Pedro Juan Gutiérrez: la pluma brutal de La Habana

Pedro Juan Gutiérrez: la pluma brutal de La Habana 

Bocas entrevistó a uno de los escritores cubanos más talentosos de la narrativa de nuestros días.

Pedro

Pedro Juan Gutiérrez nació en en Matanzas, Cuba, el 27 de enero de 1950.

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Eliana Aponte

Por: Milagros López de Guereño
05 de septiembre 2018 , 11:00 a.m.

Gabriel García Márquez fue, sin saberlo, el responsable de su solidaridad con los periodistas. Pedro Juan Gutiérrez, uno de los escritores cubanos vivos más leídos en la actualidad, intentó entrevistar para la revista Bohemia a Gabo que por aquellos años noventa pasaba largas temporadas en La Habana. “Cada vez que llamaba para concretar la entrevista me contestaba su esposa, Mercedes. Me decía: ‘Se está duchando’. La tercera vez que me dijo lo mismo, respondí: ‘pues se va a desteñir’. No le gustó y sin decirme nada me colgó. No llamé más. Recuerdo ese episodio y cuando me piden entrevistas, no miro si es de un medio grande o pequeño. Las concedo siempre”.

Nació en Matanzas el 27 de enero de 1950. Antes de vivir de sus libros, editados en 23 idiomas, fue obrero agrícola, albañil, dirigente sindical, profesor de dibujo técnico, locutor, periodista, actor de radio y artista plástico. Hizo el servicio militar como soldado raso en el batallón de zapadores, en el campo de la demolición.

Prácticamente autodidacta, se licenció en Periodismo en 1978 en un curso especial para trabajadores. Iba a clases los miércoles y el resto corría por su cuenta. Trabajó en la entonces Agencia de Información Nacional y en la revista Bohemia. En la primavera de 1985 entrevistó en Moscú al cosmonauta ruso Yuri Romanenko. En los ochenta realizó reportajes arriesgados en cárceles, las favelas de Brasil, la frontera de Estados Unidos y México y en el sur de España. Por ellos ganó el Premio Nacional de Periodismo. El salario rendía y podía salir a comer o alojarse en un hotel de playa.

Con la caída del bloque soviético, que derivó en el “Periodo Especial”, la vida cambió. También para Pedro “Guan”, como pronuncian sus vecinos. Con más tiempo libre –y una vida personal desastrosa– enfrentaba sus demonios escribiendo la cotidianidad de su barrio, a rebosar de antihéroes.

De ese laboratorio surgió la Trilogía Sucia de La Habana. Publicada en 1998 por editorial Anagrama, el éxito fue instantáneo y el 11 de enero de 1999, Bohemia lo despidió. Sin pretenderlo, se encontró dueño de su tiempo, viviendo frenéticamente y publicando libros cada año, escribiendo poesía y bebiendo.

Nunca fue claramente prohibido, pero sus libros apenas se publicaban en Cuba. Eso ha cambiado. En el último lustro la Casa de las Américas le organizó una presentación. En el 2015, ediciones Unión publicó Dialogo con mi sombra, en el que se entrevistó a sí mismo y definió su relación con el Pedro Juan literario. “No somos amigos, ni hermanos, ni amantes, ni compañeros de viaje, ni colegas de esquizofrenia. No. Yo soy yo. Y él es mi sombra. Aunque el señor tiene su ego bien montado, y si se le pregunta dirá que es todo lo contrario: ‘Yo soy yo, y el señor Gutiérrez es mi sombra’”. Este año presentó en la Feria del Libro de La Habana Fabián y el caos.

Pedro

Antes de vivir de sus libros, editados en 23 idiomas, fue obrero agrícola, albañil, dirigente sindical y profesor de dibujo técnico.

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Eliana Aponte

Ediciones Unión lo define como “uno de los escritores más talentosos de la actual narrativa latinoamericana”. La editora de la Unión de Escritores y Periodistas de Cuba (UNEAC) publicó Melancolía de los Leones (2000); Nuestro GG en La Habana (2006); El Rey de La Habana (2009); Carne de perro (2012); El insaciable hombre araña y Dialogo con mi sombra (2015) y El nido de la serpiente, memorias del hijo del heladero (2016).

En 2007 publicó en España Corazón mestizo. El delirio de Cuba, un libro de viajes que, como en otros, tiene su dosis autobiográfica mezclada con un tratado de sociología. Animal tropical, por su parte, se desarrolla en la playa de Guanabo, la más popular entre los habaneros. Unión prepara tres títulos más.

Gutiérrez no tiene nada de divo. Vive en el mismo apartamento de Centro Habana desde hace treinta años, donde, además, tiene una terraza –en una azotea compartimentada– con acceso visual a las de sus vecinos, al mar que baña el malecón, y a centenares de tejados característicos de la capital de Cuba. Ese espacio vital está salpicado de plantas
–en su mayoría cactus que resisten mejor el salitre y los vientos– en macetas y envases mayoritariamente pintados de blanco. Por la mañana el sol le pega fuerte, pero la tarde permite atardeceres sombreados y muy agradables.

No tiene coche ni teléfono móvil. Disfruta de la playa y de los amigos, más bien pocos, pero buenos. Su conversación es entretenida, chispeante e inteligente. Camina, o toma taxis, como muchos de sus compatriotas. Nada en su persona lo hace destacar, disfruta de un anonimato que le permite mimetizarse con el ambiente para observar y documentarse.

Es de los que bajan a las calles, las recorren y las viven. Las más transitadas por él han sido las de Centro Habana. Calles y personajes que inundan sus libros. No dejan a nadie indiferente, ni siquiera en los últimos textos donde ha suavizado el lenguaje. Las descripciones de ambientes marginales son tan reales que se palpan, se sienten y se huelen. Por eso no hay término medio. Provocan amor u odio.

El oficio de escritor no es muy recomendable. Pasa como los fotógrafos de guerra, hacen fotos maravillosas, pero, como Sebastián Salgado, tantos años escarbando la mierda, tiene un costo muy alto.

Este año se cumplen los veinte años de la publicación de la Trilogía Sucia de La Habana. ¿Podría volver a escribir ahora algo así?
En absoluto. Aquella fue una etapa muy extrema de mi vida, salía de un divorcio muy traumático. Empecé a beber, y me lancé a la lujuria y la promiscuidad. Fueron años muy duros aquellos del periodo especial cuando empecé a escribir los cuentos que luego se convirtieron en la Trilogía. Ahora es un momento distinto.

¿Ha cambiado el país cómo ha cambiado usted?
El país ha cambiado en veinte años, también económicamente. Yo he cambiado mucho también, he ido madurando, ya tengo 68 años, una edad importante para tomarse la vida con más calma, con más tranquilidad, con más reposo, sin tanto desespero. Estoy más tranquilo, más ecuánime, más calmado. Practico budismo japonés, como meditación, como filosofía de vida, desde hace varios años y eso me ayuda. Por mi propio temperamento –soy muy ansioso– y necesito cosas que me tranquilicen. No puedo tener una pareja que sea ansiosa, porque ella desesperada y yo desesperado terminaríamos mal. Muy explosivo eso. Tras la Trilogía escribía un libro por año, más la poesía que era extra. Durante siete años publiqué un libro anual. Llegó un momento en que paré. Estuve varios años escribiendo poesía y haciendo otras cosas. Después he ido poco a poco. Escribo diferente. En total son 23 títulos. El último es Fabián y el caos, salió en Anagrama en el 2015 y ahora salió la edición cubana.

¿Es conocido por el lector cubano?
Los libros míos se han publicado aquí en tiradas pequeñas, de 1000 o 2000 ejemplares que no es nada. Después aumentaron a 5000 ejemplares sin reediciones y se venden en nada, en quince días o menos se agotó la edición. A lo mejor se los prestan unos a los otros y los leen 10.000 personas, pero no es nada. No creo que tanta gente conozca mi literatura.

¿Es profeta en su tierra?

Para nada.

¿Hay planes para publicar la Trilogía en Cuba?
Estamos negociando, pero no quiero adelantar. La edición pirata la venden muy bien, 150 pesos (6 dólares) a los cubanos y en 20 dólares a los extranjeros. También hay otra de El Rey de La Habana.

El Rey de La Habana es un libro muy duro. ¿Cómo escribe de esa forma tan tremenda?
Sufriendo. De Trilogía sucia me quedaron dos personajes –Magdalena y Reynaldo–. Estaba muy destruido emocional y moralmente, porque Trilogía, viéndolo ahora con distancia, es un estudio antropológico, etnológico de la sociedad cubana. Esperé unos meses y esos dos personajes seguían dando vueltas. Empecé a escribir lo que yo pensé que era un cuento y cuando vine a ver era una novela de 200 páginas. Eran dos personas que las veía en el barrio, en Centro Habana. Ella vendía maní, hablaba con ella, le compraba maní, la invitaba a una pizza y me hacía historias. Y a Reynaldo lo veía de la casa. Y escribí la novela sufriendo. Los últimos cuatro días los pasé llorando porque no quería que pasara lo que estaba pasando. Me puse muy mal. Por suerte eso no me ha pasado con los siguientes libros que asumí con más distancia.

Pedro

También trabajó como locutor, periodista, actor de radio y artista plástico.

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Eliana Aponte

Pedro Juan, ese personaje casi fijo de sus novelas, muestra el lado oscuro del ser humano, brutal, e incluso en las historias más bonitas hay una parte dura. ¿Por qué?
No sé, tendría que explicarlo un psiquiatra. Me inclino a describir el lado oscuro, donde escondemos todo lo que no queremos que se sepa. Ahí es donde un escritor tiene que escarbar. No me interesa escribir cosas bonitas. Cuando te enfrentas a la vida que es dura me interesa descarnar a los personajes, llegar al fondo. Eso puede ser muy dañino. El oficio de escritor no es muy recomendable. Pasa como con los fotógrafos de guerra, hacen fotos maravillosas, pero, como Sebastián Salgado, tantos años escarbando en la mierda, tiene un costo emocional demasiado alto. Le confieso que estoy en ese proceso hace unos cuantos años. El 16 de noviembre del 2006, en Santiago de Cuba, cogí una borrachera muy grande. Le entré a golpes al fotógrafo que trabajaba conmigo, rompí muchas cosas y al día siguiente me acordaba de unas cosas, de otras no, y se jodió el trabajo que estábamos haciendo –el libro de viajes por Cuba que iba con fotos, Sol mestizo–. Me di cuenta de que yo estaba medio loco, ya el alcohol me tenía mal, más todo lo que estaba escribiendo y me dije: “Voy a parar esto un poco porque voy a terminar mal, voy a terminar loco”. No me da pena decirlo. Paré. Estuve un año sin escribir y por ahí empecé a practicar el budismo.

Si todos escondemos algo, ¿qué esconde Pedro Juan Gutiérrez?
Por ejemplo, nunca voy a escribir mi autobiografía. Definitivamente. La gente cree que leyendo mis libros me conocen. No es así. Hay mucho más que nunca voy a escribir. Son mis secretos de vida que no te voy a confesar.

¿Cuánto de Pedro Juan hay en el Pedro Juan personaje?
Pedro Juan es un personaje literario, una mezcla del macho cubano y tropical –en México son peores, creo que en Colombia también–, es el macho del que yo trato de burlarme. Aparentemente es el protagonista, pero cada vez que puedo meto mujeres muy ácidas, muy duras. Mi literatura no es propagandística, no doy explicaciones, el lector inteligente lo comprende y el que no es inteligente no comprende nada, como el tonto que dice “este es un librito de relajo”.

¿Le molesta que lo etiqueten de “exponente latinoamericano del realismo sucio”?
No sé hasta qué punto yo hago realismo sucio. Ese término ha tenido muchos cambios. Se originó hace muchos años

¿Por qué llama a las cosas por su nombre sin buscar eufemismos o edulcorantes?
Está en mi temperamento. En mis 26 años de periodista me trajo muchos problemas porque me gusta coger el toro por las astas, sin dar vueltas a las cosas. Me gustaban los temas complicados: las jineteras, nadie había escrito sobre ellas; el suicidio, porque los héroes no nos suicidamos, y el racismo. Hice un reportaje, “Amor en blanco y negro”, sobre matrimonios mixtos, negros con blancas y exponían todos los problemas tanto de los negros como de los blancos. Hice una encuesta por la calle y a la directora de entonces le encantó, pero ser tan directo me traía problemas. Y no soy solo directo. Soy minimalista. Me costó mucho aprender a escribir así. Me ayudó mucho trabajar en una agencia de noticias, era muy exigente.

¿Ya ha aprendido?

Creo que sí. Con 13 o 14 años escribía boleros, después poemas de amor, pero los leía y decía esto es una mierda. Así desde los 18. A los 44 años escribí el primer cuento de lo que sería la Trilogía sucia. Una semana después me seguía gustando. Fue algo diferente y pensé “esto sirve, esto merece la pena”. Seguí en esa línea y cuando vine a ver tenía 60 cuentos. Tres libros de cuentos.

En sus libros parece que se presenta como un rebelde antisistema, el desobediente perfecto, enemigo de gobierno, la familia y la religión. ¿Cuánto hay de real y cuánto de pose?
Pedro Juan es un personaje extremo de Centro Habana que no es un cubano típico. Es un poco delicuentón, anda por la calle haciendo trastadas de todo tipo, un tipo cínico, sin criterios morales de ningún tipo, que trata de sobrevivir. Es un poco pedante decirlo, pero creo que en esos libros he sido la voz de los que no tienen voz. Cuando salió El Rey de La Habana en 1999 me encontré con cuatro, cinco o seis negros del barrio. Me conocían, pero no eran amigos y dicen “mira, mira, ese es” y empiezan a aplaudir. “¿Qué pasa, qué bolá?”, digo. Y me dicen: “¿ven acá, mira lo que estamos leyendo”. Era la edición española del Rey. “Así hay que escribir, hay que decir la verdad”, me decían. No se me olvida esa frase jamás en la vida. Lo recuerdo y me emociono todavía. Esa frase es fundamental. No viene de un académico o de un profesor de Harvard, viene de seis negros, socios míos, gente que no tiene hábito de lectura. ¿Y cómo consiguieron ese libro?, Vale lo menos 20 euros (el sueldo de un mes en Cuba). Uno, que era trompetista, lo compró en un viaje y lo trajo. Y así lo leyeron.

Pedro

Este año se cumplen dos décadas de la publicación de la cruda y famosa Trilogía Sucia de La Habana, una de sus obras más reconocidas.

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Eliana Aponte

¿Le ha traído problemas escribir esa verdad?
A partir de la Trilogía tuve más dificultades aquí, pero no te las voy a contar ahora y probablemente no lo cuente en el resto de mi vida porque a la larga, en la vida hay que agradecer a los enemigos y los obstáculos. Te hacen fortalecerte y seguir adelante. Sin enemigos ni obstáculos es porque eres un imbécil, eres un mediocre. Si los tenemos es porque pinchamos, porque hacemos algo que realmente molesta.

A los que opinan que su prosa es vulgar, ¿qué les diría?
Que la vida en Cuba es bastante vulgar. Hace unos días fui a la playa por la tarde, estaba revisando las pruebas de plana de la Trilogía y estaba un poco incómodo por el machismo y el racismo que se ve, es machista, racista, cabrón. Estoy nadando y al lado mío había dos mulaticas y un mulatico que estaban bebiendo y fumando dentro del agua. Una dice: voy a llamar a fulano para que venga mañana a la playa…, ¿pero a fulano?, sí, sí, él es un negro blanco, porque más elegante que él hay que mandarlo a hacer…, y volvió a repetir, él es un negro blanco. Y yo pensé… veintitantos años después de escribir este libro y seguimos igual o peor, muchacha joven y ya tiene incorporado en su psiquis la supremacía del blanco, ¡estamos jodidos! Los suecos escriben de Suecia y yo escribo de Centro Habana, que es lo que conozco, llevo 30 años viviendo en Centro Habana.

¿Y no le cansa escribir tanto de prostitutas, de temas vulgares?
Sí, sí, aunque me siguen contando cosas, hace años que decidí no escribir más de Centro Habana. Los últimos dos libros son de Matanzas, pero a la larga, decía García Márquez –supongo que se lo copió porque no era tan original– un escritor lo único que puede hacer a lo largo de su vida es escribir un solo libro. Creo que si eres un escritor serio, de verdad, de raza, es así, escribes por la necesidad de expresar. Y hay determinados temas, determinado ángulo de la vida, tipo de personaje, de atmósfera, de contexto, que te interesa expresar. Y uno escribe de lo que conoce.

Escribiría de España o seguirá escribiendo de Cuba.
Después de veinte años de estar yendo a España, y ahora pasando cuatro y seis meses allí, pues sí. Estoy escribiendo una novela de un Pedro Juan moviéndose entre España y Alemania, le van pasando cosas. Me apetecía mucho escribir esa novela. La escribí hace años, pero fue un “fault a la malla” como se dice en pelota. Me salió mal y la escondí. Se la enseñé a un editor y la olvidé, pero el subconsciente siempre está trabajando. Llegué en septiembre de Montevideo, y escribí la novela a partir de octubre. Primero a mano en una libreta barata, de esas escolares de cinco pesos, siempre ando con una libreta y un bolígrafo. Dondequiera que estoy escribo porque no puedo perder el hilo y me da miedo bloquearme y no poder seguir. Pasé un mes y medio en eso. Después me senté a la máquina de escribir –en Tenerife tengo tres–. Me gusta porque voy con más lentitud, más elaboración, mejorando y ampliando. A lo mejor la primera versión son 110 páginas, después son 160 y ya finalmente en la laptop otra vez vuelvo a arreglar más.

Cuando trabaja, ¿se dosifica o trabaja de corrido?
Sobre todo, cuando trabajo a mano, me obsesiono mucho, me levanto por la mañana y me olvido de todo lo demás. Si me invitan a un viaje digo que no puedo, invento pretextos, digo que tengo catarro, para poder trabajar la primera versión. Trabajo por la tarde también. Trabajo como un loco. Una novela es terrible. Me gusta más escribir cuentos, pero hace años que no me salen. La poesía sí, es muy fácil, pero nadie la lee.

¿Qué aficiones tiene? ¿Beber, pasear, ir al cine?
Me sigue gustando el alcohol, tengo un poco de temblor en esta mano (la derecha) por el alcohol, ya el neurólogo me dijo que lo tengo que dejar, pero sigo tomando un poquito por las tardes. Me siguen gustando las mujeres, me gustan las mulatas, me gustan las negras. Me gusta viajar, me gusta leer, como toda persona normal. Me encanta la música y tengo una buena colección de música clásica, y las películas, todas las semanas veo tres o cuatro películas.

¿Cómo es su familia?
Me he casado dos veces, tengo cuatro hijos –un chico y tres chicas– y cinco nietos. Atiendo a mis hijos. Uno está en China, otra en España, otra en Pinar del Río y otra aquí, en Centro Habana.

¿Cuáles son sus lecturas preferidas?

Además de poesía leo de todo. Estoy releyendo los cuentos de Hemingway, a Raymond Carver, Grace Paley. Me es difícil leer a iberoamericanos, me es difícil encontrar un escritor en nuestra lengua que me siga gustando. Es que leí tanto cuando era más joven que hoy casi no experimento. Hago relecturas y siempre en español.

Escribí la novela sufriendo. Los últimos cuatro días los pasé llorando porque no quería que pasara lo que estaba pasando. Me puse muy mal.

¿Qué es el mar para usted?
Siempre he estado muy ligado al mar. A los cuatro años nos mudamos a un apartamentico frente al mar en Matanzas. Después a otro un poco más grande, pero también frente a la bahía. Con siete u ocho años iba por las madrugadas con mi padre a nadar a la playa. Él trabajaba mucho. A las siete estábamos en la playa y a las ocho ya estaba en el colegio. Mi vida ha estado muy mezclada al mar. Después hice pesca submarina mucho tiempo y practiqué kayak.

¿Por eso eligió Canarias para vivir en España?
No, no, no [se ríe], eso fue por mi mujer.

¿Qué espera del futuro? ¿Dónde y cómo se ve en diez años?

No tengo ni idea [sonríe]. Trato de evitar esos pensamientos porque me pongo muy pesimista. Con 68 años hay que aprender a vivir al día, sin reconcomerme por lo que pasó ni tener miedo al futuro. Es mejor vivir aquí y ahora. Debo hacer un esfuerzo porque por mi carácter soy muy controlador, muy planificador, muy ordenador y tengo que luchar contra esa característica mía de que todo quede perfecto.

¿Qué me dice de los cubanos y el sexo? ¿Por qué el sexo es algo tan natural aquí?
Me parece que el mestizaje nuestro es fundamental. Quizá en Colombia pasa lo mismo, en Brasil seguro. Hay una mezcla de negros africanos con blancos españoles. Químicamente hay algo genético por ese mestizaje que nos lleva a ser muy sexuales. Segundo, porque los cubanos debido al proceso nuestro político-social-económico somos muy naif, completamente primitivos. Estuvimos fuera del mundo durante 50 años, 60 años. Después de la II Guerra Mundial se desarrolló el capitalismo salvaje, la gente se fortaleció mucho, se llenaron de carapachos. Aquí no, estábamos como en un paraíso, no sé cómo decirle a esto. Y como que somos demasiados primitivos, demasiado simples y para disfrutar del sexo, que es algo básico, algo esencial, hay que comportarse como un animalito, como un mamífero, es lo que somos.

Son muy desprejuiciados, ¿no?
Completamente. Tanto mujeres como hombres. Y las generaciones nuevas aún más que las anteriores. Yo tengo una hija que acaba de cumplir 17 años y a los 16 ya quería acostarse con su novio en la casa, que le abriéramos la puerta, en el cuarto y déjame tranquila… Le dije, ¡oye tranquilízate! “Qué ganas tengo de tener 18”, me dice. Me maravilla porque tiene una independencia y unos criterios propios que yo no tenía a esa edad.

¿Qué pasará cuando Raúl Castro deje la presidencia?
Nada. Es para bobos pensar que pasará algo fundamental. Está todo bien amarrado, va un proceso lento, va con calma, va despacio, pero no voy a entrar en detalles. No me gusta hablar de política porque soy demasiado raspante. En política lo verdaderamente importante y decisivo es lo que se esconde, como el acuerdo entre Obama y el Gobierno cubano: dos años y pico negociando en absoluto secreto. Los comentaristas hablando tonterías y ellos haciendo lo que estaban haciendo, y fue muy bueno.

Pedro

Pedro Juan publica un libro anual, escribe prosa y poesía (eventualmente a mano) y, de unos años para acá, practica el budismo.

Foto:

Eliana Aponte

¿Y qué opinión tiene de Miguel Díaz Canel, presidente del Consejo de Estado de Cuba?
No lo conozco. Pienso que el proceso va poco a poco, quizá es bueno, quizá es malo, pero un poco de dinámica le vendría muy bien. En los últimos diez años se ha avanzado un poquito. En lo económico y en el respeto a los derechos humanos. Creo que es un síntoma el hecho de que mis libros se estén publicando aquí –ya hay 16 títulos–. Son ediciones pequeñitas, pero están en las bibliotecas. Y sin concesiones, porque yo no hago concesiones.

¿Qué le falta y que le sobra a su país?
Falta un poco de dinero que se mueva horizontalmente, no del que se mueva hacia arriba. Sobrarnos, quizá nos sobra alegría. La gente se estresa, pero le pones un poco de música y se relaja, como que se olvidan. No sé si es alegría o dejadez, incluso la informalidad nos ayuda.

¿Cómo puede ayudar la informalidad?
Es un mecanismo de protección de la gente, de no volverse loco, de no coger demasiada lucha, es un dejar para mañana. Es un poco de filosofía de la dejadez. Esa dejadez, o esa alegría de vivir, nos sobra.

POR MILAGROS LÓPEZ DE GUEREÑO 
FOTOGRAFÍA ELIANA APONTE 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 77 - AGOSTO 2018

Pedro

La pluma brutal de La Habana.

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Revista BOCAS

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