quien repasa una lección y solo al final dice: “Obviamente uno siente miedo. Por mi esposa, por mi hija de 4 años. Porque estoy tratando con una bacteria, algo que no puedo ver, que no puedo sentir, pero para eso contamos con todos los protocolos”.

Antes de despedirse, Fernando me ofrece la mano. La deja extendida un rato hasta que capta que dudo en estrechársela. Entonces dice con énfasis: “Es una señal de respeto”.

Cementerio Serafín

El cuerpo de una persona muerta por covid-19 es ingresado a la sala de cremaciones del cementerio Serafín

Foto:

Cortesía del Cementerio Serafín

Duelos aplazados

Fue la peste la que separó a los vivos de los muertos.

Los cementerios extramuros, fuera de las iglesias, son herederos de epidemias como la del puerto de Pasage (España), en 1781; tras la cual los científicos asociaron la enfermedad con la costumbre de enterrar a los fallecidos en el mismo espacio en el que los fieles se reunían semanalmente.

Otra crisis de salud, el brote de viruela en 1802, justificó el uso del primer cementerio extramuros de la Nueva Granada, el San Juan de Dios, tal como cuenta Diego Bernal en su tesis Entre el éxtasis ilustrado y el miedo espiritual.

Una década antes, con motivo de su inauguración en 1793, el Papel Periódico de la ciudad de Santa Fe de Bogotá publicó un artículo elogiando el hecho como un avance en salud pública.

Uno de sus fragmentos dice: “Con dardos aún más activos / que allá en la troyana guerra / desde el centro de la tierra / los muertos matan a los vivos”.

En algún punto, cuando todo pase, vamos a tener que hacer un duelo colectivo

Pero los cadáveres que dejan las epidemias no son solo una amenaza, también son duelos aplazados. Casi todos los involucrados en el proceso de funerario –conductores, operadores de hornos, funcionarios– repiten cada tanto la misma frase sobre la crisis actual: “Cuando esto pase”. Como con la consciencia común de que el mundo tal cual es hoy no es definitivo, y que habrá tiempo de compensar lo que hemos perdido.

Después de todo, cuando 1.200 personas mueren en un día por la misma causa, como la semana pasada en Estados Unidos, el luto trasciende lo individual. “En algún punto, cuando todo pase, vamos a tener que hacer un duelo colectivo”, dice Bernal.

Ya hay señales de eso. Velaciones virtuales, a través de plataformas como Zoom, que sin reemplazar el rito católico, pospuesto hasta la vuelta a la normalidad, reúnen a suficientes personas para llenar todas las bancas de una capilla, y otorgan a la despedida otra forma de presencialidad: la de poder ver, a través de la pantalla, uno a uno los rostros de los asistentes que, despojados de solemnidad, recuerdan a quien quisieron con palabras o canciones.

El rito se ha transformado también para los que mueren lejos, en medio de la cuarentena, como Frayan Parada, de 18 años, atropellado por un camión en la autopista Sur en Bogotá el 31 de marzo.

Esa noche, en su pueblo, Arboledas, en Norte de Santander, se encendieron velas como homenaje: decenas de llamas en la cancha en la que solía jugar, en el hospital y en las puertas de las casas de vecinos y extraños.

La pandemia no despojó a la muerte de sus símbolos. Esos cuerpos que se acumulan con pudor en los hornos crematorios, a cuyas despedidas nadie asiste, tal vez se parezcan a las almas en pena imaginadas por Saunders, tal vez “no sean tan imposibles de amar como llegamos a creer”.

Los que están al final

Mientras ve alejarse a los cuatro familiares a los que pidió salir de la sala de cremación, Carlos comienza a hablar: “Me acuerdo la primera vez que atendí un servicio. Fue un niño de 12 años que estaba jugando fútbol y se chocó con un muro por estar mirando el balón. Me acuerdo. Yo lloraba mientras le ofrecía el plan exequial a la mamá. Mi jefe de la época me decía: ‘No sirves para esto’ ”.

Es economista. Comenzó como asesor comercial en Jardines de Paz. El campo funerario parecía el más sencillo para un vendedor: sus clientes, muchas veces, no requieren ser convencidos y están dispuestos a pagar sin mirar la cifra.

Sin embargo, dice, el éxito de su oficio pasa justamente por lo contrario: por honrar esa parte del duelo que, inevitablemente, involucra a un extraño en un momento de intimidad ajeno.

“Se habla mucho de las enfermeras y médicos como héroes en la pandemia. Claro, ellos salvan vidas, pero nosotros somos los que estamos con los que murieron hasta el último momento”, dice.

Por dentro, la sala de hornos parece un hospital, a excepción de los cuatro ataúdes agrupados a la derecha, cuya cremación ha sido aplazada por los casos de covid-19.

El primer cuerpo es empujado por los hombres de traje blanco. Va envuelto en una bolsa de plástico, dentro de un cajón, sobre una camilla. Todo, excepto la camilla, es introducido en el horno.

El segundo cuerpo repite el proceso. Luego comienza la desinfección. El operario de horno y los conductores se cambian de traje y lavan con hipoclorito de sodio y alcohol cada elemento involucrado en el recorrido de los ataúdes: las carrozas, las camillas, las puertas de la sala de hornos, el corredor de la sala; lavan, incluso, objetos que ni los cajones, y menos los cuerpos, llegaron a tocar, como si quisieran borrar su propio rastro.

De las 46 muertes por covid-19 en Colombia hasta este 6 de abril, según el Instituto Nacional de Salud, 22 han ocurrido en Bogotá. En una ocasión, cuenta Carlos, llegaron cuatro al tiempo y, como solo hay un horno, la espera en la zona señalizada se extendió por casi 5 horas.

Tras terminar la desinfección, el primer carro funerario baja por la pequeña colina y cruza las puertas del cementerio hacia el exterior.

Carlos sigue hablando: “Hay que ver qué pasa más adelante. Dicen que esto se va a disparar en mayo”. Afuera, entre el cementerio y las montañas, por la carretera pasa una hilera de camiones de basura, camino al relleno sanitario Doña Juana.

* Fragmentos de la novela ‘Lincoln en el bardo’, de George Saunders.
** Nombre cambiado por petición de la fuente.


JUAN MANUEL FLÓREZ ARIAS
EL TIEMPO
En Twitter: @juanduermevela

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