‘Cuando llegué a la escuela los niños ya no querían ser indígenas’

‘Cuando llegué a la escuela los niños ya no querían ser indígenas’

Elber huyó de su resguardo porque grupos armados lo querían reclutar.

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‘Cuando llegué a la escuela los niños ya no querían ser indígenas’Elber Antonio Ismare Dura huyó de su resguardo porque grupos armados lo querían reclutar. Hoy lucha para que los jóvenes de su comunidad no pierdan sus costumbres ni su lengua ancestral.
Colegio José Joaquín Castro

Claudia Rubio/ EL TIEMPO

Por: Carol Malaver
20 de marzo 2019 , 11:34 a.m.

Para que Elber Antonio Ismare Dura esté hoy enseñando las costumbres de su comunidad a los niños de su pueblo Eperara Siapidaara de Timbiquí (Cauca), desplazados en Bogotá, ha tenido que huir, esconderse, aguantar hambre, discriminaciones y, luego, sacudirse las tristezas, levantarse y buscar a su pueblo con un solo propósito: enseñar el amor por sus tradiciones ancestrales.

Quien piense que lograr eso es fácil, con solo 25 años, aquí va la historia completa. Un día, cuando este indígena de la Costa Pacífica tenía 13 años, se enteró que si no salía de sus resguardo iba a ser reclutado por la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (Eln). A esta noticia ya la habían precedido otras de secuestros, amenazas y asesinatos a líderes. “Por eso, en una madrugada del 2009, mi papá me sacó a escondidas. Yo estaba asustado, no sabía hablar español. Sentí que perdía el todo de mi vida”.

Primero llegó a Buenaventura, sin siquiera saber cómo coger una ruta y luego arribó a Cali en donde lo ayudó su hermano, quien había salido del resguardo por la misma razón. Su paso por esta ciudad fue una pesadilla porque allá lo ubicaron y, de nuevo, comenzaron las amenazas para que se entregara. “Me llegaban avisos escritos, decían que algo le iba a pasar a mi familia. Recuerdo que pensé en no luchar más, pero igual mis papás iban a sufrir si me volvía guerrillero”.

Con las uñas, Elber terminó su bachillerato en Cali y luego migró a Bogotá con la única esperanza de encontrar a su comunidad, a tantos que como él salieron a causa del conflicto. “Los indígenas nos buscamos. Eso es bonito”.

Pero para posicionarse le tocó aportar a los procesos del cabildo. “La cosa es seria, empecé como secretario, en un tiempo fui vicegobernador y poco a poco fui aprendiendo de mis mayores”.

Ya en el 2016, con más valor y madurez, Elber tenía claro que su lucha debía ir encaminada a que los jóvenes que llegaran a la ciudad no perdieran sus valores culturales. Entonces, en el 2016, él y su comunidad se empeñaron en buscar una manera de traer su cultura a la ciudad.

De toda esta reflexión salió un petición que se envió a la Secretaría de Educación (SED). En esta se hablaba de la importancia de enseñar su lengua y sus costumbres a los desplazados de la comunidad en Bogotá.

La respuesta tardó pero llegó en abril del 2016. “Lo primero que hicimos fue buscar a los jóvenes indígenas de la comunidad que estaban regados por distintos colegios, pero, cuando llegué a las escuelas, muchos de los niños ya no querían ser indígenas. Eso duele y harto”.

Después de un arduo trabajo, concentraron a los jóvenes en el colegio José Joaquín Castro de San Cristóbal porque es en esa localidad en donde habita la mayoría.

Colegio José Joaquín Castro2

Aunque los niños se resistieron al comienzo, ahora entienden la importancia de preservar sus
tradiciones ancestrales.

Foto:

Claudia Rubio/ EL TIEMPO

Mientras todo eso pasaba, Elber comenzó a estudiar en la universidad Pedagógica, en calidad de víctima del conflicto, Licenciatura en Educación Comunitaria. Ese esfuerzo le permitió entrar a trabajar en la SED como dinamizador cultural, era nada más y nada menos que el primer paso para hacer que su meta se hiciera realidad.

Hoy trabaja de lunes a viernes en un colegio público en donde, de la mano de madres de su comunidad indígena, le enseñan a los niños su lengua ancestral, sus costumbres y la habilidad para que sus manos no olviden que son finas para crear arte.

En el rostro de cada niño ve su propia historia reflejada. “Todas sus familias fueron expulsadas del territorio. Sé que a dos niños les mataron a sus padres por ser líderes sociales”, dice como recordando esos días de despojo.

Según explicó, en Bogotá hay identificadas en total 30 familias de su comunidad y, gracias a su trabajo, todos los niños de estas están involucrados en el proceso, pero no fue fácil. “Lo primero que encontramos es que los jóvenes estaban perdiendo su identidad, sus costumbres, su cosmovisión y, lo más importante, su lengua. Para nuestra comunidad todo esto es primordial”.

Y es que la ciudad hace que todo sea más difícil porque están a la orden del día todas esas nuevas tendencias que alejan a la juventud de su cultura natal.

Para Elber enseñar se le ha vuelto un reto porque muchas de estas familias han llegado a la ciudad sin un lugar fijo en dónde vivir, han pasado hambre y humillaciones. “En la urbe hay pocas oportunidades para los indígenas, no hay trabajo, entonces su ánimo no es el mejor. A otros les cuesta más de lo normal aprender español”, cuenta el docente. Por eso también ha sido una buena estrategia meter a las madres cabeza de familia de la comunidad Eperara Siapidaara a la estrategia.

Queremos niños indígenas con pensamientos indígenas, que nunca pierdan su esencia

Mientras se realizaba una de las clases se veía muy activa a Flor María González. Ella, de 42 años, relevaba a los niños sus saberes en el tejido. “Yo llegué a Bogotá hace 7 años, no porque quisiera, sino porque en el 2008 hubo un desplazamiento masivo del Resguardo Indígena Guangüi en el municipio de Timbiquí. Todas nuestras familias se fueron desintegrando por el miedo. Los docentes eran amenazados, éramos atacados en el pasado por las Farc, luego del proceso de paz por el Eln y por otros grupos que ni siquiera sabíamos de dónde eran. A mi hijo me tocó sacarlo del resguardo o lo iban a reclutar”.

Ella pasó de ser auxiliar de enfermería de su pueblo a luchar en Bogotá para algún día reagrupar a su familia. Eso le costó años. Sobrevivió gracias a su arte, se salvó de morir de hambre. “Fueron épocas muy duras. Créame que es muy difícil contar esta historia. Por eso que me den la oportunidad de enseñarles a estos niños nuestra artesanía ancestral es muy valioso. Es una oportunidad de sanar las heridas”.

Flor cuenta que han disminuido las manifestaciones de discriminación en contra de los niños de su comunidad y que eso propicia que ellos no sientan vergüenza de sus tradiciones. “Queremos niños indígenas con pensamientos indígenas, que nunca pierdan su esencia”.

Elber afirma que, sin importar las barreras que se le presenten, seguirá en su labor. Enseñará de sus costumbres, de sus fiestas sagradas, de sus tejidos en joro. Trabajará para que la comunidad educativa entienda que hay que implementar educación diferencial. De hecho, les sugiere a algunos profesores la paciencia que deben tener con estos niños, propicia que les enseñen matemáticas usando las chaquiras con las que tejen sus collares y a otros docentes les explica por qué aprender inglés no es tan fácil para los jóvenes de su comunidad.

En fin, Elber dice que a pesar de que aquí les hace falta todo, hasta su Tachinawe, su guía espiritual, la que les da consejos, la que los educaba, no carecen de la fuerza indígena para unir a su pueblo. “Por eso es que todavía tenemos esperanza”.

*Esta es la primera crónica de un especial que quiere contar la lucha por educar en condiciones especiales en Bogotá. Si usted tiene una buena historia escríbanos a carmal@eltiempo.com

CAROL MALAVER
Twitter: @CarolMalaver
Bogotá
EL TIEMPO

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