‘Quiero que me canten un alabao cuando muera, pero vivo en Bogotá’

‘Quiero que me canten un alabao cuando muera, pero vivo en Bogotá’

Así es como los cantos fúnebres del Pacífico sobreviven a las dinámicas urbanas y el desplazamiento.

‘Quiero que me canten un alabao cuando muera, pero vivo en Bogotá’

Los alabaos solo se hacen cuando hay muertos porque, de lo contrario, pueden abrirse puertas que no van a ser cruzadas porque no hay almas que las necesiten.

Foto:

Juan Soriano / EL TIEMPO

Por: Ana Puentes
10 de mayo 2019 , 03:44 p.m.

Cuando Aurora Casierra canta su alabao en la oscuridad, recuerda las dos noches que pasó oculta en una lancha, navegando por el río Patía huyendo de la violencia. Ocho días después, llegó a Bogotá. Y hace más de 20 años que no vuelve a Tumaco. “Abandoné mis raíces
Dejé a mis padres y hermanos
Sin saber la suerte de ellos
Y me vine a Bogotá
A un mundo desconocido”

Este el canto que entona Aurora en los pasillos del Centro de Memoria Paz y Reconciliación. Algunos espectadores, que caminan a su lado, dejan escapar una lágrima.

Por culpa de la violencia

Fue compuesto por Aurora, quien se inspiró en su desplazamiento forzado para componerlo.

Aurora continúa. De su puño y letra salió este alabao, un canto fúnebre propio de las culturas afro del Pacífico. Aunque nunca cantó uno en Tumaco, recuerda cómo los mayores los recitaban en las novenas para despedir a sus muertos mientras ella, de niña, jugueteaba en una estera.

Ahora, en medio de una representación llamada ‘Andá, Subí y Vé’ canta, orgullosa, su historia y la de una tradición que resiste en ciudades como Bogotá.

‘Andá, Subí y Vé’ es una investigación becada por el Idartes que resultó en una representación artística que ya tuvo dos presentaciones en el Centro de Memoria Paz y Reconciliación. 

Jeka Garcés, su autora y directora, logró que la gente estuviera inmersa en el recorrido de un alma hacia su descanso después de la muerte. Aunque, claro, no había un muerto propiamente.

“Los alabaos solo se hacen cuando hay muertos porque, de lo contrario, pueden abrirse puertas que no van a ser cruzadas porque no hay almas que las necesiten. Por eso elegimos el Centro Memoria, que queda junto a los columbarios del Cementerio Central”, explica Garcés. En últimas, sus cantaoras pensaron en las almas que quizá no habían encontrado el descanso y, por eso, cantaron para ellas.

“A los espectadores quisimos hacerlos participar, porque así entienden nuestras costumbres de otra forma”, añade Garcés.

Y, en efecto, a la gente se la puso a comer pan ayemado, a beber viche –una bebida alcohólica artesanal del Pacífico– y a acompañar a las cantaoras en un ‘levantamiento de tumba’ que incluyó el canto de tres alabaos en plena noche bogotana.

Alabaos

Un artista representó el alma que busca su camino para partir al descanso final.

Foto:

Cortesía CMPR

Alabaos

Las cantaoras acompañaron al alma durante su recorrido. Los espectadores tenían la posibilidad de estar inmersos en la experiencia.

Foto:

Cortesía CMPR

Alabaos

Algunas de estas mujeres fueron víctimas del conflicto armado. Otras son jóvenes y adultas que se integraron para enriquecer con su experiencia este trabajo.

Foto:

Cortesía CMPR

Alabaos

La representación se hizo en el Centro de Memoria Paz y Reconciliación.

Foto:

Cortesía CMPR

Jesús López, pintado de blanco, interpretó el alma difunta mientras avanzaba animado con las voces de las cantaoras:

Contigo me voy pal cielo

“Señores vengo del cielo, María cómo quedó / Contigo me voy pal cielo Manita ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! por Dios / El que se va no se aleja ni queda en el olvido / El que se va hoy descansa, y nos cuida del horror / Yo quiero morí' en mi tierra Como lo ha mandado Dios”.

Cantos de vida y muerte

“Quien no llore un alabao ni encuentre recuerdos en él, tiene un corazón de piedra”, dice Aurora. Por eso, trata de conservar esa tradición y compartirla desde ejercicios comunitarios.

“Con el conflicto uno se enfoca en sobrevivir y comienza a olvidar. En las ciudades, por el cambio de dinámicas, muchos dejamos de cantar”, narra.

Y es que hay barreras culturales que impiden que en barrios de Bogotá se pueda despedir a un fallecido como lo manda la cultura afro del Pacífico.

Normalmente, el cuerpo reposa nueve días en la casa de la familia hasta que se hace el ‘levantamiento de tumba’ o el momento en que alma ‘hace el paso’ para su descanso eterno.

A las 12 en punto

A la una en punto / Muy serenamente / ¡Ay! Se despide esta alma / ¡Ay! Alma para siempre / A las dos en punto Muy serenamente / ¡Ay! Se despide esta alma / ¡Ay! Alma para siempre

En Bogotá, por normas sanitarias, esto no se puede hacer y las familias afro terminan por despedir a sus seres queridos en funerarias. En el silencio de un mundo blanco y ajeno. Aurora, por ejemplo, solo ha podido cantar dos veces aquí.

“El día que yo me muera, me tienen que cantar un alabao aunque sea, como lo hicieron con mis ancestros. Pero si no se puede, entendería. En las funerarias piden permisos”, lamenta.

Claudia Mosquera, investigadora del Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional y experta en temas raciales y de comunidad afro, explica que algunas comunidades se las ingeniaron para mantener los alabaos para los adultos y los gualés y chigualos, para los niños.

“Hace 22 años supe que en el barrio Britalia y Roma hacían ritos fúnebres. Y hasta allá llegaban personas de otros sectores para cumplir con la ceremonia. Cuando les prohibieron hacerlo, recurriendo a las novenas a los santos que mueven la espiritualidad en el Pacifico”, afirma.

Esto para la abuela Daira Quiñones (cuyo nombre ancestral es Daira Akina Razana), una sabedora y líder afro de Bogotá y Cundinamarca, es una pérdida grave: “es una celebración que fundamenta los lazos de la familia y de solidaridad de un pueblo. Pero la identidad cultural ha sido afectada por el conflicto armado”, asegura.

Precisamente, esta era una de las preocupaciones de Jeka Garcés en su investigación. “La conservación y realización de los cantos fúnebres se ha debilitado debido al carácter invasivo de la guerra y las consecuencias del conflicto armado. Algunas veces no hay cuerpo al cual ceremoniar porque lo han desaparecido o toca abandonarlo para no morir en medio del caos”, dice.

Fenómenos como este se vivieron en Bojayá, Buena vista y otra infinidad de territorios.

El día que yo me muera, me tienen que cantar un alabao aunque sea, como lo hicieron con mis ancestros

“Hay un remordimiento de que si no canto, no cumplí con mi parte del legado. Además, para el vivo da cierta tranquilidad hacerlo. Cuando no se tiene eso, el duelo es distinto. Uno se siente ahogado y cree que algo no salió”, afirma Garcés.

El muerto también sufre. De acuerdo a los testimonios recogidos con cantaoras y víctimas de la violencia, los alabaos conectan al difunto con los Santos que guían su camino. Pero si falta cuerpo o faltan dolientes, “es posible que nunca encuentre el camino para realizar su tránsito a la otra vida y que el alma se quede penando”.

También se han disminuido por cuenta de otros factores. “Las iglesias evangélicas ya habían hecho una parte del trabajo. A partir de los 80 y 90 ha habido una deserción muy fuerte hacia las iglesias neoprotestantes, donde estos cultos están prohibidos”, apunta Mosquera. Y Aurora coincide, hace mucho tiempo sus padres dejaron de cantar “a mi mamá después de vieja yo no sé que le dio, se convirtió al evangelio”, ríe. Como la tradición es oral, con cada voz que se apague, hay una fuente menos de saberes.

Ante este preocupante panorama, mayores y jóvenes le han apostado a recuperar los cantos. Aurora, por ejemplo, le transmite el conocimiento a sus tres nietos pequeños y también lo comparte con el grupo Echembelek, una iniciativa comunitaria de mujeres que rescata la identidad cultural afro en Soacha. La abuela Daira, por su parte, lidera una escuela de saberes en Agua de Dios (Cundinamarca) en la que trabaja también en la recuperación de medicina ancestral y partería. Centros como este también existen en Bosa, San Cristóbal, Kennedy, Suba y Antonio Nariño.

Jeka Garcés, finalmente, desarrolló esta investigación que busca mostrar a la ciudadanía que la muerte en el Pacífico es un canto de vida e identidad cultural.

¿Dónde y cuándo?

Habrá una nueva función este viernes 10 de mayo a las 7 p. m. en el Centro Memoria, Paz y Reconciliación (carrera 19B N° 25 -86). La entrada será gratuita.

ANA PUENTES
EL TIEMPO 
En Twitter: @soypuentes

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