El mundo de Wade

El mundo de Wade

BOCAS conversó con el antropólogo, etnobotánico, escritor, documentalista y fotógrafo, Wade Davis. 

Wade

Wade Davis nació en 1953 en West Vancouver (Canadá).

Foto:

Sebastián Jaramillo

Por: RODRIGO RODRÍGUEZ 
28 de mayo 2019 , 02:20 p.m.

¿Qué significa para usted ser colombiano?, fue lo primero que le pregunté a Wade Davis. “Es curioso que me preguntes eso…”, respondió mientras, con una sonrisa manchada por el mambe entre sus dientes, se apuraba a sacar su computador. Contó que, en medio de la infinidad de correos que se mandan con su asociada en Colombia sobre los proyectos y compromisos que se le acumulan en este país (una expedición al Apaporis, su nuevo libro sobre el río Magdalena, su presentación en la Feria del Libro donde periodistas como yo le pueden sacar quince minutos, etc.), una noche ella recibió este escrito de su parte:

Extraño el olor de Bogotá, ese inconfundible aroma que me dice que he aterrizado en la sabana. Cuando hablo de amar Colombia, es algo visceral, incluso sensual. Estar lejos por mucho tiempo es estar en soporte vital. Pisar de nuevo el suelo de la nación es sentir, de manera instantánea, ese sentido de pertenecer que hace tanto me dio la libertad de imaginar el hombre en el que me convertiría. Es la propia locura de Colombia la que me rescató, como un dulce coeficiente del alma. Mi fuego era tan brillante, consumidor de todo, que estuve bastante cerca de la auto inmolación. Solo Colombia podía alcanzar y dar propósito a mi pasión. Fui salvado por eso, y esto es clave si acaso alguien quiere entender mi lealtad hacia este país.

“No recuerdo siquiera escribirlo, no lo recuerdo”, me decía. “La verdad es que yo era un perfect fit para Colombia”.

Desde el año pasado, Wade Davis es colombiano en papel, con pasaporte y cédula incluidos. Pero el canadiense de algo más de 1,90 metros de alto y piel blanca se ha ganado el título a pulso: ya desde su adolescencia tenía marcada la imagen de las montañas del Valle del Cauca, donde pasó un verano por insistencia de su madre. Ya estudiando antropología en Harvard y bajo la tutoría del profesor Richard Evans Schultes, el etnobotánico que se había adentrado catorce años en la Amazonia colombiana para entender la relación de las tribus indígenas con sus plantas medicinales y alucinógenas (y quien inspiró al protagonista de El abrazo de la serpiente), vino a este país en los años setenta para acompañar a Timothy Plowman, otro discípulo de Schultes que se llegó a convertir en algo más que en su compañero de viaje: se convirtió en su amigo. Juntos, desde la Sierra Nevada hasta los rincones más lejanos de Amazonas, Tim y él se embarcaron en la tarea de recolectar plantas y estudiar la importancia cultural de la hoja de coca para las comunidades indígenas. Producto de esto fue su libro El río, a estas alturas una lectura obligada en Colombia que retrata las culturas indígenas de Colombia y su biodiversidad de una manera rigurosa y a la vez íntima y divertida… Pero sobre todo habla de la íntima y cercana relación de Davis con estos dos hombres que marcaron su vida. Desde eso, Wade Davis ha ido y venido al país para filmar documentales en el Amazonas, asistir a expediciones científicas o hablar en eventos públicos con regularidad. “No tengo planes de volver a Colombia pronto”, me comentó al preguntarle cuándo volvería, “pero, pues, en los últimos seis meses he ido seis veces, siempre estoy yendo”.

Wade

Mide algo más de 1,90 metros. Es tan canadiense como colombiano: el año pasado sacó la nacionalidad, incluidos el pasaporte y la cédula.

Foto:

Sebastián Jaramillo

La importancia de Colombia en su vida no puede ser menospreciada.

Hoy día, Wade Davis es más reconocido como un aventurero que como un etnobotánico. Ostentó el título de explorer in residence (explorador residente), investido por la National Geographic Society, desde 1999 hasta el 2013. Sus libros son bestsellers que fusionan la historia, la antropología, la biología y su sentido de la aventura y el diálogo mordaz en un solo paquete (su próximo libro será sobre la historia y sus viajes por el río Magdalena). También es documentalista y fotógrafo, aunque lo más rentable han sido sus apariciones en eventos. “Me va muy bien dando charlas”, dijo, “así me doy el lujo de escribir solo sobre lo que quiero escribir, y tomarme el tiempo que quiera”. Ha visitado las tribus indígenas de Colombia así como las de Borneo. En todos sus años como escritor independiente ha recorrido las selvas de Asia, los desiertos de África, las cimas nevadas del Tíbet para acercarse a las comunidades más marginadas y documentar su lucha. Hay docenas de culturas, lugares y aventuras sobre las cuales hablar con alguien que ha visto lo que Wade Davis ha visto, pero yo quería hablar de zombis.

La única investigación académica etnobotánica de su carrera (su tesis doctoral, de hecho) se resume en esas semanas que pasó en Haití en busca del veneno que los hechiceros haitianos utilizan para paralizar a una persona hasta el punto de hacerla pasar por muerta, luego profanar su tumba y despertarlas con un antídoto para convertirlas en esclavas. Es un relato fascinante de brujería, plantas y animales con propiedades químicas, entrevistas a zombis —el caso más famoso del libro es el de Clairvius Narcisse, quien fue declarado muerto tras una enfermedad súbita, luego fue enterrado mientras era plenamente consciente y, además, fue despertado por un brujo para llevarlo a trabajar bajo los efectos de drogas a una finca al norte de la isla— y sociedades secretas en Haití. Su libro al respecto, La serpiente y el arcoíris, se convirtió en un bestseller instantáneo que incluso fue adaptado al cine por John Carpenter… una película que, por cierto, él detesta.

Cuando estuve en Colombia en 1974, recuerdo que los padres de amigos míos de la Nacional, apenas les comentaba que iba a ir a la Sierra Nevada, me decían: ‘¿Por qué quieres vivir con la gente sucia?

Y aún así, ese libro que relata sus aventuras en busca de entender el fenómeno de los zombis curiosamente empieza muy lejos de Haití; empieza en el Chocó. Davis decide comenzar el libro contando sus aventuras con Sebastian Snow (un aristócrata británico que había caminado desde Tierra del Fuego hasta el Darién y que entonces esperaba cruzarlo para llegar a Alaska) al intentar cruzar el tapón del Darién, la jungla que divide a Colombia y Panamá, a pie. Se aventuraron en la selva en temporada de lluvias hasta llegar a Yaviza, donde unos misioneros les advirtieron que la Guardia Civil panameña los quería interceptar en el bosque para matarlos y quedarse con su dinero. Escaparon de los militares adentrándose de nuevo en la jungla, junto a tres guías indígenas kunas que claramente no tenían ni idea de qué camino tomar. Hacia el final de su recorrido, en medio de la desesperación de no tener comida ni idea de cuánto faltaba para llegar al pueblo más cercano, un jaguar saltó justo en frente de Davis. “Se paró por un instante, luego se giró y dio largas zancadas hacia lo que sería la dirección de Santa Fe, antes de saltar como una sombra y perderse en la vegetación”, escribió Davis en La serpiente y el arcoíris. “Esa misma tarde, encontramos un sendero que nos condujo a la carretera”.

Es una anécdota cautivadora sobre la selva colombiana, emocionante, maravillosa… y que no tiene nada que ver con los zombis ni las sociedades secretas de Haití ni con el vudú. Por eso tenía que preguntarle:

Wade

Ha enfocado su trabajo en las culturas indígenas de diferentes partes del mundo, especialmente las de nuestro país.

Foto:

Sebastián Jaramillo

¿Por qué esa escena está ahí, en su primer libro, en un libro que no tiene nada que ver con Colombia?
Esa historia la cuento de una manera mucho más elegante en El río, pero parecía bueno darle un sentido a la gente de dónde venía yo. La experiencia del Darién fue, en muchas formas, el momento climático de ese viaje del héroe, de esa historia de coming of age, porque captura cómo todo se sentía en esos momentos. Sebastian Snow había llegado de Medellín, y había un tipo llamado Michael (olvidé su apellido), un geógrafo que se suponía nos iba a guiar al cruzar, pero fingió que tenía malaria la noche anterior y me dejó solo. Para un joven, fue un viaje extraordinario. Todo lo que podía pasar, pasó: encuentros con un jaguar, la policía persiguiéndonos, perdernos en la selva, andar con indígenas, la locura de los misioneros que encontramos... Y cuando salí al otro lado, salí como una persona diferente. En cierto sentido, fue un rito de paso; fue un desafío sobre el que no pensé gran cosa en su momento, pero lo fue.

Pero, antes de esa aventura amazónica de quince meses, ya había estado en Colombia, en 1968...
Sí. Cuando era un niño, a los catorce, mi madre, que era una mujer canadiense muy modesta, me dijo que el español era la lengua del futuro. Y trabajó cuatro años como secretaria en una pequeña escuela para ahorrar suficiente dinero para permitirme unirme a un grupo de estudiantes, llevados por un profesor a vivir con familias colombianas en Cali. Fui muy afortunado: los niños mayores, de dieciséis o de diecisiete años, se quedaron con familias en la ciudad; yo fui a quedarme con una familia más modesta en las montañas, en Dapa. En todo el verano no vi a ninguno de los chicos canadienses. Mientras muchos de ellos ya tenían mamitis, yo sentía que había encontrado mi hogar.

Al poco tiempo se fue a estudiar a Harvard. ¿Ya tenía la antropología en la cabeza? ¿Lo inspiró en algo esa visita a Colombia?
La verdad es que tenía que decidir qué iba estudiar al día siguiente, y recuerdo salir del museo de etnología de Harvard con estas imágenes de chamanes y los colores del arcoíris dando vueltas en mi cabeza. Me paré en la calle del frente y le pregunté [a un amigo]: “¿Qué vas a declarar mañana como tus estudios?”. Me dijo: “Antropología”. Le pregunté: “¿Qué es eso?”. Me dijo: “Pues lees sobre indios”, y yo le contesté: “Eso suena bien”. Y decidí convertirme en antropólogo. ¡Y después de dos años de solo leer sobre indios, quería vivir con indios! Y estaba con mi compañero de cuarto, también un estudiante de antropología, en un café en Harvard Square, y había un mapa del mundo a nuestro lado. Y David súbitamente miró al mapa y luego me miró a mí, y su dedo apuntó al ártico. ¡Yo tenía que ir a algún lado! Así que vi mi brazo levantarse y elegir la Amazonia noroccidental de Colombia. Si hubiera elegido Italia quizá me hubiese convertido en un académico del Renacimiento, pero al decidir volver a Colombia, había un solo hombre al cual ver al respecto: el legendario explorador botánico Richard Evans Schultes. Golpeé en su puerta. Le dije: “Señor, quiero ir a Sudamérica a recolectar plantas, tal y como usted hizo”. Nunca estudié botánica, no sabía nada de Sudamérica, pero en vez de preguntarme por mis credenciales, simplemente me miró por encima de sus especímenes con sus gafas y me dijo: “Bueno, hijo, ¿cuándo quieres ir?”. Dos semanas después estaba en Colombia.

Estoy muy orgulloso de ser ciudadano colombiano, pero también reconozco que siempre seré un visitante a esta nación… Voy a Colombia con el propósito de aprender, no para enseñar, dictar o pontificar.

En ese viaje pasó meses en la compañía de Tim Plowman, el otro discípulo de Schultes, atravesando Sudamérica. ¿Cuál es el recuerdo que más aprecia de él?
Uno lo intento describir en El río, cuando consumimos un cactus, aunque es muy difícil escribir sobre experiencias psicológicas con plantas sagradas. Ese momento fue una manera de decirnos adiós. Ambos sabíamos y a la vez no sabíamos lo importante que sería ese tiempo juntos. Como amigos, hermanos, y también como científicos. Y recuerdo que en el curso de esa visión, inducida por esa planta, fui tan consciente de Tim, de su ser; era como Ícaro volando al sol.

En muchas maneras, Tim fue más un mentor para usted que Schultes.
Totalmente. Primero, la razón por la que escribí El río fue para asegurarme de que nadie olvidara a ninguno de los dos. El párrafo clave en ese libro es el último:

[...] Pero [Schultes] nunca ha olvidado a Tim, y en su memoria se han unido el estudiante y el maestro, el padre y el hijo, como dos brazos de aguas que se funden en un río.

Schultes alguna vez me dijo que era más cercano a Tim que a su hijo. Y quiero que el mundo recuerde a ambos hombres... pero, dicho eso, nunca estuve en el campo con Schultes. Tim fue mi verdadero mentor.

En otras palabras, Schultes era esta figura más académica, pero Tim fue la persona que lo inició en el trabajo de campo.
Pero en todos los años que estudié con Schultes, no creo nunca haber tenido nunca una discusión intelectual con él. Él no era así. Él era un botánico, un hombre de acción. La cosa con Schultes es que con solo estar en su sombra se aspiraba a la grandeza. Creías que todo era posible. Una de las razones por las que el libro se llama One river [en inglés] es por cosas como esta: llegaba yo a Bogotá, ya había estado catorce meses en el campo, tenía muchas ganas de ir a casa, y vi a Schultes y me dijo: “Entiendo por qué quieres ir a casa. But there is one river I really want you to know”. Ese era Schultes. Ni siquiera pensabas qué tan difícil podía ser. La verdad es que si emergías del bosque vivo en la confluencia de ese río [el Vaupés], emergías como un hombre mucho más sabio y conocedor. Esa era la forma en la que servía como mentor. Mientras que Tim fue más como un hermano mayor. Juntos pasamos por grandes aventuras. Aprendí todo de Tim: aprendí no solo de botánica o cómo llevarme bien con indígenas, sino también yoga, y a tomar drogas. Y al mismo tiempo, yo tenía ciertas habilidades que él no tenía. Yo crecí en la naturaleza. Trabajé como park ranger, leñador, guía de caza. Podía ir a la jungla sin perderme, mientras que Tim siempre se perdía. Pero él me enseñó todo. ¡Todo! Era como mi héroe… y mi amigo.

Wade

Foto tomada en la Sierra Nevada de Santa Marta.  Allí Daves conoció a Adalberto Villafaña, su anfitrión en ese entonces, quien luego fue asesinado por paramilitares. 

Foto:

Timothy Plowman, 1974. 

¿Cómo recuerda a Tim?
Era tan apuesto, tan carismático; en retrospectiva, estaba en medio del proceso de ‘salir’ como un hombre gay. Él era parte de esa generación de hombres gais que fueron destruidos por el sida. En ese entonces, un diagnóstico de esa enfermedad era una sentencia de muerte. El día que lo recibió yo estaba en Chicago, en una conferencia. Me estaba quedando con Tim. Él me recogió y no dijo ni una palabra de su diagnóstico. Pero tomó una primera edición de History of Coca, de Mortimer, un libro muy raro y caro. Y solo dijo: “Creo que deberías tener esto”. Y mucho después sentí que lo que estaba diciendo era: “Te paso este linaje a ti”. Él moriría un año después. Cuando Tim falleció, Schultes me envió una carta hermosa que decía: “Ahora que Tim murió, tú eres mi legado”. Y era muy triste, porque yo no lo era.

Un momento esencial de su carrera fue cuando salió de Suramérica, donde pasó quince meses coleccionando más de 6.000 muestras botánicas, y se puso a la tarea de encontrar en Haití el “veneno de los zombis” (con fines médicos, originalmente). Esto lo llevaría a pasar de ser un biólogo a ser el escritor, antropólogo y aventurero que la gente conoce.
Para mí, la experiencia con los zombis me sacó de la botánica y me arrojó justo a la etnografía. Y ahí era donde quería estar.

¿Cómo fue eso?

Te diré por qué Haití fue importante para mí. A las veinticuatro horas de llegar, algo se me hizo disponible que me había eludido en cuatro años en Sudamérica: una ventana abierta, de par en par, a lo místico. En las ceremonias vudú observé cómo los acólitos entraban en trance y ponían brasas ardientes del tamaño de manzanas en su boca sin lastimarse. Y me sentí como en esa línea de la canción de Bob Dylan, “you know something is happening here, but you don’t know what it is. Do you, Mr. Jones?”. Eso, y todo el fenómeno de los zombis, me hicieron entender realmente la antropología por primera vez, porque estaba observando cómo un sistema de creencias podía manifestarse, literalmente, en habilidades fisiológicas. ¡Yo no hubiera podido hacer eso, me hubiera quemado la boca! De verdad, me dio ese sentido de que culturas diferentes representan realidades diferentes.

Si los hechiceros estaban haciendo el veneno, e iban a un cementerio a desenterrar un muerto, iba con ellos a ver eso. Algunos dirían que esa es una línea ética que no debí cruzar.

En ocasiones lo han criticado por la ética de estar presente en ciertas prácticas que describe en esa investigación.
Si los hechiceros estaban haciendo el veneno, e iban a un cementerio a desenterrar un muerto, iba con ellos a ver eso. Algunos dirían que esa es una línea ética que no debí cruzar. Pero es lo que ellos hacen y todo lo que hice yo fue observar. Pero la línea ética que no cruzaría... La gente siempre me pregunta: “¿Alguna vez te verías poseído?”. Para mí, la sola idea de pensar que yo podría verme poseído sería una negación de todo lo que creo, de la riqueza de la cultura. Porque un sistema de creencias como ese, si es tan profundo como para generar respuestas fisiológicas, no es algo que te puedas poner como ropa, como una chaqueta.

¿Y qué descubrió sobre el fenómeno de los zombis en Haití?
Algo como decir: “¿Existe el diablo?”. No puedo probar si existe o no, pero ciertamente tiene una influencia en el comportamiento. En ese sentido, el fenómeno de los zombis existe: la gente cree que hay zombis, y reaccionan acorde con eso. Ahora, si de verdad quieres creer que los zombis físicos pueden hacerse, tendría que haber una droga, y lo que mi investigación reveló es que los hechiceros de Haití habían identificado en su ambiente un producto natural, en este caso un pez, que tenía dentro de él un compuesto que puede hacer que la gente parezca muerta. Vi que estos mismos peces en Haití eran los peces de la cocina japonesa, y había toda esta bibliografía diciendo que este veneno podía hacer exactamente lo que se describía, y cuando comparé los síntomas de envenenamiento en Japón con los síntomas de Narcisse de su historial clínico [el personaje que conoció en Haití, que había sido convertido en zombi], eran completamente consistentes. Eso llevó el tema de los zombis de lo fantasmagórico a lo posible. Y ahí dije: “Creo que tengo algo aquí que me gustaría usar para mi tesis”.

Esa experiencia, y la idea de escribir un libro alejado del discurso académico como La serpiente y el arcoíris, lo empezó a alejar de Schultes, ¿cierto?
Schultes no era racista, simplemente era un hombre del siglo XIX. Decía cosas como: “¿Por qué quieres estar con todos esos negros cuando puedes estar con los indios?”. Él nunca entendió todo el asunto con Haití, ni el hecho de que yo quisiera hacerlo. Y luego, cuando el libro salió, fue una sensación de la noche a la mañana. Teníamos solo una línea telefónica en el museo en Harvard, y sonaba las veinticuatro horas por mí, no por él. Y en vez de ver eso como una oportunidad, se puso furioso. Eso creó tensión entre nosotros, y para mí escribir luego El río fue mi manera de aliviar esa tensión.

Wade

El río. Exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica. Wade Davis. Editorial Crítica.

Foto:

Cortesía Planeta

¿Y en qué punto se dio cuenta de que no quería dedicarse a la etnobotánica, sino que quería ser escritor?
Fue más un proceso… aunque sí apliqué a un posdoctorado en etnobotánica en el Jardín Botánico de Nueva York. Cuando recibí el trabajo, no me atrevía a preguntar de cuánto era la paga, pero finalmente lo hice y me dijeron: “Creemos que podemos conseguirte diecinueve”. Yo dije: “¿Diecinueve qué?”. ¡Querían que viviera en Nueva York por diecinueve mil dólares al año! Yo acababa de hacer mucho más que eso escribiendo un libro, además de que mi esposa estaba embarazada. Yo solo miré al tipo (es amigo mío) y le dije: “Mickey, te quiero, pero acabas de tomar una elección de carrera por mí”. Así decidí convertirme en un escritor independiente, y por cuarenta años fui el antropólogo mejor pagado del mundo, sin tener un trabajo.

¿Cuál es el truco, cuál ha sido esa sensibilidad para poder acercarse y compartir con tantas culturas?
La forma como uno se puede aproximar a cualquier cultura no es a través de bravado, sino a través de la empatía y el amor. Si, por ejemplo, tu madre asó una carne para la cena y yo llego a la puerta y digo “soy vegano”, eso lo hace incómodo. Así que comes lo que está frente a ti, duermes donde te dicen que duermas, tienes buenos modales y ayudas de cualquier manera. Sea en el Tíbet, Mongolia o el este de África, son las mismas características que harían a alguien ser bienvenido en tu casa en Bogotá. Todas esas son las grandes cosas que compartimos como seres humanos.

Wade

Wade Davis escribe para National Geographic –fue explorador residente–, Fortune y Condé Nast Traveler.

Foto:

Sebastián Jaramillo

¿Cómo ha cambiado Colombia desde la primera vez que la visitó, sobre todo en temas de conciencia ambiental y conservación?
Cuando estuve en Colombia en 1974, recuerdo que los padres de amigos míos de la Universidad Nacional, apenas les comentaba que iba a ir a la Sierra Nevada, me decían: “¿Por qué quieres vivir con la gente sucia?”; ahora, cuarenta y cinco años después, con la excepción del presidente Duque, los últimos cinco presidentes colombianos han hecho una peregrinación a la Sierra como una manera de hacer una declaración. Que los arhuacos, los koguis, los wiwas son un símbolo de continuidad. Cuando visité por primera vez el Amazonas noroccidental, en los setenta, viví con comunidades que parecían estar al borde de un agotamiento cultural. Hoy, gracias a los esfuerzos de Virgilio Barco y Martin von Hildebrand y al establecimiento de los resguardos y áreas codificadas en la Constitución del 91, hay un resurgimiento cultural que nadie hubiera anticipado. No es solo en Colombia: durante nuestra vida, las mujeres han ido de la cocina a las juntas ejecutivas; la gente de color, de los cobertizos a la Casa Blanca; la gente gay, del clóset al altar. Antes, ningún país en el mundo tenía un ministerio del medioambiente; hoy, no hay ningún país reputable que no lo tenga.

Ahora que es colombiano, ¿siente que tiene una mayor obligación de difundir un mensaje de conservación?
Me describo como un ciudadano honorario. Estoy muy orgulloso de ser ciudadano colombiano, pero también reconozco que siempre seré un visitante a esta nación; entonces, siempre seré muy discreto ante las diferentes posiciones sociales y políticas del país. Voy a Colombia con el propósito de aprender, no para enseñar, dictar o pontificar. Considero mi nacionalidad un tremendo honor porque, claro, no puedes controlar en qué tierra naces, pero puedes controlar qué tierra captura tu imaginación. Y Colombia es eso para mí.

POR RODRIGO RODRÍGUEZ  
FOTOGRAFÍAS SEBASTIÁN JARAMILLO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 85 - MAYO - JUNIO 2019

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