El encierro muestra su otra cara / Voy y vuelvo

El encierro muestra su otra cara / Voy y vuelvo

Calles vacías, uno que otro vecino que salió con su mascota y la sensación de sentirse vigilado.

Bogotá

Las calles de la capital del país permanecen solas durante el aislamiento y son custodiadas por la Fuerza Pública.

Foto:

Juan Diego Cano. EL TIEMPO

Por: Ernesto Cortés Fierro
21 de marzo 2020 , 10:19 p. m.

Si usted es de esos a los que dos días de confinamiento en casa ya lo tienen desesperado es porque no tiene idea de lo que significa esa palabra hoy. Estar confinado no es aguantar el encierro, soportar a la familia, deprimirse por no andar de farra o jugando al fútbol o en el gimnasio.

No es el fin del mundo, pero sí podría ser la diferencia entre estar vivo o exponerse a no estarlo. Así de simple. Si el desespero le llega, piense en la mujer que padece el coronavirus y está sola, sin familia, esperando a que la enfermedad ceda.

Piense en las personas que siguen encerradas en un buque en altamar, en los millones que llevan tres o más semanas sin más relación con el mundo exterior que una ventana.

En los que quedaron atrapados en aeropuertos y terminales sin país que los reciba. Piense en el hombre que ni siquiera pudo ir a ver morir a su padre por estar en cuarentena. Y si le queda alguna duda, ahí tiene a los 627 muertos en Italia en un día.

Mi primer día de confinamiento fue extraño. Calles vacías, uno que otro vecino que salió con su mascota y la sensación permanente de sentirse vigilado y de no querer estar cerca de nadie.

El supermercado funcionaba normal, sonaba la canción 'No le pegue a la negra', del Joe (inevitable dejar de pensar en las mujeres a las que ese mismo encierro las convierte en víctimas de sus compañeros, otra pandemia) y los productos abundaban. Por eso tampoco entiendo ese afán absurdo de la gente de desocupar estanterías cuando las autoridades han garantizado el abastecimiento.

En cambio, el exceso de compras sí está generando el efecto contrario: el encarecimiento de artículos. El silencio de la ciudad solo lo rompe uno que otro carro o algún bus de TransMilenio. Los semáforos tienen poca demanda para exhibir sus colores.

De repente, una mujer estornuda. La paranoia hace que el sonido de la expulsión de aire se magnifique, no obstante haber ocurrido en un tercer piso. Involuntariamente acelero el paso, como si un enemigo fuera a alcanzarme. El celular y el computador han sido mis grandes aliados. Por allí trabajo, envío recomendaciones a mi madre, que vive sola en otra ciudad, y sigo al pie de la letra las últimas noticias de la pandemia: el mundo es otro.

La lluvia aparece y le agrega dramatismo a la situación. Un indigente, en muletas, trata de controlar a su mascota que se le ha soltado de las manos y va a buscarle bronca al perro de un vecino.

Cuando regreso a casa después de ‘pasear’ a la mía, confirmo que mi mujer ha convertido la casa en un regimiento: hay que quitarse los zapatos, lavarse bien las manos, secarse dedo por dedo, hacer uso racional del computador; cada uno en su espacio, incluyendo a la abuela de 86 años, a la que cuidamos con mayor esmero.

Las redes se han convertido en las grandes aliadas ante la situación. Gracias a ellas hemos conocido historias maravillosas de ayudas a los más necesitados.

La pareja que compró cocadas a un anciano y le pagó 300.000 pesos. La actitud de Arturo Calle de mandar a casa a sus trabajadores sin descontarles el suelo. Las mujeres de Crepes & Waffles por las que también hubo consideración. Es la otra cara de la humanidad, el rostro de la solidaridad, tan necesaria en tiempos de pandemia. La misma que vamos a necesitar una vez todo esto empiece a mejorar.

Ni los hombres más ricos del mundo, ni los dictadores más tenebrosos, ni los populistas más incendiarios ni los guerreristas más extremos han podido con el virus, que ya ha matado a 11.000 personas y tiene contagiadas a otras 271.000.

Y seguramente la cifra aumentará hasta que surja el remedio común que permita confirmar que la ciencia se impone. Pero, por el momento, el covid-19 nos demuestra lo frágiles que somos, apenas una brizna en eso que llaman universo.

Las calles vacías, los museos cerrados, las bibliotecas clausuradas, las fronteras selladas, los estadios silenciados, la fiesta apagada, los cielos abandonados y la gente confinada en sus casas nos han obligado a hacer una pausa para mirar con detenimiento que eso a lo que llamamos vida, nuestras vidas, no son nuestras, que apenas las habitamos a la espera de que nos sean arrebatadas incluso por un espécimen que no vemos, pero que está presente allí donde menos lo imaginamos, igual en la baranda de una escalera eléctrica o en el beso que le damos al hijo.

Ese sentimiento de impotencia e incertidumbre ha hecho renacer en muchos de nosotros, como si se tratase de un sentimiento que estaba dormido, el gesto de humanidad que habíamos perdido por andar ajetreados en el escaparate de la vida.

Una noche cualquiera, las calles de Italia, que por allá en el 1300 vivió su propia peste y todo lo zanjó ejecutando a los desobedientes de la cuarentena, brotan canciones populares que se expanden como el mismo virus.

En otra parte, un par de músicos jóvenes sacaron sus pianos y saxos para interpretar, de forma improvisada, la canción de Titanic. @ibonpereztv fue el de la idea, y bastó para que también se viralizara como canto de esperanza.

Pero hay más gestos de solidaridad, como el de cientos y cientos de médicos voluntarios que día a día acompañan a los pacientes en casa. O los policías que intentan convencer a la gente necia de resguardarse en casa a pesar del reclamo.

Los medios serios volvieron a poner su impronta con espectaculares trabajos de sus periodistas contando todos los escenarios posibles de esta pandemia universal.

Y las redes por fin mostraron también su rostro de sensatez. Gracias a ellas han aparecido médicos voluntarios que atienden consultas o dudas a los enfermos o a quienes creen estarlo.

Y sorpréndanse: un tuitero abrió un hilo para enseñar a hacer pan a la gente. “Soy panadero, si alguien necesita ayuda con recetas de pancito mientras dure la cuarentena, solo pregunten por acá”, decía el mensaje.

Y de repente, decenas y decenas comenzaron a participar. Maravilloso. Si quieren seguirlo, este es el dato: @Worrissey.

@Santialarconu también apareció en las redes, asegurando que era actor y se ofrecía como payaso para hacer reír.

Hasta la conmovedora foto del Papa hablando ante una plaza de San Pedro vacía generó un impacto monumental, pues era la expresión de que la gente estaba presente, no físicamente, pero sí en las oraciones, en las canciones, en la espontaneidad y en el refugio del hogar, donde hoy seguimos.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
​Twitter: @ernestocortes28
EL TIEMPO

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