Julio Betancur, el estudioso de las plantas

Julio Betancur, el estudioso de las plantas

Bocas conversó con uno de los grandes constructores de la historia biológica del país.

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Es especialista en bromelias; ha recolectado 23.000 especímenes; descubierto más de 200 especies y escrito 17 libros sobre plantas. Es uno de los protagonistas del documental Homo Botanicus.

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Ricardo Pinzón

Por: María Alexandra Cabrera
22 de septiembre 2019 , 05:00 a.m.

Julio Betancur vive rodeado de plantas. En su apartamento en Bogotá tiene decenas de bromelias, la especie a la que le ha dedicado casi toda su vida. Y en la Universidad Nacional, cuida un invernadero repleto de orquídeas, aráceas y, por supuesto, bromelias.

Nació hace 59 años en el corregimiento de San Antonio de Prado, a las afueras de Medellín, y desde cuando era un niño, supo que lo suyo eran las plantas. Aunque la arquitectura lo tentó un tiempo, escogió el verde en vez del cemento.

Estudió Biología en la Universidad de Antioquia e hizo un posgrado en la Universidad Nacional, donde es profesor hace 29 años. Julio se ha ganado el cariño de cientos de estudiantes que anualmente se inscriben a su clase Taxonomía de Angiospermas, un curso en el que realizan salidas de campo para conocer el proceso y la importancia de la recolección de las plantas.

Ha realizado expediciones botánicas en Costa Rica, Brasil, Venezuela y Ecuador, pero se ha dedicado a recorrer el país –solo le faltan los departamentos de Atlántico y San Andrés– en busca de bromelias y heliconias, las dos familias de las que es un experto mundial.

Fue director del Herbario Nacional entre 2005 y 2008, y ha sido su curador desde 1991. Formó parte de la comisión que nombró a Chiribiquete patrimonio de la humanidad, ha descubierto más de 200 especies, se sabe de memoria el nombre de más de 1.000, ha recolectado 23.000 especímenes y ha escrito 17 libros sobre botánica.

Este año, miles de colombianos lo conocieron gracias al documental Homo Botanicus, del que es, junto con su discípulo Cristian Castro, uno de los protagonistas. El filme muestra las expediciones botánicas que realiza por todo el país: desde los páramos hasta las zonas más húmedas y selváticas. Un trabajo de un amante de la naturaleza que puede caminar durante horas en busca de un espécimen que contribuya a la construcción de la historia biológica del país.

Hace dos meses, Julio camina con la ayuda de un bastón. Luego de un viaje al Casanare sufrió una infección en el tobillo derecho, que se le complicó. Ahora debe pasar varios meses alejado de la naturaleza mientras cuenta los días para estar de nuevo en el corazón del bosque.

¿Cuándo se enamoró de las plantas?
Desde chiquito me gustaba levantarme temprano para ver la luz del amanecer. Mi cuarto miraba al jardín principal de la casa, que estaba lleno de plantas. En el jardín, mi mamá tenía muchas azaleas, y ella hablaba con las matas. A veces doblaba el periódico y las golpeaba, decía que las regañaba porque no querían florecer, y a los quince días la mata estaba floreciendo. Siempre tuve claro que yo quería estudiar plantas, pero en esa época no era tan fácil, la biología no era una carrera conocida y todo el mundo me decía: “¿Va a estudiar eso para ser profesor?”. Para mí, lo más cercano a estudiar plantas era la Agronomía, no había otra posibilidad. Pero en ese momento la Universidad Nacional de Medellín estaba cerrada y tuve que empezar la carrera de Biología en la Universidad de Antioquia. Cuando abrieron la Nacional empecé a estudiar también Agronomía.

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Estudió Biología en la Universidad de Antioquia e hizo un posgrado en la Universidad Nacional, donde es profesor desde hace 29 años.

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Ricardo Pinzón

¿Hizo las dos carreras?
Hasta que mi papá se enfermó. Él tenía EPOC y tuve que hacerme cargo de los negocios, entre esos ser administrador de una cadena de cafeterías en Medellín. Me levantaba a las tres de la mañana, me recogía un chofer a las cuatro, me iba para el trabajo en Envigado hasta la una de la tarde, luego a la universidad hasta las nueve de la noche. Dormía dos horas para poder estudiar, hasta que empecé a agotarme y tuve que decidir. Me di cuenta de que lo que quería era conocer de las plantas y sus relaciones, y me quedé con la biología.

¿En qué momento decidió que lo suyo eran las bromelias?

En la botánica hay un momento en el que hay que tomar decisiones, porque conocer mucho es una cosa y conocer de un grupo, al que se le va a dedicar gran parte de la vida, es otra. Elegir fue muy difícil porque me gustaban los yarumos, los platanillos (heliconias), los pastos, los musgos y las bromelias. En esa época yo hacía yoga, meditaba y leía mucho a San Juan de la Cruz, sobre todo el poema del encuentro del amado con la amada, que me hacía pensar que la elección tenía que ser muy seria y debía nacer desde lo más profundo de mí. Una noche supe que había llegado el momento de decidir, y me acosté con esa intención. Esa noche tuve un sueño muy vívido en el que me vi caminando por un bosque hasta encontrar, encima de un árbol, una bromelia. Esa fue mi luz verde.

¿Qué tienen de fascinante las bromelias?
Tienen muchas particularidades ecológicas importantes. Por ejemplo, las hojas están “arrosetadas” y hacia la base tienen un ensanchamiento que forma una cámara compacta que recoge el agua lluvia, creando una microcharca que es muy importante en la ecología, ya que es un ecosistema por sí solo en donde habitan animales, ranas y serpientes. Algunos insectos hacen todo su ciclo de vida ahí. En épocas de sequía, las bromelias son el único refugio y fuente de agua para muchos animales. Su fisiología y estructura interna las condiciona para vivir en condiciones tan difíciles que ningún otro tipo de plantas podrían hacerlo. Están por todas partes, en los bosques más bajos y en los páramos, en los más cálidos y los más fríos, en los más húmedos y secos, en el techo del bosque o en sus partes bajas. Es una familia que tiene unas 3.500 especies que solo están en América tropical. Después de Brasil, Colombia es el país del mundo con más especies, aproximadamente 600.

¿Hay bromelias que no ha podido encontrar?
Hace 70 años se recolectaron en la Sierra Nevada de Santa Marta cuatro especies endémicas de bromelias que solo crecen allá, y nunca más se han vuelto a recolectar. Pero yo sé que están ahí. En febrero de este año planeé el viaje, pero resultó imposible subir al páramo porque fue muy difícil llegar a un acuerdo con los arahuacos.

Tengo entendido que este año también subió a Farallones de Cali y tampoco encontró lo que estaba buscando.
En mayo fui al parque nacional Farallones de Cali, donde hace 70 años un botánico español recolectó una especie de bromelia que llamó Puya occidentalis. Luego, este botánico recolectó en el Cauca otra especie que llamó Puya cuatrecasasii. En la botánica siempre hemos tenido la duda de que estas puyas pertenezcan a la misma especie, pero para comprobarlo hay que mirarlas en el campo. La del Cauca la he visto varias veces, pero a Farallones no había podido ir por el conflicto armado. Cuando por fin subí no encontré la Occidentalis, pero sí descubrí una nueva especie para la ciencia que no se había descrito y que aún no he bautizado. Fui buscando una especie y me encontré con otra.

¿Hay muchas especies que aún no conocemos?
Muchas. La naturaleza nunca está estática, solo que no lo vemos. Aparecen nuevas especies y otras van desapareciendo. El gran problema es que el hombre ha acelerado la extinción en los últimos siglos. Se cree que ha causado la sexta extinción masiva de la naturaleza, tanto en plantas como en animales. El drama de la deforestación es que cuando tumban un árbol están tumbando 600 especies diferentes.

Esa noche tuve un sueño muy vívido en el que me vi caminando por un bosque hasta encontrar, encima de un árbol, una bromelia. Esa fue mi luz verde

¿Qué opina de lo que está sucediendo en el Amazonas?
Es gravísimo, un desastre total para el planeta que nos concierne a todos. Y estamos muy callados. Cuando se incendió la catedral de Notre Dame, toda la comunidad internacional se movilizó rapidísimo. ¿Por qué no hacemos lo mismo por el Amazonas, que es el pulmón del planeta?

¿Cree que el ser humano se ha ido desligando cada vez más de la naturaleza?
Sí. El ser humano es naturaleza, pero tristemente nos creemos superiores y se nos olvida que somos parte de ella. Incluso con los animales nos hemos sentido superiores dominando y alterando su mundo.

¿Cómo ve el país en materia ambiental?
Cada vez hay más conciencia en el gran público, pero a nivel gubernamental falta mucho para promover un mejor manejo de los recursos. La minería está afectando ecosistemas muy importantes y a comunidades indígenas, y no hay protección del agua. Además, nosotros tenemos que contaminar menos y reciclar más y mejor.

¿Ha ido a bosques donde ya no queda nada?
Claro, el mejor ejemplo es Monserrate. Cuando el sabio Mutis estuvo aquí era un bosque, ahora solo hay pinos y eucaliptos.

¿Cuál fue el último hallazgo que lo sorprendió?
En la más reciente exploración que hicimos al Apaporis, nos metimos al bosque y vi una planta muy rara, parecía una bromelia con hojas muy rojas, no estaba en flor, pero sí tenía pequeños frutos. Luego me acordé de que hace 25 años, cuando Richard Schultes empezó a explorar esos territorios, recolectó unas plantas y las envió al Smithsonian de Washington, donde la describieron como Navia, un género de bromelias que solo crece en formaciones como Chiribiquete. Son dinosaurios vegetales, representan una flora muy antigua. Estuvo en los anaqueles de la ciencia durante casi 30 años. Se me pusieron los pelos de punta, pude ver algo que toda la vida quise ver.

¿Por qué son tan importantes las expediciones botánicas?
Son claves para darle al país registros de su biota. Si yo no registro, el país no sabría qué tiene ni dónde. Pero también tienen implicaciones económicas: hay recursos que ni siquiera se han explotado, drogas, compuestos químicos que se encuentran y sirven para diferentes cosas. Conocer la diversidad nos permite manejarla y saber cómo podemos utilizarla, es una manera de aportarle al país su memoria biológica. Todavía estamos describiendo especies recolectadas por Mutis hace 200 años. Seguramente, muchas de las plantas que he recolectado serán un nuevo registro para el país dentro de 60 años. Colombia tiene mucho por explorar y conocer. Por ejemplo, más del 40 % de la diversidad de orquídeas aún no se conoce.

¿Qué tanto sufre el cuerpo en estas expediciones?
Muchísimo. En páramos muy secos se hinchan los pies, en las zonas húmedas hay que enfrentar las picaduras en la cara, y en las noches los zancudos son jodidos y no dejan dormir. Hay jornadas de 20 o 25 días levantándonos a las cinco de la mañana y regresando a las cinco de la tarde para trabajar hasta las once de la noche prensando las plantas que se recolectaron, en papel periódico. Dormimos en carpas, en hamacas, en malocas. A veces llevamos comida para que las comunidades indígenas nos cocinen, otras veces logramos bajar a un pueblo o encontramos una casa campesina y les pedimos que nos preparen la cena.

JULIO

Betancur fue director del Herbario Nacional –entre 2005 y 2008– y ha sido su curador desde 1991.

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Ricardo Pinzón

¿Qué es lo peor que le ha pasado en una expedición?
Una vez casi quedo cuadripléjico. Estaba en el municipio de Viterbo, Caldas, haciendo una expedición con unos estudiantes. El día anterior a comenzar el trabajo, le pedimos al guía que nos llevara a un lugar para refrescarnos. Nos llevó al río Risaralda y, cuando me lancé, el agua me tiró a la orilla sin darme cuenta. Tenía un dolor profundo por todo el cuerpo y no podía moverme. Me sacaron con mucho cuidado y en esas condiciones me tocó caminar una hora hasta el pueblo, donde lo único que pudieron hacer fue envolverme el cuello con una caja de cartón llena de gasa. De allí me mandaron a Pereira. Me fracturé tres vértebras cervicales, la C2, la C3 y la C4, perdí los ligamentos y duré año y medio con cuello ortopédico.

También ha recorrido territorios que por muchos años estuvieron invadidos por la guerrilla. ¿Alguna vez le pasó algo?
Lo que hacemos es ir a cada localidad y hablar con la gente del campo para saber por dónde podemos estar, pero he tenido varios sustos. Una vez en Nariño, Putumayo, cuando íbamos a evaluar la diversidad de plantas del Nudo de los Pastos, vimos una casa campesina y decidimos entrar para hablar con los dueños y saber si podíamos trabajar en esa zona. Pero la casa estaba repleta de guerrilleros. A mi compañero y a mí nos llevaron en moto a otro lugar y nos retuvieron cuatro horas. Finalmente nos soltaron cuando comprobaron que éramos profesores de la Nacional. Otro susto grande fue en las Sabanas del Yarí, cerca de la antigua hacienda Tranquilandia, donde sacaban mucha droga. Con un grupo de investigadores de la Universidad de Antioquia estábamos haciendo un trabajo para el Ministerio de Gobierno, cuando nos encontramos con una cantidad de hombres armados. Eran narcotraficantes y estaban preparando un envío. Nos encañonaron, nos tiraron al piso y nos retuvieron varias horas. En otra ocasión, me tocó un bombardeo muy fuerte en Mutatá, Antioquia. Yo iba con un gringo y tuvimos que meternos en un hotel, donde toda la noche estuvimos escuchando las balas. Tuve que llamar a un hermano, que era bananero, para que nos ayudara a salir.

Hablemos de Homo Botanicus. ¿Cómo llegó a convertirse en el protagonista de este documental?
Yo no me convertí en nada. En 2001 le di clase a Guillermo Quintero, el director, pero él se dedicó a la biología de la ciencia, a teorizar. A finales de 2014 recibí un correo electrónico en el que me decía que quería hacer un documental sobre botánica. Yo le dije que me parecía muy raro, pero que si servía para contribuir a la conservación de la naturaleza, estaba dispuesto. La única condición que le puse es que si me iba a filmar lo hiciera dentro de mis labores investigativas y docentes porque no tenía tiempo para nada diferente. Cristian y yo fuimos un medio para lo que él quería realizar.

Cristian, su discípulo, tiene mucho protagonismo en el documental y de usted se conoce muy poco. ¿Por qué?
Yo ni lo había pensado. Sí se registra más Cristian, pero lo importante era mostrar esa labor del profesor. La gente sale sorprendida porque no sabe que todavía se hacen expediciones botánicas.

Otro aspecto importante que muestra el documental es que hay muchos especímenes que no alcanzan a entrar a la colección del Herbario Nacional. ¿Por qué?
En el herbario hay 650.000 especímenes ingresados y unos 80.000 archivados que no ingresan por falta de dinero. El Estado no promociona la manutención de los museos de historia natural, todo sale de proyectos que conseguimos los profesores y que son de extensión solidaria con la empresa privada. Los especímenes que se quedan afuera tienen que esperar a que haya dinero para entrar, pero el archivo es tan grande que no damos abasto. Todavía hay colecciones de Schultes que no han sido ingresadas.

Colombia tiene mucho por explorar y conocer. Por ejemplo, más del 40% de la diversidad de orquídeas aún no se conoce

Las que no ingresan, ¿corren el riesgo de dañarse?
No se dañan si están bien almacenadas, pero sufren. El principal problema son las plagas y los hongos, que pueden comerse parte del tejido. La temperatura también es muy importante, pero nosotros no tenemos dinero para poner aire acondicionado.

¿Qué conserva el Herbario Nacional de la Expedición Botánica?
Las expediciones botánicas le generaban jerarquía y posicionamiento a la monarquía sobre los territorios que iban conquistando. Por eso, no tenemos mucho, porque casi todo fue depositado en el Real Jardín Botánico de Madrid cuando Pablo Morillo llegó al país y empaquetó todos los productos de la expedición. Su función era repatriar todo eso a España, y lo hizo, se llevaron las grandes láminas de la expedición, especímenes recolectados, animales. Lo que tenemos es gracias al sacerdote y botánico Enrique Pérez Arbeláez, quien fue a Madrid a mediados del siglo XX y trajo por valija diplomática copias y duplicados de lo que pudo rescatar. De la Expedición Botánica hoy tenemos 1.500 especímenes recolectados en Santa Fe de Bogotá, los cerros tutelares y Mariquita.

¿Cómo es el proceso de recolección de una planta?
Cuando recolectamos la planta, la empaquetamos en papel periódico para poder preservarla. El papel se enumera y ese número va a un cuaderno de campo que contiene toda la información de la planta: colores, exudado, si olía o no, si tenía frutos, dónde crecía, fecha de recolección, localidad geográfica y quien la recolectó. Se embala y se hacen paquetes que se meten en bolsas plásticas de calibre cuatro a las que se les echa alcohol al 70 %. Esas bolsas se cierran y se forma una cámara húmeda que distribuye el alcohol homogéneamente para conservar las plantas. Cuando llegan a Bogotá, se meten al horno en láminas de aluminio corrugado. Hay bromelias que pueden demorar más de una semana en el horno a setenta grados centígrados; hay otras, como los pastos, que están de un día para otro. Una vez secas, sigue el proceso de hacer las etiquetas que después acompañan los especímenes, los cuales se cosen en una hoja de cartulina. Así pueden permanecer por siglos.

Hace años se dice que el Instituto Nacional de Ciencias Naturales se está cayendo. ¿Qué tan cierto es esto?
Totalmente cierto. El instituto está en grado uno de evacuación, hay que tumbarlo. El Gobierno dizque está intentando buscar a dónde enviarnos. Además, trasladar las colecciones es una labor complicadísima, hay que hacerlo con mucho cuidado, embalar todo, y eso es costoso. Si usted pierde el Instituto Nacional de Ciencias Naturales, pierde la memoria biológica y arqueológica del país. Es un patrimonio que trasciende los límites de una nación, y el Gobierno debería estar muy interesado en protegerlo, como hacen casi todos los gobiernos del mundo; pero aquí no pasa nada porque padecemos de olvido estatal.

¿Qué presupuesto recibe anualmente el instituto?
Ochocientos mil pesos. Con eso no se compra ni la papelería.

Usted formó parte de la comisión que declaró a Chiribiquete patrimonio de la humanidad. ¿Cómo fue ese trabajo?
Participé desde las primeras exploraciones que se realizaron en los años noventa. Cada vez que íbamos, veíamos que la frontera agrícola avanzaba más y más, y ponía en peligro este patrimonio. En un parque como Chiribiquete, la tala de bosques es impresionante. La deforestación es terrible no solo para el cambio climático y la pérdida de especies, sino para las tribus originales, pues aún se cree que hay pueblos no contactados en Chiribiquete. Finalmente, decidimos unirnos con varias instituciones para participar en la declaratoria de patrimonio mixto de la humanidad, arqueológico y biológico. Lo logramos con mucha participación de la Cancillería y ahora el país tiene que invertir recursos para darle continuidad a ese patrimonio.
¿Qué ha significado para usted dedicar gran parte de su vida a la docencia?
Nunca pensé en ser profesor, lo soy de casualidad porque muchos de los investigadores científicos terminamos siendo profesores de universidad, pues es el mejor lugar del país para hacer investigación. Y me siento muy feliz de haber sido docente. Para mí, mis estudiantes son los más lindos del mundo. Pero después de 29 años pienso retirarme voluntariamente muy pronto.

Si usted pierde el Instituto Nacional de Ciencias Naturales, pierde la memoria biológica y arqueológica del país. Es un patrimonio que trasciende los límites de una nación

¿Por qué?
Por tres cosas. Primero, por mi situación familiar; todos en mi familia se murieron, solo quedo yo y quiero sacar tiempo para mí, para viajar y gozar la vida. Me gustaría volver a dibujar con lápices de colores y carboncillo, como hacía de niño. Segundo, si me estoy anquilosando en un puesto no les voy a dar la oportunidad a otras personas que están preparadas, debo tener conciencia de país. Y tercero: quiero terminar mi legado sobre algunas especies que tengo esperando. Si no saco el tiempo, me muero y eso se queda ahí.

Hábleme de sus botánicos favoritos.
Admiro mucho a Lina Álvarez Escobar, profesora mía en la Universidad de Antioquia. A Humboldt, que era más geógrafo, pero admiro su visión del mundo y su contribución a la zoología, y a Schultes, un botánico muy polifacético, trabajó con etnobiología, plantas alucinógenas, caucho. Lo conocí cuando él estaba viejo, hasta me firmó dos libros. Era un ser muy apasionante. Cuando vi el retrato que hacen de él en El abrazo de la serpiente me dio mucha rabia. Yo sé que es ficción, pero no pueden desvirtuar de esa manera la imagen de un investigador tan bueno. Lo hacen ver como un güevón, y desde lo científico y lo biológico la película tampoco está bien planteada.

¿Qué se necesita para ser botánico?
Pasión. Hay que resistir jornadas y temperaturas muy duras; también hay expediciones complicadas, en las que tienes que ir con gente difícil al campo. Pero lo que siempre prevalece son las ganas de conocer la naturaleza, de compartirla y de sentirla.

¿La vida de un botánico es solitaria?
Los biólogos salimos mucho al campo, hay mucha dedicación y podría pensarse que es una vida solitaria, pero no. Yo siempre me siento muy acompañado de mis estudiantes, siempre pienso que ellos son mi familia. Pero el encuentro con la naturaleza sí es un encuentro personal. No hay nada como recorrer el bosque, sentir el viento, ver los árboles y darse cuenta de todo lo que puede haber en una sola rama.


POR MARÍA ALEXANDRA CABRERA
FOTOGRAFÍA RICARDO PINZÓN 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 89. SEPTIEMBRE - OCTUBRE DEL 2019

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