El artículo del New York Times que inspiró a un niño a superarse

El artículo del New York Times que inspiró a un niño a superarse

En un viejo papel periódico que sacó de la basura encontró el impulso que necesitaba.

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Chocó Latte

Mauricio León/ EL TIEMPO

Por: Carol Malaver
26 de agosto 2019 , 07:52 a.m.

Un hombre, Joel Palacios. Un río, el Munguidó. Aquel torrente de aguas cafés era el único mundo que conocía un niño que nunca entendió por qué una tierra tan fértil, con olor a cacao, despensa agrícola de municipio de Quibdó, era tan pobre y por qué su gente siempre hablaba de una ayuda del Gobierno que nunca llegó.

Su familia está compuesta por 18 hermanos de tres madres diferentes y un solo papá. “Mi mamá murió cuando yo tenía un año. Ella no podía quedar embarazada de nuevo y se desvaneció desangrada en el río”.

En esas situaciones de salud la gente de aquella ribera se quedaba hablando a ver si por obra y gracia del Espíritu Santo la doña se mejoraba. “Nadie la salvó. A mí me criaron mis hermanos, eso se iban turnando”. Lamenta no tener fotos de ella. Trata de imaginársela, o de hallar sus rasgos en los rostros de sus hermanas.

A los cinco años se lo llevaron a vivir a Quibdó. Era la primera vez que Joel conocía algo diferente, era la gran ciudad, por lo menos en su realidad, la que tenía luz, neveras y equipos de sonido; y luego, a Medellín, donde estudiaba a retazos. “Ninguno de mis hermanos fue profesional. Todos comenzaron a migrar a otras ciudades y a trabajar en casas de familia”. 

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Esa inestabilidad hizo que Joel terminara otra vez en el río en donde, a pesar de la violencia, acumuló carcajadas. “Yo vine a vivir la guerra solo hasta el año 2000. Tenía como ocho años cuando llegaron los paramilitares. Los grandes nos decían que, viéramos lo que viéramos, nosotros solo dijéramos: ‘yo no sé’. Entonces, si me preguntaban ‘mijo, ¿cómo está?’, yo decía: ‘yo no sé’, ‘¿cómo se llama?’: ‘yo no sé’ ”. Hoy lo cuenta riéndose, pero en esa época era la única forma de blindarse, porque por la boca moría el pez. En esos días supieron de la muerte de una pariente que había terminado picada en un paraje apartado. La gente comenzó a no morirse de vieja.

En 1997, otra tragedia lo golpeó. Doña muerte reapareció. Una de sus hermanas, que era como su mamá, falleció en un accidente Quibdó-Medellín. “Tenía 27 años. Se llamaba Mariela Palacios. El bus se fue a un barranco y se mataron 27 pasajeros. El dolor fue tenaz”. Ese día, recuerda, no paró de llover.

Justo el día de su entierro conoció a su hermano mayor. “Era el único hijo de mi mamá que no era de mi papá. Se había ido muy joven del Chocó a prestar servicio militar, y cuando terminó, se quedó en Bogotá”, contó Joel. En esa ocasión le dijo que si quería seguir estudiando, él volvería, y así lo hizo.

Aquella tarde, Joel estaba trabajando en el río. Él, sin almorzar, estaba sacando una semilla de plátano para sembrar un cultivo. “De un momento a otro me dijeron que me arreglara, que un hermano venía por mí. Eso fue en 1998”. La despedida con su padre fue una simple seña en la mitad de una calle enlodada.

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Latte Chocó

Su padre y su familia crecieron alrededor del río Munguidó, tierra fértil para el cacao.

Foto:

Mauricio León/ EL TIEMPO

La llegada a Bogotá

Salió de su pequeño mundo, en la rivera de un río, a vivir al lado de la plaza España, en el centro de Bogotá. “Mi hermano trabajaba en una pescadería vendiendo carne seca, también periódicos y frutas. Yo lo ayudaba y, de paso, estudiaba en el colegio Agustín Nieto Caballero”. El plantel quedaba al lado de una de las peores ollas del centro, y a pesar de que fue feliz allí, Joel sentía que le hacía falta un ejemplo, una inspiración; sabía la historia de las doce chozas y la iglesia de la fundación de Bogotá, pero sus compañeros no tenían ni idea del Chocó o del río Atrato. Tampoco sabían nada de su río, ¡su río!, su mismísimo mundo.

Un día, mientras arreglaba los periódicos para venderle a la gente que trabajaba con frutas, se encontró con un tabloide del New York Times. “Era la historia de un negrito como yo. Yo pensaba que nadie hablaba de la gente de mi color. Lo leí porque la noticia estaba en español. Contaba que ese muchacho había sido el mejor estudiante de Negocios de Harvard. Yo, con 13 años, dije: quiero ser como él. Es que en esa época yo veía pocos negros en la tele, de vez en cuando a Óscar Borda” (se ríe).

Solo en ese momento sintió verdaderas ganas de estudiar, terminar su bachillerato, así fuera en un validadero en alguna zona crítica de la ciudad, de buscar más personas que lo inspiraran. “Los consejos de mi hermano y esa nota me cambiaron la vida. Yo quería plata, sacarla fácil, pero los valores calaron”.

Tiene un concepto muy claro sobre la discriminación. Dice que sufrió de matoneo, pero fue fuerte, que no se dejó; que conseguía empleos y posibilidades por ser afro, pero que eso tampoco le parecía justo, y que, de hecho, así fue que logró conseguirse una beca. “Entré a estudiar Mercadeo y Publicidad en el Politécnico Gran Colombiano.

Yo quería cambiar ese referente de que los negros solo servían para estar parados en los semáforos pidiendo limosna, de porteros o como empleados del servicio. Eso lo tiene que cambiar es uno”. Y así fue que entró a una universidad, para él, de ricos, sin que nadie supiera detalles de sus orígenes. “Cuando todos se iban de rumba a la 82, yo les decía que les caía, pero me guardaba en la casa temprano. Yo no podía perder materias, o perdía la beca”.

Eso sí, trabajó en el mirador de La Paloma, vendió tarjetas de crédito, fue cajero, comercializó camisetas y hasta creó un negocio de venta de minutos que se llamada Poliminutos, que fue un éxito. “Mientras que los trabajos de mis compañeros eran sobre Coca Cola, Postobón o Mac, los míos eran sobre chontaduro, borojó o cacao, por eso los profesores me amaban” (risas). Y cuando estaba en octavo semestre, dice, pasó de ser un donnadie a trabajar en el Ministerio del Interior, en la dirección de asuntos para comunidades negras. “Por fin me pude comprar unos zapatos Doménico”, cuenta eso y estalla otra vez esa sonrisa porque, además, ya le decían doctor Joel. Viajó por todo el país hasta el 2010, cuando decidió renunciar a esa vida play.

Lo conmovió conocer la historia de las masacres en las comunidades afrocolombianas de Jiguamiandó y Curvaradó. “Para sembrar 300.000 hectáreas de palma mataban nativos y traían cordobeses, zambos; entonces yo sentí que lo mismo iba a pasar en mi río. Yo me creía un doctor, pero no estaba haciendo nada por nadie”. Vendió todo lo que tenía y se devolvió a su río en Chocó con las manos vacías, pero un sueño grande.

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Latte Chocó

A su gente se la llevó a vivir varias experiencias, como una en Fedecacao, en Risaralda, para que aprendieran nuevas técnicas de cultivo, y luego la tarea fue dejar a su comunidad empoderada.

Foto:

Mauricio León/ EL TIEMPO

El regreso a su tierra

Volvió a ver a su padre, a su río, y en un terreno que había sido degradado por la minería montó una escuelita: Crea. También fundó una asociación. “Logré reunir a mi familia. Abrimos campos, sembrados, construimos un salón, un auditorio y me puse a visitar pueblos. Pensé que todo lo iba a hacer en un año, y me tomó ocho”. Romper con la incredulidad de la gente fue difícil. Muchas veces le dijeron no a su proyecto de producción de cacao, que había plagas, que la inseguridad, pero Joel quería luchar contra todo eso. “Luego, cuando lo logré, entregué el liderazgo, porque hay que dejarlo mutar. Hoy, yo soy cliente de lo que creé”.

A su gente se la llevó a vivir varias experiencias, como una en Fedecacao, en Risaralda, para que aprendieran nuevas técnicas de cultivo, y luego la tarea fue dejar a su comunidad empoderada para que siguieran adelante con los cultivos. “Luego me fui a Nueva Zelanda. Ya estaba colapsado. Necesitaba un descanso”.

Mientras estudiaba inglés, trabajaba gratis en chocolaterías. “Todo eso me sirvió para llegar a Bogotá con la idea de fundar Late Chocó. Eso fue en el 2017”. Dice que todo le ha fluido por el amor que le tiene a su proyecto. “La fácil hubiera sido sacar una bodeguita en el sur, ir a ferias y vender por internet, pero lo que quería es que la gente viviera una experiencia. Nosotros tenemos tanto que mostrar, sobre todo, a nosotros mismos”.

Es un negro orgulloso. Quiere prepararse más para mostrar lo mejor de su proyecto. “Ser artesanal o venir de las regiones no quiere decir que tengas que hacer las cosas mal. No quiero que me compren porque venimos de una región pobre a con violencia, sino por la calidad de nuestros productos. Con esto reducimos la migración de chocoanos a los semáforos bogotanos”. Hoy su experiencia de chocolate es una realidad. Su local está ubicado en la carrera 13A n.º 78-31, en Bogotá. Ese aroma se vive desde el primer momento, porque allá se llega siguiendo un hilo de olor inconfundible.

Quiere demostrarle a la gente del Chocó que nunca va a ser suficiente una ayuda del Gobierno, por lo que deben dejar de esperar, que hay que trabajar, sacrificarse, cambiar la mentalidad, materializar los sueños; que uno puede armar una choza de madera igual de pobre pero limpia y ordenada, que hay que dejar de construir al lado del río para que la gente se deje de ahogar, que la cultura de ellos es rica, valiosa y que su pueblo es un derroche de talento. “Cuando entendimos que éramos parte de la solución, todo empezó a oler a chocolate”.Hoy es Joel quien sale en un periódico, igual que aquel hombre que vio un día, entre la basura; quizás mañana sea otro el que lea esta historia y emprenda su propia búsqueda.

CAROL MALAVER
SUBEDITORA SECCIÓN BOGOTÁ
Escríbanos a carmal@eltiempo.com

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