Ojo al sancocho: el festival de cine más popular de Colombia

Ojo al sancocho: el festival de cine más popular de Colombia

Perros actores, niños cineastas y los resultados de un largo esfuerzo comunitario.

Ojo al Sancocho

Mural hecho con pintura y muchas ganas.

Foto:

Sebastián Ramírez

Por: Sebastián Ramírez - Escuela de Periodismo Multimedia de EL TIEMPO
11 de octubre 2019 , 09:43 p.m.

La Real Academia Española da muchas versiones de lo que quiere decir la palabra 'popular' y en tres de ellas se refiere al pueblo, a la gente, a una masa homogénea que se puede identificar con muchas cosas. En ese sentido, Ojo al Sancocho es el festival de cine más popular de Colombia.

Se hace cada año en el mes de octubre en el barrio Potosí de Ciudad Bolívar. Su centro de operaciones es el Potocine, un elemento insólito, como un plátano en un ajiaco, pues resalta entre las construcciones que tiene cerca. Está rodeado por un océano de casas de ladrillo y a los pies de un colegio que ya no es colegio. 

Por fuera se ve futurista porque es un cubo envuelto en láminas de plástico celular, traslúcido y brillante. Su estructura es de guadua firme, antisísmica. Por dentro es oscuro, tiene sillas de tela negra y el piso es de un rojo que refleja la luz.

Los vecinos del barrio ayudaron a levantarlo después de que el extinto Instituto Cerros del Sur, les cediera el terreno. 

Para llegar al Potocine hay que bajarse en la decimoprimera parada del alimentador 6-9 que sale del Portal Tunal y caminar hacia el sur. Y si no, ir preguntando, según me dijeron cuando llamé a los organizadores. Quería conocer el Potocine y ver una película hecha por los pelados de Ojo al Sancocho.

En el camino aprovecho la vista, porque desde Ciudad Bolívar Bogotá se ve descomunal de día y linda de noche. Cuando llego hay de todo: conversatorios, charlas magistrales y, claro, películas.

En la noche, Yaneth Gallego se para en frente del público. Es una de las cofundadoras de Ojo al Sancocho. Tiene el pelo crespo, recogido, es sonriente y le pone más cuidado a la gente que a los periodistas. Confiesa que no es presentadora, pero que lo intenta. Habla con el tono desenfadado que tienen las profesoras de primaria. Hace un recuento de la historia del Festival.

–Nos dimos cuenta de que había indígenas, afro, comunidades Lgbti y que muchos de ellos estaban bien organizados. Entonces, ¿por qué Ojo al Sancocho? Ojo por lo audiovisual y sancocho por esa diversidad social, política y cultural que tiene este territorio- cuenta Yaneth.

Ojo al Sancocho

El Potocine es una sala de cine en la que el arte se resguarda con comodidad.

Foto:

Sebastián Ramírez

Sebastián, un niño de unos nueve años, se sienta a mi lado. Escuchamos juntos a Yaneth.

–Estoy aburrido –confiesa Sebastián, que mira con curiosidad la cámara con la que grabo. Pero no con una curiosidad ingenua, él sabe de qué se trata todo el asunto.

Me dice que es distinto grabar con cámaras de vídeo y con cámaras de fotografía. Le digo que esa que sostengo es de fotografía, pero que la uso para grabar. Me pregunta que qué es lo que quiero grabar. Le digo que grabaré cuando empiece la película.

–Pero no empieza –me dice.

Yaneth redondea su intervención. Muestra que no tiene que ser presentadora para hablarle a la gente y le da paso a la película. Las luces se apagan.

Pero antes vienen las ‘promo’ del festival. Los niños se emocionan. El suspenso previo a una película es mucho más emocionante en el Potocine. Este es un lugar global y familiar al tiempo. No siempre se tiene la oportunidad de ver una producción con los actores, guionistas y directores que lo llevaron a cabo.

–Yo salgo ahí –me dice Sebastián señalando la pantalla.

–¿Dónde? –pregunto yo.

–Ahí, ya pasó. ¿No me vio?

–No... –le respondí yo, queriendo decir sí.

Comienza la película. Se llama Lucas y el Camino de la resistencia. Es un corto de los pelados de la Escuela Popular de Cine de Ciudad Bolívar. El protagonista es el perro del barrio, que es negro robusto y voluntarioso.

En la película moviliza a todo el barrio para que evite que talen un árbol. La historia se alterna entre una realidad descarnada y un mundo animado, hecho en plastilina, al que se puede llegar soñando bajo la sombra del palo que quieren cortar.

Ojo al Sancocho

Ojo al Sancocho tras bambalinas.

Foto:

Sebastián Ramírez

Cuando termina, hay listo un documental del detrás de cámaras. Los niños hablan de cómo hicieron el corto. Cuentan que los regañaron, que se tuvieron que esforzar mucho y que, de todas formas, a todos les sigue gustando el cine. Dicen que se atrevieron a grabar en partes de la calle que les daban miedo, que las escogieron de antemano, que retomaron lo que era suyo.

Al final del documental todos aplauden, algunos chiflan y, entre tanto, los canes se meten a la función. Pero no les va mal, no los sacan a escobazos. La audiencia los quiere, los acaricia y los mima, porque en el Potocine todo se hace distinto.

Los bogotanos podrán seguir diciendo que les fue como a los perros en misa cuando algo les salga mal. Pero cuando les vaya bien, podrán decir que les fue como a los perros en el Potocine.

SEBASTIÁN RAMÍREZ
Escuela de Periodismo Multimedia de EL TIEMPO

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