La difícil tarea de un campesino para convertirse en doctor

La difícil tarea de un campesino para convertirse en doctor

Ni la falta de dinero, ni los problemas de salud le quitaron su deseo de ser profesional.

Campesino que se volvió doctor

Nelson Eduardo Pinzón García es un campesino de 34 años que nació y creció en la vereda Márquez, en Cundinamarca.

Foto:

Carol Malaver/ EL TIEMPO

Por: Carol Malaver
12 de julio 2019 , 06:32 p.m.

Mino para aquí, Mino para allá. Quién era este hombre del que tanta gente de la vereda Márquez, de Cundinamarca, hablaba con cariño, el que ayudaba a todos y hacía reír a la gente, el que ordeñaba, barría, aseaba o cortaba el pasto siempre con la misma alegría. “¡El que se graduó de doctor!”, respondían algunos como si esa fuera una de las mejores noticias de los últimos años en la zona.

Fue fácil ubicarlo, porque todos lo conocen. Nelson Eduardo Pinzón García, Mino, es un campesino de 34 años que nació el 7 de febrero de 1985. Sus padres, Pablo Emilio Pinzón García y Mercedes García, son los mayores de cada familia, y su motor: ella auxiliar de enfermería y él, transportador.  

Hubo buenas épocas como cuando su padre tenía colectivos y llevaba a la gente desde la vereda hasta Bogotá o cuando su mamá era secretaria en el Toxicológico de Bogotá y terminó por convertirse en auxiliar de médicos, pero otras en donde la familia lo había perdido todo y las penurias económicas comenzaban a aflorar.

Muchas actividades campesinas comenzaron a desaparecer y aunque a veces la siembra de papa era una opción para conseguir recursos, la realidad local hizo que muchas familias dejaran a un lado esta actividad. “Mi papá tuvo vacas y sembrados de papa, pero eso se convirtió en un mal negocio”, contó Mino.

Dice que tuvo una niñez linda. Vivía en La Calera, pero eso es solo un decir porque cada vez que podía se escapaba a la vereda. Le gustaba estar con su abuelita Ema, no le importaba que viviera en una casa sin luz. El olor a su desayuno se quedó para siempre en su memoria.

En la pequeña escuela de la vereda hizo hasta tercero de primaria y en el pueblo terminó su bachillerato en el colegio Cooperativo Pablo VI. “Mientras mi mamá trabajó en el hospital yo le ponía atención a todo lo que ella hacía. Era chévere cuando me entraba a las cirugías de un médico ortopedista y uno se daba cuenta de muchas cosas”. Como adolescente no fue el más juicioso de los estudiantes. De hecho, como dice coloquialmente, se tiró sexto y noveno. Se pudo graduar en el 2001, cuando tenía 16 años.

Y ya con ese cartón de bachiller se enfrentó a una de las realidades más duras para los jóvenes campesinos: la poca oferta laboral. “En esa época, el único lugar donde conseguí trabajo fue en un cultivo de flores; allá recibían gente por temporadas, sobre todo en San Valentín”. Le dijeron que el trabajo era fácil.

Mientras hacía eso, el tractor botó el cambio y me sacó a volar. Luego, se vino para atrás y quedé con la dirección en el abdomen y en el pecho

¿¡Fácil!? Él y sus amigos se iban madrugados en la bicicleta y durante todo el día limpiaban matas y cargaban bultos de estiércol de gallina para el abono. “Fue duro, pero allá me fue bien y terminaron por contratarme. Pero un año y medio después ya quería estudiar. Mi mamá soñaba con tener un médico en la familia. Lo único que no había era plata”, dice entre risas.

Entonces, a Mino le tocaba hacer labores varias para ganarse unos pesos; incluso, ayudar a su familia. “Cuando yo tenía 19 años mi padre manejaba un tractor y me dijo que le colaborara unos días a cortar el pasto de unos lotes y pues yo le dije que sí. Era un 25 de marzo”.

El terreno era plano, una cancha de golf en proceso de construcción de los condominios de la zona. Solo había una pequeña loma a la que había que treparse para poderla podar. “Mientras hacía eso, el tractor botó el cambio y me sacó a volar. Luego, se vino para atrás y quedé con la dirección en el abdomen y en el pecho. Recuerdo que eran como las 10:30 de la mañana”.

A lo lejos, Nelson veía a unas 30 personas, un cielo lleno de nubes que se movían y sentía que se había orinado. “Empecé a gritar hasta que me auxiliaron. Me llevaron en una camilla de madera en la que estuve hasta las cinco de la tarde de ese día”.

Luego de varios esfuerzos, de pasar por el centro de salud del pueblo, en la Clínica Nueva de Bogotá, el diagnóstico fue desalentador: tres fracturas, afectaciones en su cadera y el rompimiento de su uretra.

Su deseo de orinar era tal que el dolor lo hizo llorar como un niño pequeño. “Recuerdo que un médico sacó una aguja como de 30 centímetros y sacó un líquido verde y rojo. Totalmente turbio. Mi vida cambió en ese momento”. A los 19 años, a este campesino que quería ser profesional le dijeron que le tenían que hacer una cistotomía, una operación que consiste en practicar una abertura en la vejiga urinaria.

Durante cinco años, Nelson tuvo que dejar a un lado su meta de estudiar. “Fue una de las épocas más difíciles de mi vida. Era frustrante no poder salir de mi casa, andar en muletas, ser dependiente de mis papás”. Tuvo días de depresión que prefiere olvidar. "Pero, al poco tiempo pensé: yo no puedo quedarme aquí acostado para siempre”.

Campesino que se volvió doctor

En la foto, ‘Mino’ está con sus padres, Mercedes García y Pablo Emilio Pinzón García

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Carol Malaver/ EL TIEMPO

Mes y medio después logró cambiarse solo la sonda e irse solo a Bogotá a los chequeos médicos, armado solo de sus muletas.

Los primeros intentos de reconstrucción de su uretra fueron fallidos, el tejido de esa zona de su cuerpo estaba cada vez más debilitado. Fueron cinco años de cirugías, infecciones y dolor. Muchos planes de jóvenes eran imposibles para él y aún así, si hay algo que nunca le ha faltado, son los amigos.

Finalmente, solo la sapiencia de un veterano doctor le devolvió la vida. “Luego de la cirugía y la recuperación, orinar por primera vez fue el momento más feliz de mi vida. Dije: ¡Dios, esto es un milagro de la vida!” . A pesar de superar este obstáculo, Mino dice que parece un abuelo prostático porque su músculo quedó muy debilitado.

A los 24 años le tocó retomar su vida. Para muchos, demasiado tarde o por lo menos en estas épocas. “En ese momento mi mamá trabajaba en un colegio que tenía contactos con la Universidad Antonio Nariño. Allá entré en el 2006 a estudiar medicina con mucho esfuerzo, pero no me adapté”. Fue otro golpe para su familia. 

Mino quería estudiar en El Bosque, pero en esa universidad el semestre no estaba al alcance de sus posibilidades. “Costaba diez millones de pesos y aunque mi papás y mi tío me ayudaban, tocó pedir un préstamo en el Icetex para poder subsanar el 40 por ciento de la carrera”.

Ya con todos los trámites, el día a día de Nelson era levantarse a las tres de la mañana, ordeñar sus vacas, su otra pasión, ir a su casa a bañarse, caminar hasta la vereda El Triunfo, luego coger un bus al Codito, y luego un bus hasta la calle 134, donde quedaba su universidad. Duro, sobre todo por la exigencia de la carrera que escogió. Luego se fundía en sus libros, las clases de anatomía y las explicaciones de sus profesores.

Campesino que se volvió doctor

Nelson se graduó de médico el 23 de mayo de 2019 y pronto partirá a Tocaima a hacer su rural.

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Carol Malaver/ EL TIEMPO

Campesino que se volvió doctor

“En ese momento mi mamá trabajaba en un colegio que tenía contactos con la Universidad Antonio Nariño. Allá entré en el 2006 a estudiar medicina con mucho esfuerzo, pero no me adapté”

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Carol Malaver/ EL TIEMPO

Otro paso difícil fue acoplarse a la gente. “No me discriminaban, pero eran jóvenes diferentes a mí. Claro, con el tiempo las diferencias ya no importaron. Luego hasta me decían ‘el profe’, por lo viejo”, dice Mino riéndose.

Hoy, todo ese esfuerzo valió la pena. Nelson se graduó de médico el 23 de mayo de 2019 y pronto partirá a Tocaima a hacer su rural. Una noticia desapercibida en el país pero muy relevante en su pequeña vereda, donde muchos jóvenes, ante las dificultades, prefieren abandonar sus estudios. “Yo digo que muchas veces las trabas se las pone uno. A pesar de los problemas por los que pasé, la falta de plata, las distancias, la enfermedad, yo quería ser médico, y lo logré”.

Su meta es algún día ayudar a su familia, a su único hermano, Pablo Alejandro Pinzón, quien hace seis años padece de ataxia cerebelosa, una enfermedad que ocurre cuando se dañan partes del sistema nervioso que controlan el movimiento, y claro, ser un líder social en la vereda. “Dicen que ya estoy muy viejo para especializarme, pero me suena el tema de salud pública. Seguro también lo lograré”.

CAROL MALAVER
Twitter: @CarolMalaver
Subeditora Bogotá EL TIEMPO

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