Estar viejo y morir solo, realidad poco explorada en Bogotá

Estar viejo y morir solo, realidad poco explorada en Bogotá

No hay estudios para saber cuántos ancianos perdieron sus nexos familiares y hoy necesitan ayuda.

MaríaDioselina

María Dioselina en su hogar.

Foto:

Mauricio Moreno

Por: Bogotá
31 de enero 2020 , 09:14 a.m.

A la casa de María Dioselina Huérfano de Corredor, de 66 años, se accede por un angosto hall. Los muros de la construcción se han ido envejeciendo, así como los pocos muebles que acumuló.

Además de algunos santos, un chifonier, una televisión, un radio y unos cuantos trastos viejos de cocina, esta mujer no cuenta con nada más que con la casa a medio terminar que, de a pocos, fue construyendo con su esposo, Nicolás Corredor, en el barrio Bosa La Libertad. Pero él ya no está, se murió en enero de 2020, y ella, que siempre lo amó, aún no ha podido hacer el duelo.

Su soledad es tan evidente que fueron sus vecinos los que notaron que algo extraño pasaba con la pareja de abuelos que solía salir y entrar sin incomodar o llamar la atención de los habitantes del barrio. Eso fue a finales del año pasado.

María de Jesús Guávita, una residente inquieta de la cuadra, se entró como pudo a la casa, pues presentía que detrás del silencio sepulcral de María Dioselina había algo raro. “En esa época su esposo estaba vivo. Yo le preguntaba si les pasaba algo, pero ella era como muy temerosa, por eso un día entré y lo que vi fue al anciano en la cama en un estado completamente lamentable, bañado en orines. Todo estaba sucio y él reventado del dolor”.

María Dioselina

María Dioselina vive en una casa sin terminar a la que le hacen falta muchas adecuaciones para poder obtener lucro de esta.

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Mauricio Moreno

La pareja llevaba tantos días aguantando hambre que, cuando la señora Guávita movió cielo y tierra para que lo viera un médico, el primer diagnóstico fue de una desnutrición total.

Para Nicolás llegó tarde la ayuda de los vecinos preocupados. Luego de trámites y trámites para ingresarlo al Sisbén y de lograr exámenes y atención, un tumor, muy cerca de su ombligo, había hecho los estragos suficientes para llevárselo de este mundo. El cáncer había infestado su cuerpo, y una trombosis lo terminó de acabar.

Ahora, en la vieja casa, solo quedó la mujer. Ella, a quien le cuesta trabajo hablar, por pena, más que por capacidad, habita con los recuerdos del hombre que, dice, la hizo feliz a pesar de la pobreza. Se iba a dejar morir si no fuera por la vecindad. “Es que yo he vivido acá desde hace 23 años. Es mi casa y la de mi esposito, que tenía 70 años. Es lo único que me queda, pero ahora no tengo ni con qué comer, ni con qué pagar los servicios”. El segundo piso de su casa está en obra negra, no tiene puertas ni ventanas, así que no es viable para arrendar.

María Dioselina recuerda que durante muchos años sobrevivieron gracias al trabajo de Nicolás. “Él era tapicero, arreglábamos asientos, pero, con los años, el trabajo mermó. Yo era ama de casa y lo ayudaba, pero todo se vino al piso y más en noviembre de 2019, cuando él se enfermó”. Así, la tapicería sin nombre de la pareja desapareció.
Dioselina recuerda que conoció a Nicolás en Fontibón porque sus madres los juntaron y así terminaron de novios durante tres años. “Luego nos casamos en la iglesia del Sagrado Sacramento, en Kennedy”.

No tuvieron hijos porque cuando lo intentaron a ella le dio una preeclampsia que casi se la lleva. “Duré un mes y medio hospitalizada. Nicolás sufrió mucho y prefirió no volverse a arriesgar a perderme. Así, solos, vivimos 44 años de casados”.

La Navidad, el Año Nuevo y en las fechas especiales, su esposo llegaba con un pollo, un tamal o una carne para celebrar, luego se acostaban a ver televisión y a reírse de bobadas. Tenían una vida simple, sin mayores pretensiones, pero feliz. “Ese señor nu

La tristeza y la soledad se han apropiado de la vida de María Dioselina.

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Mauricio Moreno

La Navidad, el Año Nuevo y en las fechas especiales, su esposo llegaba con un pollo, un tamal o una carne para celebrar, luego se acostaban a ver televisión y a reírse de bobadas. Tenían una vida simple, sin mayores pretensiones, pero feliz. “Ese señor nunca me trató mal, nunca me pegó, fue lo mejor, lo mejor”, dice secando una lágrima.
Lo malo, y es lo que ocurre con muchos abuelos, es que ambos perdieron casi que todos sus nexos familiares, hasta su perro murió de pena moral. Las llamadas y las visitas desaparecieron. “No hablo tanto porque desde que Nicolás murió siento miedo, angustia, yo lo quise, no, lo quiero; estoy triste, siento el pecho apretado”, dice mientras sus vecinas la reconfortan.

Este no es un fenómeno exclusivo de Bogotá, En Japón, por ejemplo, ya les han puesto un nombre: kodokushi, un término que describe a los ancianos que mueren solos en sus casas sin que ni familiares ni vecinos se percaten durante días o semanas y que ya es un problema de salud pública. Esa hubiera sido la suerte de María Dioselina si la cuadra no se hubiera movilizado, pero sus ayudas tienen un límite y hoy, sin un subsidio, el futuro de la anciana, nacida un 10 de enero de 1955, es incierto.

María Dioselina recuerda que durante muchos años sobrevivieron gracias al trabajo de Nicolás. “Él era tapicero, arreglábamos asientos, pero, con los años, el trabajo mermó. Yo era ama de casa y lo ayudaba, pero todo se vino al piso y más en noviembre de 2

Si no fuera por la ayuda de la vencindad María Dioselina se hubiera dejado morir sola en su morada.

Foto:

Mauricio Moreno

No hay estudios distritales del tema

En este momento, en Bogotá hay 825.079 adultos mayores; de estos, 312 son habitantes de la calle, según el último censo que realizó el Dane sobre esta población.
Según la Secretaría de Integración Social, no existe en la entidad un cálculo exacto de cuántos adultos mayores están en la pobreza extrema. “Este cálculo no es posible hacerlo porque no es estadísticamente significativo usando como base la Encuesta Multipropósito”.

Tampoco hay ninguna investigación que permita identificar cuántos adultos mayores están completamente solos y han perdido sus redes familiares.

Y aunque la Secretaría de Integración Social brinda un apoyo económico de 125.000 pesos para hombres desde los 59 años y mujeres desde los 54 que tengan un puntaje Sisbén 43/64, hoy no se están recepcionando solicitudes de servicio nuevas. La razón: se adelanta una depuración de las listas de espera para recibir estos apoyos económicos. Así las cosas, el panorama para María Dioselina, la protagonista de esta historia, no es nada alentador, no en Bogotá.

CAROL MALAVER
SUBEDITORA BOGOTÁ
Escríbanos a carmal@eltiempo.com
@CarolMalaver

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