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Dentro del peligro: el drama de vivir en riesgos geológicos
Jenny (foto) cuenta lo que ocurrió aquel trágico día que su casa se deslizo, mientras observa en el barranco lo que queda de la estructura caída entre la tierra.

Jenny (foto) cuenta lo que ocurrió aquel trágico día que su casa se deslizo, mientras observa en el barranco lo que queda de la estructura caída entre la tierra.

Foto:

Santiago Buenaventura / EL TIEMPO

Dentro del peligro: el drama de vivir en riesgos geológicos

Eran alrededor de las 3 de la tarde, caía un fuerte aguacero en el barrio El Dorado, de la localidad de Santa Fe, justo arriba del centro histórico de Bogotá. Allí, donde las calles se empinan en un territorio escondido entre las montañas orientales, Jenny se encontraba con su madre en el CAI, recibiendo ayudas de funcionarios del Instituto Distrital de Gestión de Riesgos y Cambio Climático (Idiger). Aquel día, 1.º de mayo, les habían hecho un censo y les habían puesto un nuevo rótulo: población en riesgo.

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Sin embargo, los pensamientos de Jenny estaban a unas cuadras cuesta abajo del CAI, justo donde con tablas de madera y plástico había improvisado sus dos casas sobre el barranco y en las que vivía con tres hijos y otros 15 familiares, en la pequeña invasión en El Dorado.

La fuerte lluvia, acompañada de granizo, la tenía nerviosa, pues cada vez que el agua caía, el humilde e improvisado hogar poco a poco se deslizaba, algo que lo consideraban costumbre, pero esta vez ocurría más fuerte de lo normal.

Incluso, había un personal del cuerpo de emergencias en caso de que algo sucediera en aquella invasión de no más de 300 ranchos, sin ninguna estructuración técnica, pues el movimiento de las casas ya era una señal de alarma. Por eso, Jenny cuenta que por una corazonada, y pensando en sus hijos, bajó en medio del aguacero, justo cuando ocurría la desgracia.

Mientras lo hacía, su primo Antonio se encontraba afuera, en la parte trasera de la casa, presenciando el aterrador suceso. Su casa se empezó a derrumbar, y sin medir riesgos, entró rápido para sacar a todos sus familiares y ponerlos a salvo de una desgracia mayor. “Yo apenas vi que la casa se había venido toda abajo, lo primero que hice fue sacar a mi familia”, recuerda Antonio.

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Por fortuna, ninguno de los que se encontraban allí resultó herido, salvo unos pollos y un conejo de la familia que murieron aplastados con el derrumbe de las viviendas.
La desdicha de Jenny y sus familiares es grande cuando miran aquella pila de escombros de tierra y madera, símbolo de lo que antes era una parte de su casa. Y lo que queda de esta se sostiene con unos palos de madera que pusieron los bomberos, a fin de evitar que la casa se incline más y ocurra una tragedia mayor.

Ahora, Jenny y su familia se quedan donde algunos vecinos, ante la incertidumbre de no saber en qué lugar tendrán que vivir.

Al igual que la invasión de El Dorado, son muchas comunidades en Bogotá las que sufren el drama de estar en constante peligro por haberse instalado en áreas con fallas geológicas, en medio de terrenos no habitables: sobre montañas, riachuelos, terrenos blandos y otras más que la alcaldía ha detectado y ha prohibido que se han invadidas.

No solo son invasiones, también son barrios que se han asentado en estas zonas, distribuidas a lo largo y ancho de la ciudad: El Peñón del Cortijo y Sierra Morena, en Ciudad Bolívar, o El Codito, en Usaquén. Inclusive, urbanizaciones que fueron edificadas por constructores en terrenos no aptos para vivienda, como Santa Rosa en San Cristóbal, un proyecto de interés social que se erigió cerca de una quebrada y sobre el cerro.

Estas fallidas construcciones se traducen en grietas en las calles y en las fachadas de las casas, inundaciones, condiciones insalubres y los deslizamientos de los hogares en casos más extremos.

Bomberos ubicaron palos de madera para sostener la estructura que se está deslizando.

Foto:

Santiago Buenaventura / EL TIEMPO

EL TIEMPO consultó con el Idiger, entidad encargada de identificar y plantear alternativas para mitigar estos riesgos. De acuerdo con este organismo, ellos determinan, a través de evaluaciones técnicas, los terrenos donde se han presentado estas fallas y riesgos. Luego hablan con las comunidades para que conozcan los riesgos geológicos y concluyen qué medidas se deberían tomar en las zonas. No obstante, su competencia se centra en sugerir estas acciones para que otras entidades, como la Secretaría de Planeación o la del Hábitat, las realicen.

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Por ejemplo, a Jenny, el Idiger le sugirió que la mejor medida para mitigar los peligros era irse de la invasión, pero si hacía caso, ¿para dónde se iría? Su situación económica por la pandemia se tornó cada vez más crítica. Su hijo estuvo un largo periodo en UCI por contraer una bacteria, lo que le demandó mucho tiempo y la llevó a retrasarse en el pago del arriendo en su antigua casa. Esto la obligó a trasladarse a aquel caserío en el barranco de El Dorado, donde su abuela ha vivido desde hace nueve años; fue su única salida.

Ahora, con el reciente Plan de Ordenamiento Territorial (POT) planteado para el desarrollo urbano de Bogotá, no hay duda de que uno de los principales retos es la organización de aquellos territorios en riesgos geológicos y de cambio climático. El Distrito no ha sido ajeno a esta situación, tanto el Idiger como Planeación formularon diversas estrategias en el plan para disminuir en el futuro estas problemáticas.
A partir de estudios, han determinado los suelos que representan mayores peligros por sus condiciones geológicas; de ahí que en el POT se plantea un proyecto de crecimiento urbano que mitigue este tipo de riesgos.

Sin embargo, las autoridades contemplan no solo el factor geológico, sino también el social en estos territorios. Normalmente, quienes sufren este viacrucis son barrios periféricos, marginales, donde hay muchas necesidades, y por ello suelen llegar la inseguridad y el crimen.

Por ejemplo, cuando ocurrió el incidente en la invasión de El Dorado, algunos delincuentes de la zona se aprovecharon para saquear las pocas pertenencias que se habían salvado en la casa de Jenny. En la cuadra se sabe quiénes fueron, pero por temor a sufrir represalias prefieren no decir nombres.

Y así continúa el listado de territorios de donde algunos prefieren irse por el riesgo de que ocurra alguna catástrofe natural. Esta situación genera desolación y facilita la llegada del dominio del hampa en unos ‘territorios de nadie’. Quienes no pueden irse a otra parte están expuestos al crimen en sus hogares, que se caen a pedazos por un crecimiento urbano que, al parecer, no midió riesgos y trajo estas graves consecuencias tiempo después.

SANTIAGO BUENAVENTURA SALAZAR-ESPECIAL PARA EL TIEMPO
​BOGOTÁ
Twitter: @santiagobuena98

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