Ophelia Pastrana, euforia de género

Ophelia Pastrana, euforia de género

BOCAS habló con Ophelia Pastrana, una de las figuras LGBT más influyentes en el mundo digital. 

Ophelia

Ophelia Pastrana es colombiana, física, youtuber, comediante y conferencista

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Il Retallack

Por: DIANA ESTRELLA CASTILLA
26 de mayo 2019 , 04:50 a.m.

A los 28 años, Ophelia Pastrana decidió que dejaría de ser Mauricio. Aprendió a maquillarse, se puso implantes de senos, se quitó la manzana de Adán y viajó hasta Corea para operarse las cuerdas vocales. Hoy Ophelia, de 36 años, prefiere decir que en vez de disforia de género, lo que ella vive es una euforia de género. Ama el mundo femenino, pero también está tranquila con lo que le queda de su pasado masculino. “Si no tuviera esa paz con mi lado masculino, me enloquecería, porque mido 1,90, tengo la voz más o menos baja, me salen pelos y todavía tengo que afeitarme”, dice.

Mauricio Francisco Pastrana Ardila nació en 1982 en Bogotá. Creció en una de las familias más conservadoras de Colombia; su papá es primo del expresidente Andrés Pastrana y su abuelo fue Hisnardo Ardila, exalcalde de Bogotá. Pero de Mauricio, según Ophelia, no hay mucho que contar. De niño tocaba el violín, era un nerd de la computación, callado y con poca vida social. Estudió física en Estados Unidos, donde se graduó a los 21 años de la Florida Atlantic University, y durante ese tiempo universitario practicó taekwondo competitivo. A los 24 se graduó de una maestría en econometría de la Universidad de Sídney (Australia). Su intención era regresar a Colombia, pero antes fue a visitar a su papá a México, allí se quedó y creó una empresa de estrategias digitales. A los 25 se casó con una mujer. El éxito estaba con él, pero también el estrés. Empezó su afición por ponerse ropa femenina en privado como una forma de escape. A los 28 estaba seguro de lo que lo haría feliz: atravesar su género, ser una mujer trans, y pasaron seis meses hasta su salida del clóset. Se retiró de su empresa, se alejó de su familia, terminó su matrimonio y tuvo un intento de suicidio; ingirió varias pastillas, pero rápidamente se arrepintió y vomitó. Tenía dos opciones: no vivir o vivir mal. Eligió la segunda, pero no le fue mal.

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A los 28 años dejó de llamarse Mauricio, empezó su proceso de transición y se dedicó a demostrarles a su familia y al mundo que no hay un solo modelo para ser mujer.

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Ophelia Pastrana hoy es tecnóloga, bloguera, física, youtuber, activista, influencer, conferencista y humorista. Es una figura digital con varios canales de YouTube que suman casi cien mil suscriptores. En Diagno-Cis habla de temas LGBT; en Canvas, de tecnología y videojuegos; Critical Hit es un show de opinión y análisis; y en su principal espacio, Ophelia Pastrana, hace lo que quiere, como Roja, su show en línea y en vivo, tipo mesa redonda que hace todos los lunes. En sus redes sociales tiene casi un millón de seguidores.

El año pasado, su nombre apareció en la lista BBC 100, conformada por las mujeres más inspiradoras e influyentes del mundo. Ophelia es la única colombiana y la única mujer trans de la lista. El reconocimiento se lo dieron por su talento como comediante y su influencia en redes sociales. Además, lleva dos años en la lista de Forbes de las 100 mujeres más poderosas en México, ha sido dos veces conferencista TEDx, cuatro veces en Campus Party, en 2017 empezó su stand up La explicatriz y el año pasado marcó el precedente de ser la primera mujer trans a la que México le cambia su carta de naturalización.

Colombia tiene un serio problema de conservadurismo. Ser una mujer trans en Colombia les rasca a muchas masculinidades frágiles.

En su transición —recuerda Ophelia— hubo dos momentos claves. El primero fue cuando se puso un vestido en una fiesta, y se quejó porque en el espejo se veía como lo que era en ese momento: un hombre vestido de mujer. Ahí entendió por qué vivía peleada con su imagen. La segunda vez se puso una peluca larga y rubia, se miró al espejo, sonrió y se tomó una foto. Ese es su primer gran recuerdo de Ophelia.

Ophelia Pastrana sabe que su historia como mujer trans es muy diferente a la típica que se cuenta. Ella fue un hombre feliz hasta los 28 años, cuando decidió empezar de cero. “Si hubiera transicionado a los 14 años, seguro hubiese sido una niña empoderada a los 16. Inmamable. La ironía es que soy una mujer fálica, empoderada y mandona”.

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El año pasado marcó el precedente de ser la primera mujer transgénero a la que México le cambió su carta de naturalización.

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En serio, a los 17 o 20 años, ¿nunca vio pistas que le hicieran sospechar que usted quería ser mujer?
Hoy en día, con ayuda de un psicólogo, encontré algunas cosas que veía normales en su momento. Algo muy raro es que a veces veo a hombres hacer cosas que yo digo: “Puta, es que yo cuando era niño no era así, ni remotamente así”, pero es que, claro, no era niño. Tampoco entendía por qué de chiquito le robaba las pastillas anticonceptivas a mi hermana, no había nada lógico detrás de eso. En ese entonces no lo hacía por querer ser mujer, no lo tenía presente. ¿Sabes qué sí me choca el corazón? No haber podido usar faldas de niña en el colegio, porque recuerdo que lo quería mucho. Hoy sé que es porque era mujer, pero en ese entonces era: “Ay, qué envidia, qué delicia poder usar falda”.

A los 28 años, como Mauricio, ya tenía una carrera, una empresa, una esposa. En resumen, una vida resuelta en México. ¿Cuándo se dio cuenta de que quería hacer su transición y cómo se lo contó a su familia?
Sí. La verdad es que a mi exesposa la conocí en Australia y cuando llegamos a México le dije que empezáramos una vida acá. Yo estaba con ese pensar de niño conservador, de bien, que se graduó temprano de su maestría y era emprendedor. Lo que venía era casarse y después los hijos. Debo admitir que ya tenía pistas, cuando estaba sobre todo en Estados Unidos, antes de venir a México. Yo tenía algunas dudas, pero pensaba que eso era una locura y me decía: “Ella te va a arreglar”. Se lo confesé un día, era su cumpleaños, y lo tomó muy mal. No la culpo, entendiendo que es una persona que viene del Opus Dei. Le dije que estaba haciendo algo, yendo a un psicólogo, y le mostré fotos mías en el teléfono, travestido. Ella se superenloqueció. Discutimos esa noche. Luego se fue para donde mi familia, se encargó de contarles a todos. Le habló a mi mamá, que estaba en Bogotá; se fue a la casa de mi papá, le contó a mi hermana. Luego, yo tuve un largo fin de semana hablando con ellos de ese tema. Hoy en día le agradezco, me sacó del clóset con todo el mundo de una. El cuento es que no quiso jugar a esto. Ella no es una mujer lesbiana, y está bien. Entiendo bien por qué a ella no le latió estar con una mujer si yo no puedo estar con un hombre.

¿Le hubiese gustado hacerlo usted misma?
Es que no sé cómo, pero sí hubiese sido bonito decirles. Sucedió como sucedió y también creo que yo en ese momento no tenía las herramientas sentimentales ni emocionales para lidiar con eso. De hecho, me acuerdo que cuando ellos se pusieron muy pesados con el tema, les dije que no estaban listos y me fui.

También me acuerdo que mi padre me decía: ‘Es que no sé si te pueda ir bien en la vida’, pero hoy en día, cinco años después de eso, estoy listada por Forbes como una de las mujeres más poderosas...

¿Su familia se demoró mucho en aceptarlo?
No. Afortunadamente fui bendecida con padres listos, pero fueron unos seis buenos meses de no hablar. Hoy día son hasta intensos. No paran de hablar bien de mí. A ellos les fue muy fácil negociar cuando yo tuve las herramientas para decirles: “Esto es como soy”. Cuando yo no existía, que estaba como en beta, que no sabía si iba a dedicarme al baile, a la ingeniería o a la programación, ahí ellos sí estaban así como: “No sé si esto sea bueno para ti”. Cuando salí del clóset con mi hermana, lo primero que me dijo en un restaurante fue: “Nunca serás mujer hasta que tengas unas de estas”, y se alzó la blusa. No sabes cómo me marcó eso. A los seis meses me puse implantes. La entiendo. Ella estaba muy furiosa porque yo no estaba muy presente en la familia, pero ya cuando lo aceptó, se acercó de una manera muy bonita. También me acuerdo que mi padre me decía: “Es que no sé si te pueda ir bien en la vida”, pero hoy en día, cinco años después de eso, estoy listada por Forbes como una de las mujeres más poderosas de México, que es un gol, no solo por ser mujer trans, sino por ser colombiana. Hoy tengo una familia espectacular y me regocijo en mis éxitos para decirles que sí se puede.

Me imagino que cuando su familia se enteró, lo primero que ellos pensaron fue que a usted le iban a gustar los hombres.

Más bien, esto me lo confesó mi padre después, él pensaba que yo me iba a dedicar al sexo servicio y que por eso me hacía trans, porque eran las personas trans que se conocían. Cuando salí del clóset yo tenía una empresa con cuarenta empleados. Muchos piensan cómo decirle a su jefe. Yo fui y les dije a mis empleados: “Hola. De ahora en adelante soy Ophelia. Si alguien tiene problema con la gente trans se puede ir”. Con la familia tocó lidiar con que ellos no sabían lo que era ser trans. Yo le dije a mi papá: “Voy a ser tu modelo de error de lo que piensas que es una persona trans”. Y el tema de ser lesbiana es un poco más fácil: como siempre tuve novias, seguí teniendo novias. Uno no transiciona para conseguir hombres. De hecho, si se tratara de que me quiero acostar con hombres, no hay por qué pasar por todo esto porque ahí están los hombres homosexuales, superdispuestos a acostarse con otros hombres.

Pero usted tuvo que aceptar que además de ser mujer trans era una mujer lesbiana.
Una amiga trans me lo puso en duda cuando estaba comenzando mi transición. Me dijo: “¿Y si lo tuyo también es una sexualidad?”. Así que salí con un niño y me dije: “¡Yo soy lesbianísima!”. Luego eso se volvió a poner a prueba con mis parejas que transicionaron. Cuando se iban haciendo más masculinas, yo me sentía menos atraída. Confirmé que me gustaba lo femenino. Las mujeres lésbicas y bisexuales son lo máximo. Además, el niño que esté dispuesto a salir con Ophelia tiene que ser un güey muy aventado. Mi vida como mujer lesbiana es espectacular. Las mujeres lesbianas se prestan para mucha mariconería; los hombres no, ellos se ahogan en un vaso con agua. Honestamente, creo que parte de la transfobia del hombre heterosexual viene de una virginidad, de que de pronto se percatan de que los pueden penetrar y les da miedo que los traten como ellos tratan a las mujeres; entonces, aprietan sus nalguitas. Traen miedo virginal; por eso solo quieren mujeres con vagina.

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Es colombiana, física, youtuber, comediante y conferencista.

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Tengo entendido que su papá desempeñó un papel muy importante en su proceso; por ejemplo, le compraba ropa, así como le compraba los trajes a Mauricio. ¿Cómo es hoy su relación con él?
Todavía me compra ropa. Cuando mi papá lo entendió, una vez me dijo: “Me estoy probando esta falda que te puede gustar”. Y yo: “Ok”. Una vez me mandó una foto de su clóset, de estas camisetas que son muy colorinches, donde tenía todas sus camisas de golf organizadas con el orden de los colores de la bandera LGBT. Otro día me mandó una foto donde estaba en su oficina y entraba la luz por la ventana, se prismó y de repente tenía un arcoíris en el cachete y me dijo: “Mira, me persigue el arcoíris”. Ese es mi papá.

Su familia tuvo que pasar por un proceso de duelo, al no ver más al Mauricio que conocían, ¿dónde y cómo está Mauricio ahora?
Creo que todos tenemos esa pregunta. Mauricio sigue aquí, solo que se ve así y no pasa nada. Yo soy orgullosamente transgénero. Cuando llego al aeropuerto y me dicen: “Aquí dice sexo masculino”. Yo digo: “Pues sí, es que soy transgénero. ¿Un hombre no se puede ver así?”. Yo sigo siendo Mauricio, pero obvio que si me dicen “Mauricio” en la calle, no volteo a mirar. Si me tratan de “él”, me parece una falta de respeto. Mau sigue aquí presente.

No voltea a mirar porque usted se llama Ophelia. ¿Cuál es la historia de su nombre?
De hecho, mi exesposa tuvo que ver con eso. Ella, en algún momento, me dijo: “Es que cuando tú llevas una vida así, o das lástima o te ven como un circo”. Así me lo aventó y me dio mucho miedo. Yo siempre fui un jefe, un emprendedor, y quería seguir así, comandando. Entonces buscaba un nombre que fuera de alguna generación de atrás, matronal, que la gente lo relacionara con esa tía o abuela mandona. Y un día una amiga me dijo que su abuela se llamaba Ofelia y pensé que sonaba muy fuerte, así que lo agarré. Por otro lado, Ofelia por Hamlet. Yo fui pelirroja por un tiempo y Ofelia es una pelirroja que se suicidó, una loca. Entonces, no solo me agarré del nombre por ser matronal, sino porque también es la loca del suicidio. Hoy en día, sabiendo lo que soy, igual hubiese sido Camila, le hubiese bajado una rayita a lo estrambótico de Ophelia.

Usted es hoy una de las mayores activistas en todo el tema LGBT, especialmente en México y en el mundo digital, ¿qué pensaba de la comunidad LGBT antes de su transición?
Ese es el punto débil de mi transición porque yo no conocía gente de la comunidad. Un día hice la paz con el hecho de que yo creía que era un niño potencialmente homofóbico. Nunca tuve a alguien gay al frente y le cerré la puerta, pero tampoco le tenía mucho aprecio. Nunca se me dijo lo que era la gente LGBT. Me gusta pensar que, más que homofóbico, yo era un protegido por el sistema. Era un niño junior, ese es el motivo por el cual no me regocijo tanto en Mau. No porque era hombre, sino porque era un modelo de niño tóxico, un niño de bien del Colegio Anglo Colombiano, tenía esa educación que tiende a ser medio homofóbica por falta de exposición.

Uno no transiciona para conseguir hombres. De hecho, si se tratara de que me quiero acostar con hombres, no hay por qué pasar por todo esto...

Dice que durante un tiempo creyó que Mauricio era homofóbico. Usted, Ophelia, ¿se ha sentido discriminada alguna vez?
La gran mayoría de mis problemas de discriminación no vienen por ser mujer trans, sino por ser mujer. Me acuerdo que una vez hablaba con una exnovia, que es psicoanalista, y ella me dijo: “Debe ser muy fuerte pasar de ser el niño blanco y privilegiado a ser esta mujer de la diversidad”. Y sí, porque pasan cosas como que voy y le presento una estrategia de comunicación digital a un cliente y de repente me dice: “Oh, se ve muy bien. ¿Cuándo viene tu socio para firmar?”. Y yo soy como: “O sea, el socio soy yo”. La gente está tan peleada con la feminidad, hay tanto odio a lo femenino que un hombre no se puede poner un saco rosado porque es un escándalo.

Pero, ¿es cierto que a usted la sacaron de una iglesia una vez?
Sí. Hubo un caso en particular en el que me pidieron salir de una iglesia en México. Me dijeron de plano que era una abominación y fue mi último rendir con ese catolicismo que traía porque, si fuera creyente, que no lo soy, no estoy para nada de acuerdo con eso de que a mí me crearon para ser una abominación. También tengo otra anécdota y es que me desinvitaron de un matrimonio en Cartagena porque no sabían si yo podía entrar a la iglesia. Eso me caló, me llegó al corazón, pero me puse un vestido y fui. No me dijeron nada porque cuando los enfrentas son así. Sin embargo, no estoy peleada con la existencia de la religión. Sería igual de fascista querer eliminar la religión como que los religiosos quieran eliminar a la gente LGBT.

¿Qué es para usted ser una mujer y ser trans?
Voy a decir, por ahora, que ser mujer es una bonita elección. Es la decisión de adoptar un rol, un performance teatral, toda tu vida estás actuando. A mí me gusta que existan los dos géneros, pero estoy peleada con el hecho de que sean obligatorios. Y acerca del ser trans, yo digo que soy trans porque puedo, porque estoy declarando hegemonía sobre mi cuerpo. También creo que todo el mundo es trans, de algún modo nadie está a gusto con su cuerpo, y si te sientes bien con tu cuerpo, hablemos en cinco años.

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Hoy está listada por Forbes como una de las cien mujeres más poderosas en México.

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Usted algunas veces ha dicho que es queer. ¿En sí, qué es serlo?
Si ser trans es control, queer es libertad. La vida queer es el futuro, es la etiqueta de no tener etiquetas. Por ejemplo, yo creo que más gente va a aparecer siendo gente no binaria. Yo no me he hecho mi cirugía genital, no me la voy a hacer, no quiero, no me importa, tengo mi pene de niño, pero estaba con un doctor que hace estas cirugías y me dice que ahora hay gente que le pide anulaciones de sexo. Personas que no quieren tener ni pene ni vulva, y entonces los deja lisos, apenas para que puedan orinar, porque no quieren ser ni lo uno ni lo otro. La verdad es que son tan complejas las reglas de ser hombre o mujer que no culpo a nadie. Pero, en resumen, ser queer es eso, una declaración de libertad.

¿No se quiere hacer la cirugía porque no lo siente necesario o por algo más?
Conozco muchas mujeres trans que a sus 35 años nunca han hecho uso de sus genitales, no los quieren ver, los esconden. Esas mujeres, si las dejas en el baño con un cortaúñas, algo hacen. A mí nunca me ha molestado, yo estoy muy a gusto con mi sexo. En esta vida rara, queer, loca y bonita de la diversidad, no hay ningún modo correcto de ser mujer. ¿Quién dijo que ser mujer es tener vagina? Mi madre ya no tiene matriz, ¿entonces dejó de ser mujer? Mi sexo (genitales) no me importa. Además, yo no tengo sexo como niño.

¿Cómo es su relación con el feminismo?
Últimamente he optado por definirme no como feminista, sino como aliada feminista. Lo digo porque hay gente que tiene problemas con aceptar que yo soy mujer. Por ende, siento que yo desvío un poco la atención innecesariamente. México y Colombia son países que tienen muchos problemas con el tema de la mujer, y creo que ahorita no es el momento de tener la discusión de si las mujeres trans podemos ser feministas o no. En general, el motivo por el cual se excluye, que los hombres puedan decir que son feministas, es porque toda la vida han estado incluidos en todo. Hay muchas mujeres feministas que insisten en que como yo no soy mujer, o como no me crie mujer, no puedo ser feminista. Esa discusión la verdad es que es superinjusta contra mí, pero en últimas yo no estoy haciendo lo que hago por la medalla. Si para ellas yo soy hombre, ok. Yo soy lo que tú quieras, pero por favor enfoquémonos en lo que importa y luego, cuando ya no estemos en alerta roja, tendremos esta discusión. Como sea, el movimiento feminista me parece groseramente importante y me sorprende que esté sucediendo hasta esta época y no desde mucho antes.

Hubo un caso en particular en el que me pidieron salir de una iglesia en México. Me dijeron de plano que era una abominación y fue mi último rendir con ese catolicismo que traía.

Su influencia en redes sociales en innegable, ¿cómo la han ayudado la tecnología, su canal de YouTube y las redes sociales en su proceso de transición?
Primero que todo me han ayudado a conocer a más gente en la diversidad. Cuando te percatas de que hay 200 mujeres trans nomás en tu ciudad, dices: “Bueno, no soy la única loca”. Las redes han sido superbuenas porque me dieron una carrera mediática. Yo intenté ser parte de la televisión, de la radio, del cine y me he acercado a muchos medios queriendo trabajar, pero les da cosa, hasta a las revistas. No saben si me pueden sacar. Yo pienso: “¿Saben que tengo cinco veces su número de seguidores? Podría yo sola promocionarme más”. Luego, como figura mediática aprendí que esto no es un tema solo mío, que casi todas las figuras LGBT nos creamos en línea. Nos inventamos un nuevo modo de comunicador que no existía. Porque piensa: ¿qué gran comunicador gay colombiano existe desde los 90? No hay. Gracias a las redes, yo tengo carrera mediática, y soy quien soy porque hago mis propias producciones, sola desde mi casa. El año pasado estuve en cien escenarios, tengo patrocinadores y dinero de una pequeña productora. Todo eso porque soy una figura digital. Y resulta que ahora estoy de moda, entonces la cantidad de talentos clásicos de la televisión que se me han acercado para preguntarme cómo pueden entrar a lo digital es altísima. Las redes sociales, más que un salvavidas, son algo muy compatible con mi vida.

Con su personaje de La Explicatriz, usted se volvió una experta en explicar cualquier cosa; además, es el personaje de su stand up. ¿De dónde salió esa figura?
Mi negocio es ser yo, pero en últimas decidí que mi figura en el escenario se iba a llamar La Explicatriz y empezó porque hay un personaje en la radio mexicana que se llamaba El Explicador; se trata de Enrique Ganem, un locutor de radio que tiene un doctorado en Biología y se dedica a explicar cosas. Por ejemplo, hablar de la superluna, desde la ciencia. Yo siempre he querido ser comunicadora de ciencia, pero no he podido aterrizarme solo en eso. Una vez fui a ayudarlo con su estrategia digital y cuando terminamos, él me dijo: “Yo me voy a retirar. Alguien debería ser el próximo explicador, ¿por qué no eres tú la explicadora?”. Y eso para mí es un honor. Es como Pacheco diciéndote “sé el próximo Pacheco”. Como soy Ophelia decidí añadirle un poquito de sazón al nombre y quedó La Explicatriz, porque si van a aprender, que sea a las malas (risas). Por ejemplo, a mí me llaman de la radio o la tele para hablar del bitcóin, y en vez de darles mi opinión, yo les explico lo que es; sobre todo, hablo de ciencia y tecnología.

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También forma parte de la lista BBC 100 de las mujeres más influyentes del mundo.

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Últimamente en sus publicaciones se le nota muy cerca del campo de la música, ¿qué tiene pensado con eso? ¿Hay algún proyecto?
Sí. Me di cuenta de que me llama mucho la atención la música, pero hasta ahora solo estoy desarrollando mi talento, investigando. Pero en últimas lo que busco hacer es algo muy similar a lo que hago en mis otros espacios, que es hablar de la diversidad. En la vida gay hay muchas cosas que me parecen muy bonitas y muy diversas del cómo se lleva el amor. Una de las cosas es que es mucho más dinámico. En el mundo gay hay tantas historias de amor que no se ven en el mundo heterosexual y no se están contando. Yo sé que hay artistas gais, pero no puede ser que la única canción lésbica famosa sea Mujer contra mujer y que existan diez mil millones de canciones del amor heterosexual. Por ahí quiero llevar esto. Contar historias de amor desde el mundo gay, lésbico, trans. Por ahora me dedicaré a ser concertista desde casa, para la web, y si esto acaba en espacios en público, chido, pero no es mi misión.

Ha vivido largo tiempo fuera de Colombia, ¿cómo se ha sentido cuando ha venido de visita?

Mi relación con Colombia ha sido muy cambiante. Al comienzo, cuando no estaba a gusto conmigo, me era muy difícil porque el estándar de belleza colombiano es altísimo. Las colombianas son muy guapas. Cuando yo iba a Colombia, justo por no entrar en ese estándar de belleza, automáticamente me volvía hombre, desde el aeropuerto, así que la pasé un poco mal. Pero luego me empecé a topar con las mujeres trans colombianas, que son unas guerreras de primera y las quiero mucho. Me di cuenta de lo aguerridas que son, y comencé a entender y a aceptar cómo es ser una persona de la diversidad en Colombia. Me encanta Colombia porque es ir a ver gente empoderada. Es más, he cambiado mucho mi relación con lo que es ser colombiana, este año me tatué la bandera. Si las nacionalidades fueran sexualidades, yo sería bi, porque soy tan colombiana como mexicana.

Ya me dijo cómo son las mujeres transgéneros colombianas, pero ¿cómo es el colombiano en general con la comunidad trans?
Colombia tiene un serio problema de conservadurismo. Ser una mujer trans en Colombia les rasca a muchas masculinidades frágiles. Yo no quisiera decir que la gente colombiana discrimina, no es que le tengan odio a la diversidad, sino que no están expuestos; entonces, cuando se les aparece una mujer trans tienen problemas, pero confío mucho en que la gente es inteligente y si se les da tiempo entienden. Colombia tiene una presencia de religión tan fuerte que se han encargado de borrar la diversidad. Tuvimos un presidente del que se rumorea mucho de su sexualidad; eso es para celebrar, pero no, lo ven como algo negativo. ¿Cómo va a ser negativo? ¿Qué les pasa? No están expuestos, pero quienes lo están, tienen triple doctorado. Quien está en la diversidad está con ganas. En Colombia no puedes ser una mujer trans y tímida, sino que tienes que ser una explosión de mujer. Igual que las mujeres lesbianas y los hombres gais.

POR DIANA ESTRELLA CASTILLA 
FOTOGRAFÍAS IL RETALLACK
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 85 - MAYO - JUNIO 2019

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