La Bogotá rural vista desde la biblioteca de la creatividad

La Bogotá rural vista desde la biblioteca de la creatividad

Jóvenes de Ciudad Bolívar organizaron un circuito de turismo para los ciudadanos.

Ciudad Bolívar

Los niños de la localidad invitan a conocer Quiba Baja, zona rural de Ciudad Bolívar.

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Ana Puentes

Por: Ana Puentes
02 de septiembre 2019 , 12:10 p.m.

Al otro lado de las montañas del sur de la ciudad, se oculta una inmensa ruralidad que se construye y se narra con las voces de los jóvenes. En la zona rural de Ciudad Bolívar, un grupo de niños y jóvenes de la Biblioteca de la Creatividad, una iniciativa comunitaria que cumple 10 años de labores, se esfuerza por mostrar lo mejor del campo.

Juntos han creado un circuito de turismo que le cuenta a los invitados cómo es la vida en el campo, quiénes son sus habitantes y qué sueños se tejen en la otra cara de la capital. Esto también es Bogotá.

EL TIEMPO asistió a una de las jornadas convocadas por Iván Triana, director de la Biblioteca y profesor de la Universidad EAN. Iván, para esta ocasión convocó a sus estudiantes para que tuvieran un contacto con el proyecto que él dirige en la localidad.

“La idea es que conozcan a los jóvenes emprendedores y líderes que están transformando su comunidad. Luego, tendrán que pensar cómo apoyarlos desde el servicio y puedan encontrar un punto en común para colaborar desde el servicio y el conocimiento”,manifiesta Iván.

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Subir con una idea

La travesía comienza en el Portal Tunal de TransMilenio, primera parada del TransMiCable, uno de los mayores atractivos de este recorrido. Allí, Bryan Corchuelo y Ómar Motta, organizan, con lista en mano, a más 50 jóvenes que, en su mayoría, no conocen esa montaña de la que la ciudad tanto habla. Bryan, menudo y con voz firme, los organiza en una fila y los monta, por grupos de a 10, en cada una de las cabinas.

Motta entra primero, explica y señala desde las alturas, entusiasmado, los murales que cubren paredes y techos de una localidad que ahora se llena de color. Varias cabinas atrás, Bryan mira, desde las alturas, a los perros callejeros que corren por los barrios. Cuando se le pregunta por su localidad, reconoce el estigma pero, con un discurso que ha creado y se ha aprendido de memoria, se arma para defenderla.

“La gente sube con la idea de que Ciudad Bolívar es una localidad de pobreza y violencia. Yo quiero que bajen sabiendo que este es un lugar donde hay talentos, sueños y oportunidades. La única pobreza que hay en ciudad Bolívar es la pobreza mental”, recita Bryan. Sabe que eso es storytelling y que es parte de la generación de la experiencia. Luego, se relaja y, en tono más natural, admite: “esta parte de la Ciudad es muy hermosa. Ya no me da verguenza decir que vivo aquí”.

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Y Bryan sabe que de allí nacen cosas buenas. Hace un año, esa berraquera que le aprendió al ‘profe’ Iván lo llevó junto a otros cuatro compañeros a recorrer el Camino de Santiago de Compostela (España) en bicicleta, una travesía de casi 800 kilómetros que los hizo amar y odiar la nieve, pedalear a pesar del dolor, ingeniarse estrategias para reunir el dinero y creerse la aventura: la juventud de Ciudad Bolívar había llegado a soñar a España. Esta es una de las historias que cuentan en los recorridos.

Pasan dos estaciones antes de llegar a Mirador de Paraíso, el punto final de TransMiCable, donde el viento sopla fuerte y se divisa a Bogotá desde las alturas del sur.

Bryan y Motta suben a los estudiantes, luego, a un pequeño bus para llegar al destino final: Quiba Baja, una de las nueve veredas de la localidad. En el camino, la ciudad se vuelve campo. Y sigue siendo Bogotá. Ya no son carros, sino vacas, burros y gallinas las que aparecen en medio de la carretera. Los tennis y looks urbanos cambian por ruanas, botas y sombreros de campesino.

Después de unos 10 minutos de ascenso, el bus se detiene en una casa en medio del campo que lleva en una de sus paredes un enorme mural hecho con tapas y pinturas y dice ‘Biblioteca de la Creatividad’.

Ciudad Bolívar

Hablan de emprendimientos, de sueños y de lo que se puede hacer, con pocos recursos pero con muchas ganas, al otro lado de la montaña.

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Ana Puentes

“Yo hice ese mural, para la casa que tanto me ha enseñado”, confiesa Motta y se revela como un artista de la localidad con su proyecto ‘CB Hope’, uno de los XX que impulsa la Biblioteca a través de jornadas como esta.

Al interior de la Biblioteca, Bryan y Motta, comienzan a ‘echar el cuento’. Hablan de emprendimientos, de sueños y de lo que se puede hacer, con pocos recursos pero con muchas ganas, al otro lado de la montaña.

Luego, comienzan las actividades. Bryan habla de su proyecto ‘Perritos con dueño’ y pone a los invitados a trabajar. A cada invitado le entrega una bolsa con comida y lo guía en una caminata por la vereda. “Quería hacer algo por los perros abandonados. Por eso, impulso la alimentación, la adopcion y la atención de enfermedades. Pronto traeremos una jornada de esterilización”, explica el joven.

Mientras algunos estudiantes dan de comer a los perros, otros comienzan a levantar la mirada.  “No conocía Ciudad Bolívar y jamás me imaginé que tendría una experiencia así. Estando aquí, me doy cuenta de lo grande que es la ciudad y del talento que hay por explorar”, dice Sebastián Ortiz, uno de los estudiantes del ‘profe’ Iván y, a su paso, reconoce la huella de Motta en la vereda. Hay postes pintados y señalados con valores y murales de colores. La gente ya los conoce en los barrios y les sonríen. En últimas, los visitantes potencian la economía.

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Se les enseñó a superar la visión de ayuda asistencialista. En su lugar, les enseñamos a emprender y a vender su idea a la gente. La mayor riqueza que tienen estas comunidades está en sus jóvenes.

Durante el recorrido, los visitantes se encuentran con otros proyectos más que se gestan en la localidad. Para esta ocasión, por ejemplo, Andrea Vega les cuenta sobre su proyecto ‘Kie’ que promueve la plantación de árboles y la protección del medio ambiente; Cristian Corchuelo los pone a montar en bicicleta para hablarles de ‘Love Sports’, una iniciativa que se vale del fútbol y del ciclismo para ocupar a los jóvenes; y ‘Choco’, un pequeño campesino de la vereda, les vende empanadas y les explica cómo sueña, moneda a moneda, reunir el dinero para comprar un uniforme de arquero.

“Aquí se les enseñó a superar la visión de ayuda asistencialista. En su lugar, les enseñamos a emprender y a vender su idea a la gente. La mayor riqueza que tienen estas comunidades está en sus jóvenes. Cuando ellos se dan cuenta que en su hogar hay oportunidades para desarrollar un proyecto de vida, eligen quedarse e impulsar el progreso”, explica Iván Triana.

Y la experiencia enamora. Los estudiantes de Triana se le miden a la bicicleta, a jugar un partido con los niños, a preguntar y a prometer volver. El compromiso de clase es pensar cómo apoyarán los proyectos que conocieron.

Ahora, hay quienes se quedan para siempre. Julieth Triana, una de las profesoras vinculadas a la Biblioteca de la Creatividad, llegó hace cuatro año y nunca más se fue. “Me pregunté por qué no estaba haciendo nada, si tenía todo a mi disposición y ellos hacen tanto con tan poco”, dice, conmovida. Y su pasión por esto es evidente: para llegar a Quiba, atraviesa toda la ciudad. Vive junto al Portal Norte, a más de 30 kilómetros de la montaña donde los jóvenes sueñan.

La aventura remata con una experiencia que logra sacarle lágrimas a algunos. Bryan y Motta organizan a los chicos, exhaustos después de una jornada de caminatas, bicitravesías, juegos y bailes, para ver el documental que registró la travesía por el Camino de Santiago.

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Bajar con otra

Los espectadores comienzan a identificar a los héroes de la historia. Bryan, Cristian y Andrea, los chicos que los recibieron ese día, aparecen en la pantalla: conociendo la nieve y el mar, montando por primera vez en avión, entrenando por dos años, pedaleando, reuniendo el dinero con trabajo y esa magia que tienen para contar su historia.

El recorrido termina y Bryan y Motta acompañan a los estudiantes de regreso a TransMiCable. intercambian números, se dan las gracias y se hacen promesas de regresar. A la bajada, se oyen murmullos. Algunos repiten las palabras de Bryan “la pobreza que más hace daño es la mental”. Camila Barros confiesa: “yo crecí en Ciudad Bolívar y no sabía que esto existía. Es una experiencia increible, a mí me interesa potenciar el proyecto de arte de Motta. Me alegra estar de vuelta”.

¿Se anima a ir a la ruralidad de Bogotá?

Para aquellos que estén interesados en conocer el lado sostenible y emprendedor del sur de Bogotá, se pueden poner en contacto con la Fundación Biblioseo a través de sus redes sociales (Facebook e Instagram) o escribir al correo ivan.triana@biblioseo.com o al WhatsApp 3112974359

ANA PUENTES
anapul@eltiempo.com

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