El hambre, la otra pandemia que también golpea a los hogares

El hambre, la otra pandemia que también golpea a los hogares

Subsidios y contribuciones se deben complementar con control de precios y estrategias innovadoras.

Entrega mercados

Entrega de alimentos a familias vulnerables de El Codito, en Bogotá, por parte del Ejército Nacional y la Fundación El Nogal.

Foto:

Cesar Melgarejo - EL TIEMPO

Por: Omar Oróstegui Restrepo
23 de abril 2020 , 08:42 p.m.

Las imágenes son dramáticas: trapos rojos en las ventanas de las casas, manifestaciones en vía pública y largas filas de personas esperando para acceder a las ayudas alimenticias. A esto le sumamos los hogares de clase media que pueden estar experimentando procesos de empobrecimiento a causa de una disminución de sus ingresos, lo que los pone en una situación de vulnerabilidad, pero, dadas sus condiciones de vivienda, es difícil que puedan clasificar para acceder a los programas sociales que tienen los más pobres.

Si bien la cuarentena reduce el riesgo de contagio, está provocando dificultades económicas en los hogares, en particular en los grupos más vulnerables que viven del día a día y hacen parte de la informalidad laboral.

Pero también afecta a varios sectores formales de la economía que requieren ingresos para garantizar sus obligaciones financieras. Basta mencionar que el 28 % del empleo en Bogotá lo genera el comercio, hoteles y restaurantes, y un 23 %, los servicios sociales, comunales y personales.

Hace pocos días, un estudio de las Naciones Unidas estimó que el efecto de la pandemia aumentaría el número de pobres hasta 500 millones de personas, cerca del 8 % de la población mundial. Aunque es prematuro proyectar cálculos para Bogotá, las cifras antes de la coyuntura muestran que el 12,4 % de los bogotanos son pobres; en otras palabras, 1’014.450 personas sobreviven con menos de 283.828 pesos al mes.

Cuarentena Bogotá miércoles 9

Muchos funcionarios de la Alcaldía y varios voluntarios hacen entregas de mercados en zonas del sur de la capital.

Foto:

Milton Díaz. EL TIEMPO

Estas cifras de pobreza en la capital pudieron haber empeorado en las últimas semanas para aquellos que no cuentan con los medios suficientes para afrontar la cuarentena y que viven del día a día. De estos se resaltan las mujeres cabeza de hogar, discapacitados, mujeres gestantes y lactantes, e incluso los niños menores de 5 años.

Cálculos de Bogotá Cómo Vamos (BCV) estiman que más de la cuarta parte de los hogares de la ciudad con niños en primera infancia se encuentran en condición de pobreza monetaria (28,2 %).

Preocupa, particularmente, el aumento de la desnutrición crónica (talla baja para la edad) y del bajo peso al nacer, indicadores cuya prevalencia vienen creciendo en los últimos años en la ciudad. Entre 2016 y 2018 hubo un incremento en el número de casos de desnutrición crónica en niños y niñas menores de 5 años: se pasó de 22.740 casos a 29.965.

Y es que la pobreza también está asociada al hambre. El año pasado, la FAO estimó que 113 millones de personas enfrentaban crisis alimentarias y que más de 800 millones, desnutrición crónica.

En Latinoamérica, posiblemente la expansión del covid-19 y sus medidas para reducir el riesgo estén provocando hambre en los más pobres, quienes, a su vez, ven comprometida su salud al no tener una adecuada nutrición, lo que los hace más susceptibles al virus.

Omar Oróstegui

Omar Oróstegui Restrepo - Director de Bogotá Cómo Vamos

Foto:

Bogotá Cómo Vamos

De acuerdo con la Encuesta de Percepción Ciudadana de BCV, para el 2019 el 14 % de las personas afirmaron que durante el último mes consumieron menos de tres comidas diarias porque no había suficientes alimentos. De estos, la mitad indica que sucedió 1 o 2 veces y el 34 %, entre 3 y 10 veces. Las mujeres se ven más afectadas: el 16 % dice haber consumido menos de tres comidas diarias frente al 12 % de los hombres.

Es muy probable que la desaceleración económica agrave la inseguridad alimentaria, que junto con fenómenos como la inflación y el incremento del dólar terminen afectando el precio de los alimentos y la capacidad de compra de los hogares. Esto puede cambiar los patrones de alimentación y aumentar los índices de desnutrición en los más pobres, e incluso la clase media.

Para el caso de Bogotá, por ejemplo, las cifras muestran que en el 69 % de los hogares, al menos una de las personas económicamente activas que están ocupadas, no cotizan a fondo de pensiones; que en el 18 % de los hogares existe al menos un miembro del hogar mayor de 5 años sin aseguramiento a seguridad social en salud, y que en el 20 % de los hogares existen 3 o más personas a cargo por cada miembro ocupado.

De allí que el papel del Estado y los gobiernos locales resulte transcendental; sobre todo en Colombia, donde los sistemas de bienestar y aseguramiento social no son tan robustos como en el caso de las ciudades europeas.

Las recetas tradicionales de subsidios y contribuciones se deben complementar con un control en los precios de los alimentos, subvenciones en efectivo y estrategias para proteger el tejido social de las comunidades más vulnerables.

Incluso valdría la pena pensar en modelos disruptivos de política social para reducir la vulnerabilidad alimentaria de los más pobres, como, por ejemplo, convertir los parques en huertas urbanas de mayor escala, donde se le garantice la distribución de semillas y fertilizantes a las comunidades. El modelo de las ciudades inglesas, australianas y americanas nos muestra que hoy es posible.

Será una gran prueba de altruismo social y de resiliencia colectiva para nosotros y para los gobiernos

No basta con fortalecer mecanismos de protección social para amparar a los más vulnerables, hay que cuidar también los medios de vida y los recursos de subsistencia de los hogares. Eso significa comprender mejor los factores que afectan la pobreza en las familias y que tienen relación directa con su composición, tamaño y estructura, que en muchos casos determinan su capacidad para afrontar los eventos adversos, como la pérdida de ingresos, el desempleo o el covid-19.

Los hogares con mayor número de dependientes (niños y ancianos) podrían estar en desventaja en este momento, porque entre más dependientes, mayor son los costos y las necesidades que deben cubrir con sus bajos ingresos.

Esta coyuntura es una oportunidad que nos obliga a innovar, adaptarnos y reaprender. Será una gran prueba de altruismo social y de resiliencia colectiva para nosotros y para los gobiernos.

Nadie se puede quedar atrás.

OMAR ORÓSTEGUI RESTREPODirector de Bogotá Cómo Vamos@bogotacomovamos

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