El lugar que atiende a niños en condiciones de mendicidad

El lugar que atiende a niños en condiciones de mendicidad

Se llama 'Centro Abrazar' y está operando desde agosto. 

Centro Abrazar

El Centro Abrazar comenzó a operar en agosto. Tenía un cupo de 70 niños, pero hubo días en los que llegó a recibir hasta 80.

Foto:

Sebastián Ramírez / EL TIEMPO

Por: Sebastián Ramírez
13 de diciembre 2019 , 09:21 p.m.

A la hora de las onces, los profesores del Centro Abrazar se disfrazan de cirujanos. Se ponen tapabocas, se tapan el pelo con una cofia y se visten con un traje delgado y traslúcido con el que cubren toda su ropa.

Además de las manos, lo único que les queda descubierto son los ojos. Con eso les alcanza para hacerse entender. Cuando un niño come bien entornan la mirada, contentos. Y cuando hay uno que no come, o que grita o que molesta a otro niño, lo regañan arrugando las cejas.

En general, los niños son juiciosos. No es que haya un silencio de capilla, pero para ser un espacio en el que se sientan a comer decenas de bebés y niños hasta los once años, el caos no se impone. Sin embargo, eso no quiere decir que no hay desacuerdos.

“No quiero manzana”, dice una niña de unos siete años. “Pero ya te la comiste. Dejaste el corazón y el corazón no se come”, responde su profesora, cerrando sus ojos cafés, maquillados con pestañina.

Los profesionales del Centro Abrazar tienen muchas especialidades. Hay quienes tienen conocimientos en psicología y pedagogía infantil. Otros manejan áreas tan distintas como la música o la educación física. Pero todos saben de paciencia y cariño, que es lo que más se necesita en el Centro Abrazar.

Esta institución pertenece a la Subdirección para la Niñez de la Secretaría de Integración Social. Su objetivo es brindar asistencia completa a niños que estaban en condiciones de mendicidad. Realizan actividades lúdicas, artísticas y deportivas. Les enseñan prácticas de higiene y aseo personal como lavarse las manos o cepillarse los dientes. Además, les brindan un apoyo nutricional completo, pues, en las jornadas de 12 horas, les ofrecen desayuno, mediasnueves, almuerzo, onces y cena.

Este centro tiene todo que ver con la comida, pues está ubicado en el segundo piso de la plaza de mercado del barrio 12 de Octubre. Se ingresa por una puerta grande y metálica de color chocolate. Por ella entran decenas de personas que, por lo general, tienen más de un niño. Aunque el centro está abierto de ocho a ocho, casi que llegan todos al tiempo, a una hora que está entre las nueve y las diez de la mañana.

“Es que muchos de ellos son vecinos. Tal vez se ponen de acuerdo”, dice una de las profesoras, que anota a los niños. Todos los días deben llevar un registro igual, con las mismas preguntas tan rutinarias como necesarias. “¿Nombre?”, pregunta la profesora, “¿edad? ¿A qué hora vienen por él? ¿Por qué tiene esa marca en la cara?”. Entonces, la mamá del niño responde: “La hermanita lo rasguñó”. La profesora hace un gesto de desconfianza primero y, casi de inmediato, esboza una sonrisa. “Me hace el favor y no me rasguña al niño”, dice, mirando a la hermana.

Es que muchos de ellos son vecinos. Tal vez se ponen de acuerdo

Centro Abrazar

Los niños del Centro Abrazar son tan juiciosos para comer que lo hacen 5 veces al día.

Foto:

Sebastián Ramírez / EL TIEMPO

El personal del centro debe velar por el bienestar de todos los niños que ingresan a él. Esto incluye a sus padres, a quienes procuran darles herramientas para escapar de la mendicidad como convocatorias laborales o alianzas con instituciones públicas y privadas que les permiten mejorar sus condiciones de vida.

Una de esas medidas es brindarle cuidado a sus hijos que los acompañaron en la mendicidad. Sin embargo, el Centro Abrazar no es una institución en la que los niños estén de modo permanente. “Somos un espacio transitorio. Conectamos a los niños de primera infancia con los jardines y a los niños más grandes los apoyamos en la búsqueda de un colegio público”, explica Vanessa Mendoza, directora del Centro Abrazar.

Empero, mientras los niños están en el centro, se busca que se sientan lo mejor posible para que, de a poco, recuperen la infancia que se desdibuja tan fácil en las calles.

"En los salones aprenden a ser niños de nuevo", cuenta Vanessa. Yo voy a comprobarlo con mis propios ojos. Entro a una clase de música. En una de las paredes del salón hay un mapa de Venezuela y Colombia que está lleno de hilos de colores con rutas migratorias. Todos los niños que hay en esta clase son de Venezuela o hijos de venezolanos.

En otro contexto, uno podría pensar que son las rutas de una cierta especie de aves o de un tipo de mariposas que van de un país a otro. Pero es sabido que son personas, que van en buses, que pasan por trochas donde hay grupos armados y que, incluso, hacen largos trayectos a pie. Pero la clase no se detiene a contemplar el mapa. Lo ha visto muchas veces.

Una niña de once años tiene el tambor más grande de todos. Los profesores le dijeron que debe llevar el ritmo. Primero debe pegarle una vez al parche y luego otra vez a la cáscara del tambor. Parche. Cáscara. Parche. Cáscara. Después, cuando avanzara la canción debía pegarle dos veces al parche y una a la cáscara. Pero se pierde y pierde con ella a la banda, que toca Colombia, tierra querida, pero que, excepto por los profesores, está compuesta por músicos venezolanos de diez años.

Lo intentan una y otra vez. El profesor dice que tienen que lograrlo antes de que me vaya. Yo me quedo hasta el último intento.

El último intento fue este:

Colombia tierra querida Centro Abrazar

Los niños del Centro Abrazar tocan Colombia, tierra querida

Creo que no pudo haber salido mejor.

SEBASTIÁN RAMÍREZ 
ESCUELA DE PERIODISMO MULTIMEDIA EL TIEMPO

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