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La lucha de un poeta contra el mal del olvido, en medio de la epidemia
Poeta olvido Bogotá

A los 72 años le diagnosticaron alzhéimer. Entonces, acudió a la poesía, la música y la terapia para convivir con la enfermedad.

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Ricardo Rondón Chamorro

La lucha de un poeta contra el mal del olvido, en medio de la epidemia

Fabio Polanco se sumerge en sus versos para evitar que su cerebro se pierda en la desmemoria.

Son las tres de la tarde del día quince de la cuarentena, y la pantalla del computador del poeta y compositor Fabio Polanco ya da cuenta de una buena porción de versos escritos durante la jornada: escribir para contrarrestar la peste del olvido se le ha convertido en un rigor sin rebaja de su confinamiento preventivo.

(…) Ahora el pecador capitula. / En la voluntad de Dios / el aislamiento sociabiliza. / El silencio declama sonetos / que aquietan las fatigas / del alma que estaba desbocada (…), rubrica a propósito del virus maligno que azota a la humanidad.

Apoltronado en la sala de su apartamento, al norte de Bogotá, con los cuidados que le confiere su esposa, Rosa Gaona, el bardo de patillas y barbilla como la nieve no da tregua a su inspiración. Si hace más de veinte años que asumió con pasión inagotable el oficio de rapsodas y juglares, ahora, en el decretado encierro, multiplica esfuerzos para no permitir que se crucen por su cerebro las sombras ineluctables de la desmemoria.

Todo empezó hace dos años en su oficina del centro, la misma desde donde regentó por más de tres décadas sus prósperas empresas (hace 10 años liquidadas): Mercado Mundial del Disco y Discos La Rumbita, con setenta puntos de ventas en el país. Ese día, a primera mañana, atendía a su contador con la solicitud de un dinero para cancelar la factura de un proveedor, cuando a Polanco, de repente, se le fueron las luces.

-Él me dijo (refiriéndose a su tesorero) que bajó a su oficina a atender una llamada urgente, y que cuando regresó al rato, yo no lo reconocí. Dizque le pregunté quién era, quién lo había hecho seguir y por qué me estaba pidiendo dinero. Manifestó que duré en ese incomprensible estado como 15 minutos, hasta que retomé el hilo de la conciencia.

El llamado de alerta no se hizo esperar. Pidió cita con su médico general, que lo remitió al neurólogo. Después de varios exámenes, el diagnóstico fue el que el paciente y su familia sospechaban: Alzheimer.

Pero Polanco no se derrumbó. Lo asumió con firmeza. En ese entonces contaba con 72 años y no se aventuró a plantear disquisiciones sobre un mal que se ensaña en la edad senil, “cuando las labores que nos ocupan son las de hacer cuadre de caja con la vida”, sostiene el empresario y letrado, curtido de librar sendas batallas en el transcurrir de su existencia.

Del consultorio del especialista salió con las instrucciones y la agenda que dieron un vuelco a su rutina: nuevos hábitos, medicamentos a sus horas, dieta especial, ejercicios y terapias en la Fundación Santa Fe, dos veces por semana, que no había fallado hasta cuando se conoció el decreto que fijaba el aislamiento en casa para todos, en especial para los adultos mayores.

Ese llamado fue el trago amargo del poeta. Cortar de un tajo la costumbre de toda la vida de cumplir con su estricto horario de oficina, en el pasado, atendiendo sus negocios, y luego como refugio en solitario de su inspiración y de sus largas horas frente al computador, no le ha sido fácil; pero en atención a la cita del escritor Charles Dickens, de que “el hombre es un animal de costumbres”, Polanco, en su apartamento, se ha triplicado en faenas de escritura, no sólo por el disfrute que le depara, sino porque, según él, es la terapia más efectiva y recomendada para luchar contra su desmemoria.

Solo del paciente depende que se pueda retardar un poco. La clave es vivir activo, como si llevara una vida normal

“Cuando me diagnosticaron el mal del olvido -agrega el cantor-, y el especialista me ordenó terapias para ejecutar en la clínica, yo le pregunté: ‘Y si me opongo a cumplirlas… ¿qué puede pasar más adelante, doctor?

"La respuesta fue contundente: ‘El Alzheimer es una enfermedad degenerativa, progresiva, irreversible, y solo del paciente depende que se pueda retardar un poco. La clave es vivir activo, como si llevara una vida normal. En su caso, no deje de producir sus escritos, cuando no, leyendo, pero trate de mantener el cerebro ocupado”.

Han pasado dos años de aquella cita, y don Fabio ha seguido las recomendaciones al pie de la letra, las letras, que es lo suyo, escribir, trasmutar sus quimeras y nostalgias en poemas y melodías, de más de un centenar, de mucho tiempo atrás, en ritmos de bambucos, pasillos, guabinas, valses, torbellinos compilados en una veintena de trabajos discográficos, la mayoría con arreglos, producción y dirección musical del maestro al piano Jorge Zapata, hijo del recordado organista Francisco 'Pacho' Zapata.

Batallador sin pausas

Oriundo de Dolores, en el Tolima, Polanco sufrió desde niño los derrotes de la violencia bipartidista y fue testigo de cruentos episodios, suficientes para herir la sensibilidad y marcar el destino funesto de un infante, pero ese no fue su caso.

“Fui un niño campesino mecido en cuna de orfandad y pobreza. Con todo lo que vi y sufrí, tuve argumentos para decidir convertirme en un hombre bueno o en uno malo. Pero la divina providencia y la buena crianza de mi madre me señalaron el camino del trabajo honesto y el esfuerzo para ganar el sustento diario con el sudor de la frente.
Solo llegué hasta segundo de bachillerato, porque la verdad a mí no me gustaba tanto el estudio como la plata, pero la violencia se puso tan dura e inaguantable, que tuve que emigrar con mi familia a Bogotá. Apenas tenía 11 años”.

A esa edad, en la capital, dio las primeras luces de su creatividad de negociante: con las escasas monedas que le regaló una tía, se compró una bolsa de bombas para hacer unos cascos parecidos a los que usaban en esa época las figuras del ciclismo. Se fue al parque Santander a inflarlas, pero sus pulmones de crío no fueron suficientes. Un ciclista que lo vio en esos aprietos le prestó la bomba manual para inflar sus globos.

El niño no cabía de la dicha. Hizo varios cascos, uno para él, que se chantó orgulloso, y los demás para vender. Aquella tarde los vendió todos y con el usufructo se fue a comprar más bombas. Al ver el entusiasmo del chico y su precocidad de emprendedor, el hombre de la bicicleta le regaló su bomba de aire: “Usted es un berraco, muchacho. Va a llegar muy lejos”, le dijo.

Y esas palabras se cumplieron. El aprendiz de negociante se encarriló por esas suertes, con el tiempo, con una labia similar al del culebrero de comarcas, como vendedor ambulante de andén y plaza pública, como la de San Victorino, cuando no con una paca al hombro de cigarrillos en tiendas y cigarrerías de barrios.

Más adelante, como vendedor estrella de vestidos de la desaparecida cadena Valher, y en esas estaba cuando se le cruzó en su camino el afortunado negocio de la música, que fue su caballito de batalla hasta hace una década, cuando cerró su último almacén, Mercado Mundial del Disco, en la carrera Séptima con calle 20, su centro de operaciones, allí mismo donde lideró por más de 30 años su pujante empresa discográfica, y se ganó el rótulo del Zar del disco, pionero del telemercadeo en Colombia.

Por estas fechas de confinamiento, el maestro Polanco extraña sus amenas tertulias de oficina, reunido con familiares y amigos de época, a quienes narra con voz radiofónica (hasta locutor fue) su vida de novela, a la par de los triunfos en su virtud y pulso de empresario, las aflicciones, frustraciones y tragedias.

Entretanto, recapitula y promueve su obra de compositor, interpretada por reconocidas figuras como Ana y Jaime, el cantautor argentino Mario Álvarez Quiroga, El Binomio de Oro, Los Gigantes del Vallenato, el Dueto Cantoral, Los Hermanos Tejada, el tenor tolimense Juan Carlos Villarraga, la contralto manizalita Bibiana, La Gran Rondalla Colombiana, de una extensa lista de composiciones que hacen parte de su discografía, y que en los últimos años lo acompañan en sus correrías de regiones y escenarios con su recital poético-musical Colombia, Tierra de las Maravillas.

En la orilla de los 74 años (los cumple el 11 de abril), solo habla de la muerte cuando se dispone a bordar un verso. La finitud inexorable no trasciende en los pensamientos del bardo, que dice haber pasado por varias “resurrecciones”, y que define como esos tránsitos del acabose que desembocan en el definitivo: la pérdida de lo que más se quiere, las desilusiones, la ingratitud del ser humano, los males del cuerpo y del alma, y esos golpes tan fuertes de la vida… como de la ira de Dios, que cita en Los Heraldos Negros el poeta peruano César Vallejo.

*:Ricardo Rondón Chamorro
Especial para EL TIEMPO

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