A quién le importan los peatones / Voy y Vuelvo

A quién le importan los peatones / Voy y Vuelvo

En la pirámide de la subsistencia urbana cada vez parece más claro que es el último de la escala.

peatones

Buena parte de que las cosas estén así tiene que ver con la falsa creencia de que el espacio público se reduce al lugar por donde se camina.

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Rodrigo Sepúlveda y Carlos Ortega / EL TIEMPO

Por: Ernesto Cortés Fierro
21 de mayo 2019 , 05:48 p.m.

A los peatones deberían marcarlos en la frente como alguna vez Jaime Sabines quiso que se marcara a los poetas: con una estrella. Tal vez así alcanzarían la categoría de ciudadanos y el respeto que otros les niegan a diario.

En la pirámide de la subsistencia urbana cada vez parece más claro que el peatón es el último de la escala. Es el más vulnerable, nadie lo tiene en cuenta, los carros les copan sus andenes, sus plazoletas, sus zonas verdes; los ciclistas –no importa si son mensajeros o simples usuarios– no tienen empacho en echarles la bici encima, en golpearlos o agredirlos.

Los motociclistas se descaran, pues han convertido el andén en estacionamiento, en vitrina, en taller y en pista para transitar. Y ahora han hecho su aparición las flamantes patinetas: muy innovadoras, muy economía naranja, muy chic, muy juveniles, muy lo que quieran, pero irrespetuosas con ese mismo peatón.

En las ciudades –y Bogotá no es la excepción– existe la sensación de que la prioridad la tiene el carro. Y que la plata que se invierte se prioriza en vías y en tapar huecos. Porque a los noticieros de televisión les encanta mostrar el cráter, la protesta del conductor indignado, los accidentes que allí se suceden y los motociclistas que demarcan con luces fluorescentes los orificios para que se vean en la noche. Pero ¿han visto algún noticiero preocupado por el andén?

Bogotá tiene 18 millones de kilómetros cuadrados de andenes. De ese total, el 48 % está en buen estado; el 35, regular y el 17, malo. En Barrios Unidos, Antonio Nariño y Rafael Uribe es donde la situación es más crítica. Ha habido esfuerzos por recuperar espacios como el de la carrera 15 y senderos para ciclorrutas. A los constructores se les exige una mayor franja de espacio público en sus obras. La nueva señalización ha contribuido, y de qué manera, a reducir el número de incidentes viales.

Pero con el tiempo, carros, motos, bicis y patinetas terminan apropiándose de ellos. Y súmenle a eso los talleres de mecánica, las ventas informales, los almacenes que exhiben sus productos como una extensión del local, los parlantes que escupen música y promociones a todo volumen, los camiones de Justo y Bueno que estacionan descaradamente sobre el espacio de la gente, los locales que demarcan ese mismo andén para que estacionen allí los carros, los restaurantes y bares que tumbaron los bolardos para que pudieran ingresar los vehículos, los carpinteros del Ricaurte, los fabricantes de rejas de la carrera 30, los lavaderos de carros, los viveros.

En la calle 57 con carrera 4.ª arrancaron la señalización horizontal que protege, entre otros, al peatón. Intolerancia pura. Hasta los cuida-carros hacen su agosto gracias a que la berma no tiene quién la llore.

El pobre peatón se resigna porque solo posee sus dos pies o su bastón o su silla de ruedas para movilizarse. Y eso no le importa a nadie. Al final de cuentas no hacen daño ni llaman la atención de nadie. El peatón es al andén lo que el toro a la plaza: siempre lleva las de perder.

Buena parte de que las cosas estén así tiene que ver con la falsa creencia de que el espacio público se reduce al lugar por donde se camina. No. Es también la pared que se ensucia, el poste que se contamina, el ruido, la calidad del aire, los escombros, los puentes peatonales.

Todo ello atenta contra el peatón. Lo más triste es que buena parte de esas acciones son promovidas por los mismos ciudadanos. La más reciente encuesta de percepción ciudadana de Bogotá Cómo Vamos revela que, en 2018, solo el 30 % estaba satisfecho con el espacio público.

El único lugar decente que les va quedando a los peatones es el parque. Y hay miles de ellos en Bogotá, grandes o pequeños; verdes, iluminados, con espacios para correr, caminar, disfrutar de la vida. Ese será quizás el legado más importante de esta administración.

En El Nogal, por ejemplo, ya no da miedo ir al parque porque con su remodelación se consiguió que los papás lleguen del trabajo y vayan a disfrutar de ese espacio con sus hijos. Hay una historia bonita: la mujer que se alegra porque ahora su marido prefiere ir a jugar fútbol al parque que a beber cerveza. Es real.

Pero ya hay aguafiestas que hasta eso quieren demeritar. Primero fueron los del estrato seis que no querían un parque con cancha sintética para evitar que en él jugaran los obreros del sector, y porque sus hijos ya tenían el club privado para divertirse. Y, más recientemente, han salido los del otro extremo con la falsa verdad de que las canchas sintéticas producen cáncer. Increíble tanta desfachatez. Y todo para tirarse la ciudad y acabar, a punta de especulaciones, con el único refugio decente que nos queda a los peatones.
¡Cojan oficio!

¿Es mi impresión o... la campaña para la alcaldía empezó muy temprano o está muy aburrida?

ERNESTO CORTÉS FIERRO
EDITOR JEFE DE EL TIEMPO
En Twitter: @ernestocortes28

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