El mayor Aparicio, el policía más viejo, ahora es general

El mayor Aparicio, el policía más viejo, ahora es general

Este jueves fue el ascenso honorario del que podría ser el oficial con más edad del mundo.

El mayor Aparicio, el policía más viejo, ahora es general

Hace 21 años, el mayor Humberto Aparicio, quien ayer fue ascendido a general honorario de la Policía, es el director del museo de esta institución.

Foto:

César Araque

Por: René Pérez
13 de junio 2019 , 07:56 p.m.

En un caso único dentro de las Fuerzas Armadas, cinco días antes de que lo ascendieran de manera directa a brigadier general honorario, el mayor Humberto Aparicio, quizás el oficial activo más antiguo del mundo –tiene 84 años–, dijo con toda la convicción que lo ha caracterizado en sus 62 años como policía: “¿Por qué preferí seguir en el rango de mayor? Noo... ¿general?… No, ese es mucho honor”.

Quizá por las piruetas de la vida, el entonces mayor Aparicio estaba sentado, durante la entrevista, en la misma silla que ocuparon todos los generales que dirigieron la Policía Nacional cuando su sede se encontraba en la calle 9.ª n.º 9-27, en el centro de Bogotá, y que ahora es el museo institucional.

Museo que dirige desde hace 21 años, pero del que conoce sus entrañas desde mucho antes por haberle tocado, como ratón de biblioteca, rescatar en bodegas perdidas objetos que son un tesoro por recoger paso a paso gran parte de la historia de la Policía Nacional.

Ahora, con dos estrellas en sus hombros y un sol de vida que no declina, todas las mañanas hace formar a sus policías y civiles que trabajan en el museo para repetirles en latín que “ser policía es un honor y un enorme compromiso que Dios nos dio”. Y recordarles, más como chiste, que “el policía debe ser elegante en todo… hasta para pecar”.

Con los uniformes propios y no propios de la Policía (carabinero, piloto, teniente, capitán, deportista, entre otros) que mantiene impecables en los clósets de su residencia y sus más de 150 condecoraciones y cientos de reconocimientos que tiene bien organizados en anaqueles y repisas de esta (es el policía que más medallas ha recibido), junto con una carta que conmueve su porte de deportista.

Ser policía es un honor y un enorme compromiso que Dios nos dio

“Esta esquela de gratitud me la envió el papa Juan Pablo ll cuando me hicieron el único atentado que he tenido. Resulta que me preguntaron por televisión por qué me desplazaba solo con el conductor. Yo dije que me bastaba mi único guardaespaldas.

‘¿Quién es?’, me inquirió la reportera. ‘¿Jesucristro’, le respondí”, recordó.

Este sentimiento religioso, heredado de sus padres, lo cultivó aún más siendo adolescente: estuvo interno en una comunidad de frailes franciscanos –“alcancé a vestir el hábito”, dice– y, luego, en el monasterio San Luis, de Ubaté, el cual dejó porque “el régimen era muy severo”.

Paradojas de su vida, pues su actividad marcial (es un militar a ultranza) ha estado marcada por una severidad de tal tamaño que han sido muchas las confrontaciones que se ha ganado. Como el día que, siendo comandante en Bucaramanga, consiguió una avioneta para comprobar desde el aire si sus policías estaban a la hora y en el sitio precisos.

Además de un par de volquetas en la que 30 policías recorrían los sitios peligrosos de la ciudad en un itinerario insospechado: les cambiaba de uniforme cada vez que pasaban por un mismo lugar para que los delincuentes creyeran que la capital santandereana estaba tomada en sus cuatro esquinas por batallones de policías.

Huyeron en estampida a las ciudades vecinas a tal punto que sus autoridades protestaron porque le “estaba exportando bandidos”.

Aparte de que habla inglés, alemán y “algo de español”, es autoridad, al fin y al cabo policía, en mitología grecorromana, aprendida en latín y griego, además de tener un récord mundial que ni siquiera aplicando las leyes de las probabilidades podría darse: llevaba 47 años con el grado de mayor efectivo. Por eso, su especial ascenso es, para él, algo que nunca esperó ni buscó porque se había convencido de que hasta el final de su paso por esta vida llevaría la insignia de la barra y los dos laureles.

Esto lo supo cuando fue promovido a este rango: estaba en comisión en el batallón del Ejército en Pereira cuando recibió la noticia de su ascenso. Como no era una dependencia de la Policía, la respectiva ceremonia no se llevó a cabo. Entonces se fue a su habitación, se paró frente al espejo, se retiró las insignias de capitán, se puso las de mayor y se dijo con voz de mando: ‘¡Queda ascendido a mayor!’

Algo igual de ocurrente hizo como teniente. Desde siempre ha sido seguidor furibundo del fallecido cantante mexicano Pedro Infante. De hecho, fundó y dirige una cofradía de seguidores de este artista y detrás de su escritorio tiene un retrato suyo. Pues bien, para parecerse en algo a su ídolo quiso ser piloto de aviación, como él. Una carrera costosa. Entonces vendió lo que eran sus más preciados haberes: una pistola alemana, un reloj Rolex y un estilógrafo Parker de oro. No se quedó con la sola licencia de aviador sino que fundó la aviación de la Policía.

¿Rarezas? Quizás muchos piensen que sí. Pero la verdad es que el ahora general Aparicio es una máquina de lo insólito. Eso lo supieron los reclusos de la cárcel Modelo el día que se fueron en montonera para salir de un patio a otro y se encontraron con que el nuevo director, claro, el general Aparicio, había colocado en las puertas una especie de semáforos que señalaban, con focos de colores, el momento en que lo podían hacer, respetando una estricta fila y sin nada de alborotos.

Además, a aquellos guardianes que tuvieran mínimo indicio de corrupción los retiró y a los que quedaron les instituyó el “guardián del mes”. A su vez, los “caciques” (jefes de pandillas internas) tuvieron que salir volando nada menos que de las propias dependencias administrativas en donde tenían instaladas “oficinas” para delinquir.

Y otra sorpresa que retumbó en todos los pabellones: “El que no trabaja no come”, les dijo a los sindicados (envió a los condenados a las cárceles penales), y, para que su orden no quedara en el discurso, montó una panadería y talleres de cuanto oficio pudiera hacerse en una prisión. Por eso, el día que lo trasladaron, la Alcaldía lo condecoró… “y delante de los internos”, con quienes casi todos los días ¡desayunaba!

Al cabo de unos pocos años, el balance era como de una próspera y cívica villa

Es difícil creer que una persona que pertenece a las academias de Historia de la Armada, de la Policía, del Ejército; que asiste como poeta a la Casa Silva, que fue cofundador de Coldeportes, que ha escrito once libros de temas costumbristas, que es miembro o invitado permanente de la Academia de la Lengua, del Instituto León Tolstoi, de la Sociedad Santanderista, directivo de la Federación Colombiana de Atletismo y de la Confederación Suramericana de Deportes, que logró que las mujeres ingresaran a la desaparecida Policía de Tránsito de Bogotá, haya tenido tamaños retos como policía. Pero sí. Por ejemplo cuando lo nombraron director de la cárcel Colonia Agrícola de Acacías, en el Meta.

Llegó allí en su peor momento. En un terreno tan enorme que iba más allá del horizonte, los cientos de presos hacían lo que se les daba la gana, desde matarse entre sí todos los días hasta escaparse cuando quisieran. Lo primero que hizo fue cambiarle el nombre por Colonia Agrícola, Ganadera e Industrial, y también a los presos, que dejaron de ser eso, presos, para llamarse internos o trabajadores. Porque ese fue su segundo paso, repitiendo su vieja frase: el que no trabaja no come. Y pasó a los hechos: a unos, casi la mitad, los sacó de los socavones en donde estaban hacinados en medio de toda clase de alimañas y padeciendo hambrunas de espanto. Al resto los buscó encaramado en un caballo, y con otros policías, por los cerrados montes en donde se escondían esperando el momento preciso para huir. Luego los puso a todos a construir campamentos en donde pudieran purgar la condena con, si cabe la palabra, dignidad, mientras mataban ratas tan grandes como conejos y culebras venenosas. Y se dio a la tarea de concretar el nuevo nombre del penal.

Al cabo de unos pocos años, el balance era como de una próspera y cívica villa: de su puerta salían carnes de reses, pollos y cerdos, leche, frutas y hortalizas, plátano, yuca y cocos para vender a entidades oficiales y particulares. Todo, criado y cultivado en pequeñas y medianas granjas manejadas por los internos a punta de machetes y picas que, increíble, no utilizaban para matarse sino para abrir surcos y levantar corrales.

Desde luego, por la misma puerta entraba dinero que iba a dar a los bolsillos de los internos para –cuando quedaran libres– que fuera capital de trabajo, porque “de acá deben salir hombres buenos para la sociedad”, tal como los despedía tras cambiarles sus uniformes de trabajo por ropa de “ciudadanos de bien”.

En alguna forma fue algo similar a lo que hizo como comandante en el Caquetá, que además cubría Amazonas, Putumayo y Huila. En lanchas a motor y canoas “a remo” recorrió los ríos Orteguaza, Guayas, Caguán para contactar a sus subalternos esparcidos por esos territorios y llevarles víveres, otros alimentos y semillas para que las sembraran. Y además se consiguió un lanchero que sabía primeros auxilios y también peluquear, “porque mis hombres eran policías colonizadores y no ermitaños”.

Con triunfos como lanzador de jabalina, en los 600 metros planos, en florete, en equitación y pentatlón, es explicable que este policía de toda la vida tenga una salud a toda prueba. A toda prueba quiere decir que ahora mismo, nada y corre a diario, aunque hace medio año fue intervenido quirúrgicamente, en tres ocasiones seguidas, a causa de una grave lesión vertebral. ¿O tal vez sea porque su insignia ética es ‘El policía debe ser perfecto porque es el espejo donde se mira el ciudadano?’

Un ejemplo diciente: siendo comandante de la anterior Estación Vl –en la avenida Caracas con calle 6.ª–, se le asignó un control en El Campín por un partido de fútbol. Debía estar a las cuatro en punto de la tarde, pero llegó con demora de diez minutos.

Al otro día se le presentó al director de la Policía de Bogotá, que era el coronel Jorge Arturo Pineda, y le dijo: “Permiso mi coronel, pido que me sancione por haber llegado retrasado al servicio asignado”. Y se lo repitió dos veces más, con todo el estilo prusiano que pudo: “¡Sancióneme, sancióneme!” El oficial lo miró absorto por unos segundos y solo atinó a decirle: “Ya veré, ya veré, puede retirarse”.

Pues bien, este es el mismo general Humberto Aparicio que se despide del gentío que visita el museo con un “los espero otra vez con un café caliente, gratis y endulzado con afecto”.

RENÉ PÉREZ
Para EL TIEMPO

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