Manolo, el hincha #1 de España

Manolo, el hincha #1 de España 

BOCAS hablo con Manuel Cáceres, conocido como Manolo, el del bombo, el fanático más fiel de España. 

Manolo

Es un ícono del fútbol. Durante 40 años ha recorrido el mundo con la selección española.

Foto:

Miguel Angel Polo

Por: Mauricio Rozo C.
07 de mayo 2019 , 02:32 p.m.

Es día de partido en Mestalla, el estadio del Valencia CF. Faltan dos horas para el comienzo. A escasos pasos del sector occidental, en un espacio de apenas 50 metros cuadrados, todo es alboroto.

Es la “tribuna” que primero se llena y la última que se desocupa. No tiene asientos. Todos vociferan de pie, ríen, repasan la alineación del día y las de antaño, todo al son de unas cañas (cervezas) y unas tapas (pasabocas). El fútbol es el tema, mas no el epicentro.

Todas las miradas apuntan a su particular dueño. El que se multiplica en mil labores y hasta saca tiempo para acomodarse la boina y posar cientos de veces frente a celulares y cámaras.

Manuel Cáceres Artesero es el hombre orquesta. En realidad, de un solo instrumento. El que lo ha hecho famoso en el planeta fútbol y le da nombre e identidad no solo a él, también al lugar: “Manolo, el del bombo”. Tiene su bar en Valencia, que, más que un bar, es un museo deportivo que lo ocupa buena parte del año, mientras llega el siguiente viaje con la selección española, a la que sigue hace cuatro décadas sin pausa alguna.

“Manolo” siempre está detrás de una barra en L, custodiada por los tres bombos con los que conquistó Europa (las Eurocopas de Austria y Suiza 2008 y Polonia y Ucrania 2012) y el mundo (Sudáfrica 2010). Trofeos invaluables que acarician un techo multicolor del que cuelgan bufandas de todos los equipos españoles y muchos del mundo, sostenidas por paredes atiborradas de fotos, recortes de prensa y camisetas enmarcadas, una de ellas, la del desaparecido Dani Jarque, exjugador del Español.

Mucho por ver y apreciar. También para degustar: bocatas, tortillas de patatas, jamones, croquetas bravas, calamares y ensaladilla rusa. Incluso la carta tiene dos avisos no menos atractivos: “Si le ha gustado, dígalo afuera; si no, dígalo adentro”. Y el otro: “Recuerde, hablamos tres idiomas: ESPAÑOL, VALENCIANO Y POR TELÉFONO”.

Manolo

Conoce los cinco continentes, tiene 10 Copas del Mundo a cuestas, seis cirugías de estómago y una coronaria por cuenta de su desbordada pasión.

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Miguel Angel Polo

Antes abría entre semana, luego sábados y domingos, y desde este año sólo los días de partido. “Cuando juega el Valencia, son 16 horas de trabajo y a mis 70 años terminas apaleado”, confiesa con voz ronca y liviana. Desgastada tal vez por tantos goles gritados, cinco continentes recorridos y 10 Copas del Mundo a cuestas.
Pudo ser sacerdote. Fue monaguillo de niño, acompañaba a su madre a misa y en la adolescencia alcanzó a estudiar para fraile, pero eso no duró ni un mes. La hostelería lo devolvió a las aulas hasta hacerla su profesión, pero una vez el bombo y el campo de fútbol se cruzaron en su camino, se entregó en cuerpo y alma por el balón. Ahora en su bar, de lo que vive mientras no está detrás de La Roja, intenta aplicar algo de lo que hace tanto tiempo aprendió. En lo de buen anfitrión, por ejemplo, saca nota sobresaliente.

Apuntes le sobran a la hora de recordar todo lo que ha hecho en su vida, de hincha sobre todo. Tantas anécdotas como operaciones a cuestas: a las seis de estómago, le sumó una en enero del 2017 que parecía el pitazo final. La insuficiencia cardiaca obligó a una delicada intervención coronaria que incluyó bypass y marcapasos. Cinco días en la UCI y cuatro meses de absoluto reposo. Tenían que aquietar a un glotón que vive el fútbol con altos índices de estrés.

Quería “reaparecer” en Gijón para el juego contra Israel a finales de marzo, definitivo en el camino a Rusia, pero finalmente pudo hacerlo en el amistoso frente a Colombia en Murcia. Ese 7 de junio, el empate (2-2) fue lo de menos. Su corazón, más que una prueba de fuego, recibió un golpe: le robaron el bombo. Antes del encuentro le abrieron el carro y estuvo en vilo un día entero. Vino a aparecer en Madrid.

No concibe su vida sin el instrumento. Con él saca fuerzas cuando de alentar a la Furia se trata. Es su razón de ser. A la única que le ha sido fiel. Lo dejó todo, hasta la familia, para irse por el mundo detrás de un amor llamado España. Y con su compañero inseparable ha soportado tantos mazazos como lágrimas de dolor y júbilo. Son un solo equipo. Redondo, como no podía ser de otra forma.

Para Italia 90, una revista me patrocinó y con ese dinero viajaron 16 personas conmigo. Dormíamos en camping y una vez se nos acercó una señora y nos dijo que qué hacíamos allí, y nos llevó a su casa.

Si lo llaman por Manuel, ¿voltea a mirar?
Por ese nombre no me conoce nadie, ni yo a ratos. Soy Manuel Cáceres Artesero por DNI (Documento Nacional de Identidad), pero me llaman “Manolo, el del bombo” y en seguida sonrío.

¿Qué lo llevó a tener esa nueva identidad?
Soy manchego, nací en Ciudad Real, en San Carlos del Valle. A los siete años nos fuimos a vivir con mis padres y hermanos a Huesca, que es Aragón y allí se da mucho lo de tocar las trompetas y el bombo, y a mí se ocurrió tomar uno hace 55 años para llevarlo al estadio. La gente me preguntaba si estaba loco, pero así seguí al Huesca en tercera división, luego al Zaragoza cuando viví allí y desde 1979 empecé con la selección española.

¿Por qué decidió seguir a La Roja por todo el mundo?
Representar a tu país en el mundo es algo muy bonito, un honor. El primer partido fue en Chipre. Recuerdo que fuimos con Quini, el famoso jugador asturiano del Barcelona. Teníamos que ganar, y así lo hicimos. Mejor comienzo, imposible.

¿Cuántos bombos ha tenido?
He perdido la cuenta, pero si mi calculo no falla, unos ocho. La verdad, duran bastante, son resistentes y lo que hay que cambiar en sí son los parches. En cada mundial, por ejemplo, cambias dos o tres veces de parches porque se estropean por la intensidad y el uso en sí.

¿El primero dónde lo consiguió?
En Huesca. Me costó bastante porque en aquellos años, hace 55, poco era mucho, pero creo que ha sido la mejor compra de mi vida. Ese lo tuve por 10 o 12 años.

¿Tiene un lugar en particular donde los consigue?
Desde hace un buen tiempo me los hace el amigo Pepe de Manises, acá en Valencia, y los parches me los envían desde Estados Unidos.

¿Qué lo ha llevado a desprenderse de su compañero de gradas y viajes?
A varios estudiantes les he regalado algunos, uno se perdió y otros los doné en Costa Rica y en Venezuela.

¿Por qué en esos países?
En Venezuela he animado a la Sub-16, a chavales que hoy tienen 40 y tantos años e hice muy buenos amigos allí. Y en Costa Rica, porque estando en Alemania, hace 18 años, conocí a unos costarricenses que me invitaron a su país, y allá me fui a animar a su selección por un mes entero.

¿Esa ha sido la única selección con la que le ha sido “infiel” a España?
[Risas] He animado a Venezuela y a Costa Rica. Y a Honduras también, porque los conocí en el Mundial de España 82 cuando se instalaron cerca a Huesca y me invitaron a que los animara para un partido en Canadá contra la selección de ese país en un campo portátil, de esos de madera y sin tribunas, solo separada la cancha por cuerdas de los aficionados. Toda una experiencia.

¿Y con su bombo a cuál país le gustaría alentar?
No es porque me estén haciendo esta entrevista, y se lo pueden preguntar a amigos y gente que me conoce, a los que siempre les he dicho que, de corazón, quisiera estar en Colombia con mi bombo y animando a esa gran selección.

¿Por qué?
Porque he estado cerca y no he podido visitarla. Mi hija menor, Manuela, de 18 años, tiene sangre colombiana porque su mamá es de allí. He conocido a muchos colombianos en mundiales, en los amistosos de los últimos años, vienen acá al bar y la verdad son muy majos [agradables].

Manolo

En lugar de camisetas, colecciona pasaportes. No viaja de vacaciones porque con La Roja le resulta suficiente para andar.

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Miguel Angel Polo

Y justo el Huesca ascendió a primera esta temporada con un colombiano como protagonista…
Festejé mucho, ha sido fascinante tenerlo de nuevo en la Liga más allá de los resultados y el ‘Cucho’ Hernández ahí va. Es un magnífico jugador.

Colombia se ha atravesado muchas veces en su vida, por lo visto…
¡Como la mamá de Manuela, por ejemplo! Yo venía del funeral de mi hermana en Huesca, hace 19 años, y llegando a Valencia, me cruzo en una estación con un grupo de cuatro chicas colombianas que necesitaban hacer una llamada. Tenía una tarjetita del tren, se las di, hice amistad con ellas, en especial con Judith, y ahora tenemos una hija de 18 años que vive acá y me visita con frecuencia.

¿Y ni por esas ha estado en el país?
Increíble, pero es así. Ella sí que ha ido a Colombia a conocer a sus abuelos, tíos y primos en varias ocasiones, pero no he podido ir. Yo viajo a donde va la selección española y ojalá pronto pudiese darse un juego allí, aunque igual quiero ir.

La última vez que se enfrentaron fue en el amistoso de Murcia, hace dos años, donde usted no la pasó muy bien…
Fue muy lindo compartir con los colombianos. Lo que pasa es que se me extravió el bombo y la pasé mal por ello. Yo me estaba recuperando de una operación de corazón, volvía al campo para ese partido y tenía mucha ilusión de ver cómo me encontraba, así que no tenerlo fue duro, pero por fortuna apareció al día siguiente, sano y salvo.

¿La noche se hizo eterna sin su bombo?
La verdad, sí. Me vine muy triste de Murcia hacia Valencia, paraba en los pueblos y al ver a la gente con la ilusión de recibirme y no poderles mostrar el bombo, pues se me venían las lágrimas, estaba incompleto, pero por fortuna la armada lo encontró en un parque en Madrid, lo entregó a la policía, esta lo llevó a la Real Federación y de allí me lo enviaron y lo recibí en el bar. Volví a vivir.

Pero no ha sido la única vez que se ha tenido que separar de él. En el Mundial de Rusia no se lo dejaron entrar a los estadios…
Fue una situación bastante incómoda. Eso no me había ocurrido en ningún campo del mundo. Ver un partido sin el bombo y más animando a mi España, es muy difícil. Fue lamentable.

¿Dónde lo dejaba entonces?
Lo usaba en las afueras con la gente, y al entrar a los estadios, lo dejaba en un cuarto especial donde se guardaban los objetos que estaban prohibidos. Ya cuando iba a buscarlo, todos los que estaban en la sala, los de seguridad y hasta los de la policía rusa, se hacían fotografías con el bombo y conmigo.

¿Por eso a España le fue como le fue?
No, porque España tiene buenos jugadores, no necesitan a Manolo, que es un animador que está en las buenas y malas. Lo del entrenador afectó y esperamos en Catar no tener problema alguno, que me dejen entrar el bombo y que ganemos de nuevo la Copa.

¿Cuánto le han llegado a ofrecer por su bombo?
Muchísimo dinero, con varios ceros a la derecha, pero no vale la pena decir la cifra. También por mi boina, pero es que el bombo lo toco yo, aunque es de todos los españoles. La pasión no se vende.

Ha tenido patrocinadores para distintos viajes y campañas, pero, ¿qué no tiene precio para Manolo?
Que me paguen lo que sea por no ir a un mundial. Para Italia 90, la revista Don Balón me patrocinó y con ese dinero viajaron 16 personas conmigo. Recuerdo que dormíamos en camping y una vez en una plaza se nos acercó una señora y nos dijo que qué hacíamos allí, y nos llevó a todos a su casa. Vaya muestra de generosidad. En la Euro de Austria 2008 llevé nueve músicos, no cobraron nada, pero viajaron para animar a la selección española.

¿Qué debe tener un buen hincha?
Un hincha debe tener educación, respeto por el rival y llevar la misma “marcha” [fiesta] que llevo yo.

Así como el fútbol ha cambiado, ¿los aficionados también?
Donde he ido no he tenido problema alguno. Alguna vez con el Valencia, para una Recopa en Bruselas, unos hinchas tuvieron inconvenientes con los ingleses y lo pasamos mal por ellos, pero la gente debe saber que el fútbol es, ante todo, una fiesta, en la que a veces se gana o se pierde, pero no es la vida. Por eso en uno de los parches del bombo tengo el mensaje de “Deporte sí, violencia no”. En ciertos estadios, cuando marca el local, algunos aficionados provocan a los visitantes, y eso no tiene razón de ser, el respeto es primordial en cualquier orden de la vida y más en el fútbol, que insisto, es una fiesta.

Un hincha debe tener educación, respeto por el rival y llevar la misma “marcha” [fiesta] que llevo yo.

¿El VAR está opacando la fiesta?
Lo veo bien, aunque pienso en esos hinchas que celebran un gol y luego al revisar se lo anulan, o al revés, que tienen que esperar unos minutos para festejar. Pero bueno, si lo han hecho será para bien.

Si pudiese utilizarlo en su vida, ¿qué convalidaría?
El volver a vivir lo que he vivido y recibir el cariño de la gente.

¿Y qué anularía?
Los problemas entre los aficionados. Por ejemplo, la final de la Libertadores hubiese sido bonito que se jugara en Argentina, y no lo digo por los que la disfrutaron en Madrid, pero ese partido en su esencia era argentino. Es mi opinión, soy un animador simplemente y no me meto en eso.

¿Le hubiese gustado estar en el Bernabéu para el Boca-River?
Me lo dijeron, amigos incluso me invitaron, pero no podía. Yo solamente animo a España. Los demás partidos los veo y quiero que triunfe la deportividad.

¿Le ha tocado correr mucho con el bombo a cuestas?
Varias veces. Recuerdo una. Vivía en Huesca y debía tomar el avión en Madrid. Iba en tren y a mitad de camino la máquina se rompió. No podía esperar dos horas a que la arreglaran porque perdía el vuelo; entonces, agarré mi bombo en un brazo, la maleta en el otro y atravesé huertas hasta encontrar un camino. Ahí pasó un coche que me sacó a la carretera general, y alcancé.

¿Y cuándo no tuvo esa suerte?
Montones también. Una vez, jugaba la Sub-21 en Alcoy y salía de Alicante, pero decidí cambiar el tiquete para salir de Madrid. Iba por la carretera y en un parador me detuve a comer algo y llegaron tres coches de la policía, me reconocieron y tuve que sacar el bombo para hacerme fotos con ellos. Entonces, ya les dije: me vais a perdonar, pero debo dormir un poquito en el coche para seguir el camino, y ellos me respondieron: no, tú te vienes con nosotros, y me llevaron a su cuartel en Albacete para que durmiera en una cama. Descansé tan bien, que dormí más de las tres horas que debía y llegué tarde.

Los hinchas se toman fotos con usted, pero ¿qué figura le ha pedido una?
Vicente del Bosque con Alvarito, su hijo, me quieren mucho y ellos no me piden, yo me las hago. En realidad, yo prefiero hacerme fotos con el público que con los jugadores porque a ellos los veo con frecuencia, mientras a la gente no.

¿Qué es lo más extraño que le ha pasado como hincha?
De todo. He dormido en parques y avenidas. Para el Mundial del 82 hice 15.000 kilómetros en autostop. Fui a todos los partidos de España y a algunos importantes. Cuando en Alicante termina todo para la selección, me quise ir a buscar trabajo a Barcelona y en el camino me paró una ambulancia que llevaba un muerto, así que puse el bombo a un lado del ataúd, yo al otro y el conductor adelante. Finalmente me dejó acá en Valencia, donde llevo 35 años. Decidme si esas no son las casualidades de la vida.

¿El fútbol lo ha llevado más lejos de lo que imaginaba?
Por supuesto. En su momento me decían que estaba chalao, que estaba loco, y es normal que lo piensen cuando decides irte por todo el mundo con un bombo, pero veía que la gente se lo pasaba muy bien, los jugadores lo agradecían y con la Real Federación me la he llevado de maravilla. Entonces, todo eso es lo que he ganado, el cariño de la gente, y eso es más importante que el dinero.

Su afición es costosa, ¿cómo la solventa?
Yo he perdido todo por el fútbol: la familia, negocios, en fin, así que debo trabajar para vivir y para los gastos de los viajes, ya que así no pague las entradas ni el avión ni el hotel, asumo las comidas, sin contar que pierdo días de producción del bar.

¿O sea que el bar durante los mundiales o partidos de La Roja cierra?
Los chicos [seis en los días de partido] abren cuando juega España, pero la gente sabe que no estoy, así que no viene mucho.

¿Cuándo será museo exclusivamente?
Ya lo es, pero me canso, tengo 70 años, siete operaciones, casi 400 partidos de la selección, así que estoy a tope, pero el público acude y eso te revitaliza un poco, pero está claro que algún día tendré que traspasar.

Manolo

Vive de un bar en Valencia, que más que eso es un museo deportivo.

Foto:

Miguel Angel Polo

¿Cómo es un día sin fútbol en la vida de Manolo?
Pues me voy a la playa, a ver amigos, aunque no bebo y las peñas me invitan a los pueblos. Si hay fútbol, pues veo los partidos del Huesca, Valencia o el Zaragoza.

A falta de uno, se declara hincha de esos tres equipos. Si tuviese que escoger uno solo, ¿por cuál se inclina?
Por la selección española, así de simple.

Estando a metros de Mestalla, ¿por qué lleva muchos años sin entrar al estadio?
He animado al Valencia durante 25 años, tuve un pequeño problema con un presidente que ya falleció e intentó cobrarme de más por unas entradas para unos amigos italianos, así que me pareció una falta de respeto y no volví. Y ya luego porque a este bar viene todo el mundo y yo soy de todos. Quiero que gane, pero ya no voy.

¿Cuál ha sido el momento más difícil como hincha?
Han sido muchos. No ganábamos nunca y hasta pensaba que el “gafe” [ave de mal agüero] era yo. Creía que me moría y no éramos campeones y ya ganamos dos Eurocopas y una Copa del Mundo, así que ya puedo morir tranquilo, pero amigos me dicen que voy a aguantar tres mundiales más y ganaremos otro.

¿Es cierto que casi se pierde el momento de mayor júbilo: Sudáfrica 2010?
Me puse enfermo por una gripa fuerte y el médico de la selección me dijo que debía devolverme a España a recuperarme. No quería hacerlo, era contra mi voluntad, pero Vicente [Del Bosque] me dijo que volvería. Estuve como seis días y regresé para la semifinal y final. Calcule que si no lo hubiese hecho y ganan el mundial, el “gafe” sí que era yo. Y hoy todavía estaría lamentándome.

¿Qué hizo en el gol de Iniesta que le dio el título a España?
Se detuvo mi vida. Recuerdo que el papá de Juan Mata empezó a tocar el bombo y como estábamos en un rincón cercano a la cancha, Alvarito, el hijo de Vicente, quería saltar al campo a tocar a los jugadores en plena celebración, no quería esperar al final del partido. Bueno, todos queríamos lo mismo.

¿Se quedó sin voz?
Como los millones de españoles. Sacamos garganta de donde no la teníamos. Es un gol que aún grito por dentro. Y después de eso, lo dije y lo repito: ya puedo morir tranquilo.

Y del festejo posterior, ¿cuál momento lo marcó?
Regresamos en el avión con la selección y levantar la copa fue lo máximo, no se puede pedir más. Me la entregó Vicente y, la verdad, no lo podía creer. Empecé a saltar y a correr como un niño por los pasillos y todos se pararon a hacer lo mismo. Cuando llegamos a España, nunca vi a un país tan eufórico.

Los hinchas son de amores y también de odios. ¿Qué momentos ha maldecido?
Varios. Con el Valencia en la final de la Champions frente al Bayern Múnich en el 2001, cuando se perdió en los penaltis, y luego con España en el Mundial del 2002, en aquella eliminación con Corea, en la que anularon goles inexplicables. Fueron dos campeonatos difíciles de olvidar.

De lo que le han regalado los jugadores, ¿qué conserva con especial cariño?
No me gusta pedir nada por respeto y educación. Las camisetas de Puerta y de Jarque que están acá en el bar me las regalaron en un pueblo de Galicia, a donde fuimos con unos músicos a tocar charanga.

Si pudiese colocar 11 placas en su bar con nombres de futbolistas españoles que ha conocido, ¿a cuáles elegiría?
No lo haría porque para mí son todos iguales. Los de hace 30 años que no ganaron nada son como los de ahora que nos dieron todo. Para mí son todos iguales.

¿Con cuáles jugadores ha hecho amistad?
Con Fernando Torres e Iniesta. Un día jugaba España en Albacete, me invitaron a almorzar y pasé por el pueblo de Andrés. Estaba cerrado el bar del abuelo, así que pregunté y me dijeron que un poquito más arriba estaba el bar de los jubilados. Entré y allí estaba casi toda su familia, así que tuve que sacar el bombo para hacerme fotos con todos. Con los Butragueño también hemos tenido una relación entrañable. Don Emilio, el padre, va a algunos partidos y siempre me recuerda que tocábamos una charanga que a su mujer, que en paz descanse, le gustaba bastante.

Los futbolistas se retiran, los entrenadores y hasta los dirigentes. ¿Los hinchas nunca se jubilan?
Duran bastante o si no míreme a mí [risas], pero sabe qué alimenta este espíritu aventurero, ver cómo llegan al bar hinchas de distintas nacionalidades mostrándome fotos que se hicieron conmigo hace 15 o 20 años en cualquier estadio del mundo. Me retiraré del trabajo, pero de la selección española, nunca.

Lleva 10 mundiales, ¿con cuántos se conformaría?
Con 12 como mínimo, pero 13 es de la suerte, a ver si llegamos.

¿Su afición al fútbol lo hizo un hombre solitario?
Todo el mundo me conoce y quiere, y eso es lo que te anima a continuar. De mi primer matrimonio, en el año 70, mi hijo mayor tiene 50 años, vienen dos chicas de 46 y 42 años y luego uno de 36. No tenemos mucha comunicación, pero el saber que están bien, reconforta en algo.

¿Ha valido la pena ese sacrificio?
Es duro haber perdido la familia, negocios y hasta amigos, pero si tuviera que volver a nacer, volvería a ser lo que soy porque representar a España y que la gente te quiera y te reconozca, es algo que no tiene precio.

POR MAURICIO ROZO 
FOTOGRAFÍA MIGUEL ANGEL POLO 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 84 - ABRIL 2019

Manolo

Manolo, el del bombo.

Foto:

Revista BOCAS

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