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La ciudad subterránea / Voy y vuelvo
túnel Acueducto

Tuberías del Acueducto de Bogotá.

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Hay una ciudad bajo nuestros pies que no vemos. Por ella van el cableado y el agua que bebemos.

Todo lo que pasa en la superficie de Bogotá suele ser objeto de comentarios. Buenos o malos, pero no indiferentes. Por eso, la gente se queja de los huecos, del trancón, del robo, del mal parqueo, de la basura, de la caneca, de la contaminación, etc. Las evidencias saltan a la vista. Y sí, también reluce lo positivo, como el parque, la pista BMX, el edifico nuevo, el hueco ya tapado o el puente próximo a inaugurar.

Sin embargo, hay una ciudad bajo nuestros pies que no vemos. Por ella van el cableado, la conexión del gas, la fibra óptica, el desagüe y el agua que bebemos. Y claro, también las porquerías que producimos. Pero nunca reparamos en esa otra ciudad que es la que en buena medida permite que la de arriba funcione.

Hago esta reflexión luego de ver que frente a mi oficina desde hace dos meses un grupo de hombres de la Empresa de Acueducto entran y salen del subsuelo. Extienden mangueras, extraen lodos, introducen cables y unas enormes tuberías que me dicen pueden tener entre uno y cuatro metros de diámetro. La misma altura de un bus, diría yo. Y, sin embargo, nadie se da cuenta de ello. La labor es tan milimétrica, de tal sigilo y de tal envergadura que cuesta trabajo creer que semejantes obras estén teniendo lugar bajo nuestras suelas.

Se trata del cambio de tubería para el alcantarillado pluvial y sanitario, o sea, para el control de aguas lluvias y lo que producimos en las casas. No hay una sola localidad que en este momento no esté siendo objeto de intervenciones similares. Son más de 630 frentes en toda Bogotá, con inversiones cercanas a los 2 billones de pesos. ¿Por qué se hace? Simple: porque tenían un retraso de medio siglo.

He sido un duro crítico de esa entidad, sobre todo por ese sindicalismo todopoderoso que nos cuesta miles de millones de pesos a los contribuyentes y que se da el lujo de poner concejales. Pero ese es otro tema.

Lo importante es que, además de estas obras, la empresa ha adelantado otras acciones que poco se divulgan. Por ejemplo, consiguió que los 11 humedales de la ciudad fueran elevados a categoría Ramsar, que solo se obtiene si se cumplen nueve requisitos, entre ellos, el de protección y conservación, y que otros cuatro se hayan logrado recuperar para nuestra ciudad: Meandro del Say (Fontibón), Isla (Bosa), Vaca Sur (Kennedy) y Tunjo (Bosa).

También se llevan a cabo obras en otros humedales que han sido demandadas por la oposición dado el posible impacto ambiental que ocasionan. Se trata, según el Acueducto, de la construcción de senderos peatonales, aulas y la instalación de nuevas luminarias en Juan Amarillo, Jaboque y Córdoba.

Pero los ambientalistas protestan porque dicen que debe priorizarse su recuperación antes que estimular el acceso masivo de la gente. Puntos de vista con los que se puede o no estar de acuerdo. El Córdoba, que es el que conozco, sí necesita intervención urgente y más seguridad, por ejemplo.

La falta de conciencia se vuelve tan común que una práctica simple como arrojar una colilla de cigarrillo al piso lo consideramos normal

El Acueducto también ha jugado un papel clave en el que creo es el tema más relevante en materia ambiental del presente siglo: la recuperación del río Bogotá. Haber asegurado los 2,9 billones de pesos para su saneamiento y dejar listos a finales de año los diseños para la construcción de la planta Canoas, la tercera más grande de América Latina, es encomiable.

En total, la entidad invierte algo más de un billón de pesos cada año en proyectos que permiten no solo tener agua en la casa, sino mitigar el riesgo de inundaciones y recuperar ecosistemas.

Son 6,4 billones de pesos los que se terminarán destinando al sector, eso es un billón de pesos más que el presupuesto de Medellín en un año. Vale la pena tener en cuenta que si los ciudadanos nos empeñamos en arrojar basuras por los sumideros, en arrojar desperdicios a los humedales, a los caños o al mismo río, es como botar la plata inmisericordemente.

La falta de conciencia se vuelve tan común que una práctica simple como arrojar una colilla de cigarrillo al piso lo consideramos normal, a sabiendas de que todo lo que tiramos a la calle va a parar a la quebrada o al humedal y, finalmente, al río. Por eso lo tenemos como lo tenemos.

Cuando uno mira el esfuerzo tan tenaz que se hace para que no nos falten el agua ni el alcantarillado, y garanticemos un mínimo de vitalidad en nuestros ecosistemas,
es cuando debemos reflexionar no solo sobre la ciudad que tenemos frente a nuestros ojos, sino la que tenemos bajo nuestros pies, que es tan importante como la que avizoramos en el horizonte y con la que nos tomamos selfis.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe de EL TIEMPO
Twitter: @ernestocortes28

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