MAZZANTI TIRA LÍNEA

MAZZANTI TIRA LÍNEA

Barranquillero de 56 años, puede ser el arquitecto colombiano de mayor renombre en le siglo XXI.

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Mazzanti es arquitecto de la Universidad Javeriana (1987) y tiene dos posgrados en Historia y Teoría de la Arquitectura (1991) y Diseño Industrial (1992), ambos en la Universidad de Florencia.

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Juan Pablo Gutiérrez

Por: Por: Eduardo Arias
03 de diciembre 2019 , 06:00 p.m.

SUS OBRAS MÁS RELEVANTES SON LOS PARQUES BIBLIOTECA ESPAÑA Y LEÓN DE GREIFF, LOS COLISEOS PARA LOS JUEGOS SURAMERICANOS DE 2010 Y EL CENTRO DE CONVENCIONES PLAZA MAYOR (TODAS EN MEDELLÍN); LA EXPANSIÓN DE LA CLÍNICA SANTA FE Y LAS TORRES ATRIO (EN BOGOTÁ); ASÍ COMO CENTROS EDUCATIVOS EN MARINILLA (ANTIOQUIA), SANTA MARTA, CARTAGENA Y SOACHA (CUNDINAMARCA). SE LLAMA GIANCARLO MAZZANTI, ES BARRANQUILLERO, TIENE 56 AÑOS, HA GANADO 15 PREMIOS NACIONALES E INTERNACIONALES Y PUEDE SER EL ARQUITECTO COLOMBIANO DE MAYOR RENOMBRE Y PROYECCIÓN EN EL SIGLO XXI.

Todas las mañanas, cuando llega a su oficina, el arquitecto Giancarlo Mazzanti grita: “¡Buon giorno en la mattina de la mañana!”. Es el alegre saludo que reciben todos sus colaboradores que trabajan en la sede de El Equipo Mazzanti, una casa de dos pisos en el barrio Quinta Camacho, en Bogotá. Allí, además de Mazzanti Arquitectos, el grupo de diseñadores que él lidera, también funciona la Fundación Horizontal, un centro de investiga métodos de creación participativa y educación, un tema que lo apasiona, y Jardín Parlante, una plataforma que promueve el diálogo y la discusión sobre arquitectura y urbanismo a través de conferencias, libros e investigaciones.

Egresado de la Universidad Javeriana en 1987 –y con dos posgrados en Historia y Teoría de la Arquitectura (1991) y Diseño Industrial (1992), ambos en la Universidad de Florencia–, su obra comenzó a tomar relevancia en la primera década del siglo XXI. Algunas de sus obras más relevantes son los parques biblioteca España y León de Greiff, los coliseos para los Juegos Suramericanos de 2010 y el Centro de Convenciones Plaza Mayor, en Medellín; la expansión de la Clínica Santa Fe y las Torres Atrio (junto con el arquitecto británico Richard Rogers) en Bogotá, así como centros educativos en Marinilla (Antioquia), Santa Marta, Cartagena y Soacha (Cundinamarca).

Casado con Laura Jaramillo, es el padre de María (31 años), Carlotta (12) y Eleonora (ocho). Es barranquillero y tiene 56 años. Es muy cercano a sus colaboradores y, cuando se refiere a sus trabajos, habla en primera persona del plural, una manera de dar a entender que el resultado de sus obras es de todo el equipo y el resultado de discusiones y diálogos entre cinco, seis o más personas.

Uno de sus colaboradores señala que siempre está de buen humor y muy raras veces se pone furioso. Les hace chistes a sus colaboradores. “Es medio montadorcito, pero de manera amable y sana”. Cuando se sienta a trabajar pone jazz a todo volumen y en toda la casa se oye su música. Le encantan las plantas, cuidar el jardín y en la oficina siempre hay flores.

Ha ganado 15 premios nacionales e internacionales, entre ellos la Bienal Iberoamericana de Arquitectura en el 2006, el premio Lápiz de Acero en 2008, el premio Nacional de Arquitectura en 2012 y el premio Americano de Arquitectura en 2017.

Algunas de sus investigaciones y proyectos forman parte de las colecciones permanentes del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), el Centro Georges Pompidou, en París, y el Museo de Arte Carnegie, en Pitssburgh, Estados Unidos. Ha combinado su trabajo de diseñador con la enseñanza. Ha sido profesor invitado en Harvard, Columbia y Princeton, y en Colombia ha dictado clases en las universidades Jorge Tadeo Lozano, Javeriana y Católica.
Su madera de educador salió todo el tiempo a flote en esta conversación, en la que varias veces respondió con dibujos que hizo en un rollo de papel amarillo que tiene desplegado sobre su escritorio. O de fotografías y planos que hablaban por él. O con una serie de cubos que mueve de un lado a otro sobre un papel, y que le permiten explicar un proyecto modular cuya finalidad es que los asistentes participen de manera activa en el diseño final, y que actualmente exhibe en el Colegio de Arquitectos de Madrid (COAM).

Al mostrarme sus proyectos, usted parece divertirse mucho, como si se tratara de un juego.
El juego es la única opción real para construir una crítica a la máxima productividad y a la máxima eficacia en la que vivimos inmersos. Además, lo que me gusta del oficio de la arquitectura está muy ligado con la irreverencia. Cómo poner las cosas donde no deberían estar para generar nuevos comportamientos y relaciones inimaginables entre los usuarios.

Pero la eficacia, lo funcional y poner las cosas donde deben estar suelen ser ejes fundamentales en la arquitectura.
A los arquitectos nos enseñan que un proyecto es bueno porque es muy funcional, como si no existieran otros valores. Y resulta que puede ser un horrendo proyecto precisamente porque es solamente muy funcional. No tiene ningún sentido pensar que la arquitectura solo tiene que ser eficaz. ¿Dónde quedan las otras acciones humanas, las condiciones anómalas en el canon de la eficiencia? ¿Qué pasa si yo en un hospital meto una zona de baile para que las personas que están allá se relajen? Eso no es eficaz, pero construye humanidad. Eficacia y humanidad pueden convivir.

¿Es posible encontarles espacio a esas condiciones anómalas en la vida real?
Sí. En la Fundación Santa Fe logré que me aprobaran algunas anomalías. No fue fácil convencerlos pero, en el noveno piso, metí un jardín colgante de cinco pisos. El reto es construir condiciones anómalas en una estructura eficaz, porque obviamente el hospital tiene que ser muy eficaz para las conexiones. Debe encontrarse la manera más rápida para que un herido de gravedad llegue a tiempo a urgencias. Pero también debe ser un espacio muy humano para quienes esperan angustiados en una sala o para los enfermos.

¿Qué es lo que más busca con sus proyectos?
A mí me interesa mucho que el valor de la arquitectura no solo sea la estética, que es muy importante, sino que también construya relaciones, nuevos comportamientos. Permitir que el espacio propicie situaciones más allá de lo que nosotros entendemos como la función. La función nace de la idea de la fábrica, de la productividad, “el tiempo es oro”. Debemos producir permanentemente y entonces surgen muchas preguntas. ¿Para qué producimos? ¿Producimos para lograr el bienestar o producimos solo por producir o producimos porque la sociedad nos exige que seamos productivos?

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"A los arquitectos nos enseñan que un proyecto es bueno porque es muy funcional, como si no existieran otros valores".

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Juan Pablo Gutiérrez

¿Cómo se expresa esa eficacia en la arquitectura?
Es muy simple. Si usted mira la planta típica de una cárcel (dibuja una estructura en forma de peine) es similar a la de un hospital y a la de un colegio. Son eficaces porque se circula rápido y se puede controlar muy fácilmente lo que sucede en cada una de las salas.

Comparar un colegio con una cárcel parece sacado de The Wall, de Pink Floyd
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No olvide que los colegios vienen de los campamentos militares donde todo se controla y se vigila. Yo prefiero diseñar de tal manera que haya flexibilidad y diversidad en la manera de atravesar los espacios. Cuando en un colegio aparecen anomalías, ya no hay control; y en ese sentido no hay tanta eficacia. Pero aparecen otro tipo de relaciones que para mí son muy importantes. Lo que a mí me apasiona del espacio escolar es producto de las formas de enseñanza. Y cómo queremos construir la enseñanza implica una manera diferente de entender el espacio.

¿Cómo llegó usted a este tipo de pensamiento?
La enseñanza de la arquitectura en Colombia siempre ha estado muy influenciada por los nórdicos. Y para los nórdicos la razón de la arquitectura es construir, hacer el oficio. Pero la arquitectura también tiene que construir pensamiento. Y tomar posición. Desde la política hasta en los comportamientos de la vida cotidiana. Y eso se los digo a mis alumnos. Yo hago arquitectura a través de otros caminos, de una forma horizontal. Leo filosofía, leo sociología. Todo esto de lo que hablo no es más que la heterotopía de Foucault. Cómo meter los no-lugares, esos espacios que te sacan de contexto.

Además de la arquitectura, la sociología y la filosofía, ¿lee de otros temas?
Historia, y en estos últimos años acerca de la historia judía.

¿Cómo fue su infancia?
Yo pasé por cinco colegios. Yo era muy necio y muy mal estudiante. Me subía a los techos, botaba piedras y como me dijo un amigo mío barranquillero cuando yo daba clases en la Universidad de Princeton: “No joda, yo pensé que tú estabas jodido en la vida. Con esa necedad tuya y esa rumbeadera, ¿en qué momento te volviste profesor de Princeton?”. Y nos reíamos.

LO QUE ME GUSTA DEL OFICIO DE LA ARQUITECTURA ESTÁ MUY LIGADO CON LA IRREVERENCIA. CÓMO PONER LAS COSAS DONDE NO DEBERÍAN ESTAR PARA GENERAR NUEVOS COMPORTAMIENTOS Y RELACIONES INIMAGINABLES ENTRE LOS USUARIOS

¿Y le sirvió de algo haber sido tan necio en su infancia?
Ser necio es ser inquieto. Es investigar, es hacer más preguntas. Es descubrir cosas. Cuando uno encuentra algo que lo conecta, esa necedad se vuelve emocionante. En eso sigo siendo muy niño. Porque uno los proyectos los descubre. Yo trabajo así: mamando gallo para hacer cosas serias y divertidas a la vez.

¿Cómo fue su entorno familiar?

Soy hijo de un italofrancés obsesionado por Italia, perdido, viviendo en otro mundo. Ya tiene 86 años y ha vivido la vida de forma maravillosa. Fue un ser poco productivo, gocetas, ahora escribe novelas. Se inventó una Italia que ya no existe basada en la que le enseñaron a él.

¿Cómo lo ha marcado a usted ser barranquillero?
Vengo de la única ciudad de Colombia con una construcción desde el inmigrante. Y eso construye una manera de ver el mundo diferente, salida de contexto. Con una dualidad compleja, porque mi padre es un italiano que se siente muy barranquillero. Pero mi madre es una mezcla entre canadiense y bogotana. Tengo arraigos, pero también mucho de ser y no ser. De pertenecer y no pertenecer: llego a Italia, me siento italianísimo, pero no “veramente italiano”. Como pasa con la pizza napolitana. Está la pizza napolitana y la “vera pizza napolitana”. En Bogotá soy costeño, pero en Barranquilla soy medio cachaco. Como dicen mis amigos, “un corronchaco”.

¿Qué recuerda usted de su Barranquilla?
Tantas cosas… por ejemplo, que los oficios tenían su propio sonido. No solo la campanita del carrito de helados. Al afilador de cuchillos lo identificaba el pífano. El camión de la leche repartía botellas y el pito era un mugido de vaca. Había un tipo que ponía inyecciones y le decían ‘Pullanalga’. Creo que era italiano. Iba en una moto y cuando pasaba uno le gritaba “¡Pullanalga!”. Esa es mi ciudad. Una ciudad pequeña que entonces tenía 500.000 habitantes.

¿Por qué estudió arquitectura?
Uno nunca sabe muy bien por qué estudia lo que estudia. Yo quería ser biólogo, como mi prima Mimí. Y como mi esposa. Yo sembraba matas, tomates, recogía los frutos del patio, tenía peces en acuarios y no sé en qué momento pasé a la arquitectura.

¿Qué papel jugó en su vida la Universidad Javeriana?

Me tocó un momento muy bonito en la facultad. Por un lado, una migración de profesores colombianos que venían de enseñar en Estados Unidos. Por ejemplo, Germán Martínez, que había sido la mano derecha de Rem Koolhaas, el gran arquitecto de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Había trabajado con él en Delirio de New York, un libro maravilloso que transformó la manera de entender la arquitectura. Además había sido profesor de Cooper Union School of Architecture. Y me tocaron otros profesores de los Andes que habían salido de allá por renegados: Phillip Weiss, los Silva, Waldo Alborta, que los habían sacado porque hablaban de teoría y pensaban diferente. Es decir, no estaban conectados a la arquitectura del ladrillo, basada en hacer edificios de apartamentos y casas de buena calidad. En los Andes, la discusión era sobre la vivienda privada y no había una discusión sobre lo público.

¿Cómo se manifiesta esto que usted señala?
Los profesores que llegaron a la Javeriana venían encarretados con lo público, con un momento histórico a finales de los 70 y comienzos de los 80 que es la época de Aldo Rossi. Se hablaba de ciudad, de temas políticos. En la Javeriana no me enseñaron una escuela en particular sino que me tocó una universidad muy abierta y muy diversa. A mí, Koolhaas me enseñó que la arquitectura es mucho más que pegar ladrillos.

¿Además de Koolhaas, cuáles otros arquitectos lo marcaron?
En la universidad me llamaban “Gian Waldo Rossi” por mi obsesión por Aldo Rossi y porque la materia la dictaba Waldo Alborta, un arquitecto de origen angloboliviano cultísimo, conocedor de toda la teoría de Rossi. Además de Koolhaas y Rossi me interesa mucho el trabajo de Cedric Price y de los ingleses de los años 70.

¿Cómo ejerce la arquitectura alguien que, como usted, pareciera que busca remar contra la corriente?
Es muy difícil desligarse del momento en que uno vive, de una gran cantidad de referencias. Uno a veces hace proyectos que resultan muy parecidos a un proyecto hecho en otro país, porque las formas de pensar comienzan a coincidir.

Para usted entonces sería más fácil hacer arquitectura privada, donde sería más fácil hacer realidad esas ideas que van contra la corriente.
Yo hago muy poca arquitectura privada. He hecho dos edificios de apartamentos y una casa. ¡Ojo! Para mí, el Colegio Helvetia o la Clínica Santa Fe no son proyectos privados. Así no sean propiedad del estado, son espacios que construyen urbanidad, humanidad.

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"Los constructores cambian lo que uno diseña. Uno presenta 500 planos y algunos constructores hacen lo que les parece y ni los miran".

Foto:

Juan Pablo Gutiérrez

Otra excepción a su regla es Atrio, un edificio de oficinas. ¿Qué papel juega usted en un proyecto que también lleva la gran firma de Richard Rogers, un arquitecto de fama mundial?
Él lleva la batuta. Yo ahí he aprendido mucho. En el proceso inicial trabajamos de la mano, pero él imponía la línea. Y eso está bien. Uno no siempre debe ser el autor. Para mí ha sido una experiencia maravillosa trabajar con el equipo de Rogers y con Nayib Neme, sobre todo por el cariño y la proximidad.

Raro oír eso en un arquitecto, y más cuando es de renombre.
Todos los líos que tuve en el parque Bicentenario se relacionan con esa noción de autor, que lleva a los celos entre los arquitectos. En las universidades enseñamos a los estudiantes que deben ser famosos, ganadores. Entonces uno encuentra a veces unas competencias absurdas. Para mí, el proceso del parque fue un gremio de arquitectos jodiendo a Mazzanti. Así lo sentí. Eso comenzó a irradiar otras cosas y se manipularon informaciones.

¿Como cuáles?
Me acusaron de haber recibido cinco veces la suma acordada por honorarios, dijeron que yo era socio de los Nule, estuve bajo fuego ocho años. Ocho años en que el proyecto se paró y eso le costó a la ciudad por lo menos cuatro veces más. Tuvo mucha oposición por parte de la comunidad y hoy es un lugar de reunión y un espacio que ha ayudado a revitalizar el Museo de Arte Moderno. A mí me pasan unas vainas de locos. Como la de un muerto que me acusó de plagio.

¿En serio? ¿En cuál proyecto?
El Museo de Arte Moderno de Barranquilla. Al Ministerio de Cultura llegó una carta de un arquitecto que me acusaba de plagiar un proyecto en México que posiblemente tiene algunas relaciones. Me puse a averiguar quién era el arquitecto que me acusaba y resulta que había muerto cuatro años atrás, que habían utilizado su matrícula y su cédula para acusarme. ¿A quién se le puede ocurrir, ya sea por molestia, por envidia o porque piensa diferente a mí, llegar a semejante extremo?

Y también ha sido blanco de críticas por el Parque Biblioteca España, en Medellín.
Yo duré dos años muy triste viendo cómo la biblioteca se venía abajo, viendo cómo me atacaban y me ponían en la picota pública por algo que no era mi responsabilidad. Yo diseño, pero no construyo. En Colombia la gente no tiene claro qué hace un diseñador y qué hace un constructor. En la biblioteca el constructor cambió las especificaciones de unos parales y eso deformó la fachada.

Debió ser duro para usted, ya que es una de sus obras más emblemáticas.
Claro. A mí, el Parque Biblioteca España me abrió muchos mundos. Me gané el premio de la Bienal Iberoamericana, era la primera vez que un colombiano se ganaba ese premio. Y a los tres días salió un blog diciendo que yo había plagiado y eso se permeó a todos lados. “Es como si Usain Bolt hubiera ganado los 100 metros en los juegos olímpicos y toda Jamaica saliera a decir que estaba dopado”, me dijo el arquitecto chileno Alejandro Aravena cuando me llamó para solidarizarse conmigo.

¿El caso se resolvió?
La Universidad Nacional determinó que lo construido no corresponde a los diseños de la fachada. Es algo muy frecuente en nuestra sociedad.

¿Cómo así?
Los constructores cambian lo que uno diseña. Uno presenta 500 planos y algunos constructores hacen lo que les parece y ni los miran. Algunos hacen esos cambios porque es lo más fácil, aunque la mayoría lo hace porque sale más barato.

¿No es como raro que el arquitecto no responda por la obra?

Debería ser así, como en Europa, donde el arquitecto también es el interventor, el que le da el visto bueno a lo que le entrega el constructor. Ahí el arquitecto responde por todo. Acá los arquitectos no tenemos capacidad de decisión y eso afecta la calidad de las obras. Una vez un constructor me cambió de lugar la puerta de entrada. Yo, como arquitecto, puedo tomar dos caminos: o ponerme furioso y hacer que el constructor me prohíba volver a la obra o ver qué carajo me invento para que esa entrada que decidió el constructor se vea mejor. La verdad, el mundo de la arquitectura es un poco loco. Lo que llamamos supervisión arquitectónica al final no es más que una figura decorativa sin ninguna capacidad de decisión real en la obra.

EN LA FUNDACIÓN SANTA FE LOGRÉ QUE ME APROBARAN ALGUNAS ANOMALÍAS. NO FUE FÁCIL CONVENCERLOS PERO, EN EL NOVENO PISO, METÍ UN JARDÍN COLGANTE DE CINCO PISOS. EL RETO ES CONSTRUIR CONDICIONES ANÓMALAS EN UNA ESTRUCTURA EFICAZ

¿Cómo ha sido su relación con Medellín? Lo pregunto porque en el 2007 me llamó la atención que, habiendo en Medellín arquitectos tan destacados, usted hubiera diseñado dos parques biblioteca.
Yo tengo pasaporte, o eso espero, porque estoy casado con una paisa. Hablando en serio, yo me gané cuatro proyectos importantes en concursos públicos anónimos y abiertos. Yo con Medellín sólo tengo palabras de agradecimiento.

Además, gracias a la Biblioteca España, Mazzanti se volvió una marca.
Sí, y eso me permitió acceder a proyectos de carácter público, pero que no están conectados a la legislación pública que, francamente, es aterradora. Trabajar para lo público, que me encanta, es cada vez más complicado.

Usted parece darle mucha importancia a los concursos, a las convocatorias.
Aunque suene a frase de político, yo me hice a punta de participar en concursos. Arranqué en 1989 y por años lo único que hice fue presentarme en concursos de diseño. Por mucho tiempo siempre fui el segundo. Después comencé a ganar premios y cambió un poco el panorama. Pero el 90 por ciento de mi trabajo viene de concursos públicos anónimos, abiertos y organizados por la Sociedad Colombiana de Arquitectos. Ese mecanismo me parece ideal y es la única opción democrática real.

¿Usted, ahora que es tan reconocido, ya no concursa?
Sigo participando. No porque no tenga trabajo, sino porque me parece delicioso. El concurso es un ejercicio de uno con uno mismo, de aprender, de descubrir. Uno piensa cómo debe ser y no tiene un cliente diciéndole lo que a él le gustaría poner. Cuando tamizamos todo por el gusto desaparecen cosas importantes. El gusto no es y no puede ser un valor absoluto. Es cierto, hay unos cánones. Pero si hoy día pasáramos todo por el filtro del gusto, imagínese la locura de arquitectura que tendríamos.

Eso me lleva a preguntarle hasta qué punto en arquitectura impera el concepto del autor.
Siempre he pensado cuál es el papel que jugamos los arquitectos en la sociedad. Porque, contrario a lo que acabo de decirle, a veces también siento que los arquitectos somos un grupo de pataletudos que queremos imponer caprichos. El proyecto debe ser lo que tiene que ser. No podemos forzar todo para que se impongan los deseos del autor

Bogotá, su ciudad adoptiva, es la ciudad del ladrillo. ¿Cómo se mueve en ella usted, un arquitecto que trabaja materiales muy diversos?

Lo bonito de esta ciudad es ese rojo. Es una marca valiosísima. Pienso que estamos perdiendo una gran cantidad de edificios que deberían ser de ladrillo. La vivienda debería ser toda en ladrillo. Yo no había trabajado el ladrillo y comencé a descubrirlo no hace mucho y ahora me encanta.

¿Cómo lo ha adaptado en sus proyectos ?
En la Clínica Santa Fe tomamos el ladrillo pero no lo unimos por presión, como se ha hecho siempre, sino con cables de acero inoxidable que lo tiemplan como una tela. Eso permite que ya no sea un elemento de cerramiento sino que genera transparencia. Desde la calle uno ve un edificio sólido. Pero al entrar se encuentra con un ladrillo que recuerda más una tela. En el laboratorio esta tela resistió 8,9 grados en la escala de Richter y no le pasó nada porque, en caso de terremoto, se mueve con el sismo.

¿Y cómo luce esa tela?
Se vuelve una celosía. Mi pregunta fue por qué no hacer una clínica que tenga vidrio de piso a techo en las habitaciones y en otras partes. Que usted, cuando esté enfermo, no vea el mundo a través de esa ventanita pequeñita propia de las habitaciones de hospital, sino que usted no deje de ser parte del mundo.

Uno oye hablar de arquitectura y de urbanismo y a veces siente que lo uno es independiente de lo otro. ¿Cómo ve usted esa relación?
Yo no creo en el urbanismo sin arquitectura. El urbanismo no es dibujar unas manchas. El urbanismo tiene sentido si la arquitectura es capaz de construir algo bueno. Esa mancha necesita arquitectura porque una buena mancha no va a producir una buena ciudad. Arquitectura y urbanismo van juntas. No hay diferencia.

¿Usted se le ha medido al urbanismo?

Sí. De hecho estamos en un proyecto con Bjarke Ingels Group (BIG), una firma danesa que ha hecho proyectos muy importantes en el mundo. La Gobernación del Atlántico y la Alcaldía de Barranquilla quieren entender para dónde va la ciudad en los próximos 60 años. Cómo debe crecer siendo coherente con los cuerpos de agua y la conexión hacia las zonas verdes de la ciudad.

Desde el punto de vista del urbanismo, ¿qué opina de Bogotá, donde ha vivido tantos años?
Cuando llegué, Bogotá era un horror. Y la ciudad que dejaron Mockus y Peñalosa fue maravillosa. Y ese era el optimismo. Hoy, un joven le dice que Peñalosa es el peor alcalde de la historia de Bogotá y yo digo que él y Mockus la transformaron. Así lo veo yo. Lo que quiero decir es que en la primera administración de Peñalosa y las de Mockus, ese optimismo estaba ahí. Y es increíble la falta de conocimiento de la historia para reconocer los logros de otros.

¿Qué opina usted de TransMilenio?
Hoy Transmilenio es un desastre. Pero yo pienso que en cinco años, cuando tengamos metro, Transmilenio y otros sistemas como bicicletas y tranvías van a ser muy eficaces. Creo en un sistema de transporte que combine muchas formas de movilidad.

¿Cuál es su posición con respecto al metro?
El metro subterráneo tiene menos impacto sobre la ciudad. Pero vale tres veces más. No creo que el metro elevado sea la mejor opción, pero es una opción y lo que necesitamos en este momento es que la ciudad retome el entusiasmo, que la ciudad sienta que está con alguien que va jalando. Creo que Claudia –y me ha sorprendido mucho– lo va a lograr. Me gusta su posición, su idea de acercarse, de ser generosa en ese sentido.

¿Qué le falta a Bogotá?
Bogotá necesita que, aunque pensemos diferente, todos trabajemos para que la ciudad sea mejor. La discusión del metro no puede convertirse en que “te odio porque debe ser subterráneo”. La ciudad necesita nuevos imaginarios. ¿Cuál es la emoción de nuestra ciudad en los próximos años? ¿Dónde está ese proyecto público que nos emociona? De las cosas que me sorprendieron ahora que estoy trabajando en Barranquilla es ver el optimismo de los barranquilleros con su ciudad. Eso hace que la ciudad vaya para adelante. Usted va a Barranquilla y le dicen con emoción: “¡El malecón, vamos a terminar el malecón!”. La gente ya imagina un malecón que va de punta a punta. Esos imaginarios producen positivismo. Y ese positivismo genera inversión. ¿Dónde están esos imaginarios que tanto necesita Bogotá? Hay que construirlos.

¿Cuáles son sus ciudades favoritas en Colombia y en el mundo?
En Colombia, mi Caribe. Y en el mundo, Madrid y Milán. Italia siempre.

¿Cómo se ve usted en los próximos años?
Sin discutir con un cliente si quiere una baranda verde. Quiero hacer pocos proyectos, investigar y escribir. Esto que hemos hablado quiero plasmarlo en un libro. Llevo un año sin dar clases y voy a durar por lo menos dos años más para poder dedicarme a escribir sobre cómo el valor del juego y lo anómalo puede construir una arquitectura más humana. Mostrar que la cocreación y la participación harían de la arquitectura un espacio de todos. Esos son algunos de los temas que trato de ordenar. He ido aprendiendo a escribir, pero todavía me cuesta muchísimo trabajo. Sufro.

ME ACUSARON DE HABER RECIBIDO CINCO VECES LA SUMA ACORDADA POR HONORARIOS, DIJERON QUE YO ERA SOCIO DE LOS NULE, ESTUVE BAJO FUEGO OCHO AÑOS. OCHO AÑOS EN QUE EL PROYECTO SE PARÓ Y ESO LE COSTÓ A LA CIUDAD POR LO MENOS CUATRO VECES MÁS

POR EDUARDO ARIAS
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 91. NOVIEMBRE - DICIEMBRE DEL 2019

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