La fecha favorita de los vendedores de velas

La fecha favorita de los vendedores de velas

Cada siete de diciembre una industria enorme se mueve para alumbrar los rostros de los colombianos.

Fábrica de velas

El empacado es el último paso de la cadena de producción de las velas.

Foto:

Sebastián Ramírez / EL TIEMPO

Por: Sebastián Ramírez
06 de diciembre 2019 , 09:14 p.m.

Cuando el papa Pío IX convirtió en dogma la Inmaculada Concepción de la Virgen María, el 8 de diciembre de 1854, seguramente no imaginó que estaba dando a luz a la fecha favorita de los pirómanos, los fiesteros y los vendedores de velas en Colombia.

Este siete de diciembre en la noche, las entradas de las casas de casi todo el país serán iluminadas por millones de llamitas de fuego. Se prenderán velas con fósforos, con encendedores e, incluso, con los fogones de las estufas.

Las personas se quemarán los dedos jugando con la parafina derretida. Las familias pondrán la ‘música de diciembre’. Y los comerciantes de velas tendrán el día más ocupado de su año.

“La producción de velas para esta época aumenta aproximadamente un 30 por ciento con respecto al resto del año”, explica Yohanna Ávila, gerente de Coopfanalvelas, una cooperativa que distribuye estos productos a nivel nacional. Yohanna agrega que, en las fábricas de gran tamaño, la producción que está destinada para diciembre comienza en agosto. Para noviembre la distribución ya está prácticamente hecha en los negocios de Bogotá.

De acuerdo con Yohanna, este año los grandes fabricantes de velas consumieron aproximadamente 6.000 toneladas de parafina, y en este momento solo esperan ver los resultados de sus ventas en las compras al detal.

Sin embargo, en las fábricas más pequeñas, el ritmo de trabajo del siete de diciembre es frenético. “Me acuerdo que un año llegamos a las seis de la mañana y la gente ya estaba en la puerta”, recuerda James León, de la empresa Fontivelas. “La gente hacía fila ahí afuera. Nos tocó cerrar la reja porque había demasiadas personas y se acabó la mercancía”, dice James, quien, junto con su esposa, Jacqueline Ramírez, tomó las riendas de la compañía hace quince años.

Fue entonces cuando el papá de Jacqueline dijo, textualmente, que ya no quería quemarse más y ella quedó a la cabeza de la empresa. Había llegado hacía 19 años a Fontibón a comprar un lote y a montar un negocio de velas. En esa época, las fabricaba a mano, usando tubos como moldes.

Fábrica de velas

Este rincón de la fábrica podría ser el hogar de una bruja o la sala de torturas de un psicópata. Pero se trata, simplemente, de la caldera en la que se derrite la parafina para hacer velas.

Foto:

Sebastián Ramírez / EL TIEMPO

Hoy en día, hacen velas, velones, cirios e, incluso, esencias con nombres de frutas, hierbas y deseos. En un escaparate las tienen etiquetadas con rótulos rosados de letras negras. Hay esencias de maracuyá, de ruda, de saca hechizo, de talco, de ven a mí, de empleo, de garrapata, de desespero y de abundancia.

James cuenta que el esoterismo es buen cliente. En otras palabras, la industria espiritual y la de las velas trabajan de la mano. Al menos, la fábrica de Fontivelas parece la casa de una bruja: es oscura, tiene una caldera y está llena de ollas y menjurjes.

“Esa es parafina líquida”, dice Tatiana León, hija de James y casi que la jefa de ventas de la empresa. Señala un rincón de la fábrica, que tiene tres máquinas y la caldera, en la que aún hay parafina.

Esa es la materia prima de la industria de las velas, que está hecha a base de petróleo, se compra por toneladas –porque así sale más barata– y se almacena en forma de bloques macizos. Son blancos y parecen jabones gigantes. Tienen una textura oleosa que los hace difíciles de agarrar con las manos desnudas. Vienen empacados en bolsas de plástico.

La fabricación de las velas

Para hacer las velas, los bloques se derriten en la caldera, que es como un lavadero dividido en varias secciones. Luego se pasa a la máquina de velas de farol, que tiene decenas de orificios por los que entra la parafina hirviente. Mediante un sistema por el que circula agua fría, la parafina se endurece.

A veces, para acelerar el proceso, se mueve una espátula sobre el líquido, para que se seque más rápido. Cuando está firme, se gira un timón que hace que las velas salgan de los moldes. Da la impresión de que están vivas, de que crecen.

Las máquinas que hacen las velas de farol, las más populares de la noche del 7 de diciembre, insertan los pábilos de forma mecánica. El pábilo es el hilo que está en el centro de la vela. Por lo general, está hecho de algodón, un material que absorbe la cera derretida, que es, a su vez, el combustible que mantiene el fuego vivo.

Después de que las velas se sacan de las máquinas, se agrupan por docenas y se empacan en bolsas de plástico que tienen estampado un cuadro de la Virgen María vestida de azul. Al final, se cierran con una selladora, que se asemeja a una cosedora de oficina. El proceso que sigue es la distribución.

La comercialización de velas es, en su mayoría, al detal. Las velas de farol se distribuyen en paquetes de 10 o 12 unidades que pesan, según Yohanna Ávila, alrededor de 86 gramos. “Yo espero que este diciembre los colombianos prendamos, por lo menos, 160 millones de velitas”, dice Yohanna.

Fábrica de velas

Las velas son productos que sirven para casi todas las ocasiones y todos los deseos,

Foto:

Sebastián Ramírez / EL TIEMPO

Por su parte, James cuenta que es enorme el esfuerzo que hacen en su empresa para vender y fabricar las velas cada 7 de diciembre.

En ese día del año, mientras hay un grupo de personas adelante, atendiendo los pedidos de los clientes, atrás hay otro que está corriendo, operando las máquinas y tratando de no quemarse los dedos para hacer cuantas velas sea posible. James dice que hubo días en los que no había tiempo ni de comer, por la intensidad del trabajo. Pero, haciendo honor a una creencia colombiana, James dice que el hecho de tener mucho trabajo es una bendición.

Su agradecimiento es tanto que en la noche de velitas sale a la calle y comparte con los vecinos, que son los compradores más fieles de su negocio. “Si ellos no sacan el sonido, lo saco yo”, cuenta James, riéndose. Además, llevan velas dentro de faroles que parecen lámparas y prenden velones con diseños y figuras porque, como son una fábrica de velas, tienen que lucirse.

SEBASTIÁN RAMÍREZ
ESCUELA DE PERIODISMO MULTIMEDIA DE EL TIEMPO @EscuelaELTIEMPO

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