Vicky Hernández: la leyenda viva de la actuación en Colombia

Vicky Hernández: la leyenda viva de la actuación en Colombia

BOCAS conversó con una de las actrices más recordadas por los colombianos.

Vicky

Algunos de sus papeles más memorables en televisión han sido Victoria, en Don Chiche; Amparo Berrío de Tuta, en Romeo y Buseta y Raquel Vallecilla Cuca Loma, en Azúcar.

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Sebastián Jaramillo

29 de agosto 2018 , 04:04 p.m.

Hubo un momento en la vida de Vicky Hernández en el que no supo quién era. Tenía quince años, estaba en el escenario de la Casa de la Cultura, en Bogotá. Era 1965. Actuaba en la obra Marat Sade, de Peter Weiss, una historia que trascurre en un manicomio donde los internos recrean una obra basada en la Revolución francesa.

En la mano sostenía un cuchillo de verdad, muy afilado, que brillaba por la luz de los reflectores, con él tenía que asesinar a Jean-Paul Marat, interpretado por Gustavo Angarita. Pero la joven Vicky dudaba: “El que está ahí es Gustavo, pero lo tengo que matar porque es Marat, pero no es Marat, es mi compañero Gustavo, pero a la vez sí es Marat y lo tengo que cascar”. Temblaba, lloraba y el director, Santiago García, también en el escenario, le decía que tranquila, que siguiera, e hizo lo que tenía que hacer, apuñalar a Marat. Sin embargo, lo hizo con tal convencimiento que lo hirió. Luego, ella se desmayó.

A Gustavo le quedó una herida superficial en el pecho. Si él se hubiese movido un centímetro, Vicky le habría enterrado el cuchillo por completo. Ese día, Alfonso López Vélez, un neurólogo reconocido que estaba entre el público, dijo que había sido un episodio felizmente resuelto, pero que se trató de un desdoblamiento. “Desde entonces he tenido absoluto cuidado de no identificarme con los personajes”, dice Vicky, 53 años después, sentada en su casa en Subachoque, a las afueras de Bogotá.

Aquí vive desde hace diez años rodeada de la naturaleza y de recuerdos; fotos, diplomas y premios que prueban la actriz que es, una de las más célebres y recordadas del país. No es para menos, la televisión llegó a Colombia en 1954 y cuatro años después, Vicky, con apenas siete años, ya estaba en ella.

Nació el 14 de octubre de 1950, en Cali. Este año cumple 68 años, pero para la historia de la televisión cumplirá 70, porque su mamá, cuando Vicky era una niña, le cambió su fecha de nacimiento a 1948 para que le dieran la tarjeta de identidad y poder cobrar por su trabajo. Su carrera actoral empezó a los seis años, en Bogotá (adonde llegó a los tres años), en el Grupo escénico infantil de José Pulido Téllez, donde el radioteatro, el teatro y la televisión eran hechos por los niños y para los niños. Pulido hizo decenas de adaptaciones de las obras literarias de Rabindranath Tagore, Paul Claudel, Tomás Carrasquilla y Oscar Wilde. En esta escuela también se formaron Julio Medina, Carlos Muñoz y Jorge Alí Triana.

Vicky

En cine Vicky ha actuado en películas como La mansión de Araucaíma, Crónica de una muerte anunciada y La estrategia del Caracol.

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Su primer papel fue el de una ardilla en Caperucita roja y desde ahí no ha parado. Le ha dedicado tantos años de su vida a ser “otros” y “otras” que no se sabe a quién le ha dedicado más tiempo, a Vicky o a sus recordados personajes en televisión: Victoria, en Don Chinche (1983-1989); Amparo Berrío de Tuta, en Romeo y Buseta (1987-1992); Raquel Vallecilla Cuca Loma, en Azúcar (1989); Florentina Herreros, en La casa de las dos palmas (1991) y Magnolia, en La saga, negocio de familia (2000). Y en las películas: fue La Machiche, en La mansión de Araucaima (1986); Clotilde Armenta en Crónica de una muerte anunciada (1987) y Eulalia en La estrategia del Caracol (1992). Solo por nombrar algunas de las más de cincuenta producciones en las que ha estado y por las que se ha ganado cuatro Premios India Catalina, incluido el homenaje Premio Víctor Nieto a toda una vida, y con su papel en la película La Ciénaga entre el mar y la tierra (2016), ganó el premio del público a mejor actriz, en el Festival Internacional de Cine de Seattle, Estados Unidos. Además, a los 15 años, fue parte fundamental en la creación de la Casa de la Cultura, hoy Teatro La Candelaria.

“Vicky es una de las mejores actrices que he conocido en mi vida. Es un genio, increíble y exigente en la escena. Estuve con ella en Por amor, mi primer trabajo en televisión. Recuerdo que al director Pepe Sánchez lo despidieron y contrataron a otro director. Vicky se puso tan brava que, con su liderazgo, hizo que nos diéramos cuenta de que era una falta de respeto. Todos renunciamos al mismo tiempo; ella fue y es una influencia muy grande”, dice la actriz Alejandra Borrero.

Para nadie es un secreto que Vicky representa el carácter. Su personalidad es fuerte e incluso complicada. Creció diciendo las cosas como cree que son y defendiendo siempre lo que ha querido. “A mí no me han dado nada ni por bonita ni por simpática. Las pocas cosas que he hecho las he logrado solo con mi trabajo”.

Hoy, después de cuatro cirugías en la columna y una en el hombro, Vicky no camina con la misma firmeza de antes, pero su mirada, su voz y sus gestos siguen teniendo la misma fuerza de siempre. Aquí, en la sala de su casa, se sirve un té negro con leche. De un sobre de manila saca fotos y papeles, entre ellos un permiso para trabajar en televisión expedido en 1959. Todo son recuerdos que la obligan a mirar al pasado, al inicio de su propia historia, a la huella que dejó y que sigue dejando.

A mí nadie me ha dado nada ni por bonita ni por simpática. Las pocas cosas que he hecho las he logrado solo con mi trabajo.

Todo parece indicar que la memoria colectiva de los colombianos la ubica a usted en los años ochenta, que es cuando empiezan sus grandes producciones en el cine y la televisión, como las series Don Chinche y Romeo y Buseta. ¿Qué cree que hizo inolvidables a esas producciones?
Que se hacían con una palabrita que existió: mística. Que no es trabajar gratis, morirse de hambre y sufrir. Para mí es una mezcla de responsabilidad, de pasión, de urgencia, de disciplina y de deseo de que las cosas sean casi perfectas. Es la entrega total. Eso ya no existe.

La gente difícilmente olvidará su papel de Amparo Berrío de Tuta en Romeo y Buseta. Se nota que lo gozaba y que ustedes, los actores, tuvieron momentos graciosos y por lo tanto inolvidables. ¿Es cierto que una vez dejó a Jorge Velosa sin calzoncillos?
Sí. Es que hubo tantas historias locas [risas]. Me acuerdo de esa escena en la que Trino [Jorge Velosa] estaba deprimido, no quería hacer nada, ni bañarse ni vestirse, estaba en pijama y sombrero. La mujer, o sea yo, le quitó la ropa y lo metió obligado a la ducha. En el ensayo yo le quité la ropa y lo dejé con calzones, pero cuando fuimos a grabar le bajé los calzoncillos con la pijama y lo metí a la ducha así desnudo, porque por el vidrio de la ducha se iba a ver que se metía con calzoncillos y quedaba muy mal que una esposa metiera al marido a la ducha con calzoncillos. Fue muy chistoso. Él salió bravísimo [risas].

En 1986 hizo uno de sus papeles más memorables en La mansión de Araucaima, una película con escenas fuertes. ¿Cómo respondió el público en ese momento y qué recuerdos tiene?
“La mansión” fue una película muy difícil de hacer porque yo fui el personaje durante toda la preproducción y cuando Focine fue a dar el dinero pidieron que la protagonista no fuera yo porque no era atractiva. Buscaron a una brasilera, que finalmente cuando se empezó a rodar no quiso venir, el esposo no la dejó asumir el guion porque era muy fuerte. Me llamaron cuando ya llevaban un mes de rodaje. Desde ese punto de vista, anímicamente fue difícil tomar ese personaje. Como me habían dicho que no haría el papel, yo me había cortado el pelo. La persona que fue a maquillaje no era maquilladora ni peinadora profesional, así que tuve que asumir mi propio maquillaje y peinado y tenía que usar mucho pelo de juguete. Vi el estreno de la película en Río de Janeiro con Carlos Mayolo, pero no fui a ver la película, sino la peluca [risas]. A ese público les encantó, gritaron en el teatro, casi no nos dejan salir. La gente nos cogía, nos abrazaba, creo que fue el único público que en su momento entendió la película. En Colombia creo que no la comprendieron.

En Azúcar, esa historia de los azucareros en el Valle del Cauca, interpretó a la amargada tía Raquel Vallecilla Cuca Loma, un personaje que también se quedó en la memoria de los colombianos. ¿Por qué cree que a la gente le gustó tanto ese personaje? ¿Cómo lo preparó?

No hubo tiempo para prepararlo, pero la gente se enamoró de ella porque era un personaje complejo y lo hice con complicidad de Carlos Mayolo. Raquel se fue acomplejando y consolidando cada vez más a medida que el relato surgía. Ella tuvo mucho que ver con todo lo que yo había conocido del Valle del Cauca, de las señoras del Valle y de algunas tías. Y hablaba como hablaban en ese momento las señoras de allá. Fue un personaje muy libre.

Vicky

Su primer papel, a los seis años (en 1956), fue el de una ardilla en Caperucita roja.

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Otro de los papeles más recordados fue el que hizo en La casa de las dos palmas, en 1991, con el que ganó dos premios a mejor actriz, el India Catalina y el Tv Novelas, ¿se apoyó en la improvisación para este papel?
Me acuerdo de la escena en la que uno de los hijos de la señora se ahogaba en un baño romano que había en la casa. Yo era la mamá y dijeron el orden en el que entraban los personajes. La última era la mamá, que solo llegaba a mirar por encima qué había pasado. Yo no estaba de acuerdo con eso porque la naturaleza de una mamá colombiana no es así, uno llega y se tira, se avienta. Yo salí de última corriendo por el corredor de la casa, siguiendo las indicaciones, pero corrí como el correcaminos y llegué primero que todos y me tiré a sacar al hijo. Y lo dejaron así porque tenía que ser así. Es que a mí a veces me ha tocado hacer trampa para hacer las cosas como tienen que ser. Uno como actor tiene que ingeniárselas.

Ya en sus trabajos más recientes, fue la mamá de Pablo Escobar en Escobar, el Patrón del Mal. ¿Cómo fue esa experiencia?
Me encantó el trabajo con Carlos Moreno y con Laura Mora, la directora. Me parece que son dos talentos que están empezando a desplegar las alas y que van a llegar muy lejos. Me encantó compartir escena con Cecilia Navia y con Andrés Parra. No era un tema de fácil acceso para uno, a pesar de tanta información. No era un personaje de fácil abordaje, pero creo que no salió mal del todo.

Vamos a sus inicios en el oficio. ¿Qué recuerda de esos días de ensayo en la casa de teatro de José Agustín Pulido Téllez, hace más de cincuenta años?

Allá llegaba por las tardes, después del colegio, y ensayábamos los sábados. Iba con mi hermana mayor, María Isabel, ella era realmente la actriz. Yo empecé a ir al grupo para no molestar tanto en la casa. Nos daban clase de actuación, interpretación, declamación, escenografía, canto y expresión corporal. Teníamos profesores estupendos, como el maestro Guillermo Abadía Morales, folclorólogo, y Cesáreo Muñoz Mora me enseñó vestuario y escenografía. O sea, yo estoy hablando de los inicios de la televisión y estoy diciendo que yo en esa época, siendo una niña, ya trabajaba y conocí a todos los que hacían televisión. El profesor Pulido tenía un programa en la Radiofusora, que era teatro para niños, ahí se hacían grandes obras, no novelas, sino teatro para niños. Desde los siete años estoy familiarizada con los textos de teatro, poesía y canto, por eso he sido una persona, para muchos, tan incómoda en la cuestión de diálogos y textos.

¿Qué personajes hacía en ese grupo?
Muchos. Había obras que eran de ficción, entonces había animales que hablaban. Hacía de ardilla, de ratón, de conejo. Inclusive otros elementos, no necesariamente animales, recuerdo que mi hermana hizo una vez de enredadera. En El pleito del queso yo era una ratona, me llamaba Kitty. Era una obra bellísima en la que tres ratones chiquitos jugando se encontraron un queso enorme en una despensa y en vez de repartírselo, empiezan a ver a quién le corresponde más. Recurren a unos jueces que llevan a peritos y el queso termina repartido entre toda la gran burocracia de la justicia y los ratones se quedan sin nada. Es una fábula que todavía tiene mucho que ver con lo que nos pasa.

Después de eso viene la televisión, ¿cuáles recuerdos tiene de sus primeros años?
Recuerdo que hice una serie que se llamó Viaje a la luna, con el mexicano Sergio Tato, duró un año, era un programa semanal. Allí interpretaba a una niña que iba en un cohete a la luna con un adulto, Tato. También me acuerdo de un programa con Michel Talento en que yo iba a cantar y él empezó a tocar la guitarra. A mí me pareció que él tocaba muy mal y que me dañaba la canción, entonces yo le decía que por favor no tocara que yo me sabía la canción. Me enojé mucho con él porque no me dejaba cantar, él quería era tocar su guitarra y yo tenía mi canción muy bien organizada. También trabajaba en los espacios que le dieron a Pulido Téllez, El mundo del niño y Ábrete sésamo, espacios totalmente hechos por niños y para niños.

Pero una de las primeras anécdotas en televisión fue que una vez se orinó en el escenario. ¿Es verdad?
Eso fue en televisión. Me oriné. Eran unos estudios enormes y cerraban las puertas. Había un señor, el maestro Espinosa, que era un utilero. A mí me parecía como un monstruo, grande y con cara de pocos amigos. Él vivía con un overol y con cinturones donde llevaba herramientas, como martillos, destornilladores, alicates, una cosa muy impresionante. A mí esa figura me impresionaba. Cerraban las puertas del estudio que eran gordas y se decía “5, 4, 3, 2, en el aire”, y cerraban todo. Nadie podía hablar, nadie podía respirar, porque eso era en directo. Yo era una niña y quería salir a hacer chichí y Espinosa no me dejó salir, entonces me oriné. Fue horrible porque yo terminé todo el programa con unos zapatos cafecitos de amarrar muy lindos, con un ribetico blanco, y los zapatos sonaban “clinch”, “clinch”, todos llenos de chichí. Eso fue horrible, fue una sensación terrible y yo no quise mucho al señor Espinosa.

¿A esa edad ya le pagaban?
Sí. En televisión nos pagaban más cuando éramos chiquitas. En esa época nos pagaban 150 pesos por un programa, era mucho dinero. Fue hace mucho, uno tenía que ir al Palacio de San Carlos a firmar la nómina que se llamaba “sábanas” y nos pagaban con cheques. En el teatro era menos, en la Casa de la Cultura una vez recibí un cheque de 50 centavos. De la televisión eso ha fluctuado mucho, hoy en día no están pagando nada porque la televisión se llenó de gente que puede trabajar en otras cosas y la industrialización está diciendo que hay que hacer cantidad y no calidad.

... se decía '5,4,3,2, en el aire' y cerraban todo. Nadie podía respirar, porque eso era en directo. Yo era una niña y quería salir a hacer chichí y Espinosa no me dejó salir, entonces me oriné.

Desde pequeña esto fue un trabajo muy serio para usted. A los quince años ya era una actriz, ¿qué significó esto en su vida?
Era muy serio porque yo casi siempre era la menor. En esa época fundamos la Casa de la Cultura, que hoy es el Teatro La Candelaria. Yo estuve ahí en la primera obra que fue Soldados y el padre, la adaptación de la obra de Álvaro Cepeda Samudio, hecha por Carlos José Reyes, ahí actuaba con Santiago García, Mauro Echeverry y Gustavo Angarita. Todos eran jóvenes, pero eran grandes, ya tenían novias, esposas o hijas, estaban en las universidades. Yo iba a ensayar con uniforme y cumplí quince años haciendo Marat Sade, entonces tenía que ser muy seria para que me tomaran en serio y para cumplir intelectualmente con lo que en ese momento se exigía, que sí se exigía. Ser actriz no era salir en las portadas de revistas en pelota, era responder por un personaje.

Ya que me habló de la Casa de la Cultura, ¿cómo fue la creación de esta?
Eran unos años en los que pasaban muchas cosas. Esa década de 1960 tiene el reflejo de lo que sucedió en el mundo, hubo grandes cambios no solamente políticos, sino económicos y sociales, que repercutían aquí en el país. Había una gran sed de crecimiento intelectual, con la música, el teatro, la plástica. Aquí en Bogotá estaba Marta Traba, que había generado un gran movimiento con los pintores. Había mucha gente deseosa de hacer cine, todo era cuestionado y eso hacía que la gente estuviera despierta, que quisieran tomar el mundo en sus manos. Eso dio pie para la creación de la Casa de la Cultura, que era un lugar donde había eventos culturales y artísticos de todo tipo, pero lo único que permaneció en el tiempo fue el teatro, se mantiene hasta hoy. La fundamos en la carrera 13 con calle 20, en un pequeño edificio que nos parecía muy grande, era una casita como de tres pisos y se llamaba Casa de la Cultura. Allá llegó mucha gente importante de todas las partes del mundo, de movimientos teatrales y artísticos en general. Ahí yo hacía teatro todo el tiempo.

A los quince años la actuación todavía podía ser un pasatiempo, ¿en qué momento supo que se dedicaría a esto toda la vida?

Yo supe que quería ser actriz y que iba a ser actriz a los 16 años cuando me salí del colegio en quinto de bachillerato. En ese entonces íbamos a hacer una gira y no podía presentar los exámenes finales que eran definitivos para pasar el año, así que me salí un poco antes para luego validar. A esa edad yo había tomado la absoluta y firme decisión de que me iba a pasar la vida jugando a eso. Me parecía chévere, interesante e importante y creía que en Colombia había que hacerlo porque aquí eso no existía como una carrera ni como un oficio digno o decente.

Después de vivir y de formarse en Bogotá, regresó a Cali en 1968, ¿qué hizo en ese tiempo?
Terminé el colegio con Andrés Caicedo, me gradué de bachiller en el Miguel Camacho Perea, un colegio en el que estudiaba gente grande y era nocturno. Creo que Andrés estaba ahí porque lo habían echado de todos los colegios. Fue el único año en el que no hice teatro, solo vi. Después empecé a trabajar en el Instituto Popular de Cultura y en Bellas Artes. En el Instituto hicieron un concurso para ver quién ocupaba la plaza de profesor de teatro y yo me gané el trabajo. Tenía como 19 años, en 1969. Después fui maestra en Bellas Artes y en el Colegio Hebreo Jorge Isaacs.

Después llegaron los hijos…
Sí. El primero llega muy joven, a los 20 o 21 años. El segundo se demora diez años en llegar, es de otro matrimonio. Los dos son hijos muy pensados, planeados, bienvenidos. El mayor es Mateo y es músico; el segundo, Juan Sebastián, es actor.

Hablemos de esos otros hijos: usted que ha hecho tantos personajes, ¿ahora cómo los escoge?
Yo últimamente no escojo personajes, eso sería en un país que no es el nuestro. Sigo divirtiéndome con mi trabajo. A mí me gusta trabajar, me hace feliz, pero obviamente uno prefiere un personaje que entrañe una dificultad y un aprendizaje.

Pero sí ha rechazado…
Sí, personajes de cine he rechazado bastantes porque no son buenos los guiones, porque las historias no me llaman la atención, porque considero que serán películas tontas. En televisión he rechazado como tres personajes en los últimos años por cuestiones económicas y porque no parecían ser productos buenos y estar en productos dudosos no me gusta.

Ahora hábleme de los directores que más le han aportado a su carrera.
Todos los directores aportan algo, aun los que no saben. Uno muchas veces aprende de lo que no debe hacer, viendo el ejemplo negativo uno dice, “así no es”. Yo creo que la persona que más influyó en mi manera de trabajar es Santiago García. Es la persona que yo más he admirado y amado en la escena. También las primeras clases y los primeros contactos con dirección en el grupo escénico infantil de Pulido Téllez. Después, de todos he aprendido algo, he trabajado con muchos directores, pero la manera de trabajar uno la va haciendo según sus necesidades, capacidades y prioridades.

Vicky

Victoria "Vicky" Hernández nació el 14 de octubre de 1950, en Cali.

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Sebastián Jaramillo

Pero usted también ha dirigido. De hecho, Alejandra Borrero me contó que cuando la dirigió en una obra que se llamaba Compañía, un día les dijo que esa pieza era como un tornado y empezó a dar vueltas y terminó con el brazo enyesado. ¿Lo recuerda?
Mire la cicatriz [se señala la muñeca derecha], quedó con fractura abierta. Porque Ana María Kamper no sabía cómo era un tornado. Yo le decía que ella tenía que ser un tornado y me puse a mostrar cómo era con el cuerpo y me caí. Cuando estaba en el piso me acuerdo que se salió el hueso y yo le decía: “Ana María, ¿pero viste el tornado?”. Y Borrero gritaba: “¡El brazo, el brazo, auxilio, Vicky!”. Y yo le decía: “Un momentico, ¿ya vieron lo del tornado?”. Fue un extremo y fue la única vez que yo les indiqué con el cuerpo algo que quería. Esa experiencia de dirigirlos fue muy bella, a mí me encantó y una de las cosas que traté de lograr fue no hacer lo que a mí como actriz no me gusta que hagan los directores.

¿Cómo ve el presente y el futuro de la televisión colombiana?
Lo último que se ha hecho en televisión la verdad no me agrada. Veo que técnicamente se ha adelantado mucho en término de facilidades de la producción, desde el punto de vista de la técnica, pero se ha demeritado muchísimo el contenido, los diálogos y el tratamiento de los personajes y de las historia. Veo muy poca televisión. A veces me gusta ver series y películas, pero no mucho de lo que se produce acá.

Vicky, usted tiene fama de ser muy seria. ¿Qué le saca carcajadas?

Muchas cosas. Un buen cuento, una buena anécdota, una buena historia, cualquier situación de verdad graciosa. Últimamente me saca muchas carcajadas mi nieta de un año, Emma. Es muy graciosa y tierna. Los niños son una maravilla. No es una risa de burla, sino de alegría. También me gusta burlarme de mí misma. El ridículo me tiene sin cuidado porque toda la vida lo he hecho, así que no creo en él, creo en la sublimación de cualquier gesto o acto humano.

¿Y qué la enfurece?

Últimamente nada. Me da jartera y me entristecen la mentira, el abuso, la injusticia, a veces la estupidez nuestra, los sinsentidos, la gente que no razona, los prejuicios; son puntos de retroceso de la humanidad.

¿Cómo es un día en su vida hoy?
Hoy quiero cortar una tela para hacer un mantel. Pero depende, si estoy aquí en Subachoque hago poco, me distraigo leyendo, veo televisión, me gusta mucho ver películas. Antes medio jardineaba, pero ya no puedo por mis cirugías. A veces salgo al pueblo o recibo visitas.

¿Cómo le gustaría que la recordaran?
Si me recuerdan ya es bueno [risas]. Hablando en serio, como lo que soy, lo que he sido y sigo siendo: una mujer colombiana, actriz, que ha hecho lo posible para que en este país la actuación sea considerada una profesión digna, decente y posible.

POR DIANA ESTRELLA CASTILLA 
FOTOGRAFÍA SEBASTIÁN JARAMILLO 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 77 - AGOSTO 2018

Vicky

Carácter.

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Revista BOCAS

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