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Los Billis, la banda de Unicentro, narrada por un testigo
Los Billis

Mario Cruz, ganador de un concurso de baile en la discoteca Unicornio, en 1981, cuando la rumba era sana, antes de que llegaran las drogas a estos lugares.

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Foto: Directivas de Unicornio en 1981, José Bosejo

Los Billis, la banda de Unicentro, narrada por un testigo

Felipe Mercado escribió su historia de adolescencia en los 80, que estuvo marcada por este grupo.

No tenían más de 15 años. Salían de comprar un cuarto de libra de ‘bareta’ de la única olla que había en el norte de Bogotá en 1984, en la calle 80 con carrera 24. Caminaban carcajeando, trabados, atentos a qué mal menor hacerle a algún vecino descuidado.

Una droguería fue el blanco. Pinocho y Juano le hicieron conversación a la dueña de la farmacia. La entretenían mientras Lucas se embutía en la nevera de helados que estaba afuera.

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Medio cuerpo se removía entre las paletas y la mujer, ansiosa, le gritó a Lucas que qué era lo que estaba haciendo. “Busco la que me gusta, pero no la encuentro, ya casi, ya casi”, le mintió de vuelta. A unos 10 metros, Felipe Mercado esperaba. Sabía que algo iban a hacer esos chinos (él tenía 17 años y estudiaba en la Distrital literatura) mientras que los ladrones de helados estaban más cerca de la pubertad que de la cédula.

Y pasó. Todos corrieron tras Lucas, que llevaba el botín en las manos. Poco pudo hacer la señora por recuperar sus paletas. Afuera había otro par de muchachos. Lucas le dio un helado a cada uno, incluso a Felipe, a quien apenas conocían.

Ese episodio muestra la talla de quiénes eran ellos, en su cofradía, todo era para todos, era una democracia bellísima. Si había un perro caliente, era un mordisco para cada uno, era una vaina de locos, éramos unos niños y esos manes me demostraron que los Billis eran solidarios y comprometidos, por eso fueron tan unidos, siempre andaban en gallada y por eso los vimos como un objeto de culto, fueron tristemente célebres”, habla Felipe.

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Este hombre creció en los barrios donde se escribió la leyenda de los Billis, un grupo de adolescentes de estratos 5 y 6 que empezó como un ‘parche’ de amigos que andaban por el norte, pero que, muchos, terminaron integrando una banda delincuencial captada por lo más irracional del narcotráfico capitalino.

Unicentro, el primer centro comercial de la ciudad, fue el lugar en el que empezaron los encuentros, donde los ‘hijos de papi’ de la época se reunían para presumir sus cabellos engominados, las pañoletas, los pantalones entubados, los zapatos Zodiac, las motos, los carros, las joyas que solo los prestantes de la capital podían costearse.

Eran muchos, y quizá fue el número el que los hizo creer invencibles, irremediables. Llegaron a tomarse Uniplay, el sitio donde se jugaba por horas Space Invaders o Asteroids. Se sentaban a sus anchas por los pasillos. Tomaban trago, fumaban marihuana, robaban al frente de todo el mundo.

Felipe frecuentaba el lugar, le gustaba la literatura, el azul del cielo de Usaquén que custodiaba las salidas en bicicleta, los bolos, las hamburguesas de Burger King, y admirar a esa cofradía de intocables gomelos que admiró, amó y odió.

Tantos sentimientos y recuerdos lo llevaron a escribir. Estudió una licenciatura en letras en la Universidad Central y como tesis de grado decidió contar su historia. Durante años narró para pocos algunas peleas de discotecas, las hazañas como la del Negro Javier en la que –él solito– levantó a golpes a cuatro manes.

Su hermano vio ese escrito y en el 2012 lo publicó en Facebook. Cientos de comentarios de personas que estuvieron en esa pelea aparecieron. Muchos recordaron los días de los Billis, y una comunidad empezó a crecer.

Cada domingo escribía un episodio para esta red social. Lo que nunca imaginó Felipe es que, ocho años después, esos retazos de los 80 se unirían con testimonios de los protagonistas de esos tiempos para convertirse en el recién lanzado libro: Se llamaban los Billis de Unicentro.

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“Yo tenía mi tesis en torno a la influencia negativa y tóxica que había tenido sobre mi generación esa época del narcotráfico, por ese culto al dinero fácil y esa arrogancia del traqueteo. Nosotros estuvimos muy condicionados por esa cultura. Para soportar esos argumentos me basé en los testimonios de unos amiguitos que conocí desde muy pequeño, que eran los Billis, ellos vieron cómo mataron a sus amigos, sus hermanos, desde el principio de los 80 éramos unos niños que jugábamos en las maquinitas, y ahí comenzó todo, porque resulta que ese fue el caldo de cultivo para esa pandilla”, contó Mercado.

El tránsito de ser un grupo de jóvenes mal portados, marihuaneros y ladrones de paletas, a delincuentes de talla mayor, ocurrió cuando las directivas de Unicentro no soportaron más estas actitudes en sus instalaciones y decidieron emplear a la Policía para expulsarlos.

Cientos de adolescentes se tomaron la carrera 15, y desfilaron por esta avenida pasando por encima de los carros, dañando espejos, haciendo males, hasta llegar a la rumbera zona de la 98.

La multitud de discotecas como Río, Amnesia, Scape, El Urban, Stardust, Fuente Azul, Unicornio, donde antes solo había rumba sana, de baile de música Disco, terminaron captadas por el perico y la rumba pesada. El avance de esta generación, de quienes muchos terminaron muertos, en la mendicidad (por el bazuco), o en la cárcel, como Luis Araque, uno de los más reconocidos Billis, y quien ha entrado a prisión más de 18 veces, fue retratada por Felipe.

La nostalgia, la muerte, la diversión, el amor en la carrera 15 de los ochenta, está condensada en este libro que no hace una apología al crimen, sino que rememora aquellas escenas que bailan en la mente del autor y en el que juzga, apelando a los hechos, a los delincuentes que mataron a muchos Billis, y a los propios Billis. Pero que también es un retrato de una ciudad que desapareció.

“Los escenarios donde sucedió todo no existen, el parque de la 98 era un parque con rodadero, hoy es una vaina diferentísima, solo cemento y ladrillo; la Caracas era llena de urapanes, hermano, y ya no hay nada; siento como si me hubieran arrancado algo, tengo ganas de volver a escribir, recordar, y volver a esos recintos. Me duele todo, la muerte de estos manes, aunque los envidiaba, me duele que nuestra generación se haya ido por el sifón, porque más de uno sigue siendo igual, delincuentes, mentirosos, y tramposos, pero el 90 por ciento somos gente de bien”.

ÓSCAR MURILLO

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