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El viacrucis del peatón / Voy y vuelvo
Peatones en Bogotá

Todos somos peatones, incluso en el carro o en la bici.

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Héctor Fabio Zamora. EL TIEMPO

El viacrucis del peatón / Voy y vuelvo

Todos somos peatones, incluso en el carro o en la bici.

No hay nada como caminar, en el valle o la montaña, en la ciudad o en la selva.

Caminar es la primera gran conquista del ser humano. Esos primeros pasos que regocijan a padres y abuelos se celebran a rabiar, hasta con lágrimas. Somos torpes al inicio, pero a medida que pasan los días nos las ingeniamos para que esos primeros pasos marquen nuestro derrotero hasta el final del camino.

No hay nada como caminar, en el valle o la montaña, en la ciudad o en la selva. Más de 3 millones de viajes al día se hacen ‘echando pata’. Hay un no sé qué en deambular por ahí que nos hace sentir más vivos que ir tras el volante o compartiendo espacio en un bus o, incluso, evadiendo obstáculos en una bicicleta. Caminar vale la pena, aunque te caigas, dice un proverbio. Al caminar se aprecia todo con menos prisa, se detallan los olores, los colores, las formas; se siente el taconeo en el pavimento y se percibe la ciudad tal y como debería hacerse: con todos los sentidos.

(Además: Los Héroes, bien ido | Voy y Vuelvo)

Estamos en el año del peatón, dice la Secretaría de Movilidad. Año para pensar en una ciudad hecha para el ser humano, para el que la camina, para el que va al trabajo, a la escuela, al partido del fin de semana, al supermercado, a sacar la mascota. Siempre el peatón. ¿Y qué ofrece la ciudad para esos pieandantes? Veamos.

Las cebras. Muchas irreconocibles. Deterioradas por la lluvia, el paso de los carros, la falta de mantenimiento. Habrá excepciones, pero la norma debería dictar que sin cebras no hay ciudad posible.

El andén. Diseñados casi que al mismo tiempo que aparecieron los carruajes y después los carros. Era el espacio para que la gente no corriera peligro y sirviera de frontera con el vehículo. Hoy la mayoría de ellos lucen espantosos. No hay cómo empujar un coche o una silla de ruedas; están deteriorados, rotos, vandalizados. Construidos a imagen y semejanza de los constructores de turno, de forma arbitraria, en donde se prioriza el paso del carro antes que el del peatón. Y ahora, copados por decenas y decenas de bicicletas porque comparten la ciclorruta o porque simplemente se quieren proteger de los carros.

Los puentes. El mejor invento para cruzar de un lado a otro sin peligro. Pero hoy están convertidos en sitios peligrosos, muchas veces oscuros, con poco mantenimiento, atestados de ventas informales, de ciclistas que no tienen la decencia de bajarse de ellas. Los puentes ya no son para los peatones, por eso mucha gente prefiere exponerse al cruce de una avenida y por eso pasan los accidentes que pasan.

Los semáforos. Inteligentes, sí, pero para los carros. Cruzar la avenida Suba, por ejemplo, antes lo permitía el semáforo. Ahora no. La gente llega hasta el separador central. ¿La razón? El semáforo inteligente funciona según la cantidad de carros no la cantidad de personas en un cruce, particularmente en horas pico. Y ahora, para colmo de males, se han convertido en el juguete preferido de las protestas: “romper un semáforo es un golpe a la oligarquía” (¿?).

La señalización. Pobre, deteriorada, sin mantenimiento, también vandalizada y vendida como chatarra. El mal comportamiento de la gente también atenta contra el peatón. Que lo digan los manifestantes, quienes, no se sabe con qué absurda lógica, creen que rayar, romper, doblar, deteriorar una señal de tránsito o un semáforo es un derecho. ¡Ignorantes!

Y finalmente está el rediseño de calles barriales. Han puesto reductores de velocidad, en algunas han pintado señales, han demarcado esquinas y demás. Es quizás el cambio más notorio de los últimos años. Pero los conductores protestan. Y los motociclistas se ofuscan. Y alguno que otro vecino se queja: “¿por qué les quitaron espacio a los carros?”, pregunta alguien desde una ventana. Pero estamos en el año del peatón. Al menos se salva eso: la intención y un completo manual para que defendamos nuestro derecho a caminar por la ciudad. Todos somos peatones, incluso en el carro o en la bici.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor general de EL TIEMPO
@ernestocortes28
erncor@eltiempo.com

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