La arriesgada labor de limpiar el campo de minas antipersonal

La arriesgada labor de limpiar el campo de minas antipersonal

Esos artefactos dejaron 221 víctimas en 2018, cuatro veces más que en 2017, cuando se reportaron 57.

Minas antipersona: Desminado humanitario en Planadas Tolima

El más mínimo error en el desminado puede ocasionar una explosión. Por eso, los encargados limpian, centímetro a centímetro, los territorios, con estrictos protocolos.

Foto:

Cortesía. Humanity and Inclusion Colombia

Por: Felipe Motoa Franco
04 de abril 2019 , 02:41 p.m.

Colombia es el tercer país del mundo con el peor índice de presencia de minas antipersonal. Solo lo superan Afganistán e Irak.

En el país, advierte el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), en el 2018 se llegó a 221 víctimas por estos artefactos explosivos: casi cuatro veces más que en 2017, cuando hubo 57. Este año van 24 víctimas, entre ellos seis civiles.

A pesar de los esfuerzos de Descontamina Colombia (Dirección para la Acción Integral Contra Minas Antipersonal), entidad adscrita a la Presidencia, y de otras instituciones y organizaciones, miles de colombianos en el campo siguen en riesgo de pisar una mina y perder alguno de sus miembros o incluso morir.

Este jueves, en Icononzo, Tolima, el presidente Iván Duque declarará libres de contaminación por minas a 75 nuevos municipios, con lo que se llega a 346 de los 693 que registraban algún tipo de contaminación por ese tipo de elementos.

Aunque hay avances frente al 2006, año en el que la Unidad Nacional para las Víctimas reportó 1.050 hechos relacionados con la explosión de artefactos, la problemática sigue vigente. De hecho, desde el 2018 ha vuelto a crecer de modo desmesurado. Solo en Norte de Santander el incremento de víctimas en dicho periodo fue de 800 por ciento, al pasar de 7 a 63 casos. Nariño, segundo en el lamentable escalafón, tuvo 70 incidentes. En el 2017 había sido 10, pero se elevó en 600 por ciento el número de víctimas.

Los habitantes de veredas y corregimientos son los más perjudicados: de 221 afectados el año pasado, 128 fueron civiles inocentes, y de ellos 31 perdieron la vida y 26 no llegaban a los 18 años en el momento de las explosiones.

Minas antipersona: desminado humanitario

Con detectores de metales entran a hacer desminado humanitario

Foto:

Cortesía. Humanity and Inclusion Colombia

Este jueves, con motivo del Día Internacional para la sensibilización contra las minas antipersonal, promovido por la ONU, EL TIEMPO presenta este especial, que reúne voces y relatos de héroes que exponen sus vidas para cuidar las de otros y de víctimas en torno a una problemática que fustiga a los colombianos de múltiples regiones y que la mayoría esperamos que algún día desaparezca para siempre de nuestros campos.

Comunidades, Ejército, gobiernos y empresas privadas actúan en valles y montañas del país para detectar y desactivar estos peligrosos artefactos explosivos. Energía para la Paz es un ejemplo: lo lidera el Grupo Energía Bogotá (GEB) y trabaja para declarar libre de riesgo a 11 municipios del Huila, Tolima y Valle del Cauca.

De la mano de los uniformados y de la ONG The HALO Trust (que capacita a los habitantes para que ayuden a identificar zonas de riesgo y luego participen en el desminado), han logrado despejar un corredor de 200 kilómetros, por donde pasará un proyecto de transmisión eléctrica denominado Tesalia–Alférez.

Además, han neutralizado 20 artefactos explosivos y declararon libres de minas a 25 veredas (de 43 visitadas) que han vuelto —o volverán— a recobrar su vocación productiva, lo que les permitirá a decenas de campesinos, niños, adultos y ancianos volver a sus terruños sin temor a ser borrados de la faz de la tierra. La OEA verifica el proceso de desminado.

Energía para la Paz es un ejemplo: lo lidera el Grupo Energía Bogotá (GEB) y trabaja para declarar libre de riesgo a 11 municipios del Huila, Tolima y Valle del Cauca

“Ahora, las mamás (en esos territorios descontaminados) se pueden quedar tranquilas en casa, mientras sus hijos caminan al colegio, y los campesinos pueden ir a los cultivos sin preocupación”, manifiesta la presidenta del Grupo Energía Bogotá, Astrid Álvarez.

El coronel Zenén Contreras, del Comando Operativo de Estabilización y Consolidación Zeus, que desde hace dos años viene trabajando en zonas rurales de Tolima, dice que han encontrado “minas alrededor de colegios, en carreteras y cerca de caseríos y de las bocatomas de agua, y la mayor afectación era para la población civil”, añade.

Con el morral a cuestas, José Yamith Garzón, agricultor de 37 años, avanza por la calle polvorienta de Planadas, Tolima.

Es un campesino de mirada en alto y manos fuertes de cultivador. Al observar sus tenis, limpios aun viniendo de la montaña, se nota que el izquierdo está calzado por una prótesis. El 29 de septiembre del 2014 una mina se lo destrozó y obligó a que se lo amputaran. Hubo muchas lágrimas, pero no lograron borrarle la sonrisa.

Él es una de las 523 víctimas de minas antipersonal entre 1999 y el 2016 en ese municipio del sur tolimense, cuna de la desmovilizada guerrilla de las Farc. Tras luchar en un proceso de recuperación física y emocional, afirma convencido: “Tuve rabia, pero a mi Dios hay que buscarlo y él juzgará, yo no guardo rencor y ahora agradezco que puedo caminar” (vea nota ‘José anhela’).

Pero muchos otros corrieron peor suerte y pagaron con sus vidas la degradación del conflicto armado (vea nota anexa ‘Héroes muertos y rituales’).

José Yamith anhela volver a patear un balón de fútbol
Víctima de mina antipersona

Tras meses de terapias, José Yamith Garzón volvió a caminar, con una prótesis. Le amputaron el pie izquierdo en el 2014, luego de pisar una mina antipersonal en Planadas, Tolima.

Foto:

Felipe Motoa Franco. EL TIEMPO

No había pasado una semana luego de la explosión cuando Daneyi Garzón (entonces de 11 años) fue a visitar a su padre, José Yamith, al hospital de Neiva. Allí estaba internado, no se podía mover y le habían amputado el pie izquierdo.

La niña salió del ascensor en busca de su papá. Llegó hasta la puerta de la habitación y al verlo lleno de vendas y repleto de cicatrices, entró en shock: “¡Papi, párese de la cama! ¡Párese de ahí!”, repetía, mientras el llanto la ahogaba.

Enfermeras, familiares y pacientes se conmovieron con la escena, que hoy, cuatro años y medio después, José describe con los ojos encharcados. “Ese fue el momento más duro, muy dramático. Pero, luego, la niña echó a entender”, cuenta este campesino cultivador de café en la vereda San Miguel, de Planadas (Tolima). Allá ocurrió su tragedia.

El desminado humanitario que en la actualidad lideran el Ejército, el Grupo Energía Bogotá y la ONG The Halo Trust en el sur del Tolima ha logrado despejar de minas el 100 por ciento del municipio de San Francisco, el 70 por ciento de Chaparral, el 40 de Río Blanco y, hasta ahora, el 30 por ciento de Planadas. “Una labor muy buena la que hacen. Limpian el territorio de esa contaminación”, opina José Yamith.

José describe con los ojos encharcados: 'Ese fue el momento más duro, muy dramático. Pero, luego, la niña echó a entender'

Un anciano vecino también pisó un artefacto maldito; no quedó amputado, pero sí disfuncional en su rodilla. Otro hombre joven de la zona, igual, cayó en una de esas trampas y le amputaron la pierna.

El clima y la tierra del municipio propician cafetales de alta calidad. De hecho, una multinacional de tiendas de café compra gran parte de la producción de este territorio, no solo para servir tazas humeantes en Colombia, sino en otras ciudades del mundo.

Este hombre de nariz aguileña, ojos miel y piel trigueña es uno de los miles que se trepa en las montañas a sembrar y recoger los granos. Lo hace desde chiquito en la finca Jamaica, herencia de sus abuelos. Lo ha vuelto a hacer desde que recuperó su movilidad (tras meses de terapia y dolor) y su terruño fue desminado: “Ha sido duro verme así, porque yo tenía un proyecto de vida y me lo afectaron. Subir hasta los montes y altos es complejo; a veces, la pata se calienta mucho y le provoca a uno arrancársela”, apunta entre risas. “Pero sembrar café y fríjol es lo que sé hacer. Mi esposa y mis hijos son los que me dan fuerza”. Sus manos, sanas pero con cayos del trabajo, aún le permiten laborar.

Aparte de Daneyi, José Yamith también es padre de un joven de 20 años y de un bebé que nació el año pasado. Lo bautizó Dávinson, inspirado en el defensa de la Selección Colombia de Fútbol, Dávinson Sánchez. Ese es su deporte favorito, y aunque a veces le duele el muñón que le quedó después del 29 de septiembre del 2014, día en que una mina lo hizo volar por los aires y temer por su vida, advierte que sigue afianzando su prótesis para volver a hacer lo que tanto le gusta: “Darle pata a ese balón. No hay que perder el ánimo, no me puedo acongojar”.

Así opera el equipo que desactiva los explosivos
Desminado militar humanitario

El desminado militar humanitario explota los artefactos que encuentran. Así despejan los territorios.

Foto:

Felipe Motoa Franco. EL TIEMPO

Uno de los mayores riesgos para el Equipo de Explosivos y Demoliciones del Ejército (Exde) es cuando una mina está conectada a otras bajo tierra, y al explotar la primera, se activan las demás.

“Así me pasó una vez en Arauca, donde tuve que sacar a varios compañeros con las piernas mochas”, se lamenta el cabo Edilberto Manotas Lerma, comandante del equipo que trabaja en Planadas, Tolima. “Ahí uno siente que no pudo cumplir su misión. Pero luego desactiva muchas otras minas y así salva la vida del pelotón y de los civiles”, agrega.

Hace dos meses, a un kilómetro de donde narra, hallaron varias minas antipersonal, después de un hostigamiento de un grupo disidente de las Farc. “Las destruimos”, cuenta el uniformado, con inicios de sordera, efecto de las detonaciones.

Así me pasó una vez en Arauca, donde tuve que sacar a varios compañeros con las piernas mochas

Junto a cuatro hombres y un perro destruyen los artefactos sin explotar que ha dejado la guerra. Primero, hablan con la comunidad y la previenen de dónde y cómo puede identificar minas. Después, escuchan lo que les dice la gente y así definen las zonas a intervenir.

Una vez enfocan el campo, el primer soldado lanza una pericuerda (bola de metal amarrada a un lazo de hasta 25 metros); esta cae y el hombre empieza a halar, boca abajo, barriendo el terreno y haciendo un primer descarte; repite el procedimiento, mientras sus compañeros esperan detrás, en el suelo. En cualquier instante puede haber explosión.

Desminado militar humanitario

El Batallón de Operaciones Terrestres 18, del Ejército Nacional, opera en Planadas, Tolima. Muchos de sus soldados son veteranos del conflicto.

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Felipe Motoa Franco. EL TIEMPO

Luego, Bruno, el canino, entra en el perímetro barrido por la pericuerda y olfatea centímetro a centímetro en busca de pólvora u otro elemento sospechoso. Cuando identifica algo, se echa al suelo: “¡Eso es, buen niño!”, lo felicita el amo.

A continuación, el detectorista se vale de un rastreador de metales para trazar, paso por paso, un camino hasta el animal; así le marca la ruta al cabo Manotas. Con chazos y cinta de color señalizan el sendero de acceso, que será el mismo de salida.

Manotas llega hasta el artefacto. A su lado, acomoda una carga explosiva, que al estallar reventará la mina. Antes, enciende dos cuerdas que se tardan 120 segundos para consumirse. Tiempo suficiente para volver con sus muchachos, resguardarse y esperar a que el campo quede limpio. Repiten el procedimiento cientos de veces al año.

La imagen religiosa que protege a los desminadores

De espalda casi tan ancha como su fusil, el soldado José Riascos, nacido en Pradera (Valle del Cauca), una zona que fue golpeada por el conflicto, rememora los tiempos más duros de la guerra junto a una Virgen María que es símbolo de esperanza en su unidad militar. La figura religiosa, de túnica beis y café, cargando al Divino Niño, luce ataviada de escapularios y camándulas.

Riascos, adscrito al Batallón de Operaciones Terrestres 18, en Planadas (Tolima), aterrizó en el sur del departamento en el 2003, en pleno clímax de la guerra con las Farc. Recuerda que en aquella época, antes de salir a patrullar o a contener una incursión insurgente, la mayoría de uniformados se acercaban ante la imagen, hincaban sus rodillas, se despojaban de sus rosarios y se los entregaban a María en busca de protección.

Desminado militar humanitario en Colombia

En el Batallón de Operaciones Terrestres 18 la tropa confía en la Virgen María; desde la época más difícil de la guerra le ofrecen camándulas y escapularios.

Foto:

Felipe Franco Motoa. EL TIEMPO

“Escapulario que me dieran de una vez se lo colgaba a la Virgen hasta que volviera a salir para la casa. A veces tocaba dejarlo porque se confundía con otros”, confiesa el uniformado, de dientes blancos como el marfil y piel negra que brilla como el charol. Quienes fallecían en combate nunca más volvían a reclamar sus amuletos.

Había que encomendarse a Dios, a la Virgen, a los ángeles y a los santos, repite, porque “después de estallar las minas, a veces solo encontrábamos una piernita”.

Ese fue el caso del soldado profesional Torres, oriundo de Pasto y quien era puntero del pelotón. Abría trocha en un paraje del cañón de las Hermosas (Cauca) cuando una detonación borró su existencia, en el 2008. “Pisó una mina y quedó totalmente despedazado”, describe Riascos, militar con 18 años de servicio. A los familiares les llegó una bandera con insignias y sepultaron un ataúd sin cuerpo.

“La reacción era una baja de moral tremenda
; muchos pidieron la baja del servicio, no aguantaban. La verdad, muchas veces pensé lo mismo, pero le pedí mucho a Dios y seguí, gracias a él”.

Riascos también evoca al sargento primero Arboleda y dos soldados profesionales que murieron por la explosión de un mortero; hermanos de vocación que se convirtieron en héroes muertos. Unos 350 cayeron en la zona desde el 2003.

Entre sus tareas figura la de custodiar el equipo de Explosivos y Demoliciones (Exde), que realiza desminado militar humanitario en las veredas de Planadas y otros municipios. Lo que vive hoy, al acercarse a los pobladores para hablar con ellos, e incluso lo convidan a algún bocadillo, le hace pensar en viejos tiempos, aquellos en que entraba a las tiendas del pueblo y no le vendían nada:

“Había que poner la plata en la vitrina, y uno mismo coger lo que iba a comprar. Poco a poco nos fuimos ganando la confianza y así, paso a paso, fuimos recuperando el territorio”, cuenta Riascos, cuya mayor motivación en esta vida de sacrificio son sus hijos de 12 años y 3 años. “Son la fortaleza para seguir. Espero salir bien de acá en los dos años que me faltan”.

Felipe Motoa Franco- @felipemotoa
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