Así crecí sin mis papás, que murieron en un avión que explotó

Así crecí sin mis papás, que murieron en un avión que explotó

A los cuatro años, Alejandro Ayala quedó huérfano. Sus tíos lo adoptaron como a su hijo.

Alejandro Ayala
Foto:

Cortesía Alejandro Ayala

Por: LUISA MERCADO
27 de noviembre 2019 , 03:39 p.m.

Elena Fernández se despertó con el corazón latiendo a mil por hora, estaba asustada.

Había tenido una pesadilla: vio la cabeza de un toro con cuernos de acero que explotó y expulsó sangre.

Desde ese momento tuvo pánico, sentía que algo horrible iba a pasar. Llamó a Eugenia, su hermana, y le contó el sueño. Ocho días después recibió una llamada y de inmediato se acordó del sueño.

Su prima Ángela la llamó, como era costumbre, y le dijo que había ocurrido un accidente: “El coronel me llamó, me dijo que un vuelo que iba para Cali explotó. Yo le dije: ‘¿Cómo así?, ¡ahí iban mi hermana y el esposo!’. Y le colgué”, cuenta Fernández sentada en la sala de su casa, mientras hace un esfuerzo por no experimentar todos los sentimientos que tuvo ese día.

Eugenia Fernández Blanco y Fernando Ayala Camacho fueron los dos primeros nombres que dijeron en la lista de fallecidos del vuelo 203 de Avianca que explotó por una bomba el lunes 27 de noviembre de 1989, el año más oscuro para esta familia.

Elena se metió a la ducha y le pidió fuerzas a Dios para afrontar esta tragedia; no podía creer que le hubiera pasado algo a su hermana, a su mejor amiga, y pensaba en sus papás, quienes tres meses atrás habían enterrado a un nieto que se accidentó.

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Aunque ellos vivían en Tuluá, Valle del Cauca, estaban visitando a la familia en Bogotá y se quedaron en la casa de Eugenia y Fernando.

Esa mañana, antes de salir, Fernando le dejó un radio a su suegro para que escuchara las noticias. Fue a través de ese mismo radio como escuchó el nombre de su hija en un reporte sobre los muertos.

“Mis papás llegaron a mi casa, y mi papá me dijo: ‘Mija, se mataron mis hijos’, y le dije: ‘Sí, papá, tenemos que ser fuertes y tener mucho valor para darle a mi mamá’. (...) Fue una tragedia espantosa”, dice Elena.

Desde ese día, su madre dejó de hablar.

A los pocos minutos llegaron la familia y los amigos a la casa de Eugenia y Fernando. Todos estaban asombrados, desconcertados, pues no había claridad sobre lo que había ocurrido.

Dos días después, sus primas fueron a un lugar cercano a donde cayó el avión para averiguar qué había pasado.

“Parecía una guerra. Estaba acordonado, tenían unas bocinas y decían: ‘Los parientes de fulana vayan pasando’. Las volquetas iban llegando con las bolsas donde estaban los cuerpos (...). Había lluvia y se sentía una brisa que daba escalofríos”.

Les entregaron los cuerpos en unas bolsas negras que casi no pesaban, y se devolvieron a la casa. Ellos todavía no tienen certeza de que sean los restos de la pareja. “Yo no creo que hayan podido identificarlos. Siempre tendré esa duda”.

Parecía una guerra. Estaba acordonado, tenían unas bocinas y decían: ‘Los parientes de fulana vayan pasando’

Un nuevo hijo

Elena fue a recoger a sus dos hijos, y al de Eugenia y Fernando. Cuando llegó, todos gritaban y cogían a Alejandro, el único hijo de la pareja recién fallecida.

Los llevó a la casa, se sentó con Alejandro, quien tenía solo cuatro años, y le dijo: “Papito, mamá y papá no van a volver porque tuvieron un accidente”.

En ese momento Alejandro abrió los cajones donde tenía sus juguetes, los sacó todos y los tiró. “Ahí empezó la odisea con el niño”.

Esa noche, ella se quedó en la casa de su hermana junto con sus hijos; ellos, en una habitación, Elena, en otra y Alejandro, en otra, con su niñera.

Ahí vivió durante un año junto con su esposo de ese entonces y sus dos hijos: Ricardo, de diez años, y Andrés, de cinco. “Lo hice para que el niño no perdiera todo, porque era perder a su papá, su mamá y su entorno”.

Desde ese día, su tía se hizo cargo de él. Así cumplió la promesa que alguna vez les había hecho a su hermana y a su cuñado por si algo “les llegaba a pasar”.

“Quince días antes, ellos habían tenido un viaje a Argentina, y cuando iban a irse me llevaron a una notaría y me hicieron un poder que decía que yo iba a ser la tutora del niño si algo les pasaba en el viaje, porque mi cuñado le tenía pavor a montarse en un avión; él sabía cómo iba a morir”, cuenta Elena.

Al día siguiente compraron los ataúdes y se fueron a Tuluá para enterrarlos allá.

Un año después, el matrimonio de Elena se acabó y ella se fue a vivir con sus tres hijos. Ricardo y Andrés lo adoptaron como a su hermano, y desde entonces Alejandro le empezó a decir mamá.

Mi cuñado le tenía pavor a montarse en un avión; él sabía cómo iba a morir

Alejandro se salvó de morir

Ese 27 de noviembre, Eugenia y Fernando madrugaron para tomar el vuelo. Eugenia iba a una cita médica que tenía en Cali, y Fernando iba a reunirse con la socia con quien iba a construir un edificio en esa ciudad.

“A mí me iban a llevar, pero dijeron: ‘No, para un día no vamos a llevar al niño, mejor dejémoslo aquí’. También iban a viajar con mi abuelo, pero estaba mal del oído, entonces no fue. Menos mal, porque hubieran sido cuatro familiares muertos”, cuenta Alejandro, quien hoy tiene 34 años.

Alejandro Ayala

Alejandro conoció a su madre a través de fotografías como esta.

Foto:

Cortesía Alejandro Ayala

Alejandro Ayala

Alejandro y su padre celebrando un cumpleaños.

Foto:

Cortesía Alejandro Ayala

De ese lunes, Alejandro solo recuerda que había mucha gente en su casa. No sabe en qué momento le contaron que sus padres fallecieron.

Los recuerdos que tiene junto a sus padres son aún más ‘nublosos’.

“Recuerdo que me vestían con el uniforme del América, porque era un equipo que le gustaba a mi papá, y yo salgo en una foto vestido con ese uniforme y con un balón de fútbol”, dice Alejandro.

Alejandro no recuerda los besos y abrazos que sus papás le daban, sabe que era feliz por las fotos que ve de sus cumpleaños y con su familia. Su tía se ha encargado de que sepa quiénes fueron sus padres. “Yo prácticamente no conocí a mi mamá. Lo que recuerdo es por fotos y lo que me dicen de ella”, dice Alejandro.

Cuando Alejandro nació, su madre había llegado de Europa y se radicó con su esposo en Bogotá. Se dedicó a cuidarlo; era su hijo adorado, el único y por el que había luchado varios años para tenerlo.

“Mi papá era comerciante, él estudió Comercio Internacional en Europa, y mi mamá estudió Filosofía y Letras en España e hizo un posgrado allá”.

Eugenia era una mujer inteligente, estudiosa y siempre medía el peligro. Ella era quien regañaba a su hermana Elena por salir de rumba y exponerse al peligro de la calle con las bombas que el capo del narcotráfico Pablo Escobar ponía en ese entonces, en medio de la guerra que se libraba entre los carteles del narcotráfico y el Estado.Mientras iba creciendo, su mamá le fue contando más detalles de lo ocurrido, y poco a poco ha ido conociendo a sus papás biológicos.

La vida con sus nuevos padres

Un año después del atentado, Alejandro salió del jardín e ingresó al colegio. Aunque no fue un estudiante brillante, su mamá nunca se preocupó por eso.

“Él no era el mejor estudiante, pero yo nunca lo mortifiqué, cada uno iba a su andar. A veces no llevaba ni la maleta al colegio. Yo le decía: ‘Sacá ese maletín a asolear, porque es que no lo abrís’ ”, dice Elena con su acento caleño.

Con su hermano Andrés eran frecuentes las peleas por la corta diferencia de edad, pero, a pesar de eso, su unión cada día fue más fuerte.

“Alejandro siempre ha sido superlento para arreglarse, y mientras la ruta los esperaba yo les decía que lo dejaran, y nunca fueron capaces de dejarlo; hasta viejo, porque todavía lo esperamos”, cuenta su madre entre risas.

Alejandro se siente muy afortunado de haberlos tenido en ese momento.

“Ellos siempre se hicieron cargo de todo. Yo fui muy afortunado de tenerlos a ellos, siempre tuve una familia unida, y con mis hermanos somos muy apegados”, dice.

Su madre dice que incluso es más “partner’ con él que con sus otros hijos.

Alrededor de los 11 años se fueron a vivir a Miami, y allá estuvieron cinco años. Al regresar se graduó en el colegio Internacional de Bogotá. Cuando cumplió 18 años, su madre le entregó el dinero que sus papás le habían dejado como herencia, y desde entonces él lo ha administrado.

Alejandro estudió Administración de Empresas y tras graduarse empezó a trabajar en finca raíz. Hoy vive con su perro, Lucas, quien ha sido su fiel compañía desde hace cuatro años.

Alejandro Ayala

Alejandro Ayala junto a su madre Elena, sus hermanos y cuñadas.

Foto:

Cortesía Alejandro Ayala

Hace ocho años, Alejandro descubrió la Fundación Colombia con Memoria porque vio en las noticias que un señor había hecho una reclamación por ser víctima del conflicto.

Desde ese momento empezó a ir a los homenajes que hacían por las víctimas de ese vuelo y a luchar por su reparación, que consiguió a mediados del 2015.

“Me repararon por mi papá, y estoy a la espera de mi mamá No sé por qué solo me han reparado por él”. En ese momento, a Alejandro le dieron 55 s. m. l. v. y acompañamiento de la Unidad de Víctimas. “Yo pienso que eso no es suficiente, una persona no se mide en dinero, pero igual es algo simbólico”.

Uno de los homenajes que Alejandro más recuerda fue cuando estuvo por primera vez en Soacha, el lugar donde cayó el avión, hace cinco años. “Es un sitio muy bonito, pero trae esa energía fuerte y ese recuerdo tan difícil”, cuenta mientras camina por segunda vez en este lugar, donde estaba para grabar un video para este diario sobre su historia.

Alejandro Ayala

En 2014, Alejandro fue por primera vez al lugar donde cayó el avión. Sembraron árbol con otras víctimas. 

Foto:

Cortesía Alejandro Ayala

Alejandro es un hombre que habla poco, dice lo necesario, pero ese día, por la grabación de un documental, estaba ansioso por estar ahí, caminaba entre el pasto y divagaba en sus pensamientos.

Él no siente rencor ni odio por los autores del atentado, aunque no entiende cómo alguien es capaz de hacer eso. Lo único que quiere es esclarecer qué ocurrió ese día, conocer la verdad, pues hay muchas versiones.

“Si pudiera pedirles algo a quienes hicieron esto, es que den testimonios y digan la verdad para esclarecer las cosas. Muchos testigos han muerto. Otros están extraditados. Entonces, cualquier pedacito que sirva para este caso es importante”.

“Siento es tristeza de que la gente ve a ‘Popeye’ y lo saluda y se toma fotos con él. O se ponen camisetas con la cara de Pablo Escobar, eso sí me ofende mucho. Ellos deberían conocer más la historia de las víctimas de esta gente que hizo daño”.

Además de la verdad, Alejandro clama por justicia. “La mayoría de personas involucradas no han pagado nada. De pronto, los que han estado en la cárcel no son quienes cranearon eso, ellos deben estar libres”.

Al contrario de su padre, Alejandro no le teme a los aviones ni se toma unos tragos antes de subir a uno, como él lo hacía. Aunque no es apasionado por volar, no cree que vaya a morir en un avión. Algunas veces, mientras mira desde la ventana las nubes piensa en qué hubiera pasado si ellos nunca se hubieran subido a ese avión, y se pone nostálgico, pero siempre agradece, eso sí, por haber tenido una familia que lo acompañó desde aquel 27 de noviembre en que la pesadilla de su tía se hizo real, hasta que, para él y los suyos, volvió a amanecer.

LUISA MERCADO
ELTIEMPO.COM
​Twitter: @LuisaMercadoD
Instagram: @LuisaMercado1

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