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Así eran las redes sociales de hace 50 años
Lavaderos de ropa

Pese a la tecnología, algunas costumbres y lugares no han desaparecido. Los lavaderos comunitarios, como este creado por Jorge Eliécer Gaitán en 1936, en el centro de Bogotá, siguen vigentes de la misma manera que en aquella época.

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Abel Cárdenas. EL TIEMPO

Así eran las redes sociales de hace 50 años

En cinco décadas se pasó de la tienda de barrio y los lavaderos de ropa a Twitter y Facebook.

Las cadenas de cartas escritas a mano y repartidas por debajo de las puertas pidiendo oración o promocionando algún servicio o producto sirven para comenzar a explicar cómo funcionaban las redes sociales en nuestro medio hace un poco más de 50 años. Esa cadena tenía una función equivalente a lo que hoy implica reenviar o compartir mensajes o archivos desde un celular.

Al lado de estas cadenas estaba la radio, que hace unos 50 años era el único medio para saber qué pasaba en el país y en el mundo. Si, por ejemplo, en los Llanos Orientales había que divulgar una información urgente de un enfermo grave o un fallecimiento, la única vía era utilizar La voz del cinaruco. Y en Bogotá, la única forma de masificar información y necesidades era Radio Santafé, particularmente en el programa matutino Hacia una vida mejor, dirigido por el Julio Sánchez Cristo de la época, don Efrén Yepes Lalinde.

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Los colombianos se relacionan hoy a través de WhatsApp, Twitter, Facebook, Instagram, YouTube, Messenger, Telegram, LinkedIn, Snapchat, Tinder, Signal, Spotify y TikTok, para solo nombrar algunas de las redes y aplicaciones. Todo se sabe en vivo y en directo.

Hoy en día, que las redes sociales están en pleno ascenso y en el ojo del huracán por muchos motivos, vale la pena darles una mirada y repasar cómo operaban las rústicas y parroquiales de hace más de medio siglo.

Chismes y fantasías

Comencemos por las tiendas que eran el punto de encuentro de la cuadra, el barrio o el pueblo. Don Aniceto, un tendero del barrio Lourdes, localizado en el suroriente de Bogotá, era el hombre mejor informado. Escuchaba junto al teléfono público, pegado a una de las paredes de su tienda, todas las peleas y conversaciones, incluidas las de amor. Los borrachos le contaban todo. Las señoras se confesaban con él, quien además era el consejero de los proveedores, los policías, que le gotereaban tinto, y toda la clientela que le contaba realidades, fantasías y chismes.

Y Aniceto, a su vez, seleccionaba y desclasificaba la información para darle a cada uno lo que requería. Claro, se beneficiaban más los que estaban al día en el cuaderno donde apuntaba los pedidos que hacían al fiado (crédito) muchos de sus clientes.

Otro punto de encuentro o red social de entonces, sobre todo de los jóvenes, eran las esquinas de cada cuadra. Allí se reunían todos los días, particularmente después de las seis de la tarde, para intercambiar información sobre sus compañeros. Una efectiva red social. Todo se contaba y todo se sabía allí, donde se deliberaba hasta altas horas de la noche, cuando los padres salían y les gritaban a sus hijos: ‘¿qué son estas horas de estar echando paja en la calle?, ¡eche pa la casa!’.

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Había una red social de solo mujeres: los lavaderos de ropa públicos y privados. Este era un punto de encuentro obligado y querido por ellas. En Bogotá había dos famosos. Uno localizado en el conocido punto de El Túnel, en el barrio Belén, del centro de la ciudad, y otro en la carrera 7.ª con calle 175, en el norte. Allí, durante horas, ellas rajaban de todo y de todos mientras hacían las pelotas con jabón AzulK para refregar, y luego enjuagar, torcer y tender las prendas al sol en cuerdas o sobre piedras.

Estas redes sociales eran un verdadero voz a voz, pues no eran mensajes de texto, videos, memes, fotos ni grabaciones, como hoy. Eran gritos, secretos y hasta señas.

Las fotos instantáneas

Para buscar pareja y casarse había un muy curioso Tinder. Se trataba de las agencias matrimoniales, cuyos dueños ponían avisos clasificados en los periódicos y propiciaban encuentros. No era gratis. Los interesados pagaban una inscripción, que hace unos cuarenta años era de unos 500 pesos. El dueño o la dueña analizaba las hojas de vida, y a su arbitrio y como le daba la gana contactaba a uno con otro. También se hacían fiestas y encuentros para acercar a los interesados.

Entre las pioneras de estas ‘fábricas de matrimonios’ estaba la agencia Vogulys, donde su propietaria, Beatriz Ramírez, cuadraba las parejas.

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En los formularios que llenaban los solicitantes se debía describir género, profesión, nacionalidad, edad, estatura, color de tez, ojos y cabellos; estado civil, religión, ingresos y capital. Se tenían que detallar hasta los defectos físicos, para lograr que cupido actuara.

Bueno, y las selfis de ese tiempo, que no eran autofotos como hoy, se tomaban y se hacían en la carrera 7.ª con calle 12, el centro de Bogotá, en plena vía pública, donde fotógrafos callejeros ambulantes disparaban sus cámaras Instamatic a los transeúntes, les entregaban un recibo y, al día siguiente, reclamaban y pagaban por lo que entonces se llamaba una ‘instantánea’.

El fotógrafo disparaba su Instamatic a los transeúntes, les entregaba un recibo y, al día siguiente, estos pagaban y recibían lo que entonces se llamaba una ‘instantánea’.

Y como estamos hablando de fotos, pues el Facebook de la época eran los álbumes, que no faltaban en ninguna casa y donde se almacenaban todos los retratos. Cuando había visita, el plan era ver y comentar las fotos, como haría hoy cualquier usuario viendo en Instagram un cumpleaños o un matrimonio.

El YouTube o el Netflix de entonces eran Betatonio y las muchas tiendas de video de los barrios, donde se alquilaban las películas en casetes de video para ver en el betamax.

Actualmente, todavía muchos recuerdan el WhatsApp o el Telegram de esos tiempos: los apartados aéreos, que eran unos casilleros arrendados que se pagaban anualmente y estaban en las oficinas de Avianca. A los usuarios se les entregaba una llave para abrir su apartado y sacar su correspondencia. Nada parecido a hoy, cuando abrimos las aplicaciones para ver los correos y mensajes de manera instantánea.

Claro, las cartas eran otro WhatsApp que no tenía nada de inmediatez, pues duraban días, semanas y hasta meses en llegar a su destinatario. Un cartero de carne y hueso llegaba a la dirección de destino, pitaba, hacía firmar una planilla y entregaba el sobre.

Telegramas, tuits y Waze

Para ser más concretos, hace 50 años, la mensajería instantánea o Messenger eran los telegramas, un mensaje de pocas palabras –para bajar costos– que llegaba a una dirección física en 24 horas. Algo que hoy un millennial no entiende fácilmente, y menos un centennial.

Ahora pasemos al Twitter, que para muchos, como el periodista Felipe Zuleta, es una cloaca. Pues, hace medio siglo eran las puertas y paredes de los baños públicos y de las escuelas, donde la gente expresaba con vocabulario extremo toda clase de improperios, sin el límite de los 280 caracteres de hoy. Claro, también eran tuits los mensajes publicados en muros y carteleras hablando bien o mal de alguien, de algo o de cualquier entidad.

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Como ya vamos terminando este recorrido por las técnicas arcaicas de comunicación social y las nuevas tecnologías digitales, tenemos que recordar como el Google y la Wikipedia de la época eran las enciclopedias. Salvat, Británica, Espasa y otras eran los únicos buscadores de todo. Nos resolvían todas las dudas y nos ayudaban a hacer las tareas.

No podemos dejar pasar los rudimentarios Zoom, Teams o Meet de antaño. Se trata de los potentes altoparlantes colocados en las torres de las iglesias o en lo más alto de la casa de la alcaldía. Desde allí, el párroco, el alcalde o un buen vecino tomaba el micrófono para dirigirse a una audiencia que no veía y que era la comunidad que esperaba mensajes y convocatorias de interés general. En la actualidad, este mecanismo todavía está vigente en muchos municipios y veredas, contaminando auditivamente y alterando la comunidad que teletrabaja o atiende educación virtual.

Ah, y el Waze era muy auténtico: con preguntas y señas. Por ejemplo, un taxista preguntaba en la calle: ‘por favor, ¿dónde queda la carrera 2.ª número 03-08?’. El interrogado respondía: ‘ahí derecho, dos cuadras, y a la izquierda en la primera puerta encuentra un muchacho que le informa’.

Tiempos aquellos, cuando las redes sociales no podían estar a toda hora a nuestra disposición y al alcance de la mano en un aparato móvil que se lleva hoy en el bolsillo o la cartera, y que además sirve hasta para hablar por teléfono; ¡antes nos tocaba tener paciencia, esperar, gritar, escribir a mano y hasta recurrir a los mensajeros humanos para llevar una razón!

AMÍLKAR HERNÁNDEZ
Para EL TIEMPO

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