Yo soy 'el indio' Pastor

Yo soy 'el indio' Pastor

En diciembre de 2013, Pastor López concedió esta sincera y divertida entrevista (inédita).

Pastor López

Pastor López nació en Barquisimeto, estado Lara, cuna de reconocidos artistas venezolanos.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: Sinar Alvarado
29 de abril 2019 , 08:49 a.m.

Pastor López murió donde debía: en Colombia, el país que lo adoptó. Incluso en Venezuela, donde nació, muchos pensaban que “el Indio” era colombiano, confundidos quizá por las décadas de éxito popular que el cantante tuvo en este país. López pasaba buena parte del tiempo en su segunda casa. Por eso era muy probable que el fin lo encontrara en un lugar como Cúcuta.

Allí, el pasado viernes 5 de abril, muy cerca de la frontera que cruzó tantas veces, su voz sucumbió. Una multitud de cuatro mil seguidores acompañó el féretro entre las calles de esa ciudad, con una algarabía que solo puede compararse con aquellas que despidieron al Joe Arroyo y a Diomedes Díaz.

Pastor López, nacido en Barquisimeto, Venezuela, en 1944, resistió solo unas horas de agonía y al final se apagó. En dos ocasiones anteriores había sufrido infartos; uno de ellos en pleno vuelo, viajando entre Cali y Bogotá, y había logrado sobrevivir. Pero esta vez no pudo. El diagnóstico: isquemia cerebelosa bilateral.

En diciembre del 2013, realizamos esta entrevista en Bogotá, que había permanecido inédita. Sostuvimos una charla extensa y divertida, rodeados de músicos que estaban siempre pendientes del cantante. Él se mostraba orgulloso de su carrera, complacido por su salud y su éxito duradero.

Aquel día Pastor López almorzó casi a las cinco de la tarde. Venía de grabar un largo programa de televisión, y solo hasta ese momento tuvo tiempo de sentarse a comer. El restaurante, ubicado en el último piso del hotel, estaba vacío, pero el personal se esmeraba en atenderlo. Pastor era allí un huésped frecuente. Por eso, y por su misma personalidad desenfadada, mantenía con todos los empleados un trato de confianza atrevida. Coqueteaba con las meseras y lanzaba piropos a la recepcionista; o cruzaba chistes vulgares con el botones y con el ascensorista. Desde las calles de Bogotá subía y llegaba nítido el ruido del tráfico congestionado.

Se iba la tarde y el cantante debería tener mucha hambre, pero abordaba la comida solo con algunos bocados tímidos. Se comió la ensalada, tomó dos vasos de jugo y dejó el resto del plato casi intacto. “Tengo que cuidarme”, dijo. Y se abrió la camisa para mostrar la enorme cicatriz que le cruzaba el pecho.

Tal vez nunca un artista recibió más hospitalidad de un pueblo distinto al suyo. Pastor López, un hombre excéntrico y popular, llevaba más de cuarenta años en amoríos con Colombia, mientras en Venezuela, en algunos círculos, era prácticamente un desconocido. Pero en este país fue, es y será un fenómeno casi omnipresente. “El Indio” suena mucho en este lado de la frontera, sobre todo en diciembre, después de construir su obra afincada en dos géneros masivos del folclor colombiano: la cumbia y el porro. Las sedes fijas de sus últimos años, más allá de sus eternas giras, fueron Maracaibo y Cúcuta, donde viven algunos de sus hijos. Murió donde debía morir: en Colombia.

Pastor López

A lo largo de 40 años, “el Indio” Pastor López se hizo famoso en Colombia, donde la muerte lo alcanzó el pasado 5 de abril.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Con el dinero que tiene ahora, usted podría vivir en cualquier barrio acomodado de Maracaibo. ¿Por qué sigue en la misma zona popular?
Llegué ahí porque le compré una casa a mi mamá. Después me mudé yo para estar cerca de ella. Y me ha gustado ese barrio, tengo diez casas ahí que son mías. Los vecinos son todos amigos míos, y no reclaman si pongo música y hago bulla. Ahí yo hago el escándalo que yo quiera. Además, tengo la granjita ahí cerca. Y el aeropuerto también. Esa es una ventaja porque yo viajo mucho. Ahí la gente me quiere y me cuida. La gente me dice que si no me da pena vivir en un barrio con calles de tierra. Y les digo que no, que yo vine al mundo desnudo y todo lo que tengo encima es ganancia. Ahí vivo bien, tranquilo, con mis animales, mi yuca, mi plátano y mis cosas. Ahí la mayoría son guajiros y colombianos. Y yo comparto mucho con ellos, sin problema. Me gusta estar ahí.

¿Aún se considera un hombre del campo?
Sí, toda la vida he sido del campo. Mis padres eran indios y tenían finca; me enseñaron lo que es la agricultura, me enseñaron a atender a los animales. Yo también les enseño eso a mis hijos: que les pongan su comida, que sepan atender bien a los animales. Yo en Maracaibo y en Cúcuta tengo unas parcelas con animales. Pero no me gusta el ganado. Tengo gallinas, pavos, patos, conejos. Los días que no tengo trabajo me voy a la parcela y me pongo a echarles comida a mis animales, me divierto viéndolos comer. Y con una hamaca colgada ahí todo el tiempo.

¿Es verdad que hacía fiestas en Maracaibo, y que cerraba el portón y soltaba perros bravos para que nadie se fuera?
[Se ríe con ganas]. Sí, sí, eso es verdad. Me tienen miedo mis amigos locutores; en la radio siempre dicen: “Feliz cumpleaños a Pastor López. Nos invitó a su casa, pero no vamos porque tiene la costumbre de soltar los perros a medianoche”. Lo que pasa es que yo una vez organicé una fiesta con mucha comida, matamos varios animales y la gente no llegaba. Yo estaba preocupado, pensaba que no iba a ir nadie y se me iba a perder toda esa comida. Tenía cerveza, aguardiente, ron, whisky, de todo. Por fin vinieron, empezaron a llegar carros y yo respiré tranquilo. Se sentaron y al rato dijeron que se iban. “¿Cómo? ¿Se van pa dónde? No señor”. Le dije al chofer que soltara los diecinueve perros, y que cerrara el portón. Puse el revólver en la mesa y dije: “Aquí no se mueve nadie. Al que se mueva le pego un tiro. ¡Y que siga la fiesta!”.

¿Sigue haciendo esas fiestas?
Sí, claro. Yo cuando llego de los viajes, siempre hago rumba en la casa. La hago porque la hago. Yo le doy gracias a Dios por estar vivo, y porque me va bien. Entonces, invito a los amigos a tomar y a comer en la casa.

El estado Lara, de donde usted es, se considera la capital musical de Venezuela. ¿Por qué esa región produce tantos músicos?
En mi tierra, todos los niños tocan aunque sea las maracas; todo el mundo toca algún instrumento. Allí hemos tenido grandes guitarristas como Alirio Díaz, Rodrigo Riera y otros concertistas muy buenos. Tenemos guitarristas, tamboreros, de todo. En Lara, tú vas a cualquier casa y hay alguien que toca cualquier instrumento. Debe ser eso: la música que suena por todas partes.

Su nombre completo es José Pastor Pineda López. ¿Por qué lo cambió?
Sí, ese debería ser mi nombre, pero mi papá era indio y no me quiso dar el apellido. Decía que ese apellido era muy feo, que mejor me quedara López, el apellido de mi mamá. Y es verdad. Si dijeran (pone una voz chabacana): “En la voz de Pastor Pineda”… Uy, eso no lo compra nadie. En cambio (engola la voz): “¡Pastooor Lópeeez!” suena mejor. Mucho mejor.

¿Hubo en su infancia un ambiente musical?
Sí. A nosotros nos inculcaron la música a muy temprana edad. Papá nos llevaba todos los domingos a ver las retretas en los parques, unos conciertos de música popular que ya no los hacen. Nosotros íbamos de niños a ver eso y nos gustaba mucho. Nos gustaba mirar los instrumentos, ver cómo eran, cómo sonaban. Así, de tanto escucharla, le cogimos amor a la música. Todos salimos músicos por eso.

Yo soy feo, pero consigo muchas mujeres. Por eso en una canción digo: Aunque soy un negrito muy feo, en amores a mí, nadie me
gana

Tengo entendido que empezó muy temprano.
Empecé con mis hermanos a la edad de siete años, con guitarra, cuatro, maracas y bongó. Después de eso hicimos un grupito de arpa, cuatro y maracas: música llanera. Todos nos hicimos músicos. Mi mamá no hacía música ni cantaba, pero sí fabricaba instrumentos: hacía cuatros, mandolinas, bandolas, guitarras, violines.

¿No tocaba ningún instrumento?
No, solamente los fabricaba. Cuando yo nací, ya ella trabajaba en eso. La gente en Barquisimeto llegaba a la casa y le encargaba cosas: un cuatro, una guitarra, un violín. Ella tenía sus herramientas y los hacía. Después se cansó. Nos mudamos a Caracas y ella dejó de hacer eso. Se aburrió.

¿Su filiación con la música colombiana fue un plan, o simple azar?
Mira, a mí desde muy niño me ha gustado la música colombiana, y siempre cantaba música colombiana. Además, sin conocerla, yo siempre le tuve un gran amor a Colombia. Casi todo lo que yo canto es música de este país. Mi primera visita a Colombia con mi combo fue en el 74, en Barranquilla. Y fíjate lo que son las cosas: fui a los carnavales hasta el 79, y nunca más he vuelto. Desde hace muchos años, yo trabajo sobre todo en el interior del país.

Colombia lo ha apoyado mucho. Aquí lo reciben a cada rato, y cuando va a otros países, también son colombianos quienes lo reciben.
Sí, en todas partes. En los Estados Unidos, en Europa, en Canadá, me siguen mucho los colombianos. Se ponen contentos cuando llego. Dicen: “Maestro, por fin nos llegó la música nuestra”.

Su primera gran oportunidad le llegó con Nelson Henríquez. ¿Por qué decidió separarse de ese combo?
En el año 1972, llegué con él a Barranquilla y yo no sabía que estaba muy pegada mi voz allí. Claro, no decían Pastor López. Decían Nelson Henríquez y su combo. A mí no me nombraban para nada. Pero resulta que cuando abrimos, él cantó tres temas y me puso a mí en el cuarto. Todo el mundo se puso de pie y decían: “El que canta es el pelao ese”. Nelson volvió a cantar y después me puso a mí otra vez. Yo apenas tenía 27 años, tenía el pelo muy largo y liso hasta la cintura. Entonces, vino un locutor y me dijo: “Pastor, ¿si te pongo un apodo no te pones bravo?”. “Depende”, le dije. “Es que tú tienes pinta de indio”, me dijo. “Es que yo soy indio”, le contesté. Ahí me anunció: “Ahora, con ustedes, el indio Pastor López”. Eso fue una ofensa para Nelson, dijo que tenían que anunciarlo a él, no a mí. En esas cuatro noches que cantamos en Barranquilla, yo vi que la gente se interesaba mucho por mí. Ahí dije: “Yo voy a hacer un combo”. Y me salí.

¿En qué términos se produjo la separación? ¿Quedaron bien?
Aparentemente. El malestar vino por un dinero que él me debía, por unos conciertos. Yo fui a cobrar y me dijo que no tenía plata; yo le dije que no estaba cobrando plata ajena, sino la mía, la que me había ganado trabajando. Él me insistió, que no había plata. Ahí me molesté y le dije que no podía estar trabajando gratis, que me iba. “Entonces vete, aquí no haces falta”, me dijo. Y me fui. Después, cuando empecé a sonar en Colombia, me fue a buscar, pero le dije que no: “Nelson, ya es tarde”.

Pastor López

Sus canciones –cumbias y porros– ya pertenecen a la cultura popular de ambos países (Colombia y Venezuela).

Foto:

Archivo EL TIEMPO

¿Cómo empezó su propia banda?
Empecé con las uñas. El empresario donde grababa con Nelson, Antonio Segura, de Disqueras Unidas, me prestó plata para comprar un piano. Fue el único instrumento que compré. Yo contraté siempre músicos que tuvieran sus propios instrumentos; yo no tenía plata para invertir en eso.

De esa época viene su afición por los anillos, ¿cierto?
Sí, pero esa es una historia larga. Empezó por un cantante venezolano famoso que me humilló mucho en la entrega de un premio en Barcelona (oriente de Venezuela). Yo tenía 23 años, un solo anillo y un reloj que compré a crédito. Ese tipo llegó y se lució delante de varios artistas que estaban ahí, y me dijo: “¿No te da pena andar con ese anillo? ¿Cuánto te costó?”. Le dije que no, que yo era muy pobre y no tenía plata. Me dijo que él tenía tres sortijas, que tenía cadenas, relojes, carros. Bueno, le dije yo, tú eres un artista consagrado y tienes plata. Yo no. Yo apenas estoy empezando. Ese tipo me humilló tanto que me fui a la habitación y me encerré a llorar de la rabia. Y dije: “Diosito, algún día yo tendré plata pa demostrarle a él que los pobres no se humillan”.

A los años, varios años después de eso, yo estuve en Nueva York con el combo y me fui a Nueva Jersey y me mandé hacer los primeros anillos

A los años, varios años después de eso, yo estuve en Nueva York con el combo y me fui a Nueva Jersey y me mandé hacer los primeros anillos. Entonces, volví con las manos llenas y el cuello full de cadenas de oro. Tenía sesenta relojes y nueve carros. Cuando volví a Venezuela, me encontré a un músico que tocaba con ese tipo. Y le dije: “Dile al jefe tuyo que no tengo dedos donde ponerme los anillos; que no tengo brazos donde ponerme los relojes; y que los carros no me caben en la casa. Que deje de estar humillando a la gente”.

¿Qué música escucha?
Julio Jaramillo, Javier Solís, Los Ángeles Negros, Los Terrícolas…

¿Y Pastor López?
No. A Pastor López lo cargo encima todo el tiempo.

¿Se cansa de estar siempre rodeado de gente, del acoso de sus seguidores?
Sí, uno no tiene privacidad. En estos días llegué a comer en un restaurante de Cúcuta. Estaba con mi esposa y había cinco muchachas en una mesa. Ya habían comido y estaban con una risa ahí, mirándome. Le dije a mi esposa: “Te apuesto a que vienen a pedirme autógrafos cuando empiece a comer”. Y así fue. Tenían rato ahí, y cuando me trajeron la comida se pararon las cinco. “¿Será que nos podemos sacar una foto?”. Les dije: “Las estoy viendo hace rato allá sentadas. Y ahora es que se paran. Déjenme tranquilo, yo vengo a comer”. Bueno, dijeron que yo era un creído, un pretencioso. Bueno, por fin me hice la foto con ellas y se fueron. El dueño me dijo que si quería me encerraba en una sala aparte. Le dije que no. ¿Por qué me voy a esconder? Déjeme aquí tranquilo, yo los atiendo, no hay problema. Bueno, a partir de ahí, todo el mundo en el restaurante se dio cuenta y se paró a hacerse fotos conmigo. No pudimos comer. Nos fuimos.

¿Diría que esa es la parte ingrata del oficio?
Sí, aparte de que uno no tiene cumpleaños, ni día del padre o la madre, o un 31 de diciembre en casa con la familia. La gente cree que uno anda siempre disfrutando en los viajes, pero no saben las tristezas y las amarguras que pasa uno en esta profesión. Es muy grave que a uno se le muera la madre, como me pasó a mí, y a los cinco días tuve que ir a cantar. Se me murió una hermana y al día siguiente tuve que ir a cantar. Un carro me mató un hermano y a los ocho días tuve que ir a cantar. Mi papá murió en el 72 y a la semana tuve que salir a cantar. Esto es muy fregado.

¿Cómo hace para cantar con un dolor tan hondo y tan reciente?
Eso es bravo. Una vez yo estaba en Palma de Mallorca cantando un 24 de diciembre. Mi mamá estaba grave, en cama, y la gente empezó a pedir a gritos “El hijo ausente”. Yo por dentro decía no, no me pongan a cantar eso. Pero me tocó. Les dije a los muchachos “hagámosle”, y empecé. Cuando vi a la gente llorando, se me salieron dos lagrimones y se me hizo un nudo aquí. ¿Sabes qué es fuerte? Cantar y llorar.

Pablo Escobar siempre me mandaba a buscar en un avión adonde yo estuviera, y aterrizábamos directamente en la pista de la hacienda Nápoles

¿Alguna vez ha faltado a un compromiso?
Nunca. Hace un mes casi quedo mal, en noviembre. Venía de Canadá y tenía concierto acá en Bogotá por la noche. Hice escala en Panamá y el vuelo se retrasó varias horas. Tuvieron que mover la presentación mía y casi que no llego. En el camino, yo venía angustiado y decía: “Dios mío, Dios mío, que lleguemos. Yo nunca he quedado mal. Nunca he dejado de cantar y no voy a empezar ahora”.

Entiendo que varias veces cantó en Nápoles, la finca de Pablo Escobar.
Sí, varias veces me quedé a dormir en la finca. Casi siempre el 24 y el 31 de diciembre. El primer baile que le canté fue más o menos en el año 80, hasta el 87. Nos trataba muy bien, la verdad. Un 24 de diciembre estábamos cantando y esa noche regaló 24 casas amobladas, a los empleados de él. Siempre me mandaba a buscar en un avión adonde yo estuviera, y aterrizábamos directamente en la pista de la hacienda Nápoles. Una vez en un show me dijo que se iba a acostar, que me podía ir. Entonces, el primo, Gustavo Gaviria, dijo: “Siga cantando. ¿Es que la plata mía no vale?”. “Yo canto”, le dije. “No hay problema”. Por la mañana, cuando me levanté, me dieron un cheque y era 25 de diciembre. Yo había cobrado nueve millones de pesos, y Pablo me mandó un cheque en blanco. El empleado me decía que cobrara más, que pusiera doce, quince. “El patrón tiene mucha plata”, me decía. Yo le dije: “Sí, pero esa plata es de él, no mía. Ponga nueve, que fue lo que acordamos”. Después yo pregunté dónde iba cobrar ese cheque con todos los bancos cerrados por la Navidad. “Tranquilo”, me dijeron. Y fuimos a Medellín a la casa de un señor que lo encontramos en pijama. Se levantó y nos lo llevamos. Abrió el banco y me pagaron el efectivo. Yo supongo que ese banco era de Pablo.

¿Cantó para otros narcos en esa época?
Sí, claro. Yo le canté a los Rodríguez Orejuela, a Gacha, a Lehder. A toda esa gente. Una periodista me preguntó una vez si no me daba cosa saber de dónde venía esa plata. Le dije: “No, porque cuando a uno lo contrata esa gente no le dice para quién es. Uno va. Y además, si uno dice que no, es peor. A mí lo que me interesa es que me paguen y que me dejen cantar”. Yo nunca tuve problema. Ahí uno coincidía con el Grupo Niche, con La Orquesta Guayacán, Alfredo Gutiérrez. Muchos, muchos grupos. Una vez me fueron a buscar en Cali para ir a cantar en Medellín. Cuando llegué al aeropuerto había un jet que era de Pablo, con 19 reinas de belleza. Volamos y llegamos a Nápoles. Yo por “mamar gallo” me escondí y no bajé. Bajaron las 19 reinas y le dije al capitán: “Diga que yo no vine, que no quise venir porque no me dijeron para dónde iba”. Se bajó y le dijo eso a Pablo y yo escuché cuando dijo: “¿Cómo? Usté se devuelve y me lo trae si no quiere que lo quiebre y a él también”. Ahí salí a la puerta del avión y le dije: “Déjate de esa grosería que estoy aquí”.

¿Alguna vez tuvo problemas con un cliente que se negara a pagar?
Nunca. Yo cobro siempre el cincuenta por ciento adelantado y el otro cincuenta en el hotel, antes de salir al sitio donde sea el toque. Si no, no me muevo. Dondequiera que voy es así. Porque después sí es un problema: se les olvida, se emborrachan y no quieren pagar.

Cuando Alfredo Gutiérrez cantó el himno de Venezuela con el acordeón, recuerdo que vetaron a los cantantes venezolanos acá en Colombia.
Sí, al primero fue a mí, al bobo. Alfredo tomó represalias contra los músicos venezolanos y después yo tuve un problema en un concierto en Manizales. Hasta llegaron 27 policías al hotel para escoltarme, pero al final la cosa no pasó de ahí. Ese veto lo levantó Alfredo Sadel, que vino y pidió que nos levantaran el veto a todos.

Las mujeres, en cambio, nunca lo han vetado.

[Ríe] Sí, yo soy feo, pero consigo muchas mujeres. Por eso en una canción digo: “Aunque soy un negrito muy feo, en amores a mí, nadie me gana”.

¿Cuántos hijos tiene?
Once hijos con cinco mujeres. Unos viven en Estados Unidos, otros en Maracaibo y en Caracas; otro en Medellín y dos en Cúcuta.

Pastor López

Pastor López. Barquisimeto, 15 de junio de 1944- Cúcuta, 5 de abril de 2019.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

¿Todavía toma trago?
Ya no. Hasta hace poco me echaba mis güisquicitos, pero ya no. Ahora en Barquisimeto estoy produciendo una bebida que se llama “Cocuy El Indio”. Me ha ido muy bien con las ventas y últimamente eso es lo que estoy bebiendo, porque es muy sano, muy natural.

¿Le ha afectado la salud el estilo de vida que lleva?
Creo que sí. Hace tres años estuve grave aquí en Bogotá, casi me muero y es debido a eso: tanto estrés, tanta viajadera, tanta comedera por ahí. Ahora no, ahora como más medido. Pero sí, el cansancio de los viajes lo acaba mucho a uno. Eso fue lo que me perjudicó a mí, y ahora llevo una vida más tranquila.

Venía de Cali cuando le dio el infarto.

Sí, en pleno vuelo —Pastor se soba el pecho con las puntas de los dedos—. Faltaban como quince minutos para llegar a Bogotá. Yo creo que no estaba para morirme todavía. Fíjate que eso me dio a mí el 30 de diciembre, y me operaron el 31. Yo estuve inconsciente hasta el 5 de enero, cuando volví. Me calé veinte días en la clínica y sesenta en reposo, en un apartamento acá en Bogotá.

Se dijo en la prensa que usted no tenía dinero para pagar la Clínica Shaio.
Dijeron de todo, los periodistas inventan mucho. Nosotros hicimos un abono de 45 millones de pesos y mi esposa iba a firmar unas letras para pagar cuando volviéramos a Venezuela, porque la plata la teníamos allá. Pero al final la situación se resolvió. Le doy las gracias al embajador de Venezuela, que por orden de Chávez me puso un carro día y noche. Yo le dije que no hacía falta. Me daba pena, ya era demasiado. El Gobierno venezolano había pagado la clínica, 177 millones de pesos. En esa época, yo no tenía plata en Colombia. Ahora sí, yo me previne. Ahora mantengo plata en Venezuela, aquí y en los Estados Unidos. No mucha, pero tengo. Por si acaso.

¿Es religioso? ¿Pensó en Dios cuando sintió el infarto?
Claro, en Dios y en mi familia. Yo sentí como un corrientazo y sonó duro. Yo pensé: “Se me reventó el corazón”. Fui al baño esperando vomitar sangre, pero solamente boté agua. Cuando volví al asiento, los músicos se asustaron: “Maestro, tiene la cara blanca”. Llegamos a Bogotá y me llevaron corriendo a la clínica. Cuando me operaron, le pregunté al médico qué tenía. Me dijo: “Casi nada, la aorta reventada”.

Antes del incidente acá en Bogotá, pasó un par de semanas en una clínica de Maracaibo.
Sí, otro infarto en el año 2000. Ese fue un aviso, pero uno no se cuida. El corazón me avisó, pero yo no me cuidé. Yo seguí bebiendo, comiendo de todo, parrandeando. No me importó eso. Dios me avisó y yo seguí como si nada. No respeté, no hice caso.

Pastor, ¿hasta cuándo va a cantar?
Hasta que Dios quiera. Ya Él me dio la oportunidad de seguir, porque estoy vivo. Él dirá.

POR SINAR ALVARADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 84 - ABRIL 2019

PASTOR LÓPEZ

Yo soy "el indio" Pastor

Foto:

BOCAS

Descarga la app El Tiempo. Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias. Conócela acá

""
Logo Boletin

Estás a un clic de recibir a diario la mejor información en tu correo. ¡Inscríbete!

*Inscripción exitosa.

*Este no es un correo electrónico válido.

*Debe aceptar los Términos y condiciones.

Logo Boletines

¡Felicidades! Tu inscripción ha sido exitosa.

Ya puedes ver los últimos contenidos de EL TIEMPO en tu bandeja de entrada

Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.