Kim Thúy y el viaje de las palabras

Kim Thúy y el viaje de las palabras

BOCAS habló con la escritora canadiense, de origen vietnamita, sobre migración, feminismo y memoria.

Kim Thuy

Kim Thúy nació en Saigón, el 18 de septiembre de 1968.

Foto:

Rafal Maslow, cortesía editorial Periférica.

Por: Diego Felipe González Gómez
27 de marzo 2019 , 11:39 a.m.

Kim Thúy es la voz de muchos migrantes. Es la muestra de cómo dos culturas en apariencia opuestas (vietnamita y canadiense) pueden convivir en completa armonía. Su literatura y sus libros la convirtieron en una de las autoras más importantes de Canadá; tanto, que estuvo nominada al Nobel de Literatura alternativo, creado por la Nueva Academia sueca (formada por más de 3.000 bibliotecarios de ese país).

“Hoy ya nadie me ve como una migrante. En Quebec se les ha olvidado que yo también llegué a Canadá sin saber una palabra de francés o inglés. Que también fui una de esas personas a las que hoy se les niega la oportunidad de estar aquí. Si tan solo les dieran la oportunidad, se darían cuenta de que esas personas, al igual que yo, siempre les vamos a estar agradecidas”, dice Kim Thúy mientras trata de buscar una sombra, un lugar donde el viento la golpee y el sol de Cartagena —fue una de las invitadas al Hay Festival de este año— no la alcance.

Antes de ser escritora Thúy tuvo múltiples oficios. Intentó estudiar para ser intérprete: “Sin dominar ningún idioma al ciento por ciento”. Algo que hizo que siempre tuviera las peores notas y que todos los profesores siempre le dijeran que era mejor opción abandonar la carrera, consejo que pasó por alto y no aceptó. Luego de graduarse en lingüística y traducción, empezó a estudiar derecho. Al terminar esta carrera consiguió un trabajo en uno de los bufetes de abogados más importantes de Canadá, donde labró una carrera tan exitosa, que muchos años después regresó a su país de origen, Vietnam, como parte de un grupo de asesores que buscaban guiar al régimen vietnamita en una transición hacia el capitalismo. Allí sintió de nuevo qué era sentirse extranjera: “Del Vietnam del que me fui ya no quedaba nada, todo había cambiado tanto que sentía que el poco vietnamita que sabía no me servía, era como si yo tuviera solo el lenguaje de un bebé”, dice mientras suelta una de sus risas estruendosas, cargadas de vitalidad. Cansada de la vida de ejecutiva, de los litigios y del mundo de la abogacía, Thúy decidió abrir un restaurante: “Fue un impulso, pensé que iba a ser más fácil que ejercer de abogada, y no, ¡me equivoqué!”. Ella era la encargada de comprar los alimentos, de preparar toda la comida, hasta de lavar los platos: “En un punto me sentí tan abrumada que decidí que solo iba a cocinar un plato al día. Si les gustaba, bien; si no también. Y la gente siguió yendo todos los días a mi restaurante. Pero el trabajo era muy exigente, ya hasta me quedaba dormida mientras manejaba. Solo era estar en un semáforo en rojo y mis ojos se cerraban”, recuerda Thúy. Todo esto duró hasta que su cuerpo no resistió más, una enfermedad hizo que parara de trabajar y su esposo la obligó a tomar un año sabático: “Ahí fue la primera vez que tuve una relación con la escritura, yo nunca había pensado en convertirme en una”. Pero del año sabático quedó poco. Siempre con la necesidad de estar haciendo algo empezó a escribir pequeñas notas en su computador, algo que sigue manteniendo en la estructura de sus libros.

Kim Thuy

Kim Thúy nunca pensó que fuera a sobrevivir al peligroso viaje de huida de su país de origen, Vietnam, cuando tenía diez años.

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Revista BOCAS

Su primera novela, Ru (Alfaguara), publicada en el 2009, la llevó a la fama y fue galardonada, en el 2010, con el premio Governor General’s Literary Award, uno de los galardones literarios más importantes de Canadá. Su novelas Vi. Una mujer minúscula (Periférica) y Mãn (Periférica) han sido traducidas a más de diez idiomas y acaba de publicar un libro de recetas vietnamitas en las que cuenta todas las historias detrás de ellas. Sus libros son una especie de diccionario en los que el lector va descubriendo el significado de muchas palabras y de cómo estas han viajado con la autora desde cuando empezó su exilio, su vida como migrante.

El feminismo, o cualquier otra lucha por la igualdad, existe porque tenemos que luchar por un lugar bajo el sol, porque si no lo hiciéramos, alguien nos lo va a quitar.

A los diez años, usted se subió con su familia a un barco para huir de la guerra en Vietnam y ha contado que en ese entonces era alérgica a muchas cosas y se consideraba muy débil, que fue un viaje en el que se jugó la vida. ¿Qué recuerda hoy de ese episodio?
Lo hermoso de tener diez años es que uno no es consciente de todo lo que le ocurre. Además, la memoria a esa edad es muy difusa, lo que hace que uno pueda escoger qué quiere y qué no quiere recordar. Solo se tienen puntos distantes y nunca el cuadro completo; algo increíble para alguien que quiere escribir, porque da una libertad para interpretar esos puntos y unirlos de la forma en que se quiera. Cuando yo los empiezo a unir digo: “¡Oh! Esto puede ser un cuadrado o, mejor, un círculo. Algo que no pasa con las memorias de adulto, que ya quedan con una figura determinada. Entonces, yo tuve la oportunidad de escoger cómo quería recordar ese momento.

¿Y cómo unió esos recuerdos entonces?
En ese viaje nadie sabía hacía dónde íbamos, y ¡menos yo! Solo estábamos ahí. Era como estar en un estado de meditación y de negación en ese barco. Éramos 280 personas, todas ubicadas en diez metros de largo. Básicamente estábamos uno sobre el otro, y era tan incómodo que el cerebro se desconecta de tu cuerpo, hace que dejes de sentir dolor en la piel, cansancio, hambre, no sientes nada. Tu cerebro se resetea para hacer posible que sigas viviendo. Una gran pausa. Y para mí, la imagen de ese viaje termina ahí. Solo vuelve a empezar cuando llegamos a ese destino incierto, y lo único que recuerdo era la felicidad de estar en tierra firme, la alegría de salir de ese barco, de volver a sentir. La alegría de una primera comida después de mucho tiempo.

Que de hecho también es muy significativa, porque fue un bocado de pescado, al cual usted era alérgica.
Fue como si mi cuerpo también se hubiese reseteado después del viaje, como si me hubiese dicho: “Tranquila, Kim. Todo va a estar bien”. Las alergias desaparecieron, nada, nada me pasó luego del primer mordisco que le di a ese pescado. Y en ese entonces era alérgica a todo. Ahora, después de mucho tiempo, es que vuelvo a tener alergias de princesa; soy alérgica a mi sudor, por ejemplo, no puedo hacer ningún esfuerzo y el calor me sienta mal [risas]. Volviendo a ese pescado, era tanta la gratitud por estar viva que no importó que estuviera hasta descompuesto; más cuando quince minutos después vi como el barco que nos trajo se hundió frente a nosotros, quince minutos más y no estaría contando esta historia. Ahí entendí que empezaba una segunda vida, una vida que se magnificó y todo empezó de nuevo, como si desde entonces la viera en un televisor de alta definición.

Kim Thuy

Los libros de Kim Thúy –de 50 años– son un retrato sobre la lucha de las mujeres, la migración, la memoria y cómo la belleza es el mejor antídoto contra la barbarie.

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Ahí pasa unos meses en el campo de refugiados hasta cuando su familia es aceptada como refugiada en Canadá. ¿Cuáles son sus primeras imágenes de este nuevo país?
Lo primero que se viene a mi mente siempre es la nieve. Cuando tú nunca has visto la nieve, su luminosidad hace que sea algo más que el simple color blanco, es su brillo lo que me atrajo. Cuando ves todo un aeropuerto cubierto de nieve [suspira], ese nuevo color, esa nueva intensidad… Es que tienes que imaginar que nosotros salíamos de un país en guerra, de un campo de refugiados donde el color principal era el negro, por la suciedad, y el rojo. Para luego llegar a un país en que todo está cubierto de nieve, nieve pura, en el que no se veían ni huellas sobre esta, piensas que nadie ha estado allí antes que tú. Es como una página en blanco, un pedazo de papel en blanco, donde puedes escribir lo que quieres en él, una nueva historia. Eso fue lo primero que sentí al llegar a Canadá, un nuevo comienzo y una nueva realidad que no podía comparar con nada. Era tal mi sorpresa ante esto que nunca había visto, que si alguien me hubiese dicho que habíamos llegado a Marte, le habría creído.

Sin embargo, ese nuevo comienzo también es el principio de su experiencia como inmigrante y el inicio de su adopción de la cultura canadiense. ¿Cómo la afectó o que implicó esto para usted?
Todo era extraño. Te voy a contar una escena que explica cómo me volví canadiense. Nosotros llegamos a una ciudad pequeña, a una hora de Montreal, y éramos el primer grupo de refugiados que llegaba allí. Cuando el bus llegó al hotel donde nos íbamos a alojar, todos miramos por las ventanas y vimos a tanta gente esperándonos que en mi mente pensé que estaba toda la ciudad. Y cuando los vi más de cerca, todos me parecieron muy grandes, muy altos. Además, todos tenían sus abrigos de piel puestos y yo dije: “Ohh, esto es un bosque de gigantes” [risas]. Cuando nos bajamos, se fueron acercando y en mi caso un señor me abrazó y me alzó. Ahí fue el primer choque cultural, porque nosotros los asiáticos no expresamos los sentimientos de forma tan física, de forma tan abierta, y de repente un gigante me estaba alzando. El segundo shock fue que nosotros estábamos enfermos, teníamos muchas infecciones porque en el campo de refugiados vivíamos entre suciedad y los males típicos de un país tropical. No teníamos acceso a agua potable ni siquiera, estábamos muy sucios, con piojos, diarrea, y estas personas no dudaron ni un segundo en alzarnos y demostrarnos su afecto. ¿Cómo era posible esto? Yo siempre me hago la pregunta de si yo sería capaz de alzar, hoy en día, a una niña que estuviera en mis condiciones y la respuesta es no, no sería capaz de hacer lo que estas personas hicieron por mí.

Y hay otro momento en el cual usted ve su reflejo después de mucho tiempo.
Ese fue el tercer shock. En el campo de refugiados no teníamos electricidad, no teníamos agua, por no decir que no teníamos absolutamente nada. Entonces, por supuesto que no teníamos un espejo. No nos habíamos visto a nosotros mismos por más de cinco meses. La primera vez que me vi, y noté todos los cambios que había sufrido, fue cuando vi mi reflejo en los ojos de esas personas que nos recibieron en Canadá. Y nunca me he visto tan hermosa como me vi en ese momento, en gran medida porque la mirada de esas personas estaba cargada de generosidad y de pureza, algo que ya no existe hoy. Y volviendo a la anterior pregunta, fue desde ese momento cuando supe que amaba a estas personas que nos acogieron, desde ese momento quise aprender su idioma —que en este caso era el francés—, quería saber todo sobre ellos para poder estar con ellos. Lo increíble es que no tuve que aprender a ser canadiense, desde ese momento lo fui. Toda esa generosidad y ese cariño hicieron que todo fuera muy fácil.

Kim Thuy

Hoy es una de las voces más importantes en Canadá sobre temas como migración y refugiados.

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Ahora que habla de cómo nació ese deseo de aprender francés, creo que el conocimiento de los idiomas ha sido muy importante para usted, porque ha sido una forma de apropiación y de resistencia cultural suya, ¿cómo cree que la definen estos idiomas o estas culturas?
Por mucho tiempo sufrí y tuve rabia por no entender lo que escuchaba o por pensar que no tenía un idioma propio. Y muy a menudo las personas dibujaban un círculo y me decían: “Qué tanto de usted es canadiense, qué tanto es quebequés y qué tanto es vietnamita”. Y dependiendo del día yo ponía un porcentaje diferente. Si acababa de comer comida vietnamita, por supuesto que me sentía más vietnamita. Hasta que un día un periodista francés me dijo: “Deja de escoger, tu puedes dibujar dos círculos, no tienes que limitarte a un solo círculo y dividirlo”. Para él, yo era 100 % vietnamita y 100 % canadiense, él sentía que yo poseía las dos culturas. Además, ahora como tantas cosas como tocino, queso o pan, que me han hecho subir tanto de peso que puedo ocupar los dos círculos sin problemas [risas]. Y lo que siento es que cada idioma y cada cultura se acomodan en mí de manera diferente. Cuando hablo inglés sale mi lado más de trabajo, de negocios y es en el único que puedo insultar, algo que no puedo hacer en francés, por ejemplo. Porque para mí el francés es el idioma en que amo, en que siento. El inglés quedó condenado a las malas palabras [risas].

¿Por qué?
Porque yo nunca estudié en inglés, solo trabajé en inglés, sobre todo cuando fui abogada. Y como abogada, uno tiene que utilizar malas palabras, los abogados son fuertes y groseros; entonces, aprendí de ellos eso. Además, el lenguaje legal tiene una musicalidad única, la condensación que tiene es poesía, pero también es el lenguaje del rompimiento, porque todo contrato no es otra cosa que el borrador de una separación y ahí es cuando uno aprende a negociar, a utilizar las malas palabras [risas]. Mientras que el vietnamita está relacionado con la comida, con mi infancia, con el amor de familia. Y el francés realmente es el idioma en el que amo. Por eso, solo me siento capaz de escribir en él, porque cuando escribo quiero compartir lo que encuentro bello de la vida: una flor, un regalo, un gesto. Eso es todo lo que quiero hacer cuando escribo, compartir esa belleza y eso solo lo siento en francés, que es el idioma que siento más visceral, más personal; el inglés es más intelectual; y con el vietnamita, no lo domino hasta el punto de escribir.

Pero, por ejemplo, usted dice que siente en diferentes idiomas también, ¿cómo es eso?
Por ejemplo, en vietnamita conozco la palabra tristeza, pero no conozco palabras como nostalgia, melancolía, ira o frustración. El problema es que en vietnamita no expresamos nuestras emociones. Entonces, si no las conoces tienes que leer libros para aprenderlas. Por eso, nunca sabemos qué decir cuando queremos transmitir un sentimiento, solo nos limitamos a decir: “¿Quieres más hielo, quieres más coco o quieres más mango?”. Lo mismo pasa cuando amamos a alguien: se lo hacemos saber es a través de la comida. Al aprender otros idiomas, también aprendí a sentir de otra manera, a expresarlo de otra forma, aprendí qué es la felicidad, el placer. Se me viene a la mente la palabra jouissance, que no existe en inglés. Esta palabra tiene un significado sexual, algo como el orgasmo, pero es mucho más que eso. El orgasmo es algo estremecedor, tenso, corto, mientras que jouissance es algo más prolongado, algo que tiene que ver con un estado continuo de placer, de éxtasis. Siempre me he preguntado si los angloparlantes tienen ese sentimiento, si al no tener esa palabra puedan experimentar eso mismo que uno solo capta por su significado en francés.

Kim Thuy

Ru (Alfaguara), 2010.

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Revista BOCAS

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Mãn (Periférica), 2016.

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Vi. Una mujer minúscula (Periférica), 2018.

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La comida es fundamental en su escritura. De hecho, su libro Mãn es una especie de recorrido gastronómico, pero también es una muestra de cómo la comida es un mecanismo de la memoria.
Creo que uno de los primeros recuerdos de los bebés tiene que ver con la comida. Nuestra memoria empieza con la comida, y más si entendemos que esto no tiene que ver solo con el sentido del gusto, tiene que ver con el olfato, con los ojos, con los colores y las texturas. La comida es algo muy complejo. Un plato que nos tardamos quince minutos en comer, tiene horas y horas de preparación. Cuando la comida de verdad es buena, uno siente todo el tiempo que la persona que cocinó le dedicó a ese plato. Y es también un vínculo muy importante con la madre o las abuelas, porque muchos de nuestros recuerdos están atados a algo que ellas prepararon.

Las abuelas y las madres, y en general todas las mujeres de sus libros, son personajes muy fuertes, que llevan las riendas de las historias, en muchos casos con actos muy íntimos y que la sociedad considera “pequeños”. ¿Cuál es la importancia de mostrarlas de esta forma?
Siempre subestimamos las cosas pequeñas. Siempre miramos los grandes momentos, pero nunca somos conscientes de los días anteriores que ayudaron a que eso ocurriera, ni miramos todos los pequeños detalles que construyeron ese acontecimiento. Nosotros estamos hechos de átomos y moléculas, sin estos la vida no existiría, y con todo y eso seguimos creyendo que las cosas pequeñas no son importantes. Eso es lo que yo siempre trato de resaltar en mis libros, todos esos pequeños gestos que hacemos a diario y que sin ellos no podríamos construir nada, sin ellos no pasan las grandes cosas. La mamá que cocina todos los días, que lava tu ropa siempre y que aparte de eso te la dobla, ¿quién habla de eso? Y solemos pensar que eso es trabajo menor, hasta miramos por encima del hombro estos gestos. Ahora solemos creer que una mujer profesional, una mujer fuerte es aquella que no se rebaja a cocinarle a su pareja o a sus hijos, es aquella que no limpia la casa, pero todos esos gestos lo que hacen es crear y construir un hogar. Cuando tus hijos entran a la casa y huelen comida eso les muestra que llegaron a su hogar, no a un hotel. Yo, por ejemplo, así pida comida por domicilio a mi casa, siempre trato de poner el pan en la tostadora para que mis hijos tengan presente ese olor a comida de la casa y así poder seguir manipulando sus recuerdos [risas]. Y muy a menudo, desafortunadamente, estos pequeños gestos son hechos solo por las mujeres, por eso mismo quiero resaltarlos siempre e insistir en la fuerza que tienen, que no los pasemos por alto. Por eso les sigo cocinando a mis hijos, para crear todos los recuerdos que pueda en ellos antes de que se vayan de la casa y no pueda jugar más con su mente. ¿Cuándo uno puede tener ese poder sobre alguien? Nunca, solo se tiene ese poder con esos pequeños detalles.

Cuando hablo inglés sale mi lado más de trabajo, de negocios y es en el único que puedo insultar, algo que no puedo hacer en francés. Porque para mí el francés es el idioma en que amo, en que siento.

Algo muy distinto a cómo se entienden las luchas feministas en el mundo occidental. Aquí se lucha por hacerse un lugar en la sociedad, por tener el poder de decidir sobre el cuerpo y tomar sus propias decisiones. Usted ha hablado de las diferencias entre la vía que han tomado las feministas en Asia y las mujeres de Occidente. ¿Cuáles son estas diferencias?
La diferencia, creo yo, entre Oriente y Occidente es que aquí nosotras tenemos el derecho de hacer esto, de hacer aquello, tenemos más libertad. Mientras en Asia nada te es dado, tú tienes que luchar por un lugar en tu entorno. Si tú quieres tener ese lugar, tienes que luchar por él, tienes que demostrar que lo mereces y tienes que hacer todo lo posible por quedártelo, porque somos muchos [risas]. Hasta en la casa pasa esto, si quieres un lugar solo para ti tienes que pelear por él, nadie te lo va a dar. Algo que no pasa en Occidente, donde tienes una habitación propia, tus cosas propias, que no dejas que nadie toque. En Asia, eso no nos importa, nadie tiene espacio personal, no tienes una burbuja que te proteja, nada se puede dar por sentado ni que tenemos derecho a algo, solo nos queda lucha. Esa es la naturaleza humana: quitarles el espacio a los otros, quitarles sus derechos, querer dominar a los demás, acumular más y más; por eso nos tuvimos que inventar las leyes, para evitar esto. Las leyes existen porque la naturaleza es injusta, porque debemos proteger a los más débiles de la codicia de los fuertes. El feminismo, o cualquier otra lucha por la igualdad, existe porque tenemos que luchar por un lugar bajo el sol, porque si no lo hiciéramos, alguien nos lo va a quitar. Ahí está la diferencia entre estas dos concepciones de feminismo, en Oriente sabemos que nada nos está garantizado y que siempre estamos en una constante pelea por hacernos un espacio en la sociedad, solo que no optamos por la rabia o la confrontación, no expresamos nuestros disgustos y nuestras emociones de forma tan abierta; no buscamos una voz, buscamos un lugar. Yo pertenezco al mundo occidental, pero siento que no puedo estar enojada o luchar de la forma en que aquí se hace. Igual creo que debemos utilizar las dos formas de resistencia feminista: luchar e indignarse un poco. En mi caso prefiero la forma asiática de lucha, más sosegada, más en los gestos del día a día. Una lucha en la cotidianidad.

Una de estas formas de lucha es el silencio, el silencio como un arma de resistencia. A tal punto que su libro Vi. Una mujer minúscula empieza: “Tenía ocho años cuando la casa se sumió en el silencio”, y ahí comienza la lucha de Vi por encontrar su espacio.
No hay nada que produzca más miedo que el silencio. Después de una explosión viene el silencio, siempre pensamos que el peor momento de una bomba es la detonación, pero no. En ese momento después ya no hay gente hablando, no hay más vidrios rompiéndose y todos los sonidos se van. Después viene el pánico, pero esos segundos de silencio pueden ser los más aterradores. No hay nada más difícil de enfrentar que el silencio. Hasta en las discusiones: cuando alguien grita, se acaban los argumentos y lo único que queda es levantar el muro del silencio, que cuando alguien se estrella contra el ya nada queda, no hay punto de retorno.

Kim Thuy

En el 2010 ganó el premio Governor General’s Literary Award, uno de los galardones literarios más importantes de Canadá

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Rafal Maslow, cortesía editorial Periférica.

Vi también es un libro sobre la migración, un tema que siempre está presente en su libros. ¿Usted cree que la literatura puede ayudar en algo para solucionar los problemas que se crean en torno a este fenómeno?
Creo que el mejor vehículo para hablar sobre las atrocidades y los horrores cometidos por los humanos es la belleza, y te voy a dar dos ejemplos. El primero es la guerra de Vietnam, esta fue el primer conflicto bélico puramente visual, había miles de imágenes sobre lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, toda la historia cambió con una sola imagen, y apenas digo esto tú ya sabes de cuál imagen estoy hablando, ¿cierto? A tu mente viene la foto de la pequeña niña, ¿verdad? ¿Por qué? Porque esa fotografía es perfecta, en encuadre fue perfecto —la niña en la mitad, sus brazos abiertos simétricamente, ella era la única que estaba completamente desnuda de una forma en que su desnudez parecía la de una estatua, ella estaba quemada, pero eso no se ve—. Desde lejos es una imagen hermosa, hace que tu mirada se dirija hacia ella, pero en el momento de acercarte ves el horror, ves la historia que hay allí. Y el otro ejemplo, más reciente, fue la foto de Aylan, el niño que murió ahogado en las costas de Turquía. Su camiseta roja, la posición en que estaba, su cara de paz, es que hasta puede parecer uno de nuestros hijos durmiendo. El impacto de esa foto está en que nos hizo cambiar la forma de ver a todos esos migrantes que estaban cruzando el Mediterráneo. La belleza es uno de los medios para crear empatía, algo que de por sí es muy difícil. Porque cuando le hablas a alguien en Canadá y le dices: “Estos refugiados están huyendo porque en sus casas están cayendo bombas y el miedo que sienten es infinito”, nadie va a entender. Cuando naces en un país sin conflicto, sin bombas, ¿cómo te puedes imaginar eso? Esa es la razón por la cual mucha gente no puede entender bien el drama de los refugiados, porque no logran sentir eso que ellos están viviendo. Solo hasta que todas esas historias tienen un rostro humano es que empezamos a comprender su drama, y ahí es donde entra la literatura. Es a través de ésta, a través de las historias que podemos contar una experiencia, un viaje e ilustrar todo lo que ser migrante conlleva. Hacer como yo hice: aprender a sentir mediante las palabras.

¿La literatura, entonces, puede ser la mejor forma para cambiar los estereotipos negativos que se crean sobre los migrantes?
Por supuesto. Por eso hablaba de la belleza antes y de su importancia. Si uno introduce la idea de los refugiados desde un lado amable, algo puede cambiar. No basta solo con hablar de personas que pasan hambre o tienen necesidades, eso no crea empatía. Puedes mostrar un bebé muriendo de hambre y puede que no logres nada; es mejor mostrar la imagen de ellos poniéndose de pie, luchando y saliendo adelante. Necesitamos mostrar sus fortalezas, no sus debilidades.

POR DIEGO FELIPE GONZÁLEZ GÓMEZ
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 83 - MARZO 2019

Kim Thuy

Kim Thúy y el viaje de las palabras.

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