LA CANTORA

LA CANTORA

Nidia Góngora, de Timbiquí (Cauca), logró convertirse en una artista de renombre internacional. 

nidia gongora

Nidia Góngora es una de las artistas del folclor colombiano con mayor proyección en la actualidad, heredera de los ritmos pacíficos acompasados por la marimba.

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Pablo Salgado

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
02 de diciembre 2019 , 06:00 p.m.

Nidia Góngora, de 38 años, dejó su vida como maestra de escuela, arriesgó todo por llevar la música de su pueblo, Santa Bárbara de Timbiquí (Cauca), a los escenarios del mundo y logró convertirse en una artista de renombre internacional. Entre marimbas y bombos –más una dosis de electrónica– ha conseguido que el mundo conozca las tradiciones musicales del Pacífico colombiano. Nominada al Grammy Latino, y con decenas de conciertos alrededor del planeta, dice que todo esto no ha sido otra cosa que un llamado ancestral de su tierra.

Arriesgada, auténtica, mística. Nidia Góngora es, en sí misma, una frenética mezcla de lo tradicional y lo contemporáneo de la música colombiana.

Fanática de las baladas de los años noventa y los boleros de Benny Moré, esta mujer decidió hacer de su folclor un sonido para el mundo. Puso a viajar los currulaos del Pacífico colombiano por Europa y a la marimba de su región por toda América. Todo eso, con ciertos toques electrónicos. Asegura no ser cantante, sino cantora, porque es su condición natural.

Cada vez que puede, viaja de Cali (donde vive) a su pueblo, Timbiquí (Cauca), a escuchar el ruido silencioso del río que atraviesa su terruño. “Escucharlo me calma mis angustias”, sostiene.

Su canción Un canto a mi tierra, por la que se volvió famosa, nació de una llamada telefónica que le hizo su madre. Hoy, esa melodía es todo un clásico folclórico infaltable en los festivales del World Music.

Cuando está en el Festival Petronio Álvarez –el enorme evento que cada año celebra la música del folclor del Pacífico colombiano–, es una especie de ‘rockstar’: todos quieren con ella. Ha hecho de su voz aguda una virtud y una herramienta para realizar cantos imposibles.

Su grupo, Canalón de Timbiquí, ha sido nominado al Grammy Latino, en la categoría mejor álbum folclórico. “Han comenzado a reconocer lo ancestral”, agrega. Pero le costó. Incluso llegó un poco tarde. Pasó casi diez años en un salón de clase, dedicada a enseñarles a los niños a ser grandes, para luego salir a recorrer el mundo con la música que escuchó de niña: alabaos y ritmos que les hacían tributos a sus muertos.

Agradece no haber pasado nunca por una academía musical, porque siempre temió que le cambiaran su esencia. Cuando el DJ inglés Quantic la conoció, se volvió un fanático de su música, y hoy, juntos, inventan y exploran piezas musicales únicas. “Ahora nuestra música será más mística que tangible”, dice con orgullo.

Es Nidia Góngora, una de las artistas del folclor colombiano con mayor proyección en la actualidad, auténtica heredera de los ritmos pacíficos acompasados por la marimba.

Canalón de Timbiquí ya es un referente de la música colombiana. Han sido nominados al Grammy Latino, en la categoría mejor álbum folclórico. ¿Le sorprendió la nominación?
No. Al contrario, fue una alegría inmensa ver que hoy en día se le está dando un mayor reconocimiento a otro tipo de géneros musicales, se está saliendo del molde de lo tradicional y la música comercial. La música es cultura, transforma entornos, representa identidades, y en nuestro caso, la música regional pacífica está dejando en lo más alto las tradiciones ancestrales que nos arropan a nosotros las negritudes, y a todo aquel que se deje contagiar por ellas; y gracias a nuestros instrumentos autóctonos, nuestro currulao y los alabaos, se viene haciendo un trabajo magnífico, dejando a Timbiquí y a Colombia en lo más alto.

MIS PRIMEROS ESTÍMULOS LOS RECIBÍ EN EL VIENTRE DE MI MADRE. ALLÍ COMENZÓ TODO: LOS RITUALES Y LOS ARRULLOS, PORQUE MI MADRE MANTENÍA ESO VIVO, SIEMPRE CANTANDO

Usted dice que no es cantante, sino cantora. ¿Por qué se autodenomina así?
No me autodenomino, esa es mi condición. Soy cantora desde que nací. Las características de ser cantora están en mi territorio, la misma herencia lo pone a uno en esa condición. Entonces yo, lo que hice desde muy pequeña fue observar que había un llamado a ser, a cumplir con ese propósito y a sentír la atracción de ese espacio musical. A medida que fui creciendo, tomando conciencia y adquiriendo conocimiento pude observar que cumplía con esas características para formarme dentro de ese camino.

Pero cómo llegan esas características...

Sentía una atracción fortísima hacia la música tradicional de diferentes manifestaciones ancestrales. Además, había un interés, desde muy niña, por diferentes aspectos de los saberes no solo musicales. Era curiosa por naturaleza. También mostré una figura de liderazgo, en la organización de espacios en que podía participar, de diferentes eventos. Fui en la infancia misionera, pertenecí a grupos parroquiales, no estaba quieta. Si no estaba cantando, estaba aprendiendo a tejer.

Usted creció con sus abuelos paternos, que no eran músicos; a diferencia de su madre, que era cantora. ¿Cómo es esa historia?
Yo nací en la casa de mis abuelos maternos, pero me crié con mi abuelo paterno [Mónico Góngora], que vivía a una cuadra de mis otros abuelos, cerca del río Timbiquí. A mí me llevaron de tres meses donde mi abuelo paterno, pues mi madre era cantante de Santa Bárbara de Timbiquí. El compromiso era que cuando mi mamá regresara, yo retornaría a mi casa, pero nunca me devolvieron; no quisieron. Era la primera nieta del hijo menor de mis abuelos. Otra cosa fue que mi abuelo vivía cerca del río, y no me lo va a creer, pero el río terminó siendo definitivo en mi vida musical porque encontré sonidos que generaron paz y tranquilidad. Es un ruido silencioso.

Entonces, ¿cuándo aparece todo esto de la música?
Soy cantora desde que nací, esa es mi condición. Mi madre canta y desde que ella estaba en embarazo me cantaba. El contexto en el que uno se críe es decisivo para saber en qué se va a convertir uno. Obviamente mi contexto influyó: madre cantora, que viene en los genes, de generación en generación, y heredarlo pues termina uno reflejándolo en cómo lo vivo yo, que siempre es intenso. Tuve varios escenarios, pero el más importante y el más influyente fue el de mi casa. Mis primeros estímulos los recibí en el vientre de mi madre. Allí comenzó todo: los rituales y los arrullos, porque mi madre mantenía eso vivo, siempre cantando.

Hábleme de ese contexto...
Nací en el barrio Las Brisas, de Timbiquí, un barrio de cantores, de cantoras. Allí la música es natural, el sonido es familiar, donde cada uno se identifica. Por eso, nunca dudé de que yo quería dedicar mi vida al fortalecimiento de esas manifestaciones tan propias.

¿Qué sonidos, qué música escuchaba?
Escuchaba alabaos, muy importantes para despedir a los muertos. Oírlos a las dos o tres de la mañana, y despertarse con ellos, en medio del silencio de la selva, era algo mágico. Y luego escuchar a 200 personas cantar esas canciones tan solemnes era un impacto tremendo. Es una sensación mística y de sensualidad única. Más tarde, escuchar el sonido de la marimba, del bombo, a las cuatro de la mañana en la alborada, de los cuetones (voladores) no era comparable. Yo me levanté con esa mística musical.

Cuando habla, se siente cierta nostalgia. ¿Qué tanta falta le hace Timbiquí?
Me hace mucha falta. Por eso creé en Cali un espacio para mantenerme conectada con nuestra territorialidad. Es muy difícil desligarse y es muy difícil estar viajando. Por eso creamos los espacios, conservando esa cercanía. Cambian las cosas, el contexto no es natural ni es el mismo, pero buscamos que el sentido no se pierda y siga siendo el mismo.

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"No me dejaron estudiar música porque mi padre quería que fuera abogada".

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Pablo Salgado

Sin embargo, a pesar de ese notorio sentimiento musical, no la dejaron ser cantante. ¿Por qué?
No deja de ser sorprendente y frustrante cómo conciben el arte en nuestra sociedad. Lo ven como pérdida de tiempo, un asunto pasajero, pero no lo ven como una carrera de proyección, como algo importante para la vida. La música en nuestra comunidad se vive de forma natural y lo ven como un elemento propio, que siempre debe estar, que lo poseemos; entonces, no se necesita que se te dé una certifica ción frente a eso. Yo vengo de la escuela tradicional, que tiene la misma importancia que la escuela que certifica. Y cuando yo salgo y les digo que quiero estudiar música, se contradicen. No están de acuerdo. En algún sentido, agradezco –y no porque sea malo– porque fui a la universidad a estudiar y así articular mis saberes desde la ancestralidad y enfocarlos en enseñar a transmitir.

Pero no estudió música, terminó otra cosa...

No me dejaron estudiar música porque mi padre quería que fuera abogada y le dije que no me gustaba, entonces estudié Licenciatura en Educación Preescolar en la Universidad Santiago de Cali, porque me gustaba y siempre he tenido el saber de enseñar. Pero la idea de crear espacios para el fortalecimiento, la difusión y la transmisión de la música tradicional era mi misión. Trajimos, por ejemplo, a Socavón de Timbiquí, que fue el primer grupo musical de mi pueblo que grabó una producción discográfica (2002) bajo el nombre En memoria de nuestros ancestros.

Salir de Timbiqui entonces terminó siendo una aventura. ¿Cómo fue ese impacto?
Sufrí mucho. Un cambio brusco. Yo nací en Timbiquí y soy apegada a mi territorio, a mis costumbres, a mi gente. La decisión de salir a estudiar fue algo personal. Si no lo hubiera hecho, estaría aún en Timbiquí. O salgo y vuelvo o me quedó aquí, donde estoy cómoda, feliz, no me hace falta nada. Por ejemplo, para nosotros la palabra riqueza se traduce en felicidad, amigos, amor, solidaridad, respeto, río, selva, todo un ecosistema natural y cultural que nos proporciona toda la tranquilidad para ser felices. Siempre se busca más, pero esa vez tenía la curiosidad de explorar, de viajar, quería experimentar otros mundos, que sabían que estaban allí. Quería descubrir, pero también de llevar y mostrar lo que teníamos adentro: “Vea, hay un mundo bonito allí, y queda en la selva”.

Ya en Cali, ¿qué pasó?
Llegué a Cali donde mi tía Stella, hermana de mi padre. Allí se parte mi vida en dos. Al principio sufría mucho. Me gusta la libertad, en Timbiquí se vive en comunidad, esa forma de vida única donde todos nos conocemos. Eso de saludar al vecino, de recibir sonrisas, que se preocupan por el otro. Entonces, me di cuenta de que aquí no era así, que aquí todos viven en su mundo. Aquí ni conoces a los de tu cuadra y para mí eso era rarísimo. No voy a poder, me dije. Tenía que estar pendiente desde cuidar el bolso hasta tener cuidado de pasar la calle. Me faltaba hablar, interactuar, aunque luego me conecté con la cultura caleña, pero tardé dos años para que tuviera esa conexión.

Parece que la marimba es su instrumento musical favorito...

No sé si es mi favorito, pero guarda mucho sentido, mucha historia, es la herencia grande africana, nuestro origen, nos conecta con nuestra madre África. Y pienso yo que lo mítico es su mística y su conexión con la selva, desde su estructura hasta su sonido.

Usted salió de la universidad y terminó enseñando en Villarrica, Cauca, un pueblo pequeño durante casi 10 años. ¿Qué le dejó esa experiencia?
La vida le va poniendo a uno los espacios y los momentos que hay que vivir. Mi paso por Villarrica fue un experiencia muy linda porque conocí gente entrañable, un recuerdo muy bonito, una etapa que debía cumplir para entender muchas cosas. Tenía que adquirir herramientas para fortalecer el trabajo que siempre he querido, la creación de escuelas, ser portadora de la tradición musical, formar a las nuevas generaciones, interactuar con los niños, ejercer el oficio, enfrentar a sus familias, con sus dificultades. Tenía que convertirme en docente, pero también en psicóloga, madre, y se va uno conectando con esa realidad.

A pesar de eso, de la enseñanza escolar, seguía cantando...
Sí. Por esa época estoy con la agrupación Socavón de Timbiquí, pero luego cambia de razon social a Canalón de Timbiquí. Alcanzamos a grabar un disco, se consolidan los ensayos, se fortalecen los conocimientos y conozco al DJ Quantic.

ESCUCHABA ALABAOS, MUY IMPORTANTES PARA DESPEDIR A LOS MUERTOS. OÍRLOS A LAS DOS O TRES DE LA MAÑANA, Y DESPERTARSE CON ELLOS, EN MEDIO DEL SILENCIO DE LA SELVA, ERA ALGO MÁGICO. Y LUEGO ESCUCHAR A 200 PERSONAS CANTAR ESAS CANCIONES TAN SOLEMNES ERA UN IMPACTO TREMENDO. ES UNA SENSACIÓN MÍSTICA Y DE SENSUALIDAD ÚNICA

Por cierto, Quantic es un inglés que termina enamorándose de la música del Pacífico. ¿Cómo aparece este DJ en toda esta historia?
Corre el año 2008. Lucas Silva, ‘Champeta Mam’, le habla de mí, y me contacta. Se enamoró de la música tradicional del Pacífico y me invita a que grabemos un proyecto de Pacífico electrónico. Comenzamos a viajar por todo el mundo. Comencé a faltar a las clases, es decir, debía tomar una decisión: ser docente o dedicarme a la música. Renuncié. Tomé riesgos. Nunca he sido apegada a nada, porque nada es seguro. A mi familia no le gustó mucho esa decisión.

¿Por qué fuera del país hay una conexión con el Pacífico? Al mundo le gusta, pero aquí en Colombia se resiste.
Tiene que ver mucho el sistema. Hay un sistema que se ha encargado de imponer un estilo, los medios masivos son los que ponen y esa música es la que consume la gente. Entonces, no hay un interés de estos medios por mostrar lo nuestro, la diversidad musical del territorio colombiano. Afuera es diferente, esos espacios sí existen. En Francia, Alemania, Inglaterra, hay festivales, plataformas musicales invitando a escuchar propuestas musicales del mundo. Hay una educación distinta de cómo se muestra la comunidad musical del mundo. Pero es raro, porque lo que pega afuera, pega acá. Se menosprecia lo que sale de aquí. Hay que cambiar eso. Se ve como algo de menor valor. Uno queda impactado, porque aquí en Colombia no se conoce nuestra música. Y eso que a Colombia se referencia como un país diverso, pero ante el mundo no es Pacífico. Necesitamos que los medios masivos cumplan con su responsabilidad de mostrar la diversidad musical que hay en el país.

Su faceta como compositora es reconocida. Se dice que es un trabajo espiritual. ¿Usted lo cree?
La mayoría de mis composiciones tienen que ver con la realidad, de cómo me he enfrentado al mundo, de mis experiencias. Habló mucho del Pacífico, del territorio, de lo que hay, lo bonito, pero también de las necesidades y de los problemas. Cuento y narro aspectos de mi vida, de mi niñez, siempre trato de reflejar cosas reales, con las que la gente se identifica.

¿Y cómo surge ese proceso?
A veces es rápido. Una de las características de la música tradicional es que se le canta a la cotidianidad, y por eso se facilita un poco en el quehacer porque los elementos están allí. Pienso, también, que uno nace con eso y lo va desarrollando. Yo me acuesto pensando en temas y si se me ilumina el espíritu, me levanto a escribir. Son momentos.

Así como la interpretación ‘Un canto a mi tierra’ que surgió de una llamada telefónica...
Sí. Como te dije, son momentos. Estaba en casa y salgo del colegio y me llama Quantic a decirme que me acaba de enviar un bit (pista) y me dice que la escuchara y que tratara de mirar si me fluía algo. Llegué a casa y solo faltaban dos horas para verme con él para mostrarle, supuestamente, la canción creada a partir de la pista. De un momento a otro, me llama al teléfono mi mamá. Comenzamos a hablar del pueblo, de la familia, cuando comienzo a evocar cosas de Timbiquí, imagínate, con esa llamada y me entran los recuerdos. Entonces sale: “Al creador doy gracias / y nunca me cansaré/ de admirar los paisajes /que hay en el Pacífico. / En plenitud bañado /por un inmenso mar/ y ríos que adornan/ este lindo litoral”.Y me fui por allí.

Tiene una voz aguda y a muchos les resulta extraña para sus interpretaciones...
Hablaba esta semana frente a un tema de la rivalidad que hay en el gremio: la envidia, ver al otro como un rival, que no es sano. Yo concibo la vida donde cabemos todos y cada ser humano nace con su estrella y le alumbra su espíritu y su aura. Mi estrella no puede alumbrarte a ti, ni la tuya a mí. Ni una estrella alumbra más que otra. Cada persona debe preocuparse por su propósito y no desgastarse entre los demás para cumplir con su propósito, y menos cuando es negativo. Ahora bien, mi voz: no he hecho ningún tipo de técnica, ni de trabajo para mi voz, esa es mi voz, nací con ella.

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"Tengo en Cali mi pequeño rincón del Pacífico. A mis hijos los crío con los valores y principios con los que me criaron a mí".

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Pablo Salgado

Tiene un propósito musical, pero también una misión social: ofrecer una vida digna a la gente. ¿De qué se trata?
Como mujer entiendo que no solo es parir, traer hijos al mundo, es conectar con el Universo a través de un propósito claro y es transformar la vida de los jóvenes de la Fundación Escuela Canalón, donde amparamos sectores vulnerables de Cali donde hay muchachos que están expuestos a la crueldad de la calle, a la crueldad de esta sociedad. Entonces, allí estoy siendo facilitadora, como guardiana, de cómo ayudar a estos muchachos a que encaminen su vida desde lo digno a través del arte.

¿Hace cuánto no va a Timbiquí?

Estuve años sin poder ir, pero últimamente estoy conectada porque cada vez voy más. Me hace falta el río. Ya no existe el río Timbiquí como en mi niñez; el tema de la minería lo tiene diferente, pero allí sigo encontrando la paz. Cuando estoy alterada, voy allí y me recargo, es una recarga espiritual que necesito; me limpia y me llena de energía liviana. Me metó al agua, me siento en la muralla, estar allí es volver a la tranquilidad.

Cali no es Timbiquí, pero en su casa hay viche, la bebida ancestral, y muchos recuerdos. ¿Ha hecho aquí su propio mundo?
Sí. Tengo en Cali mi pequeño rincón del Pacífico. A mis hijos los crío con los valores y principios con los que me criaron a mí. Les enseño a conocer el territorio y su origen; por eso, cada vez que puedo, los llevo al pueblo. En casa la rutina son las tradiciones que me enseñaron a mí. Jorge Andrés, de 11 años, y Flora, de 9, saben que lo hago por ellos.

¿Qué viene ahora para Nidia Góngora y su Canalón de Timbiquí?
Viene una nueva producción musical con Quantic y la Pacifican Power. Acabamos de grabar en Nueva York, donde exploramos nuevas rutas sonoras, muy diversas, con elementos no tan tangibles, sino más místicos. Hay balada y pop, porque, le cuento, yo crecí escuchando Ana Gabriel, Rocío Durcal, Juan Luis Guerra. Tuve influencia del son cubano porque me crie escuchando al Benny Moré, todos los días en mi casa lo ponían. Soy una infuencia de músicos del mundo.

NO DEJA DE SER SORPRENDENTE Y FRUSTRANTE CÓMO CONCIBEN EL ARTE EN NUESTRA SOCIEDAD. LO VEN COMO PÉRDIDA DE TIEMPO, UN ASUNTO PASAJERO, PERO NO LO VEN COMO UNA CARRERA DE PROYECCIÓN, COMO ALGO IMPORTANTE PARA LA VIDA

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