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Bogotá: grafiti y arte urbano, dos protagonistas de la selva de cemento
Grafiti en Bogotá.

Grafiti en Bogotá.

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César Melgarejo / EL TIEMPO

ESPECIAL

Bogotá: grafiti y arte urbano, dos protagonistas de la selva de cemento

Grafiti en Bogotá.

Así se ha transformado la ciudad gracias a las creaciones en la calle. Cronología e historias.

Es de noche. Suena al fondo una ambulancia, un camión y un carro que parece ser de un modelo anterior al 2010. Hace frío y llueve, pero no es una lluvia fuerte. Es una de esas noches oscuras típicas de la capital. Hay algo de neblina. En medio del ruido nocturno, se escuchan aerosoles. “Tss, tss, tss”. Se sabe que hay alguien ‘rayando’ una pared. El amanecer mostrará el resultado.

(Ingrese al especial sobre arte urbano y grafiti)

Es algo que ocurre a diario en Bogotá. En cada barrio hay al menos un grafiti o un mural pintado. No importa el estrato ni el sector. En cada obra, las letras y los colores en las paredes son protagonistas. Pero, ¿cómo se convirtió la ciudad en una inmensa galería —si se pudiera llamar de esa forma— a cielo abierto? EL TIEMPO habló con artistas de la escena local para entender el proceso de transformación de la capital.

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El comienzo

El grafiti llegó de forma tímida a la capital colombiana. Varios historiadores dan cuenta de impresiones en muros por parte de los muiscas durante la conquista. De ahí en adelante todo es historia. Durante siglos, las paredes se han convertido en vitrinas públicas para narrar y contar sucesos. En un tiempo, pegaban sobre ellas carteles para dar información de todo tipo. Después, los mensajes fueron rayados directamente.

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Hay algunos registros de que en el Bogotazo hubo expresiones sobre las paredes. Lo cierto es que, en la historia reciente, en la década de los 70 se asomaron los primeros grafitis en la ciudad. Los estudiantes universitarios de la época entendieron que una forma de hacer visibles sus ideologías era a través de la pintura.

Álvaro Moreno Hoffman fue uno de los pioneros en eso. Sus mensajes se veían en los barrios Chapinero y Rosales, varios de ellos para criticar al gobierno de turno. Luis ‘Keshava’ Liévano también fue uno de los primeros reconocidos, aunque sus grafitis cobraron mayor protagonismo en la década siguiente.

(Hitos de arte urbano y grafiti en Bogotá)

Grafiti Luis Keshava Liévano 1984

Foto:

Luis Keshava Liévano / Cartel Urbano

Por esos años, los grupos insurgentes pulularon. En 1970, en las elecciones presidenciales ganó Misael Pastrana Borrero y surgió el M-19. Fue a través de ‘rayones’ como este grupo guerrillero le advirtió a la sociedad capitalina sobre su presencia —una práctica que aún mantienen los grupos al margen de la ley en varias zonas del país—.

Una década después, cuando el narcotráfico se hizo más visible, el conocido grafiti político y contestatario tuvo su auge. En los muros se asomaban expresiones en contra de las administraciones o contenidos que rompían con las reglas establecidas.

En ese momento, en 1984, el expresidente Belisario Betancourt les pidió a los colombianos salir a las calles a pintar palomas de la paz. ‘Keshava’ accedió, como muchos otros, pero en vez de pintar estas aves, decidió escribir ‘No más paloMAS’, para fijar su posición en contra del movimiento paramilitar ‘Muerte a Secuestradores’ y a la vez establecer que este arte no debe caminar por la misma vía de lo institucional.

El rap y las simulaciones

A finales de los 80, pero sobre todo en la década de los 90, el grafiti invadió las calles de Bogotá. No había internet y las únicas referencias que se conocían eran de películas estadounidenses o revistas. El hiphop inundó varios sectores capitalinos, como Las Cruces, La Perseverancia, La Concordia o San Cristóbal, y se convirtió en una cultura urbana predominante. Grupos de rap como La Etnnia o Contacto Rap fueron fundamentales en la consolidación de este movimiento.

En esa época, los jóvenes que exploraron y se dedicaron a esto, aprendieron a ser DJ's, ‘break-dancers’ y grafiteros. Los grupos o ‘crew’ —como se conocen en la calle— buscaron visibilidad. Así lo recuerda Beek, pionero del grafiti en Bogotá, quien formó parte de R. O. S. crew (Represent Our Style, por sus siglas en inglés): “En el colegio conocí a un parcero coleccionista de rap y eso me empezó a llamar la atención. Siempre me gustó dibujar. En la adolescencia, decidí, con unos amigos, comenzar a hacer letras, letras raperas —como le decían en esa época— tratando de emular o simular lo que veíamos”.

R. O. S. impulsó el grafiti en la ciudad. En eso coinciden varios grafiteros y artistas en la actualidad. Fueron dos jóvenes —Beek y Dukon777— los que comenzaron a ‘rayar’ en varias zonas, sobre todo en las vías principales, como la Caracas o la 68. “En ese momento, se buscaba tener la mayor cantidad de piezas en la mayor parte del área de la ciudad”, cuenta Beek.

Primer grafiti de R. O. S. crew, en 1998, en Bogotá.

Foto:

Beek - Flickr.

Ospen es otro de los grafiteros más importantes de la movida en Bogotá. En 1993, comenzó a escuchar rap. “En Colombia no había formas para conocer sobre grafiti, tener la información que hoy tenemos, ni saber sobre las boquillas y aerosoles. Lo que pudimos lograr fue a través de revistas estadounidenses”, recuerda.

Y en eso coincide Beek: “Se trataba de simulaciones. Películas como Wild Style (1983) lograron influenciar a los primeros grafiteros. Se intentaban hacer letras que se veían en otras partes del mundo”.

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Así fue como las letras codificadas con colores comenzaron a aparecer en varios puntos de la ciudad. Los contrastes, lo ilegible y los seudónimos se plasmaron en varias paredes. Lugares como el parqueadero del colegio La Concordia o las bodegas de una fábrica en el barrio 20 de julio fueron escenarios para plasmar ‘tags’ —grafiti del nombre de una persona o grupo— y ‘throw-ups’ —grafiti con letras volumétricas y líneas exteriores—.

Cada vez más, las creaciones de este tipo se popularizaron. Hacia el cambio de siglo, las nuevas generaciones veían otra forma de grafiti, cuya mayoría dejó de ser política, como en las décadas anteriores, y se convirtió en un movimiento más cultural. Por supuesto, sin dejar a un lado el espíritu contestatario y disruptivo.

La esencia

El poder del arte en la calle es que se puede llamar la atención con algo estéticamente agradable, para después mandar un mensaje

Hablar de grafiti es hablar de algo que rompe, es clandestino e ilegal. En Brasil o Estados Unidos, incluso en el Imperio Romano, las expresiones sobre muros fueron protagonistas. El objetivo entonces siempre ha sido visibilizar, mostrar lo diferente sobre algo común.

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El paisaje acartonado y cuadriculado de la ciudad, con edificios opacos, se convirtió en el lienzo perfecto para los artistas. Es la representación genuina de la realidad.

“Se trata de una reminiscencia de la fotografía tradicional”, explica DjLu, también conocido como Juegasiempre, uno de los mayores artistas del ‘stencil’ —técnica en la que se usa una plantilla recortada sobre la que se aplica pintura—. Para él, lo más importante con el grafiti y el arte en la calle es abrir los ojos y cambiar la mente. “Es un acto social y de libertad. Es una forma de expresar lo que se vive en esta sociedad”.

Homenaje a Lucas Villa, hecho por DjLu / Juegasiempre con técnica 'stencil'.

Foto:

Instagram @juegasiempre

DjLu era reconocido en el 2004 por sus pictogramas. Eran avisos o señales sobre lo que pasaba en el país. “Era algo simbólico que recurría al mensaje directo para paralizar”. Pero, tiempo después, su carrera dio un giro completo. “Quería anular la idea del estilo y crear una obra tan sencilla que sea reproducible y se pierda la idea del autor”, recuerda. Y así comenzó a hacer retratos de personas del común: la señora que vende tintos, el niño que juega en el barrio, el campesino, entre otros.

“La gente está muy obsesionada con la representación. Es algo muy importante. Es una epifanía, un homenaje que en muchas ocasiones les termina dando mucho ánimo. En los retratos muestro la realidad. Para visibilizar a los famosos, ya existen los medios; no quería mostrar a gente que vive y se vende per se”, explica DjLu.

Esa idea de representación ha hecho que su trabajo, que aunque no es grafiti de letras, sí comparta los valores y principios. “El poder del arte en la calle es que se puede llamar la atención con algo estéticamente agradable, es decir, la forma, para después mandar un mensaje”, argumenta.

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Grafiti de Beek, en Bogotá, en 2012

Foto:

Instagram @beekbta

Esto último, en últimas, busca el grafiti: plantear una “propuesta estética” —como menciona Beek— para transformar el paisaje de la ciudad, pero que cuenta algo, un nombre, una palabra, una expresión.

Precisamente, la alteración sobre la superficie es la que ha hecho que estas creaciones resalten. “Hay gente que ha creído que se trata de simples ‘rayones’, pero tiene un proceso detrás. Se trata de cómo con algo creativo se pone a pensar a las personas. Cada uno tiene una intención detrás”, dice Saga Uno, rapero y grafitero.

De hecho, la intención sería la delgada línea entre grafiti y arte urbano, según lo que plantea David Dose, grafitero y miembro de Cartel Urbano: “el muralismo y los carteles son diferentes de los grafitis por el objetivo que hay detrás; mientras unos buscan mostrar algo estéticamente aceptado, los otros buscan romper con el marco que le gusta a la gente o que ha sido normalizado”.

Grafiti de Ospen y Dexs, en Bogotá.

Foto:

Instagram @ospen_ink

La popularidad en el nuevo siglo

El grafiti se entendió como una contracultura que se popularizó en la primera década de este siglo en Bogotá. Las dinámicas sociales de las juventudes se alteraron con la llegada de Internet y la consolidación de las subculturas urbanas. En ese momento, sirvió de “puente de interacción” —como explica Saga Uno— entre varias comunidades. “Si uno veía un ‘tag’ de un grupo del que había escuchado en la 99.1 (Radiodifusora Nacional de Colombia) o en un foro, sabía que había varios en la ciudad que compartían los gustos de uno”.

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Y agrega: “El grafiti tuvo un papel en la normalización de las subculturas del día a día. Muchas eran pequeñas o de nicho, y no eran corrientes tan visibles. El punto de encuentro fue el grafiti”.

En esos años, la práctica se extendió por las localidades. Había colectivos de diferentes zonas del norte, centro y sur de la ciudad. “La construcción del TransMilenio fue clave en esto” —asegura Camilo Fidel López, director de Vértigo Graffiti— “en ese momento, se cortó la ciudad y se dejaron muchas fachadas libres que fueron aprovechadas”.

Santiago Castro, 'Word' (izq.); Ricardo Vásquez, 'Yurika', y Camilo Fidel López, integrantes de Vértigo Graffiti.

Foto:

Instagram Fundación Gilberto Alzate

“Lo que se buscaba era llenar esos vacíos que dejaron las nuevas obras”, explica Word, antes conocido como Cazdos, de Mientras Duermen Crew (MDC), al que también pertenecía Yurika —ambos forman parte de Vértigo Graffiti en la actualidad—. Ese colectivo fue un referente importante en la historia de la capital: por él pasaron Beek, Ceroker, Ecks y Zas. “En ese momento creamos ‘Escritores Urbanos’, un foro en la web en el que las personas podían subir las fotos de los grafitis y conversar. Era una red social para esto”, recuerda Yurika.

Fue uno de los primeros experimentos para integrar a la comunidad (o al menos saber de ella). “El parche de Suba se conoció con el de San Mateo, Soacha. Ahí se empezó a hablar de solo grafiti, puro grafiti”, cuenta Word. 

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A partir de las fotos que se subían, se popularizó el hecho de ‘aparecer’ y ser visto por otros bogotanos. La dinámica masiva llegó al punto de que Word, Yurika y Ospen pudieron crear una primera revista sobre el tema: Objetivo Fanzine. "Todas las publicaciones son importantes e históricas porque registraron las creaciones de varios que ya murieron o se retiraron, y también de lo que se hacía en cada época", recuerda Skore, uno de los escritores de grafiti y artistas visuales más relevantes, con casi dos décadas de experiencia.

Revista cuarta edición de Objetivo Fanzine, en 2007.

Foto:

Benedikt Taschen / Flickr

Sin celulares, todo era diferente. Ospen, según cuenta, era uno de los que recorría la ciudad y tomaba fotografías para guardarlas o compartirlas. También, como otros, asistió y apoyó en la gestión de los festivales que se organizaron, como el de Usme29 —creado por Word y Yurika— o encuentros en Maloka.

Hell Saintcat, o Saintcat como se llamaba, es otro de los grafiteros con experiencia en la ciudad. Formó parte del legendario colectivo Excusado Printsystem, en el que estuvieron StinkFish, Deadbird y Ratsonrop. Su técnica: el ‘stencil’. Su logro: los mensajes. “El ‘street art’ fue algo accidental para nosotros, porque una vez estábamos con el equipo de fútbol y marcamos las camisetas con ‘stencil’. Después, empezamos a hacer dibujos de nosotros. Pero, fue un viernes por la noche que decidimos salir a pintar a la calle. La Séptima, por Chapinero, estuvo repleta de lo que hacíamos”, cuenta Hell Saintcat.

Con el tiempo, lograron posicionarse en la escena. Hicieron cosas más grandes y grafiti escrito. Algo de lo que se acuerdan varios artistas locales fue de ‘Desfase’, un festival organizado por ellos en el Museo de Arte Contemporáneo, en el Minuto de Dios, en 2006.

“Fue impresionante. Nos dieron la autorización de llenar la galería completa”, recuerda Hell Saintcat. El éxito fue tal que en los años siguientes organizaron tres ediciones más en otros lugares como Santa Fe y Piso Tres, un sitio concurrido en Chapinero.

Grafiti de Hell Saintcat, en el norte de Bogotá.

Foto:

Instagram @hellsaintcat

En esos festivales, Skore recuerda dos visitas internacionales importantes: la de los escritores de grafiti How y Nosm —gemelos españoles que viven en Nueva York— y de Loomit —artista alemán—. "Los invitaron a eventos y pintaron, exhibieron algo que era muy avanzado para la escena local, lo que inspiró a muchos jóvenes", dice Skore.

Estas dinámicas pusieron sobre la mesa de la opinión pública al grafiti. Lo que era oculto se había popularizado y las nuevas generaciones le apostaron a hablar del tema, lo que obligó a la administración pública a plantear estrategias que vincularon la actividad. En la administración de Luis Eduardo Garzón, por ejemplo, se estableció el programa ‘Muros libres’, a través de ‘Jóvenes sin indiferencia’, que habilitó espacios en las avenidas NQS, Suba y 68 para que los grafiteros y artistas pudieran pintar.

“Lo de 'Jóvenes sin indiferencia' marcó. La política pública hizo que el grafiti se publicitara en los medios de otras maneras. En la prensa se titulaba ‘Los jóvenes se tomaron la 30’, entonces comenzaron a llegar cientos de personas curiosas, principiantes y experimentadas a rayar”, dice Word. Y coincide Camilo López: “La avalancha de los medios fue importante porque le dio visibilidad y legitimó al grafiti”.

Grafiti de Saga Uno

Foto:

Instagram @sagauno

Las muertes

Dos muertes trágicas marcaron a los grafiteros y artistas urbanos en Bogotá. La primera, el 19 de agosto de 2011, cuando un expolicía asesinó a Diego Felipe Becerra, cerca de la avenida Boyacá con 116, mientras pintaba un muro. El joven de 16 años era conocido como ‘Trípido’ y su caso abrió el debate en torno a que la solución no es prohibir. “Los radicalismos que tenemos en la mente y en el inconsciente llevaron a este tipo de cosas. Es una estupidez relacionar a alguien que pinta un muro con alguien que mata o roba”, dice Teck24, uno de los mejores artistas del caligrafiti en la ciudad.

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“Lo que pasa con las autoridades es que han creído que la calle es de ellos, pero la calle es de todos”, afirma Gavilán, uno de los ilustradores reconocidos en la actualidad.

Diego Felipe Becerra: 10 años después, el proceso continúa

Se cumplieron diez años del asesinato de Diego Felipe Becerra.

Foto:

 Néstor Gómez / EL TIEMPO

Después de ese hecho, se expidieron dos decretos: el 075 del 2013 y el 529 del 2015 para definir las ‘reglas de juego’ y el marco legal para la práctica del grafiti en la ciudad. Incluso, les dio el protocolo a las autoridades para atender casos en los que se vean involucrados artistas urbanos y grafiteros.

Estos decretos se formaron a partir de una mesa distrital de grafiti, en la que estuvieron representantes del Distrito y grafiteros, como Beek. “Se diseñaron estrategias para cambiar imaginarios sobre los artistas y las prácticas de arte urbano. Con ellos (los decretos) se abrió la ventana para la práctica responsable del grafiti, porque no se permitía”, explica Catalina Rodríguez, gerente de artes plásticas y visuales del Instituto Distrital de las Artes (Idartes).

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Rodríguez, además, habla de otros logros con la normativa implementada: “Los Museos al aire libre, que se han venido implementando en zonas bajo puente, gracias al 529, es algo muy importante, al igual que lo que sucedió en 2017 cuando se habilitaron los corredores de la calle 26 para que fueran pintadas”.

Grafiti de VSK en el metro de Medellín.

Foto:

Archivo particular / Twitter

“Después de la muerte de Diego Felipe, cambiaron las cosas. Antes, uno conocía sobre policías que golpeaban a los grafiteros, les agredían con el mismo aerosol o amenazaban. Una vez, en el 2002, nos pusieron hacer 'lagartijas' en un potrero y no sabíamos si nos iban a matar”, cuenta David Dose.

Tiempo después, el 22 julio de 2018, Suber, Shuk y Skill, tres escritores de grafiti del colectivo VSK, fallecieron arrollados mientras intentaban pintar un vagón del metro de Medellín. El ‘crew’ era muy reconocido en cuanto a grafiti vandal. "Fue algo de lo más lamentable en la historia, pero también algo que se volvió simbólico", dice Skore. Su muerte logró visibilizar la práctica en el mundo y ahora, cientos de personas, en redes sociales, comparten las siglas de ellos pintadas en muros de varias ciudades.

El 'street art'

Con la popularidad del grafiti y la llegada de los teléfonos inteligentes y las redes sociales, los artistas comenzaron a producir nuevos tipos de contenidos en la calle. Los murales de gran formato, los stickers y los carteles se convirtieron en algo relevante. Esto ocurrió al mismo tiempo en el que surgieron nuevos artistas, con propuestas diferentes a lo tradicional.

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Ceroker es uno de los grafiteros y artistas urbanos que se ha movido por varios estilos desde hace varios años. Empezó con el movimiento del hiphop, hizo grafiti y ahora está más hacia la línea del muralismo. “El cambio pasó después de entender que estaba haciendo varias cosas de forma negativa con un grafiti contestatario o desconociendo varias cosas. Una vez pinté un mural que decía ‘cero pobreza’, pero resultó ser en un lugar con varios habitantes de calle. Uno de ellos me reclamó”.

Este hecho lo hizo reflexionar y cambiar su visión por lo que estaba pintando. “Ahí me cuestioné y decidí que mi obra giraría en forma positiva y con color, y opté por los murales en ese tema”, cuenta Ceroker.

"No todo lo que brilla es oro pero, si te hace brillar el alma, vale mucho más que el oro", cuenta Teck24 sobre este grafiti, en el colegio Gabriel Betancourt Mejía.

Foto:

Instagram @teck24horas

Como él, decenas de otros migraron a otro tipo de creaciones. Pero eso trazó una línea en la movida bogotana. Mientras unos consideran que el grafiti debería entenderse como algo incluido dentro del arte urbano, otros aseguran que debería mantenerse la diferencia. “Un grafitero puede hacer arte, un ilustrador no puede hacer grafiti”, dice Beek.

“El problema es que el nuevo arte es muy complaciente con el mensaje y empezó a dominar al artista. Ahora se replican más pájaros, naturaleza y rostros, pero se dejó a un lado lo que hace parte del grafiti: incomodar, diferenciar”, asegura Saga Uno.

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Mural de Ceroker, en Tejo Turmequé, en Bogotá.

Foto:

Instagram @ceroker

Hacia el 2007, todo ascendió gracias a la autogestión de los artistas. “El grafiti visto como arte es algo muy reciente. El trabajo era para la calle, el rap y los grafiteros, pero no se tenía una concepción de grafiti como arte. Eso lo logramos los que nos dedicamos a esto. Los propios colectivos le mostraron a la sociedad el potencial mismo del grafiti”, cuenta Beek.

Y eso lo reafirma Saintcat: “El 90 por ciento de lo que hacen los grafiteros de Bogotá, lo hacen de su bolsillo. Con los festivales y ese ‘boom’ se lograron mostrar las creaciones para que después aparecieran convocatorias públicas y privadas”.

Eso desató un auge en la escena cultural. Nuevos artistas y grafiteros salieron a las calles. Los nuevos diseños, alejados de las letras, se tomaron los muros. Desde el 2010, el ‘street art’ (arte en la calle) ha dominado el mercado. Varias marcas les han pagado a artistas para pintar en sitios públicos o privados, algunas tiendas no han dudado en contratarlos para que decoren al interior de sus espacios y el Distrito ha hecho convocatorias.

Además, la administración de la ciudad ha destinado espacios, como el llamado Distrito Graffiti en Puente Aranda, para establecer zonas que puedan ser visitadas por transeúntes y turistas. “El poder de la divulgación de estos procesos creativos ha sido exitoso con los artistas, porque para varios de ellos, su trabajo termina siendo patrocinado. Es el proceso de nuestro sistema”, explica Andrés Quintero, de Bogotart, uno de los medios especializados en esta materia en el país.

Uno de los curadores en Distrito Grafiti ha sido Pez, reconocido artista español y quien ha participado en ediciones pasadas como grafitero.

Foto:

Mauricio Dueñas / EFE

No obstante, para varios, eso ha transgredido la esencia misma del grafiti. “Ahora se busca decorar paredes para que se vea bien y bonitas; la cultura del grafiti pasó de ser algo misterioso a algo de dominio comercial. Hay personas que a cambio de buscar un camino propio, ven la ruta fácil por ahí y se dedican a replicar eso. Claro, ahora hay muchos incentivos, pero a través de eso quieren controlar el mensaje”, enfatiza Saga Uno.

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Lo cierto es que en la última década, el Distrito y el sector privado han habilitado espacios como el sector de San Felipe, en Teusaquillo, donde cada semana se exponen creaciones artísticas e ilustraciones de artistas urbanos. “El arte urbano recoge todas las expresiones de la calle. Al grafiti le ha tocado crearse su propio mercado. En Bogotá hay grafiti, galerías e industria independiente”, dice Beek.

Para Gavilán, ambas cosas conviven y deberían seguir coincidiendo: “Hay que partir de algo y es que el muro resignifica un lugar; dibujar, pintar o grafitear sobre él va a generar un impacto, sea del estilo que sea”. Y Skore agrega: "(El graffiti y arte urbano) vienen de distintos contextos y caminos. La diferencia es solo el título, lo que desencadena cada uno de los dos, en últimas, es lo mismo: pintar".

Grafiti de David Dose, en Bogotá.

Foto:

Instagram @david_dose_

Sobre esto, Teck24 opina: “Hay un problema en eso de dividir los estilos. En el momento en el que pesa más o es más importante el concepto de arte, algunas personas del grafiti les dan la espalda. El grafiti no se centra en entrar una galería ni en ser un cuadro costoso, sino en sus propias nociones de organizar el mundo. Y eso es lo que puede marcar la diferencia”.

Esto último se resaltó con las protestas sociales desde el 2018, pero sobre todo en las de abril a junio de 2021, cuando las personas se apropiaron de lugares reconocidos, como el Portal de las Américas y el monumento a Los Héroes para expresarse. Allí, todas las expresiones de arte urbano coincidieron en lo mismo: expresar.

Aunque con eso, llegó un nuevo tipo de censura, según Ceroker: “Varios de los murales con ideología explícita han sido tachados por sectores de un lado o del otro. Incluso, algunos conciben piezas que están planeadas con otra intención, pero a sus ojos significan otra cosa”.

Mural de Gavilán, en Bogotá.

Foto:

Instagram @gavilan.6

Prohibir no es solución

Para nadie es un secreto que en los últimos años la práctica del grafiti se ha normalizado y ha sido aceptada por la sociedad, quizás por las redes sociales o las nuevas generaciones. Lo cierto es que el asesinato de ‘Trípido’ marcó un antes y después.

“Durante un tiempo, había policía especial para atrapar a la gente que grafiteaba o pintaba los muros. Al grafiti lo estigmatizaban mucho. Una cosa es que se pinte un muro y otra atracar o matar a alguien”, explica Ceroker.

"Desde el asesinato impune de 'Trípido' se desató un 'boom' de la palabra grafiti en Colombia. Antes era desconocido y subestimado. Después de su muerte, los medios y el contexto social hizo que se preguntaran por la palabra grafiti', opina Skore.

Algo en lo que coincide Andrés Quintero, de Bogotart: “La muerte de ‘Trípido’ modificó la valoración social y de las autoridades sobre la práctica del grafiti en la ciudad”.

Ese cambio de pensamiento sobre el arte en la calle causó que la administración local planteara estrategias que ya venían siendo implementadas, como las convocatorias para pintar espacios. Pero también le permitió adicionar un valor diferencial a la ciudad: el turismo de grafiti. Millones de extranjeros que han pasado por la capital han disfrutado las paredes llenas de letras y colores. Además, empresas privadas se han posicionado para ofrecer este tipo de servicios.

Grafiti de Skore, en el Parque de la Independencia, en Bogotá.

Foto:

Instagram @skore999

Hasta ahora se está construyendo el mercado del arte urbano en Bogotá, pero falta más cultura general

Sin embargo, quedan retos para el futuro. Uno de ellos, y el que más han repetido los artistas, es la educación para el arte. “Acá nunca se ha valorado el arte, sabiendo que eso demuestra qué tan buena es una cultura. La gente no paga por el arte. Todo radica en la educación. De ahí, parte de que una sociedad sea de primer mundo o de tercero”, puntualiza Ceroker.

Otro de los desafíos es salir de la llamada ‘zona de confort’: “El grafiti se ha estado estancando. Solo se encasilló en un estilo. Hubo un tiempo en el que se marcaban producciones planeadas, tiempo y mente. Hoy en día la gente va y pinta de forma rápida y sin preparación. Eso se nota mucho”, afirma Ospen.

Eso lo refuerza Beek, quien asegura que “hasta ahora se está construyendo el mercado del arte urbano en Bogotá, pero falta más cultura general y mucha calidad de escritores y artistas”.

Y ahí se suma otro obstáculo: la visión sobre los patrocinios. “¿Hasta qué punto el Estado busca patrocinar para llenar metros cuadrados sin entender el espacio público? Ojalá esos procesos que se miden con metros cuadrados les dieran la capacidad de entender lo que está sucediendo en las calles”, cuestiona Camilo Fidel.

Está claro que los sonidos del aerosol, del brochazo, de la lata agitándose, del murmullo, pero del diálogo se mantendrán. Los bogotanos nos seguiremos deleitando con nuevas creaciones cada amanecer. Cada mensaje, cada curva, cada tono y color nos informarán de un sentimiento, sentir e intención, como ha ocurrido desde hace más de medio siglo. Las nuevas generaciones tienen el reto de mantener viva la capital del país a punta de letras, rayas y colores.

DAVID ALEJANDRO LÓPEZ BERMÚDEZ
Periodista de Reportajes Multimedia
En redes: @lopez03david

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