Johanna Ortiz, la diseñadora colombiana del momento

Johanna Ortiz, la diseñadora colombiana del momento

Conversamos con una estrella de la moda latinoamericana –y ahora mundial– que crece y crece y crece.

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Johanna Ortiz produjo más de 28.000 prendas este año.. La caleña tiene 73 puntos de venta en más de 20 países.

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Camilo Grald

Por: Alejandro Aguirre
22 de septiembre 2019 , 05:00 a.m.

Está descalza. La diseñadora caleña Johanna Ortiz está descalza y se habituó a eso porque quiere tener bien puestos los pies sobre la tierra. No es para menos. Pasó de vender decenas de vestidos de baño para sus amigas, luego de cursar la universidad en Estados Unidos a principios del siglo, a producir más de 28.000 prendas este año.

Hoy tiene 73 puntos de venta en más de 20 países y sueña con una apuesta descomunal, crear diferentes líneas: bebés, zapatos, vestidos de baño, hogar, labiales y gafas de sol. “Quiero que la marca Johanna Ortiz se vea como un estilo de vida”, sentencia.

Su atelier –un loft de casi 2.500 metros cuadrados en el barrio Ciudad Jardín, en el sur de Cali– es un refugio de creación donde, en las oficinas, habitan decenas de jóvenes, siempre bien vestidos, siempre impecablemente peinados, y más de 300 comprometidas mujeres en la mano de obra.

Johanna Ortiz ha logrado lo impensable: que su ropa se venda en Bergdorf Goodman, Saks Fifth Avenue, Selfridge, Lane Crawford y Moda Operandi, tal vez la tienda de moda online más exclusiva del mundo. Allí, un cinturón de su producción puede alcanzar los 275 dólares (unos $935.000) y un vestido suyo puede llegar a los 3.800 dólares (más de $13’000.000).

Amal Clooney, la esposa de George Clooney, apareció con un vestido suyo en la portada de una edición Vogue en Estados Unidos y, por cuenta de semejante exposición, esa prenda se agotó en cuestión de horas.

El pasado 4 de septiembre, Ivanka Trump, hija y asesora del mandatario estadounidense, Donald Trump, tenía puesto uno de sus vestidos durante su visita a Colombia. Y fue todo un suceso.

Johanna se ha convertido en la embajadora colombiana de la moda por sus vestidos de hombros descubiertos, sus estampados irrepetibles –que solo ella consigue realizar– y sus boleros que ya son una marca mundial. “Yo no inventé los boleros; solo los puse de moda”, dice.

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La diseñadora le apunta a un sueño descomunal: crear diferentes líneas: bebés, zapatos, vestidos de baño, hogar, labiales y gafas de sol.

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Camilo Grald

Ha sido considerada por expertos como una de las 11 diseñadoras de moda más relevantes del mundo, al lado de luminarias como Karl Lagerfeld, Riccardo Tisci y Stella McCartney. Personajes como Michelle Obama, Sarah Jessica Parker, Beyoncé, Sandra Bullock, Lady Gaga, Jessica Alba, Lauren Santo Domingo y Amal Clooney han sucumbido a sus diseños.

Su identidad, para algunos llamada ‘tropical chic’, llegó para quedarse. Su clóset tiene infaltables como las camisas de hombres reformadas, las pañoletas largas que pueden ser el vestido de esa noche y las gafas de sol que se ajustan a los pómulos porque son el complemento de su vestimenta.

Casada con el industrial caleño César Caicedo, su mundo íntimo lo conforman sus hijos hombres que juegan al polo y al fútbol. “Ellos son mi recreo”, asegura.

Cada dos meses va a Nueva York y tres veces al año, a París. Sus colecciones son habituales allí. Jamás ha pensado en irse y asegura que Cali es su planeta, y el mundo de la moda lo sabe. Su última colección, ‘Caprice’ –que presentó en Colombiamoda–, es la más autobiográfica que ha hecho: “Me inspiré en una mujer irreverente que no le gusta usar maquillaje y andar descalza”. Ella es así. Ella es Johanna Ortiz.

Su amor por la moda llegó en la niñez, ¿cierto?

Mi madre era decoradora de interiores, trabajaba con telas y era muy estética. Me encantaba verla trabajar y es chistoso pensar que mientras mi hermana quería tener una agencia de viajes, yo quería ser diseñadora de moda. Uno de niña escogía sus propios juegos y siempre me encantó pintar, hacer muñecas de papel y ponerles ropa. Todo fue evolucionando y me gustó la parte del arte; entonces me encantaba la historia del arte, aprender de geografía, de flores, de todo lo que me rodeara.

Pero usted, a los 8 años, ganó un concurso de moda con un vestido de papel. ¿Cómo es esa historia?
Es muy chistosa porque la que la cuenta es mi mamá. Estábamos en un resort en Santa Marta, esos de niños por un lado y padres por el otro. Los niños preparamos todo y se planteó un desfile de modas para que los papás nos vieran esa noche. Yo cogí papel periódico e hice un vestido y a todo el mundo le impactó y gané. El premio, creo, fue un helado. Ahora mi madre me dice: “Sí ves que eso era lo que ibas a estudiar’. Fue una experiencia que me siguió reafirmando lo que deseaba ser: diseñadora.

Cali es mi casa, y lo siento así. Igual que Colombia, donde quiero que mis hijos crezcan. Uno tiene que apostarle a este país

Entonces, siempre hubo un interés permanente por la moda. ¿Qué pasó en la adolescencia?
Siempre me preocupó la estética de cómo vestirme y cómo usar los colores. A lo mejor llegaba un día y cortaba las camisetas para darle una forma que a lo mejor me funcionaba mejor para mi cuerpo o las intervenía. Sí tenía interés y curiosidad, pero comenzaba a ver otras formas, otras marcas, y no porque estuvieran de moda, sino porque me gustaran. La gente de hoy se va por lo que está de moda y no por lo que le queda bien.

Hay un momento clave en esa adolescencia: su visita a la India. ¿Qué pasó en ese viaje?
A los 18 años tuve la oportunidad de ir a la India, y la verdad que ahí se me abrió el espectro al color y a los detalles. Me impactó tanto que, siempre al principio de las colecciones, me iba a investigar algo sobre la India, y allí tuve una fascinación por los saris (trajes tradicionales de la India), y ellas, las mujeres, se los amarran de diferentes formas. Me compré bastantes saris antiguos y me vestía con ellos, me los enrollaba de diferentes formas. La idea, a esa edad, era estudiar Diseño Textil porque en mi cabeza estaba primero entender las fibras y luego saber cómo crear mis propios colores, tejidos. Lo hice en la Universidad de los Andes. Ya cuando tenía la tela, tenía que saber cómo transformo esas telas que se han creado. Allí fue donde entendí que debía irme a Estados Unidos a estudiar Diseño de Modas.

¿Y espiritualmente no le llamó la atención la India?
Me impactó ver la gente feliz, en unas condiciones que no eran las mejores. Veía a la gente con gran cantidad de sonrisas, en medio del barro, a lo mejor de cierta pobreza, y allí es donde se puede desmitificar que a lo mejor el dinero no es el que te da la felicidad. Eso fue importante en ese momento de mi vida porque me conecté con su cultura, con sus mujeres, donde la jerarquía es de los hombres. Me apasionó la India porque ya no tenía cinco sentidos, sino que me traje seis sentidos. Y no he vuelto.

Esa jerarquía masculina de la que habla es notoria en su hogar. Tiene un esposo y tres hijos hombres. ¿Ha pensado en eso de tener hombres en su hogar cuando crea y trabaja para mujeres?
En la vida todo pasa por algo, y a mí me dieron cuatro hombres. Creo que tengo tantas mujeres alrededor mío, en el día a día, en satisfacer tantos gustos cuando haces un vestido de novia, para una fiesta, y termina uno interactuando con tantas mujeres, aprendiendo de ellas, que yo creo que la vida me dijo: “Le vamos a dar recreo: cuando llegue a la casa vea fútbol, oiga balones”. Mis hijos juegan polo, entonces veo caballos, deporte de contacto. No tengo una hija como para comparar si me haría falta o no, pero es perfecto tener mis hombres.

Todo esto de la marca apareció en el 2001. ¿Cuál fue la necesidad de crear una marca de moda?
Cuando me gradué de la universidad en Estados Unidos, la institución me dio un año para hacer la práctica profesional, entonces me dieron un permiso para quedarme viviendo allí. Me conseguí una pasantía en MTV Latino; en ese momento, Shakira, Ricky Martin, Enrique Iglesias eran los ídolos. Trabajé seis meses en la producción. Cuando se iba a realizar un unplugged trataba de meterme, de ayudar.

Usted comenzó entonces la marca con vestidos de baño que le compraban sus amigas…
En el momento que se me venció la práctica, me devolví a Colombia. Yo había vivido en Miami y llevaba vestidos de baño que confeccionaba porque no encontraba para mí. Mis amigas comenzaron a decirme, con mayor frecuencia, que cuando fuera a Estados Unidos les llevara, y así comencé. Te cuento algo: mis amigas todavía tienen esos vestidos de baño. Volví al país y puse una tienda de vestidos de baño y ropa de playa, que incluyera todo ese estilo de vida cuando va uno a la playa: collares, pareos, canastos, vestidos de baño, todo. Luego llegaron clientes que me decían: quiero un vestido de grado, uno de fiesta. Y comenzó la transición: mis propias clientas me metieron en los vestidos, en la ropa de noche.

¿Cómo ha evolucionado la marca y cómo lo ha hecho Johanna Ortiz?
Creo que después del 2014 me volví una marca que diseña para cualquier tipo de mujer, una marca que pudiera usarse en diferentes cuerpos. Considero que la evolución como persona y ser humano me cambió. Pasé de ver una sola parte, que era disfrutar la parte creativa, a volverme una mujer que quiere crear empresa, empleo, dar un empoderamiento a las mujeres que a lo mejor no lo tenían. Ser un referente para ellas. Eso fue hace 15 años. Empezamos con una máquina de coser, una operaria y yo, que pintaba, atendía, y cuando había mucho trabajo me sentaba a coser. Eso es lo más lindo, de pasar de ser uno a ser 350 empleados hoy que trabajan y crean un mundo conmigo y poder saber que uno en la vida no logra las cosas solo, sino acompañado de la gente talentosa.

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Gracias a sus desfiles en Nueva York y París, a sus constantes presencias en Vogue y Marie Claire y a las exposiciones de sus colecciones en la Casa Blanca, es la diseñadora colombiana del momento.

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Camilo Grald

El año pasado, la revista Vogue US la reconoció como una de las 12 diseñadoras que rompen barreras en el mundo, al lado de estrellas como Dolce & Gabbana y Karl Lagerfeld. ¿Qué pensó esa vez?
Fue muy bonita la forma como me enteré que saldría en la Vogue US. Yo no sabía que iba a salir y una amiga fue a las oficinas de Vogue. Me llamó y me dijo: “Vi que había un mapa de moda en la oficina de uno de los editores y en la parte de Colombia había un alfiler, igual que en otros 11 países. Y en el mapa decía ‘los diseñadores globales del momento’’’. Yo le pregunté cómo sabía que era yo, y ella me dice: “Estaba tu foto allí”. “Cómo así”, le dije. “¿Verdad?”. A los días me escribieron que querían hacer una producción de fotos en Colombia, en mi hábitat, no trabajando ni pintando, sino sacarme una escena que se viera muy colombiana y que iban a mezclar talento de fotografías con talentos de moda de diferentes partes del mundo. Fue un honor estar en esa revista al lado de Karl Lagerfeld, Riccardo Tisci, Stella McCartney, la mayoría de los diseñadores que uno ha admirado por mucho tiempo y yo estar allí.

¿Y cómo asimiló eso?
Con responsabilidad. Yo creo que uno tiene el derecho a soñar, pero si uno no sale a buscar esos sueños y trabajar duro, pues no le van a llegar. Creo que hemos trabajado cantidades; no soy solo yo, son muchas personas que trabajan en Johanna Ortiz que tienen un compromiso y una entrega increíble por esta marca.

Esa vez conoció a Anne Wintour, la editora de Vogue US. ¿Cómo fue eso?
Esa vez no fue. Yo conocí a Anne Wintour después, luego de que Amal Clooney saliera con un vestido de Johanna Ortiz, que fuera portada de Vogue. Cuando mi vestido fue portada, me llegó una invitación para asistir a un coctel y fui. Me acuerdo que ya se iba acabar la noche y no había nadie que me la presentara, que me hiciera el puente. Estaban Michael Kors y otros diseñadores, todos íntimos amigos de ella, y yo allí mirando. Me hice amiga de la madre de Amal Clooney, que me pareció una mujer fantástica porque parecíamos que éramos las menos conocidas de la casa. Ya tarde me presenté, y nada… le dije que era Johanna Ortiz, la diseñadora del vestido que llevaba Amal Clooney en la portada de la revista. Anne Wintour me dijo: “Una de mis fotos favoritas, me encantó”. Le dije: “Me hubiera encantado saber antes porque el vestido fue sould out (todo vendido)”. Tras esa portada en Vogue, el vestido se agotó. A ella le pareció cheverísimo eso porque le gusta que la moda se vuelva un negocio, que sea empresa. Luego volví a hablar con ella y esa vez le interesó cómo, desde Colombia, Johanna Ortiz puede estar produciendo algo que se está vendiendo en todas partes del mundo.

Por cierto, ¿por qué no vive en Nueva York o en otras ciudades que son capitales de la moda?
Cali es mi casa, y lo siento así. Igual que Colombia, donde quiero que mis hijos crezcan. Uno tiene que apostarle a este país, y esa disculpa mala de que tengo que ir a buscar futuro afuera en un mundo globalizado, no es. Aquí, en Colombia, me han dado la oportunidad de crear una empresa y creo que cuando uno tiene esos cinco minutos de oportunidad en la vida, también tiene el derecho a devolver un poco. Quiero profesionalizar a muchas mujeres en la confección, quiero especializarlas para que crezcan profesionalmente, quiero ser ejemplo para otros diseñadores que trabajan desde acá. La verdad es que nunca me lo he cuestionado eso de seguir aquí. Viajo bastante, cada dos meses a Nueva York, cada trimestre a París, pero hoy en día no tenés que estar en la capital de la moda para pertenecer al mundo de la moda.

¿Cómo fue que Amal Clooney llegó a lucir el vestido?
Ella lo compró, me lo contó su madre. Normalmente cuando se hacen estas fotos, los fotógrafos llevan varias propuestas, y ella llevó mi vestido, de su clóset, y por fortuna no le gustaron las cosas que le llevaron y usó mi vestido, que era un Johanna Ortiz, y solo me di cuenta cuando salió en la revista.

Hay una prenda que es definitiva en la marca: el Tulum Top que lució la española Olivia Palermo y Lauren Santo Domingo en el verano del 2015. ¿Cómo determinó a la marca esa prenda?
En el 2014, en el desfile de cierre de Colombiamoda, pasó una circunstancia que fue superchévere y es que, por Instagram, Lauren Santo Domingo me puso un comentario, que es una de las dueñas de Moda Operandi, una de las plataformas más grandes de ventas online de lujo en el mundo, y ella había hecho un comentario de que vieran esa colección. Yo conocía a Lauren porque ella viene a Cartagena los fines de año y nos habían presentado varias veces. Entonces, cuando vi ese comentario y le puso un tag a una de las compradoras de Moda Operandi yo reaccioné. Eso lo vi a las cinco semanas, imagínate, y no hice nada. Le escribí un email y le dije que me gustaría que me diera una opinión de mi última colección. Le envíe el catálogo, luego me preguntó: “Cuándo estarías en Nueva York porque me gustaría ver la colección en persona”. Yo no tenía viaje a Nueva York planeado, y en vez de decir “mañana”, le dije que iba en diciembre a Nueva York. La presentación fue el 2 de diciembre, a las 2 de la tarde, en las oficinas de Moda Operandi. Era una especie de examen porque necesitaba saber qué llevar, ver de nuevo los terminados, para saber si era aceptado. En esa época, Moda Operandi curaba la mayoría de los diseñadores y entrar a la plataforma era difícil. Era algo así como “te consagras o no te paran bolas”.

Luego llegaron clientes que me decían: quiero un vestido de grado, uno de fiesta. Y comenzó la transición: mis propias clientas me metieron en los vestidos, en la ropa de noche

¿Y fue en esa colección donde iba el top?
Sí. Allí viene este famoso top que se llamaba Tulum Top, que era una camisa hecha en tela de hombre, que la desestructuramos, con los hombros afuera. La volvimos como cuello bandeja. Curiosamente, en ese momento, la camisa de rayas de hombre no estaba de moda ni las camisas escotadas en los hombros. Se volvió una tendencia gigante. Incluso, por mucho tiempo, fue la referencia más vendida de Johanna Ortiz.

¿Pero sin duda era una apuesta arriesgada?
Lo que pasa es que yo comencé a ver a la mujer más latina hacia afuera que lo que antes hacia la mayoría de los diseñadores, que era mirar hacia fuera para traer acá adentro. Me puse a mirar el folclor, cómo se vestían las mujeres, los cuellos bandeja, ese sex appeal de los hombros que me parecía atractivo, una parte de la mujer que es muy bonita, sexi, sin ser vulgar. No sé, se me ocurrió, y en esta colección hicimos el top.

El otro punto fuerte de esa propuesta fue el bolero.
El bolero, digamos, cuando uno ve a íconos como Carmen Miranda –famosa cantante portuguesa-brasileña–, a lo mejor más tropical, era más exuberante y no les daba pena vestirse, pero quería algo que se pudiera poner en todo tipo de mujer y que no se viera un traje típico. Comenzamos a trabajar con boleros que me daban volumen porque quería dar volumen en ciertas partes para dar balance: si iba a estar apretado y escotado, en algunas partes debía dar volumen y lo encontraba por medio del bolero, que no estaba de moda. Como alguien me dijo: “Tú inventaste los boleros”. Yo no inventé los boleros, pero sí los puse de moda.

¿Cómo es eso que la marca ya llegó a las mujeres del Medio Oriente, que usan el burka. ¿Cómo es esa historia?
Me parece increíble que la marca ya llegue a esos lugares. Es muy gratificante estar conectado con el consumidor final, ese cliente que termina usando un Johanna Ortiz. Una de las anécdotas bonitas es ver burkas con una manga grandota, mujeres que se ponen moños, y este mercado ha sido muy especial para la marca porque a las mujeres les gusta arreglarse, hasta en las fiestas más íntimas les gusta lucirse.

Usted abrió el desfile inaugural de los 30 años del último Colombiamoda. La colección mostró rebeldía, diversión, aventura. ¿Es la colección más autobiográfica que ha hecho?
La colección, que le pusimos ‘Caprice’, era un personaje espontáneo, que quiere divertirse de una forma con la vida, que quiere coger las cosas no tan en serio, como nos la tomamos todos hoy en día. Entonces, era invitar a la diversión. Yo no propongo moda, propongo piezas para que cada uno las interprete y las vuelva moda. Soy de las quieren pensar que son las clientas las que crean su propio estilo, y esta mujer era divertida que no quería usar zapatos, por ejemplo.

Alguien como usted, por ejemplo, que siempre camina descalza todo el tiempo. ¿Por qué lo hace en la casa, en la oficina, en las fotografías de las revistas?
Cuando estoy en confianza, lo primero que hago es estar sin zapatos. En mi casa nunca uso zapatos, así tenga los mejores invitados –hay excepciones, claro–, pero me encanta andar descalza, y la mujer de ‘Caprice’ es esa mujer irreverente porque no le gusta usar maquillaje, le gustaba ponerse flores en la cabeza y andar descalza, con vestidos de gala, de noche. Lo que uno quiere en la noche es sentirse linda, pero también cómoda. Me gusta la comodidad, sin perder la feminidad que sella la marca. ‘Caprice’, sin duda, sí se puede relacionar conmigo. Estar descalza simboliza tener los pies bien puestos sobre la tierra.

Empezamos con una máquina de coser, una operaria y yo, que pintaba, atendía, y cuando había mucho trabajo me sentaba a coser

¿Qué pasó por su mente el pasado primero de marzo en París, cuando presentó su nueva colección ‘Mujer Pacífico’, para la temporada otoño-invierno, a la prensa y a sus clientes internacionales?
Quería crear un estilo de tela, como los toile chinos o franceses, pero con un paisaje del Pacífico. Investigamos las casas, el tipo de fauna, la entrada de los ríos e hicimos una tela increíble. Creo que para mí es importante llevar la esencia de nosotros allá, al mundo, que eso es lo que ha encantado. Nos tomamos un apartamento en París, pero lo camuflamos al estilo Johanna Ortiz. Llevamos canoas, un tapete en yute, con una impresión de la tela del Pacífico. Esa colección les pareció tan novedosa e interesante que dijeron que Colombia ya tenía una tela propia.

Me decía una clienta que la marca le generaba seguridad. ¿Es posible generar eso?
A mí me encanta escuchar eso. Muchas mujeres me dicen que van a una fiesta, y me las encuentro y me dicen que era la más bonita de la fiesta. Pero me encanta más cuando me lo dicen los esposos. Cuando el esposo me dice que estaba divina, allí me siento mejor. Hay un balance de aprobación tanto del mercado femenino como del masculino. Pero lo más lindo de uno como diseñador es dar las herramientas perfectas para hacer sentir mujeres seguras.

¿Qué viene ahora?
Quiero que la marca Johanna Ortiz se vea como un estilo de vida, que cuando entres a una tienda de la marca encuentres todo lo que me rodea a mí. Por ejemplo, cuando vas a mi casa y vas a una tienda te comunicas cómo tengo decorada la casa. Tengo el mismo ventilador, el mismo piso. Yo quiero que la gente se conecte con ese mundo mío y que lo sienta asequible y así entender un poco mis gustos, mis colores, mis estampados, el tipo de mujer. El desafío más grande es seguir teniendo el ADN claro de lo que es Johanna Ortiz. Espero, además, que la parte comercial vaya alineada con lo que estoy creando. Hay una presión gigante. Siempre hay una evolución, pero que esté aterrizada, sea novedosa, con muchas más exigencias. Antes era más libre de pensar en una clienta que le gusta determinado vestido, ahora pienso que les guste a muchos y sea atractiva la colección.

¿Y de dónde sale la inspiración?
La inspiración sale leyendo, me encantan las biografías históricas de mujeres, entonces me empiezo a imaginar. Los creativos somos de imágenes, de una imagen puede salir una inspiración. Siempre creo que el que mejor combina los colores está allá arriba, y se los dio a la naturaleza, y esa es una fuente de inspiración increíble.


POR ALEJANDRO AGUIRRE
FOTOGRAFÍA CAMILO GRALD 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 89. SEPTIEMBRE - OCTUBRE DEL 2019

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