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Así es el trabajo de los recolectores de residuos de covid-19
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Recolectores de residuos de covid-19Recolectores de residuos de covid-19.
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Nestor Gómez

Así es el trabajo de los recolectores de residuos de covid-19

Óscar y Róbinson son dos bogotanos que recogen materiales peligrosos que se producen en hospitales.

A las 9 de la noche, Óscar Moreno y Róbinson Álvarez salen en un furgón Iveco color blanco a hacer el recorrido que los lleva por cerca de 12 hospitales y clínicas de Bogotá. Van con overol azul oscuro, careta, tapabocas con varios filtros y dobles guantes en las manos, uno tan largo que les llega hasta los codos.

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Ellos tienen la tarea de recoger los residuos que producen el personal médico y de enfermería, los miles de pacientes que todos los días visitan esos centros médicos y los enfermos y fallecidos por el mortal covid-19, que en la ciudad se ha cobrado cerca de 6.000 vidas.

Óscar, de 36 años y tres de experiencia en ese oficio, es el conductor del vehículo con capacidad para transportar 4,5 toneladas. Róbinson tiene 42 años, cinco como auxiliar y otros tantos con otras empresas de recolección. Pero no obstante esa experiencia, estos dos hombres todavía sienten susto cuando se enfrentan todas las noches a los arrumes de bolsas.

En cada una hay diversos materiales, tan peligrosos que la más mínima desatención a los protocolos de seguridad o una falla en el empacado de los residuos, una labor que no hacen ellos, los puede exponer a una grave infección y a largos tratamientos.

“Lo que uno recoge son solo virus. Por eso, al llegar siempre se siente algo de impacto. Nos toca ser muy precavidos. Eso ha sido lo más berraco de este oficio”, confiesa Óscar, quien comenta que su esposa y su hija siempre le expresan su preocupación por ese trabajo y le piden cuidarse y evitar las aglomeraciones.

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Oscar Moreno y Robinson Ávarez, trabajan de 9 de la noche hasta cerca de las 2 de la madrugada.

Foto:

Néstor Gomez

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Si bien esos residuos son empacados en dobles bolsas selladas, y ellos llevan trajes y guantes especiales, pueden ocurrir accidentes. Róbinson recuerda que hace poco casi se pincha con una aguja de jeringa: aunque se debía depositar en un recipiente diferente, alguien no lo hizo.

“Mi Diosito me ha protegido de agujas y accidentes. Si uno se llega a meter una aguja, toca llamar rápido a la empresa y que lo lleven a la clínica para que lo inyecten y le hagan exámenes, y cada dos meses hay que estar en control. Eso es delicado”, explica Róbinson, que fue criado en una familia devota a la Virgen y a Cristo y no hay domingo que no vaya a misa. Por eso, cada vez que sale de su casa, en Ciudad Bolívar, su madre le da la bendición y ora por él, sus compañeros y por todos los enfermos de covid. Es todo un ritual, según cuenta.

Estos dos bogotanos de nacimiento tienen la ruta cinco y forman parte del grupo de más de 20 personas que todas las noches se dividen los 10 recorridos de recolección de materiales como batas, guantes y otros elementos conocidos como de riesgo biológico; instrumentos, como pinzas, tijeras, jeringas y bajalenguas, así como restos humanos y fluidos corporales. Estos últimos también son llamados residuos anatomopatológicos.

En condiciones normales no son muchas las personas que están dispuestas a medírsele a ese oficio, y ahora menos. El covid representa mayores riesgos. Eso lo saben estos dos hombres, que desde finales de marzo empezaron a trabajar juntos en la misma ruta. Su primer contacto con el coronavirus fue cuando los asignaron al recorrido que pasaba por la villa olímpica, donde estaban los repatriados de Wuhan, (China).

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Mi Diosito me ha protegido de agujas y accidentes. Si uno se llega a meter una aguja, toca llamar rápido a la empresa y que lo lleven a la clínica para que lo inyecten y le hagan exámenes

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“Esto no es para todo el mundo. Hay gente que si le toca coger una bolsa con una mano o un pie, no se aguanta y renuncia a los pocos días”, dice con su marcado acento paisa Róbinson, un bogotano hijo de una armenia y un yacopicense. Ante lo cual Óscar agrega: “Tengo amigos que me dicen: ‘Así me paguen el triple, no trabajo en eso’. A nosotros nos toca porque esto es lo que nos da la papita”.

Una vez salen de la planta de Ecocapital, el primer establecimiento que se encuentran en la ruta es el hospital San Diego; luego, el San Ignacio, y después, el Militar, en
Chapinero. Deben ingresar hasta la zona donde se encuentra el depósito para recibir las bolsas rojas, agruparlas en canastillas, subirlas al camión y trasladarlas hasta una planta en Fontibón, en el occidente de Bogotá.

Ellos saben con claridad qué tipo de elementos manipulan en esas bolsas y cuáles son las de covid. Están rotuladas. Pero, de todas formas, siempre una persona les indica cuáles son y qué material contienen. Las pesan en grupos de a cinco y las depositan en unas canastillas de color vino tinto. Las otras son puestas en las naranjas. Todas son organizadas en fila, y las del coronavirus van separadas dentro del vehículo.

En cada parada pueden ser 10, 15, 20, 30 o, incluso, 50 o más. Eso puede variar de un día a otro y depende del hospital. Lo que sí no cambia es que al final de la ruta pueden sumar 240 canastillas (aproximadamente 1.200 bolsas) y un peso de 4 a 4,3 toneladas.

“Son bastantes las bolsas de covid. No son más que las otras, pero sí venían aumentando. Un día nos dicen: ‘Ahí les entrego 50 canastillas de biosanitario y 10 de covid’, y al otro día ya no son 10 de covid, sino 15”, dice Róbinson refiriéndose al hospital San Ignacio, que no se compara con la producción del hospital Militar, donde pueden ser 120 canastillas de unas y 30 de las otras, para un total de 1.200 o 1.300 kilos. “Antes no se recogía eso, sino 10 o 15”, reitera este padre de un niño de 10 años. No obstante, aclara Óscar, en los últimos días ha habido una pequeña reducción.

Después de más cuatro horas de recorrido y tras visitar 10 centros de salud, uno de consultorios y una funeraria, ya hacia la 1:40 o 2 de la mañana del día siguiente, estos dos recolectores regresan en el furgón Iveco blanco a la base que tiene Ecocapital en Fontibón, donde las bolsas son separadas.

En principio, todas van a dar a cuartos refrigerados. Pero luego, las de riesgo biosanitario son sometidas a un proceso de termodestrucción dentro de unos tanques, y terminan en el relleno Doña Juana. Las otras, las de covid y las demás de riesgo anatomopatológico, las incineran en una planta en la vía a Mosquera, a unos 20 minutos de Bogotá.

Pero ahí no termina la jornada para Óscar Moreno y Róbinson Álvarez. Estos recolectores deben entregar sus trajes, bañarse a esa hora de la noche y pasar por un largo proceso de desinfección. A las 3 o 4 de la madrugada están regresando con sus familias, uno en Engativá y el otro en Ciudad Bolívar, para descansar unas horas y esperar otra vez sentir ese susto que los invade cuando tienen al frente los arrumes de bolsas rojas con esos materiales peligrosos, entre ellos los residuos producidos por enfermos y fallecidos por covid-19.

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