‘Con deudas y sin trabajo en eventos las ganas de vivir se me fueron’

‘Con deudas y sin trabajo en eventos las ganas de vivir se me fueron’

Camilo cuenta cómo las crisis de su gremio tras la ausencia de espectáculo agudizaron su depresión.

‘Con deudas y sin trabajo en eventos las ganas de vivir se me fueron’

La depresión es una de las enfermedades mentales que más ha agobiado a la población durante la pandemia.

Foto:

Ilustración: Sebastián Márquez

Por: Carol Malaver
16 de octubre 2020 , 11:25 a. m.

El demonio de la depresión ya se estaba despertando en Camilo Rodríguez, un productor de eventos en vivo, de 46 años, que trabajaba en una empresa logística como director de proyectos y de control interno de actividades masivas.

Y justo, cuando la enfermedad reaparecía, su gremio tuvo que parar actividades de tajo tras la llegada del covid-19 y las medidas de confinamiento. “Fuimos los primeros en suspender todo. Eventos que ya estaban en curso se fueron al piso, no importó que la gente ya hubiera pagado por ellos y lo peor es que sabemos que vamos a ser los últimos en reactivarnos”.

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Fue como si el mundo se parara frente a sus ojos. El primer golpe fue no haber podido visitar a su hija e ir a su grado. “Yo ya tenía todo listo para viajar a Canadá, donde vive con su mamá. También tengo un hijo en Barcelona. Todos lejos y con esta situación, eso me pegó muy duro”.

Camilo Rodríguez

Camilo Rodríguez, productor.

Foto:

Archivo particular

En Colombia su contrato laboral terminó el 20 de marzo y con esto los problemas económicos. “El covid 19 fue el detonante y otra vez caí en un estado de depresión. Fueron muchos picos emocionales”.

La felicidad, la ansiedad, la rabia, la tristeza son emociones que llegan y se van, pero en el caso de Camilo esta última se quedó. “Comencé a llorar todos los días, a toda hora, por todo, incluso en las reuniones en donde yo capacitaba a personas. Sentía que quería quitarme la vida”.

Este hombre maneja carro y moto y, muchas veces, la ideación suicida de ‘estampillarse’ contra lo que fuera ocupó su mente. Al tiempo las deudas de las tarjetas de crédito no daban espera. A veces se consideraba un comprador compulsivo.

La felicidad, la ansiedad, la rabia, la tristeza son emociones que llegan y se van, pero en mi caso esta última se quedó. Comencé a llorar todos los días

Camilo Rodríguez

Durante la pandemia muchos eventos se fueron al piso.

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Archivo particular

Camilo, sin embargo, buscó ayuda médica pero muy en el fondo no deseaba seguir así que un día comenzó a despedirse de los seres que más quería a través de su chat de WhatsApp y a pedirles perdón por su situación.

Una noche de junio la situación llegó al límite. “Ese día me emborraché, tomé mucho, también ingerí un cóctel de pastillas y como yo había trabajado en seguridad para artistas saqué un arma que tenía y me la puse en la boca”. Todo eso fue en un estado de inconsciencia absoluto.

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Afortunadamente, algo evitó que Camilo terminara con su vida. Al otro día, al ver las fotos que él mismo se había tomado, entró en shock. “Yo me cogía la cabeza y me preguntaba ¿pero qué hice?”.

Su hermana se enteró de lo sucedido, tal vez alertada por los amigos del productor, y fue así como arribaron a su casa y se lo llevaron de urgencias para una clínica. Había pepas de toda clase encima de su cama.

La Paz

Camilo fue internado en la clínica Nuestra Señora de la Paz. Allá fue claro en decirle al médico que ya no quería vivir más, que las ganas se le habían acabado. Luego hizo tres llamadas y tuvo que entregar el teléfono, sus cordones, su correa. “Fui internando en un cuarto de 4x4 con otro hombre que no conocía. Me dijeron que iba a ser por diez días. Me puse a llorar pero pensé que si iba a ser para bien tenía que agachar la cabeza y cooperar”.

Pronto llegaron las citas con psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, entre otros. “Yo llegué pesando 130 kilos y me pusieron a una dieta extrema”. Recuerda que tuvo que decirles a los enfermeros que bañaran a su compañero porque no soportaba su olor.

Luego, cuenta, vino una rutina de ejercicios que lo ayudaban a lidiar con el encierro. Al tiempo tenía de ingerir muchos medicamentos diarios. “Mi hermana me llevó 20 libros y así pude soportar mejor todo esto porque al comienzo no podía ver televisión”.

Vivió tantas cosas que aún se sorprende. Incluso tuvo que ser trasladado de espacio varias veces por los contagiados de covid-19 que iban registrándose, afortunadamente nunca se enfermó. Dormir era su mayor dificultad y por eso tuvieron que reforzar algunos tratamientos.

Todas las realidades con las que se estrelló fueron casi que una terapia más para Camilo. Conoció a un adolescente de 16 años que decía hablar con la virgen y había intentado suicidarse. Era fuerte y se peleaba con los enfermeros. “Tenían que cogerlo entre ocho personas. Al final fuimos amigos y me hizo caso de volver a comer y dejaron que llamara a su mamá”.

También conoció a dos mujeres que se quitaban la piel de sus brazos. “Empecé a comprender que había otras personas con problemas y enfermedades muy tristes”. También a una paciente que era adicta a los medicamentos y un niño que había intentado quitarse la vida con un cuchillo. “Con ellos comprendí que levantar la mano y pedir ayuda había valido la pena y que aunque lo mío fue duro había casos más graves. Al final me diagnosticaron depresión, soy bipolar y tengo tendencias suicidas”.

Camilo dice que la experiencia en la clínica no solo le permitió salir de la crisis sino que llenó su cabeza de ideas para ayudar a los demás. “El trabajo de todo el personal de salud fue muy profesional y yo no tengo queja”. De hecho encontró la raíz de su tristeza en las separaciones que ha sufrido en su vida.

Ya estando en su casa hizo parte de un programa que se llama Clínica Día en donde, conectado con varios profesionales y personas, dibujaba, hacía origami, participaba de charlas y se seguía recuperando.

Uno de los momentos más reconfortantes fue cuando prendió su teléfono y encontró decenas de mensajes de cariño. “Me di cuenta que existía mucha gente buena que se había preocupado por mí pero también muchos que estaban en crisis iguales o parecidas a la mía, y también por la falta de trabajo tras la pandemia”.

El renacer

Camilo quedó sorprendido cuando se dio cuenta que muchos productores del gremio estaban quebrados y con deudas. “Algunos que me debían plata me dijeron que ya no me iban a pagar, simplemente no tenían con qué”.

Otra parte que tuvo que sortear fue decirle a los bancos que no tenía cómo pagarles. “Yo no estaba acostumbrado a eso. Son cosas que lo afectan a uno hasta que comprendí que gente de todo el mundo está en el mismo problema. Entonces pensé que tenía que hacer algo”.

Así surgió Stage Hope (escenario de la esperanza) y el #ProductoresSolidarios. “Llamé a mis amigos productores y les dije que nos inventáramos algo para ayudar a las personas del gremio”, contó Camilo. Muchos y muy reconocidos le dijeron que sí.

Entre todos, acordaron un nombre y un logo de lobo pues se consideran líderes de manadas, una raza de trabajadores que no se rinde. Pronto había un equipo digital listo.

Luego empezaron a evidenciar la pobreza oculta del gremio y animar a la gente a que pidiera auxilio. “No estamos en los estratos uno y dos entonces no recibimos las ayudas del Gobierno pero tampoco somos ricos como para tener ahorros. Es una situación muy difícil”. Otra problemática es que la mayoría trabajaba como contratistas y sin prestaciones sociales.

El propósito es claro: hacer una red de apoyo para los productores de eventos de Bogotá. Camilo dice que en la ciudad puede haber 1.000 y que en este momento ya han impactado a 200. A muchos les han entregado mercados, les han pagado el internet, los servicios o conseguido trabajo. “Hay muchos que andan en BMW y no tienen qué comer. No los juzgo, nadie se esperaba esto”.

También pusieron en marcha algo que se llama Academia que ha contado con el apoyo de productores insignes de varias partes del mundo. Entonces además del apoyo económico han generado posibilidades de capacitación, con los mejores del medio y además, gratis. Todo esto a través de Facebook o YouTube. “Hemos logrado hasta 240 personas viéndonos en simultaneo”.

Y como si fuera poco también hay un componente deportivo, Stage Fit, en donde el que quiera puede conectarse y ejercitarse.

Esta red de apoyo es, sobre todo, un lugar para hablar y apoyarse en estos tiempos de crisis. 192 personas ya trabajan para una misma causa, entre ellas, Daniel Jamaica, productor ejecutivo; Gilbert Duarte, Planner; Germán Barandica, productor diseñador; Ricardo Montenegro, productor diseñador; Eduardo Malpica, productor de campo; Carlos Moya, productor logístico; Julián Marín, productor técnico, Olber Currea, productor ejecutivo; Gerson Becerra, seguridad y transportes; Andrés Albornoz, Production manager Taichi y productor general. También Daniel Quiñones, Andrés Rodríguez y Alejandro Peña, director de riesgos y muchos más que han ayudado con su causa.

“Toda esta crisis solo ha traído cosas buenas. Ayudar ha sido parte fundamental de mi recuperación. Yo solo le quiero decir a las autoridades que mucha gente está fregada y que, mentalmente, estamos sufriendo mucho”.

No estamos en los estratos uno y dos entonces no recibimos las ayudas del Gobierno pero tampoco somos ricos como para tener ahorros. Es una situación muy difícil

*Esta historia hace parte del especial Trastornos de Ciudad, un espacio para hablar de la enfermedad mental en Bogotá y la región. El propósito es dejar de estigmatizar este padecimiento e impulsar a quienes lo necesiten a buscar ayuda. Si usted tiene una historia para contarnos escríbanos a carmal@eltiempo.com

Otras historias del especial: 

‘Mi trastorno se manifestó con deseo de poner azúcar sobre mi cuerpo’.

‘Perdí mi trabajo por el terror que sentía de hablar con mis jefes’.

Un día mi jefe me dijo que olía feo, que si era yo’.

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