Cuando educar es cuestión de vida en la enfermedad

Cuando educar es cuestión de vida en la enfermedad

Esta es la historia de los profesores que dan amor en medio del dolor.

AUTOPLAY
Cuando educar es cuestión de vida, nunca de muerteDesde el año 2010 un grupo de profesores le dijeron sí al programa de Aulas Hospitalarias, una idea consolidada en el Concejo de Bogotá, que luego tomó forma gracias al respaldo de las secretarias de Educación y Salud de Bogotá. Hoy existen 31 que funcionan en hospitales públicos y privados y que a la fecha han beneficiado a unos 37.433 pacientes.
Aulas hospitalarias

Abel Cárdenas/EL TIEMPO

Por: Carol Malaver
17 de abril 2019 , 08:54 a.m.

Valentina Chaparro es una flor, igual que la tejida en su gorro de lana que la protege del frío. Sus pétalos se han caído, pero pronto volverán a crecer. Cuando tenía 11 años le diagnosticaron leucemia linfoblástica aguda, el nombre de una enfermedad que ya hace parte de su rutina y que pronuncia sin el menor error.

Sabe que el doctor le dio un 46 por ciento de probabilidades de vivir con quimioterapia y un 89 por ciento si se sometía a un trasplante de médula. Sí, a los 11 años esta niña tuvo que escoger entre dos caminos inciertos. “Me llamaron el 13 de diciembre, el 20 me hicieron el procedimiento y el 25 de enero me dieron salida. Han pasado tres meses; me siento bien, estoy feliz”.

¿Y cómo hacías para no desesperarte en el hospital? La respuesta fue inmediata, se le iluminaron los ojos, porque algo le permitió seguir siendo una niña de colegio. “Ah, es que la profesora Ana Gil es muy buena en inglés, física y química, y Angélica, la otra profe, es una bella. Ella me enseña español, matemáticas y ciencias”.

Valentina dice que cuando llegaron las clases a la Fundación Hospital Pediátrico La Misericordia regresó al pasado. “A muchos niños enfermos se les olvida sumar, restar, dividir. Es bonito que vengan y nos enseñen para que no se nos olviden las cosas”.

Detrás de la enfermedad, la agonía, los dolores recalcitrantes, la depresión y la impotencia existe, desde el año 2010, un grupo de profesores que un día le dijeron ‘sí’ al programa de Aulas Hospitalarias, una idea consolidada en el Concejo de Bogotá, que luego tomó forma gracias al respaldo de las secretarias de Educación y Salud del Distrito. Hoy existen 31 aulas que funcionan en hospitales públicos y privados y que, a la fecha, han beneficiado a unos 37.433 pacientes.

Aulas hospitalarias2

Los profesores han tenido que transformar sus maneras de enseñar. 

Foto:

Abel Cárdenas/ EL TIEMPO

Pero detrás de estos logros están los docentes, muchos de los cuales no tenían ni idea de en qué se metían. Unos se hicieron fuertes cuando vieron a los niños batallar y otros, se derrumbaron cuando alguno de sus alumnos, como dicen ellos, “se les adelanta en camino”.

Una de estos 60 docentes del Distrito es Nancy Montenegro Rojas. Ella es licenciada en Educación Básica Primaria y desde hace ocho años está vinculada al programa, primero, en la Fundación Cardio Infantil y, luego, en varias instituciones de salud entre públicas y privadas. “Lo primero que me cuestioné fue cómo le iba a dar clases a un niño enfermo si en el colegio, cuando eso pasaba, pues uno los mandaba para la casa”.

La primera niña con la que trabajó se llamaba Vanessa, tenía 7 años y sufría de una insuficiencia renal. Nancy no quería dejarle quehaceres hasta que un superior le dijo que la tratara como cualquier otro niño. “Ella me decía: ‘Profe, déjeme tareas’. Con el tiempo aprendí que no debía ponerle límites a los enfermos”.

Otra alumna que la marcó, recuerda, tenía cáncer. “Ella ya se encontraba en cuidados paliativos. Dos días antes de que muriera, ella le dijo a su mamá que quería que yo la visitara. Recuerdo que, a pesar de que su mano estaba muy débil y frágil, ella quería colorear. Eso me marcó, fue la primera niña que se me adelantó en el camino”.

Los días siguientes, cuenta, le preguntaba a Dios por qué la había puesto ahí, pero solo el tiempo le ha enseñado a entender la muerte de otra manera. Ella y otros profesores dictan clases en la Fundación Hospital Pediátrico La Misericordia, pero pertenecen al colegio Eduardo Santos. Cada niño maneja su propio ritmo, porque con las defensas bajas o con dolor, el cuerpo resiste poco.

Leonardo Pisa, licenciado en Biología, está vinculado al programa hace un poco más de un año y asumió el grado 11. No solo logró graduar a tres niños de bachilleres sino que sus resultados en las pruebas de Estado fueron notablemente superiores. Es un ser emocional, se le nota. Sus alumnos lo han dejado marcado. Recuerda a uno de 18 años, de décimo grado. “Él solo movía la cabeza, podía escribir, pero muy lentamente. Yo no sabía qué hacer con él”. Compungido, se consiguió una aplicación en su celular que le sirvió al joven a escribir a través del dictado. “Él falleció. Fue muy emotivo el grado póstumo con sus padres”.

Le digo que este programa debería extenderse por una sencilla razón: el derecho a la educación. Convendría que fuera para todos los niños, no para algunos

Los niños pequeños lo fuerzan a investigar más. “Trabajo con una chiquita de 12 años que un día amaneció sin poder ver. Hipertensión ocular”. Cuando llegó al hospital, las enfermeras se la recomendaron. El choque emocional para la niña y la familia les derrumbó la vida.

Leonardo sabe que su recuperación no depende de él, pero, con todo el amor, se ha dedicado a buscar la forma de enseñarle. Ideó la forma de que la niña aprendiera matemáticas con números de silicona. “Trabajamos y hacemos planas a través del tacto”. Hoy los hilos, las agujas y el papel punteado se convirtieron en una esperanza para esta niña. Leonardo se esfuerza, pero es consciente que este programa debe crecer. “Aquí somos nueve y no damos abasto”.

Iván Darío Guevara, licenciado en Química, no dudó en confesar que, durante una semana de trabajo, fácilmente puede terminar llorando en cualquier rincón del hospital. “Hay situaciones que le tocan a uno el corazón porque uno tiene hijos, sobrinos”. Eso sí, nunca delante de los niños, frente a ellos es el más fuerte de los profes.

Dice que hay recompensas que no tienen precio, como cuando trabajó con una paciente de 5 años con un tumor en su rostro. Tardó días para que la niña lo dejara de ignorar, para que, por lo menos, lo volteara a mirar. “Cuando yo llegaba, solo se dirigía a su madre, hasta que un día le dijo: ‘Ma, los libros, llegó el profesor’. Fui feliz, me había ganado su confianza”. Días después la paciente presentó una falla cardiaca y entró a cuidados intensivos.

Los profesores y las clases no son solo un alivio para los niños, sino para los padres de familia que, prácticamente, viven en el hospital. Mientras los docentes hacen clase, ellos se van tranquilos, se pueden tomar un café, tomarse un respiro y, a veces, desahogarse. “Le digo que este programa debería extenderse por una sencilla razón: el derecho a la educación. Convendría que fuera para todos los niños, no para algunos”.

Iván nunca les habla a los niños de su enfermedad, sino del futuro, les hace entender que algún día saldrán de su situación y que vale la pena seguir soñando. No pasa lo mismo con los adolescentes, ellos son más conscientes de su realidad. “Trabajamos con jóvenes con una profunda depresión. Una profesora me contó que hay una niña que le dice que ya no quiere vivir. Eso es muy fuerte para nosotros”.

Aulas hospitalarias 3

Niños de Homi, Fundación Hospital Pediátrico, aprendiendo matemáticas. 

Foto:

Abel Cárdenas/ EL TIEMPO

Angélica Montero es licenciada en Matemáticas y desde marzo del año pasado debe enseñarles a los niños que permanecen en la Unidad de Trasplante. “El protocolo de atención es bastante estricto porque allí todos están en una condición muy delicada, sin defensas”. Y, a pesar de todo esto, cuando los niños la ven, sienten que regresan a su colegio. Por eso, se derrumba cuando un día le dicta clases a un niño que se ve y se siente bien y al otro día le cuentan que le empezó a fallar algún órgano, que entró a cuidados intensivos o que murió.

“Una vez me encariñé con un paciente. Lo único que podía hacer era leerle cuentos. Lo que más me marcó fue cuando su mamá me abrazó y me dijo: ‘Profe, rece por mi hijo’. No crea, uno queda muy afectado”.

A veces, los niños no se pueden ni sentar a causa de las inflamaciones y, a pesar de eso, tienen palabras bonitas para quienes les devuelven la ilusión del colegio. “Profe, tengo mucho dolor; yo quiero clase, pero no puedo, no puedo”. Esta docente ha llorado por cada niño que se ha ido, pero también reído cuando los ve salir, fuertes, alegres, a seguir viviendo.

Aulas hospitalarias4

Los profesores nunca le hablan a los niños de su enfermedad sino del futuro. 

Foto:

Abel Cárdenas/ EL TIEMPO

Hay unos pacientes más complejos, como los niños con traqueotomía o los quemados. “El año pasado conocí a una niña completamente quemada. Su mamá le pidió que la ayudará a cargar una olla de sopa caliente en un paseo en el río. Es tanto el dolor que sienten que hacemos de todo para poderles enseñar”, recordó Pisa.

Siempre, a un costado de las habitaciones o en un corredor de hospital, hay un padre de familia expectante. A unos se les ve cansados, a otros, deprimidos, agotados, pero quienes ven a sus hijos hacer tareas, colorear o fijar su mente en algo diferente a la enfermedad se les nota un dejo de tranquilidad. “Mi hijo, Jorge Isaac Bula, va a cumplir 7 años, tiene síndrome de Apert, una enfermedad genética en la cual las suturas entre los huesos del cráneo se cierran más temprano de lo normal, afectando la forma de la cabeza y la cara”.

Un día, le dijeron que él nunca podría ir al colegio, ni entender los números ni las letras, y mientras esta mujer contaba con tristeza semejante anécdota, el niño me rapaba el teléfono y con sus manos de dedos pegados abría todas las aplicaciones. “Gracias a este programa mi hijo sí aprendió. Cuando los profesores le preguntan algo y él contesta bien, mire, yo soy la mujer más feliz del mundo”.

Y es que los profesores son tan dedicados que algunos logran hasta entender qué quiere decir con los escasos sonidos que puede reproducir.

No es con lo único que tienen que batallar, lo hacen también con los que, por su condición, botan flemas todo el tiempo o con los que tienen sonda gástrica. Sí, es una batalla diaria con la realidad, pero a ellos, los profes, nada de esto les importa, porque para ellos educar es cuestión de vida, nunca de muerte.

*Esta es la segunda crónica de un especial que quiere contar la lucha por educar en condiciones especiales, en Bogotá. Si usted tiene una buena historia escríbanos a carmal@eltiempo.com.

CAROL MALAVER
Twitter: @CarolMalaver

Descarga la app El Tiempo. Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias. Conócela acá

Empodera tu conocimiento

Logo Boletin

Estás a un clic de recibir a diario la mejor información en tu correo. ¡Inscríbete!

*Inscripción exitosa.

*Este no es un correo electrónico válido.

*Debe aceptar los Términos y condiciones.

Logo Boletines

¡Felicidades! Tu inscripción ha sido exitosa.

Ya puedes ver los últimos contenidos de EL TIEMPO en tu bandeja de entrada

Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.