Esas pequeñas cosas / Voy y Vuelvo

Esas pequeñas cosas / Voy y Vuelvo

Urge pensar en los efectos del encierro y en cómo podrían derivar en otras consecuencias.

Cuarentena en Bogotá

Es claro que tantos días de encierro tienden a tornar a la gente impaciente.

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Cesar Melgarejo. EL TIEMPO

Por: Ernesto Cortés
18 de abril 2020 , 09:19 p.m.

Pandemia. La hemos sobrellevado más o menos bien. Que en una ciudad como la nuestra el 75 por ciento de la gente cumpla con el encierro obligatorio es mucha gracia. Hemos sido pacientes con todo: con el confinamiento, el pico y género, evitando a los otros, acostumbrándonos al tapabocas, etc. Y eso está bien. No hay más remedio: es la salud o la vida.
Pero tantos días de encierro tienden a tornar a la gente impaciente si no cuenta con alternativas para distraerse y una dinámica distinta en casa.

Pocos pueden darse esos lujos, hay que admitirlo. Tal vez por eso crecen las voces que piden que los niños puedan ir al parque un rato o se permitan ciertas actividades. Sin embargo, por ahora, no parecieran estar dadas las condiciones para ello. Es la realidad. Así lo ha advertido la alcaldesa Claudia López.

Por lo mismo, urge pensar en los efectos del encierro y en cómo podrían derivar en otras consecuencias. Ya vimos lo que ha causado en términos de violencia intrafamiliar o lo difícil que ha sido para algunos niños y jóvenes recibir clases en sus casas por falta de internet. ¿Los operadores han ofrecido alguna ayuda en este sentido? A lo que voy es a que cuando la gente tiende a percibir el encierro no como un sacrificio sino como una limitación a su espacio vital y su libertad, cualquier incomodidad adicional lo vuelve más propenso a rechazar recomendaciones. Y voy a algunos ejemplos concretos.

Diariamente son reiteradas las críticas a las dificultades de acceder al sistema financiero a pagar una cuota a reclamar un préstamo. Muchos no pueden con la tecnología y las soluciones se demoran. Eso genera irritación. Lo que sucedió esta semana en Corabastos, impedirle a una señora comprar sus víveres porque allá operaba el tema de la cédula, hizo que el hecho se viralizara y llovieran críticas por ello.

El episodio de Corferias y el mal manejo de la información que dieron algunos medios que confundieron arriendo con pago de dotación de 2.000 cubículos de atención y servicios es otro ejemplo. Las redes se deleitaron contra la Alcaldía. Y qué tal el tema de las muestras para detectar contagios por coronavirus. Cuántas deberían hacerse, en qué tiempo, con qué proyecciones. Hay falta de claridad en este asunto que, mucho me temo, ha sido alimentada por el sinnúmero de estudios, diagnósticos y proyecciones que provienen de todos lados: de las y universidades, de grupos médicos, del propio gobierno, de lo que dice un científico europeo o un analista asiático.

Es tal el bombardeo de información que hasta la propia gente empieza a sentir que puede hablar del tema con propiedad cuando eso no es cierto

Es tal el bombardeo de información que hasta la propia gente empieza a sentir que puede hablar del tema con propiedad cuando eso no es cierto. Nuestro asesor médico, Carlos Francisco Fernández, tiene razón cuando asegura que en este tema ha faltado una sola voz que canalice esto. En apariencia es el Instituto Nacional de Salud. Bueno, pues habrá que creerle a él y que sea la comunidad científica, conformada por varios expertos, los que certifiquen si vamos bien o mal. Pero dejar esto a la libre interpretación de la gente solo se traduce en una mayor incertidumbre.

Y finalmente está el asunto de las ayudas. Si algo ha puesto en evidencia esta emergencia, es la falta de información que tenemos como sociedad sobre dónde están los más pobres de los pobres, dónde los informales, dónde los habitantes de calle, dónde los adictos y las personas con problemas de salud mental. Si esa información estuviera clara, tal vez, y solo tal vez, no registraríamos la seguidilla de protestas que se presentaron esta semana en Bogotá.

La alcaldesa Claudia López, que si por algo se ha caracterizado en esta coyuntura es por su capacidad de comunicar, debe entender que son esas pequeñas molestias –mala calidad de internet, demora en ayudas, confusión en Corabastos, Corferias– lo que alimenta la impaciencia. Si la administración advierte desde el primer día sobre los costos reales que tendría el centro de urgencias que se montó en Corferias o si no hubiera habido un teléfono roto con Corabastos o si se mostraran más las ayudas que se están entregando (mostrar, mostrar, mostrar es la clave), tanto la alcaldesa como su equipo se habrían ahorrado varios dolores de cabeza aplicando la máxima que ha sabido aplicar a lo largo de esta emergencia: decir las cosas de frente.

Ahora bien, todo lo anterior no reviste gravedad. Ni siquiera lo del Secretario de Movilidad sesionando desde Buenos Aires, quien perfectamente puede teletrabajar como estamos haciendo muchos; ni lo de Corferias, una información mal interpretada y peor defendida; ni lo de Corabastos, que no pasó de ser un incidente. Pero en tiempos de coronavirus y de encierro total, el hecho de que uno no pueda pagar un recibo o reclamar un mercado se convierte en una tragedia aumentada. Estas pequeñas cosas, que mortifican, incomodan y desesperan, son las que uno cree, como Serrat, que se las lleva el viento. Pero no es así.

¿Es mi impresión o... cada día se ven más carros, más motos y más bicicletas en las calles de la ciudad?

ERNESTO CORTÉS 
EDITOR JEFE DE EL TIEMPO

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