¿Qué pasó con Castaño?

¿Qué pasó con Castaño? 

BOCAS habló con el exjugador John Edison Castaño, que fue la gran promesa del fútbol colombiano.

john castaño

John Edison Castañp jugó siete partidos en el Suramericano Juvenil de Asunción, Paraguay, en 1985, que lo convirtieron en jugador mito.

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Jose Tafur

Por: ALEJANDRO AGUIRRE 
29 de mayo 2019 , 12:09 p.m.

Casi 35 años después, la fábula narrativa alrededor de John Edison Castaño aún sigue en construcción: “era otro Maradona”.

Sin embargo, no hay estadísticas ni grandes logros ni mucho menos extensos registros en YouTube que corroboren la teoría. Se trató, cruda y llanamente, de un concepto a veces. De un boca a boca respaldado única y exclusivamente por las imágenes del Suramericano Juvenil de 1985, cuando, con sus regates y goles, se convirtió en el mejor jugador del torneo y llevó al seleccionado al Mundial de la Unión Soviética, donde, por cuenta de una neumonía, no brilló lo suficiente.

Llevaba en su espalda el número 17. No jugaba con la 10 “por agüero” y, dice, que por estrategia. Era ambidiestro y podía hacer las veces de armador o de puntero (extremo) izquierdo o derecho. Le daba igual. Tenía una gambeta endiablada. El presidente Belisario Betancur lo condecoró en Palacio y lo nombró héroe nacional (y lo regañó por un gol que no fue). Castaño pasó a ser un mito.

Salió del Deportivo Pereira (el equipo de su ciudad) y luego del Suramericano Juvenil pasó por varios equipos: América de Cali (que no le dio muchas oportunidades), Atlético Nacional, Racing (de Argentina), Santa Fe, Once Caldas, Quindío y Huila. Anotó algo menos de 80 goles en su carrera. Probó la droga y le gustó la fiesta. Chocó carros y malgastó dinero. Cerró su fútbol a los 32 años, tras no soportar más las inyecciones que tenía que ponerse para que su pierna derecha funcionara y le respondiera para jugar. Pierna que tiene destrozada por la artrosis.

Llegó a pesar 110 kilos y a no salir de su casa en meses.
Hoy, no le cabe la menor duda de que, si tuviera 20 años, jugaría al lado de Messi. Sabe que mide lo mismo que Maradona (1,68 m) y que, como los dos monstruos argentinos, ese no era impedimento para ser un fenómeno.

Cuando programó su partido de despedida, con los cracks de los años noventa, desmontaron la gramilla del estadio de Pereira y nunca se pudo despedir.

En esta ciudad, donde nació y vive, hablar de él es hablar de una leyenda, de una especie de genio secreto del fútbol, quien, aún hoy, los hinchas se toman fotografías con él en la calle.

A los 52 años, es un recepcionista de autos en un CDA (centros de revisión técnico-mecánica). Es amante de la cocina y jamás volvió a patear un balón. Como lo definió alguien: “Castaño fue el jugador juvenil más grande que ha tenido Colombia en su historia. Pero él nunca se lo creyó”.

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Las lesiones, la fiesta, el coqueteo con la droga, el derroche de dinero y los accidentes automovilísticos condenaron al mejor futbolista juvenil de nuestra historia a ser una fantasía inconclusa.

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Jose Tafur

¿Cuándo fue la primera vez que cogió una pelota?
Comencé a identificarme con el fútbol a los 3 años. Mi padre me regaló un uniforme del América de Cali, unos guayos y una pelota de caucho, de esas de letras. Era la camiseta con el número diez. Desde entonces, todos los días, sin falta, me ponía el uniforme y lo exhibía en la cuadra. Al frente de mi casa, en el barrio Cañarte de Pereira, había un terraplén donde hice un arco con guaduas. Me acuerdo que hacíamos con los amigos de la cuadra un juego de eliminatoria: dos tapaban y dos pateaban, de a tres tiros cada uno. Ganaba el que hiciera más goles.

¿Cómo fue ese romance con la pelota?
Yo nací con ese don de maniobrar bien la pelota. Cuando la pateaba, la pateaba bien. Y mi papá comenzó a regalarme pelotas, especialmente de caucho. Tal vez por eso comencé a tener una destreza diferente a la de los demás, como manejar las dos piernas.

¿Alguien de su familia se relacionaba con el fútbol?
Sí. Cuando tenía 7 años, mi papá, que era hincha del América de Cali, tuvo un equipo de fútbol: ‘Los diablos rojos de Cañarte’, con jugadores de 13 y 14 años. Siempre me llevaba a los partidos y, antes de comenzar el juego, me ponía a patear con ellos. Mi papá decía: “Este muchacho cómo corre, mirá cómo frena y cómo patea de bien”. Tenía una motricidad superior. A los 9 años, me puso a jugar con niños de su equipo. En ese tiempo, hacía hasta la bicicleta y pasé de la pelota de números al balón. Nunca jamás volví a jugar con niños de mi edad.

Pero, ¿de qué jugaba?, ¿en qué posición?
De todo. Yo era de los que se la pedían al arquero y desde abajo comenzaba a eludir rivales hasta hacer el gol. Tengo un récord en la Liga Metropolitana de Fútbol de Pereira de 76 goles, en una temporada, algo sin precedentes, y eso que debuté seis fechas después. Solo el día del debut de esa Liga hice cinco goles, en un preliminar entre el Deportivo Pereira y el Deportivo Cali. Curiosamente, ese día estaban calentando (Néstor) Scotta, Willington (Ortiz), Pedro Zape, Ángel María Torres y se quedaron viéndome y decían: “Este es el del enganche”.

Debutó con 16 años, ante el Deportivo Cali, jugando para el Deportivo Pereira. ¿Cómo fue ese debut?
En menos de dos años, jugué en todas las categorías: salté de la infantil a la prejuvenil y de la prejuvenil a la juvenil, y de allí a las reservas del Pereira. Yo llegué con 14 años al Deportivo Pereira. El técnico Darío López, exjugador de Atlético Nacional, iba y me veía entrenar con la Selección Risaralda y preguntaba quién era yo, y la gente decía que era el jugador más famosito que tenía Pereira.

¿Qué viene luego?
El tema del pase. Hernán Mejía Campuzano, que en paz descanse (murió el pasado marzo), me dijo: “Yo necesito que su papá firme porque usted va a debutar con el Deportivo Pereira”. Tenía 16 años. Y mi padre firmó, y los derechos se fueron al Pereira. Pero nunca hubo un arreglo, un dinero, nada. Recuerdo que en esa época solo jugué siete meses con el equipo porque me fui a la Selección Colombia Juvenil, y en esos meses me di cuenta de que me habían vendido al América por 5 millones de pesos, según Mejía Campuzano. Esa vez me dieron el 8 %, que fueron unos $ 400 mil, pero luego, dos años después, me enteré de que me habían vendido por $ 15 millones, que en ese tiempo era un platal. Yo no dije nada.

Casi debutó en América y no en Pereira…
Antes del Suramericano, yo ya era del América, pero jugaba en el Pereira. Una vez me gané un trofeo de la Taberna Sancho de Bogotá que le daban al mejor jugador de la cancha. Esa vez jugamos ante Santa Fe y cogí a (Víctor) ‘Curramba’ Palacios y Germán Morales, me los saqué y ese día la rompí. Fui figura. Me hice conocer en Bogotá, aparecí en Teledeportes, con Hernán Peláez, quien dijo: “Ojo a este muchacho, mire lo que hace”. Iba para la Selección Colombia Juvenil de 1983 de Jaime Silva, que era la del ‘Pibe’ Valderrama, y dijeron que estaba muy niño, pero yo jugaba toneladas.

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John Edison Castaño fue tan especial que el presidente Belisario Betancur lo condecoró en el Palacio de Nariño y lo nombró “Héroe nacional”.

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Archivo El Tiempo

¿Cómo surgió la convocatoria a la Selección Colombia Sub-20?
Marroquín me había visto en los zonales y un partido que empatamos entre la Selección Risaralda y la Selección Antioquia, con (René) Higuita. Ese día se me acercó y me dijo: “Castaño, usted siempre no la tiene velada; nos hizo gol y nos sacó del campeonato. Usted va para la Selección Colombia conmigo”. Yo le dije: “Ojalá profe, ¡qué rico ir!”. Él, luego, me dijo: “Seguro que será así. Nos vemos, Castaño”. Dicho y hecho.

¿Y cómo fue ese ‘dicho y hecho’?
Un día llegué a la casa y me dice mi papá: “Vaya lea lo que hay en la mesa del comedor”. Era una carta de la Difutbol que decía que me convocaba a la Selección Colombia Juvenil que iría a jugar en Asunción, Paraguay, el Suramericano Juvenil. Me puse a llorar: me abrazó mi papá, mi mamá y mis hermanitos también llorando. Fue una de las cosas más lindas que recuerdo.

¿Podría repasar esa nómina de la Selección Colombia Juvenil de Marroquín?
El papá de James Rodríguez, Wilson James, jugaba de volante; René Higuita; Felipe Pérez, que murió; Jairo Ampudia; John Jairo Córdoba; (John Jairo) Tréllez; (Orlando) ‘Pony’ Maturana; Wilmer Cabrera; Carlos Álvarez; Álvaro Núñez; José Romeiro Hurtado; Rafael y Nelson Díaz; Eduardo Niño, que era el arquero titular, y Ricardo Varela, que es uno de los mejores amigos que yo tengo actualmente.

¿Por qué jugó con la camiseta número 17 y no con la camiseta número 10?
Marroquín era un loco muy cuerdo. Me dijo: “Usted va a ser el mejor jugador del Suramericano y lo va a lograr porque va a llevar la número 17; ni la 10 ni la 11 ni la 7”. Yo entonces le dije: “Ese número no lo conoce nadie”. Y Marroquín responde: “Por eso, no lo van a ir a marcar, van a ir a buscar el 10”. Y el 10 se lo dio a Carlos Álvarez, que era volante de marca. Luego me repitió: “Usted va a ser el mejor jugador del Suramericano con esa camiseta, va a estar por encima de Romario. Espere el primer partido, yo mismo me voy a deleitar”.

Hay un partido especial: el 4-1 ante Uruguay. ¿Lo tiene en la memoria?
Le teníamos más miedo a Uruguay que a Brasil y Argentina. En Uruguay jugaba Rubén Sosa, uno de los Da Silva, (Daniel) ‘Coquito’ Rodríguez y jugadores de gran talla, grandotes. Salimos a jugar el fútbol de nosotros e hice la mejor jugada que se ha hecho en los suramericanos juveniles, pero no fue gol.

Hoy me pongo en los zapatos del médico Ochoa: el señor Miguel Rodríguez Orejuela quería comprar todos los jugadores que veía buenos y quería desmembrar los otros equipos.

Rememoré esa jugada…
Arranqué desde el cuarto de cancha de nosotros, saco uno, saco otro, dos uruguayos se me vienen, les tiro el balón largo, los dejo regados, viene y se me encima el arquero, pero lo eludo, los saco por primera vez, hago un regate, llevo al arquero hasta la raya, me persigue, me lo saco de nuevo, se viene un central, lo eludo, fácil, y cuando voy a patear, se me viene otro jugador y por disparar rápido boté el gol. Todo el mundo aún me pregunta por qué no hice ese gol.

Esa fue la jugada que, incluso, el presidente de entonces, Belisario Betancur, comentó.
Sí. Cuando Belisario nos fue a recibir al aeropuerto, me dice: “Castañito: por qué no lo hiciste”. Yo me reí, me invitó a Palacio. “Me place tenerlo en Palacio, vos sos uno de los mejores jugadores que he visto”, me dijo.

Al final terminaron terceros en el Suramericano y clasificaron al Mundial de Rusia (antes Unión Soviética). ¿Es verdad que llegaron enfermos al Mundial?
Yo viajé con neumonía y tuvieron que pedirle a la FIFA permiso para poder aplicarme unas inyecciones porque me atacaba la tos, como si me fuera a ahogar; también me dio fiebre. Me acuerdo que contra Túnez me aplicaron la inyección e hice gol. Ganamos 2-1. Todas las cámaras mostraban al equipo tosiendo. Se debió hacer la pretemporada en Barranquilla o en Cali, pero no en Bogotá, donde comenzábamos a entrenar a las 6 de la mañana. Fue una virosis fuerte.

Los elimina del Mundial un duro Brasil con un 6-0. ¿Qué pasó?
Éramos un equipo enfermo. Lo que más recuerdo es que a Marroquín le dio muy duro esa derrota, mentalmente lo afectó.

Por cierto, ¿qué recuerdo hay de Marroquín, el primero que se atrevió?
Marroquín comenzó a buscar equipos para nosotros. Llevó una vez a la segunda de Santa Fe. ¿Sabe qué hacía? Les ponía los uniformes de Brasil, Chile, Argentina, Uruguay y nos decía: “Esos que van allá son iguales a ustedes, vayan y jueguen. Verán que no son mejores que ustedes, que son de otro país, pero son jugadores de fútbol”. El tipo trabaja hasta las 4 de la mañana, todo lo que proyectaba, todos los entrenamientos. Planificábamos los partidos y a cada uno le encomendaba una función. Y nos hizo el lavado de cerebro. Nos decía: “Ahora me están ‘putiando’, pero mañana me lo agradecerán. Y esas personas que no los fueron a despedir al aeropuerto, cuando regresen ustedes, van a ir a aplaudirlos”. Nunca una Selección había sido tan apetecida y querida.

Tras el Suramericano Juvenil, ya no llegó al Deportivo Pereira, sino al América de Cali. ¿Cómo fue eso?
Llegué al primer entrenamiento del América cinco minutos tarde. En América se comenzaba el entreno haciendo un círculo en la mitad de la cancha. Fui el último que entró al juego esa vez. Entonces, el técnico (Gabriel) Ochoa me dijo: “Oiga, joven, cinco minutos tarde. Nosotros sabemos que viene de una Selección, de ser el mejor jugador del Suramericano, muy bien, lo felicito, pero aquí tiene que respetar los horarios”. Yo era la primera vez que iba a Cascajal. Allí comencé a ver a Ochoa con un temor inusual, con solo 18 años.

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Luego de su retiro, llegó a pesar 110 kilos y a no salir de su casa en meses.

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Jose Tafur

Pudo pasarle a cualquiera. ¿En algún momento habló con el médico Ochoa del asunto?
Un día él fue el que me llamó y me dijo: “Aquí hay un único líder, y soy yo. Usted tiene que esperar a que cumpla su ciclo (Juan Manuel) Battaglia, (Ricardo) Gareca, Willington (Ortiz), Hernán Darío Herrera, Víctor Lugo, Anthony de Ávila”. Y me dije: “Cuándo voy a jugar entonces”. Comencé a tenerle demasiado respeto al médico Ochoa. Entonces, cuando jugaba, quería hacer mi jugada y pensaba que tenía que jugar como él me decía. Cuando me daba la posibilidad de ser titular, no me sentía con confianza para hacer lo que yo sabía, de que yo me divertía jugando.

¿Si hubo posibilidad de salir en algún momento?
Hubo interés del Real Murcia de España, un señor Jaime Ibáñez, del club español, ofreció USD 250 mil dólares; ya me tenían listo, pero don Miguel (Rodríguez Orejuela) se opuso. Me dijo que no me iba, porque quería que estuviera en el equipo, que plata no me iba a faltar. Me acuerdo que en cada trimestre se cobraba una plata global, pero yo quería irme porque la verdad no tenía posibilidades.

En Cali todavía se habla que dañó varios carros. Salgamos de la duda: ¿cierto o no?
Hay muchas mentiras. Pero le cuento. Una vez hablo con don Miguel (Rodríguez Orejuela) con el fin de que me sirviera de fiador para cambiar el carro. Yo tenía un Renault 9. Pedí al concesionario Auto Mac en Cali el carro. Era un Renault 9, verde metalizado, hermoso. Esa vez me lo entregaron por la tarde, creo que faltaba un cuarto para las 6 de la tarde. El médico Ochoa había programado una charla técnica a esa hora, en el norte de Cali. Yo estaba nervioso por la joda del horario. Cojo la Avenida Sexta y me voy a pasar a otro Renault 9, por un lado, para llegar al semáforo, pero no alcancé a frenar y le metí el carro nuevo a un bus por detrás. Solo 10 minutos de uso, y dijeron que iba borracho, cuando era que iba de afán, con un temor porque sabía la exigencia de Ochoa. Se enteró, y el regaño más tenaz, pero al domingo siguiente estaba de titular, contra el Medellín. Cosas que nunca entendí de Ochoa.

Pero fue el mismo Ochoa Uribe el que lo llevó a la Selección…
Exacto. Una vez Ochoa siendo seleccionador nacional para la Eliminatoria de México 86, me llamó a la Selección Colombia de mayores para jugar el repechaje ante Paraguay cuando no era titular en América. Y fui titular en ambos juegos, con el ‘Pibe’ Valderrama, que debutó en Asunción y que yo compartía habitación con él. En Paraguay tuve dos opciones de gol, y en Cali me cambiaron al final por Víctor Lugo.

¿Cómo fue esa suplencia en el América? ¿Si era mejor que el equipo titular?
Yo no sé, pero jugábamos sabroso. Nos decían el equipo de ‘Los pitufos’. Jugaban (Orlando) ‘Pony’ Maturana, (Luis Fernando) ‘Chonto’ Herrera, Jairo Ampudia, Víctor Luna y yo, y a veces nos metían al ‘Pitufo’ de Ávila. Una vez nos pusieron a todos en un partido contra el Junior en Barranquilla y ganamos 3-1. Todavía me acuerdo de Édgar Perea furioso: “Cómo nos van a ganar esos muchachitos”.

En Cali se habla de que el médico Ochoa Uribe frustró la carrera de muchos futbolistas, y el caso más notorio fue el suyo. ¿Lo frustró estar en ese América?
Había demasiados delanteros. Hoy me pongo en los zapatos del médico Ochoa: el señor Miguel Rodríguez Orejuela quería comprar todos los jugadores que veía buenos y quería desmembrar los otros equipos. Solo jugaba en las prácticas como si fuera un partido de final; incluso, en la práctica era titular, pero Ochoa respetaba a los de siempre que estaban por encima de uno en edad, pero no en condiciones futbolísticas. Así duré parte del resto de 1985 y todo 1986. Fui campeón dos veces.

¿Cómo lo dejan ir entonces al Atlético Nacional?
Yo no sé. ¡En plena guerra de los carteles! Fue un préstamo. Era 1987 y me llevan a Nacional y comienzo a jugar. ‘Pacho’ Maturana, antes de comenzar el torneo, me llamó y me dijo que quería tenerme en un onceno criollo. Me dice: “A usted lo están desperdiciando en América y usted es mucho jugador para que esté jugando cada mes. Aquí tendrá la posibilidad de jugar porque usted es uno de los mejores jugadores del mundo”. ¡Así me lo dijo! Eso ayudó.

¿Y no le contó a nadie de esa llamada de Maturana, a alguien del América de Cali?
Hablé con Beatriz Uribe de Borrero y le conté que Maturana me había llamado. Ella quedó en silencio, pero lo sabía todo. Un día me llama y me dice: “Mijo… lo van a prestar para el Nacional. Mire que don Miguel lo quiere mucho, pero aquí no tiene la posibilidad. Vaya y haga lo mejor”. Me fui a Nacional y en los primeros siete partidos me volví figura. Me acuerdo que nos daban unos bonos para reclamar ropa, gasolina para el carro, bonos para comer.

Le preguntaron al empresario que quién era ese jugador. El empresario solo dijo: ‘un jugador intocable porque es del América de Cali, de unos narcotraficantes de Colombia’.

Ni tanto porque en Nacional fue donde se lesionó…
Fue contra Millonarios, ese Millos de (Óscar) ‘Pájaro’ Juárez, la (Enrique) ‘Gambeta’ Estrada, el Millos de Rodríguez Gacha. Finalizando el primer tiempo, en el Atanasio, voy por oriental y saco un remate y pega en el palo. La pelota casi me cae de nuevo, muy cerca, y voy a pelearla con Jaír Abonía, que me hace una carga y yo volteó para enganchar la pierna, pero esta me sigue derecho. Se me fue para atrás, no me respondió la pierna para el freno y me reventé el menisco y me fracturé el cóndilo femoral. Primera lesión gravísima, con 20 años. Me opera Winston Tobón y tenía que estar mes y medio sin asentar el pie; luego, a los cinco meses, comienzo trabajo de campo después de unas terapias y me tienen que volver a operar porque hubo una sobrecarga en el entrenamiento. A los tres meses volví a entrenar, casi un año para volver a jugar. Debuté contra el Tolima y ese día fui la figura e hice gol, que, por cierto, me acuerdo que me marcaba Seferino Peña y el arquero al que le anoté era Hernán Torres.

¿Alguna vez existieron equipos para jugar en el exterior?

Yo voy a Racing de Argentina, con Pedro Marchetta como entrenador, pero solo jugué 11 partidos, entre ellos, la Supercopa contra Boca y River. Contra Boca me vieron representantes del Logroñés de España, que venían a ver a Diego Latorre y a (Ariel) Graziani, pero terminaron viéndome a mí. Y le preguntaron al empresario que quién era ese jugador. El empresario solo dijo: “Un jugador intocable porque es del América de Cali, de unos narcotraficantes de Colombia”. En Racing, aparece otra lesión: ligamento cruzado y el otro menisco, en la misma pierna derecha. Se rescindió el contrato, me debían dar una plata grande, y por querer venirme a recuperar al América, arreglé por lo más bajo y perdí todo.

El médico Ochoa Uribe, Francisco Maturana y Luis Alfonso Marroquín: defínalos.
Ochoa, férreo con la disciplina. Maturana, la tranquilidad, el léxico, la terminología. Marroquín, mi otro papá. Pero hay uno que nadie conoce: Alberto Rujana Perdomo, que yo lo llamo “El científico del fútbol”. Era bravo, se salía de casillas. Me dirigió en el Huila. Fue el primero que dividió la cancha en cuadrantes, la zona “presionante”. Me enseñó a correr la cancha, a marcar, a cómo ganar un balón, a perfilarme.

¿Quién fue el mejor jugador de América que vio?

Roberto Cabañas, porque era muy ágil, acrobático. Nos enseñaba cosas con el balón y le aprendí mucho a él. Otro fue Willington Ortiz, pero cuando estuvo en América le llegó el momento de las lesiones.

¿Y quiénes han sido los mejores de todos los tiempos en el país?
Willington (Ortiz), ‘Pibe’ Valderrama, Faustino (Asprilla), René Higuita y Falcao, por ser un referente, por sus goles y sus estadísticas. Jugué con dos extraordinarios que no puedo olvidar: Didí Valderrama y Álex Escobar, que era un crack.

¿Por qué no se incluyó en la lista?
Tal vez faltó creérmela toda la vida. Y tal vez hubiera sido otra cosa.

¿Alguna vez ha pensado en lo que pasó con su carrera?
Sí, pero ya no. Se lo resumo: nunca supieron dónde ubicarme y poder rendir. Todo lo que me pasó a mí fue algo psicológico.

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Algunos comentaristas llegaron a decir que John Edison Castaño era nuestro "otro Maradona".

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Jose Tafur

¿Y en cuanto a lo personal?
Aquella vez los sueños no volaban tanto alto. Hoy, todo el mundo me lo dice: “Usted jugaría en los mejores equipos del mundo’. Los sueños en esa época eran jugar en el Deportivo Pereira e ir a la Selección Colombia. Nadie tenía el sueño de ir a Europa como ocurre hoy.

Me refiero al dinero, a la droga… se cuentan cosas. Por ejemplo, ¿la droga lo tocó?
Nunca tuve baches o que haya caído en la droga. Nunca. Se dijeron cosas que no son. Sí se probaron cosas (droga), pero nunca me quedé en eso. Cuando salí del fútbol, me dediqué a tomar, a rumbiar. Cuando era jugador fui como siete veces al doping y jamás me encontraron algo. Una vez dijeron que estaba en Cali, con un costal en la calle, que estaba en la droga, mal. Nunca he estado mal.

¿Qué pasó con el dinero que ganó?
Me iba para Sanandresito a comprar tenis, equipos de sonido, luego a cambiar el carro, pero no me proyectaba. En algún momento me sentí excluido, andaba solo, me encerré en mi casa. El dinero lo gasté en cambiar el carro a mi papá, a prestarlo, a ayudarles a los amigos, a viajar. Hoy, no tengo carro, no tengo dinero, solo me quedaron los amigos y dos hijos que son profesionales –Kelly, de 29 años, que nació en Argentina, y John, de 32, que nació en Cali.

Casi 35 años después, uno dice su nombre y la gente fantasea. ¿Lo ha notado?
Sí. Todos se acuerdan del Suramericano. Eso quedó en la retina. Hoy, aún, la gente me pregunta si soy John Edison Castaño. Cuando digo que sí, se toman fotografías, me dan un abrazo, me dicen que si me pueden dar la mano. Así soy feliz.

¿Cuándo pasa por su mente el retiro del fútbol profesional?
En 1998, con 32 años, tenía aún fútbol, pero la pierna derecha no me respondía y me tocaba tomar inflamatorios. Los médicos me enviaron a cuidarme, y una vez camino al entreno, al estadio de Pereira, decidí ir al club a decirles que no quería jugar más, y me retiré.

¿Nunca se pensó en un partido de despedida? Los grandes lo hacen…
Iba a hacerlo, pero se cruzó con el Suramericano que se hizo en Pereira, en el que jugó de Messi, que fue donde lo conocí. Para lo del partido había hablado con René (Higuita), el ‘Pibe’ (Valderrama), (Freddy) Rincón, Faustino (Asprilla), (Adolfo) ‘Tren’ Valencia; incluso, con (José Luis) Chilavert, que siempre preguntó por mi. Le cuento: una vez lo saludé en Manizales cuando vino a jugar contra Once Caldas, en el Vélez de Bianchi, luego campeón de América. Esa vez me dijo que yo jugaba mucho y se acordaba del Suramericano, y nos tomamos unos whiskys. El partido de despedida nunca se dio porque le estaban levantando la gramilla a la cancha del estadio de Pereira, y hasta ahí llegó todo. Todo.

POR ALEJANDRO AGUIRRE 
FOTOGRAFÍAS JOSE TAFUR
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 85 - MAYO - JUNIO 2019

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¿Qué pasó con Castaño?

Foto:

Revista BOCAS

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