La historia del joven asesinado por pedir el pago de un pasaje de TM

La historia del joven asesinado por pedir el pago de un pasaje de TM

A Leonardo Licht lo mataron en la estación Avenida Jiménez, en enero del 2017. 

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La historia del joven asesinado por pedir el pago de un pasaje de TransmilenioA Leonardo Licht lo mataron en la estación Avenida Jiménez, en enero del 2017.
Leonardo Licht

David Riveros

Por: Óscar Murillo Mojica
13 de junio 2019 , 09:50 a.m.

Como todos los días, Luz Miriam se despertó a eso de las tres de la mañana. Leonardo, su hijo, ya estaba en la ducha. Mientras él terminaba de alistarse, ella le preparó huevos revueltos, agua de panela y le adobó una carne para el almuerzo. Cuando la iba a asar, Leíto, como le decía de cariño, llegó a la cocina y le pidió que se la dejara ahí, que él volvía a la casa en la tarde y la cocinaba: “Tranquila mamita, acuéstese otra vez”. Desayunó y se fue.

Leonardo, de 21 años, de piel bronceada, alto (1,85 metros de estatura), enamorado de sus padres, aficionado al fútbol, hijo del campo, alegre, iba para la estación de TransMilenio Avenida Jiménez, donde trabajaba para Recaudo Bogotá en los torniquetes de ingreso y salida. Era la madrugada del domingo 15 de enero del 2017. Al otro día, por fin, como lo quiso por tanto tiempo, empezaba clases en el Sena. Todo eso se frustró, la muerte golpeó primero, y de la mano de un delincuente con un pasado de sangre.

Duele el pasado, porque Leo quería ser administrador. Dos años antes, este joven llegó a la ciudad desde Pacho, Cundinamarca, su pueblo, porque quería salir adelante. Su mamá, Luz Miriam Hoyos Pérez, no iba a dejar solo a su muchachito y viajó con él. Alquilaron una pieza en Cazucá. Don Salustiano Licht, el padre de Leonardo, se quedó en Pacho, recogiendo café, en el jornal, haciendo lo que le saliera.

Los primeros pesos de Leo en Bogotá los reclamó después de ayudarle a un primo a pintar un colegio en Venecia. Luego, consiguió trabajo en una fábrica de bombas de agua en el 7 de Agosto. Mientras tanto, Miriam le ayudaba a una hermana que vivía en La Estrada y que confeccionaba ropa. Poco a poco, madre e hijo, siempre juntos, se acomodaban.

“Un día, mi hijo me dijo: ‘Mamita, pasé papeles para trabajar en una estación de TransMilenio’. De hecho, un día yo estaba con el celular en la mano y vi algo que decía Tu Llave, y él me dijo: ‘Ay mamita, de allá fue que me llamaron. Se puso muy contento, le había salido trabajo allá”, recordó, desde Pacho, Miriam.

Empezó labores en la estación Fucha el 12 de diciembre del 2015. Por esa razón, decidieron buscar dónde vivir cerca de ese sitio. Encontraron una habitación en el barrio San Benito, a cinco cuadras del portal Tunal, pero Leonardo se iba muy temprano y su mamá se ponía muy nerviosa. “Yo salía y lo acompañaba, y él me cuidaba, me decía: ‘Mamita, no se quede en la puerta que es muy peligroso’, y yo le decía: ‘Más peligroso mijito por allá solo”.

Para evitar eso, decidieron buscar un sitio más cerca, así que encontraron una habitación al frente del portal, solo debían cruzar la calle. Pero los dueños de esa casa los hacían sentir incómodos. En todo caso, no importaba, el nuevo trabajo de Leonardo era suficiente para estar tranquilos. Pocas semanas después, todo cambió.

En diciembre del 2016, en la empresa le notificaron que debía dejar la tranquilidad de Fucha, donde entre enero y abril de ese año ocurrieron apenas 10 robos, y trasladarse a la agitada estación Avenida Jiménez, en el centro de la ciudad, donde, en el mismo lapso, hubo 102 hurtos a personas. De hecho, un estudio de la Universidad Nacional había advertido que esa era la decimoprimera estación donde más evadían el pago. Una de las funciones de Leonardo era tratar de persuadir a estas personas para que no lo hicieran.

“Él me contaba: ‘Mamita, manejar público es muy estresante’, y en la Jiménez pues imagínese, era muy peligroso. Cuando mi hijo tenía que pedirles a las personas que pagaran el pasaje le daba miedo, y yo le decía: ‘Tenga cuidado, mijo, que la gente es muy agresiva’ ”. Ella nunca quiso abandonarlo. El último lugar en el que vivieron fue en un apartamento en Santa Librada, en Usme. En ese sitio, la madrugada del 15 de enero del 2017 se despidieron por última vez.

Cuando mi
hijo tenía que pedirles a las personas que pagaran el pasaje le daba miedo, y yo le decía: ‘Tenga cuidado, mijo, que la gente es muy agresiva'

Un homicidio por rabia
Intolerancia

Fotografías del día de su grado de bachiller, en diciembre del 2014.

Foto:

David Riveros

Fue un día oscuro, así recuerda Salustiano Licht, el padre de Leonardo, la muerte de su hijo. Salió desesperado a la carretera a buscar carro para Bogotá. Ese recorrido, desde Pacho, duraba aproximadamente tres horas. “Yo estaba fumigando un café, como a las 10:30 de la mañana. Trabajaba donde una doctora. De pronto vi que venían unos señores de arriba. Vieron en televisión que habían apuñalado a Leonardo y fueron a decirme”.

Mientras tanto, Miriam acompañaba a una amiga a una cita médica. Sentada en la sala de espera con la hija de la paciente, entró una llamada. Leonardo estaba herido. La mujer, desesperada, sin conocer bien la ciudad, empezó una romería por varias clínicas, sin saber con certeza qué había ocurrido. En ningún hospital lo encontró, así que se fue a la estación Jiménez.

“Cuando llegué había un policía alto, mono; lo agarré, lo cogí contra mi cuerpo y le dije: yo soy la mamá del joven que apuñalaron. Él se me quedó mirando. Yo le preguntaba ‘cómo está mi hijo’, y él me miraba como desconsolado y a mí me agarró desespero, lo cogí otra vez y lo mandé contra la reja y agachó la cabeza, yo sentí como que se me bajó algo. Dígame, está grave o es que está muerto. ‘Él está muerto’, me dijo”.

La vida de Miriam se detuvo. Hoy, más de dos años después, parece que todo sigue igual. Vive en una finca en Pacho, con su esposo, y siente como si todo hubiera pasado hace poco. “El día de su muerte llegué tarde a la casa, destrozada. En la cocina estaba la carne de Leíto”, solloza mientras sostiene una fotografía del día de su grado de bachiller, en diciembre del 2014.

Al otro día del asesinato, el lunes que empezaba clases en el Sena, Miriam y Salustiano fueron a la audiencia de legalización de captura de William Monroy Calderón, el hombre de 30 años que lo atacó. La explicación de la causa del asesinato era tan absurda que sus padres no lo podían creer. “Ese tipo dijo que lo había matado porque estaba furioso. No le había gustado que Leonardo le dijera que pagara el pasaje”, narró la mujer.

El asesino había salido de prisión tras pagar una condena por intento de homicidio. Fue capturado en el lugar y, posteriormente, condenado a 22 años de prisión, una pena que los padres de Leonardo consideran insuficiente. “Ese man lo asesinó porque le dio la gana, por decirle que pagara los 2.000 pesos. Salió de la cárcel a matar a mi chino”, pronunció con resignación Salustiano.

Esta es la tercera nota de una serie de crónicas que se publicarán semanalmente y que reflejan el grado de intolerancia al que estamos llegando en la ciudad y la importancia de reflexionar sobre un problema de convivencia y autocontrol que en muchas ocasiones tiene desenlaces fatales. Lea aquí el segundo episodio.

ÓSCAR MURILLO MOJICA
Twitter: @oscarmurillom
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