Los universos de Jaca

Los universos de Jaca

BOCAS conversó con el pintor colombiano Carlos Jacanamijoy.

Jacanamijoy

Carlos Jacanamijoy nació en Santiago, Putumayo, un pueblo del valle de Sibundoy.

Foto:

Sebastián Jaramillo

Por: María Alexandra Cabrera 
26 de marzo 2019 , 12:45 p.m.

A Carlos Jacanamijoy le gusta estar cerca de la montaña. Dice que recibir la fuerza de la naturaleza lo conecta con su esencia andina. Por eso vive en una casa de tres pisos en el barrio La Macarena, en Bogotá, donde antes vivieron el pintor Luciano Jaramillo y la galerista Azeneth Velásquez. La casa la construyó Simón Vélez, pero no eligió la guadua sino el hierro y algunas piedras recicladas. Es un espacio silencioso donde “Jaca”, como le dicen sus amigos, tiene un pequeño jardín, una sala llena de rosas rojas, amarillas y blancas, un banco que perteneció a su abuela, esculturas de Nadín Ospina y Édgar Negret, y un piano que a veces toca.

En el último piso tiene un estudio con una chimenea (porque le gusta sentir el fuego cerca), una mesa repleta de óleos, acrílicos, y brochas y pinceles impecables, una de las coronas de plumas que usaba su padre y decenas de lienzos. El lugar está embebido por el olor penetrante de la trementina, pero Jacanamijoy perdió el sentido del olfato cuando era niño. Con suerte, su nariz solo registra el olor del amoniaco.

“Simón la pensó muy bien. Este es el muro perfecto para trabajar porque yo soy diestro y no me da sombra el color”, afirma mientras ajusta la chaqueta del traje negro y muestra la enorme pared del costado oriental, donde hay un cuadro de tonos azules en un bastidor y una obra de gran formato que tituló El jardín de las hadas, en honor a Misi. “Ella y su hermana Josefina tenían en Choachí un jardín en donde de verdad vieron las hadas. Unas semanas antes de morir, Misi me mandó el video en el que aparecen”, dice con voz dulce. Tiene absoluta certeza de la existencia de esas criaturas. Y, ¿por qué no? Si algo ha logrado con su pintura es mostrar que todo es posible. En sus lienzos, el espíritu de la naturaleza puede convivir con seres de otras dimensiones. Sus cuadros son imanes capaces de abrir portales a nuevos universos.

Jacanamijoy

Fotografía tomada por Sebastián Jaramillo e intervenida por Carlos Jacanamijoy.

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Sebastián Jaramillo

Carlos Jacanamijoy nació el 27 de marzo de 1964 en Santiago, Putumayo, un pueblo del valle de Sibundoy cercado por las montañas. Su padre fue un gran chamán de la comunidad inga que le enseñó los secretos de su pueblo y la sabiduría de las plantas. Sin embargo, gran parte de su infancia la pasó en la casa de sus abuelos, donde descubrió el amor por la pintura. Terminó el bachillerato en Pasto y llegó a Bogotá para empezar una carrera como artista. Hizo dos semestres en la Universidad de la Sabana, donde lo eligieron en primer semestre como el mejor compañero, y luego ingresó a la Universidad Nacional, donde se graduó como Maestro en Artes Plásticas en 1991. También hizo seis semestres de Filosofía en la Universidad de La Salle y una maestría en Estudios Culturales en la Universidad Javeriana.

Vivió en Nueva York, Londres, Madrid y París. Ha hecho exposiciones individuales en el Museo Smithsonian de Nueva York y Washington; en la Casa de América de Madrid, España; en el Palacio de los Trabajadores de China; en el Palacio de las Naciones Unidas de Ginebra, Suiza, y en galerías de Colombia. Su obra la han comprado coleccionistas de Inglaterra, Alemania, Suiza, España, Israel, China y Estados Unidos, y forma parte de la colección permanente del Museo Nacional del Indígena Americano en Washington.

En el 2013 presentó su primera retrospectiva en el MAMBO, un momento clave en su carrera que, según cuenta, le sirvió para mirarse profundamente. Y es que a Jaca le gusta ir adentro. Hace diez años medita, se formó como profesor de hatha yoga, aprendió a tocar piano, estudió tarot, psicomagia y psicochamanismo con Cristóbal Jodorowsky, y se le midió a hacer un retiro en el que estuvo en la oscuridad durante 14 días.

Si no fuera pintor, habría sido escritor o director de cine, pero sabe que su lenguaje se expresa mejor con pinceladas, brochazos y descargas de color. En su taller está organizando los lienzos que se expusieron en Toluca y Monterrey, México, el año pasado. La exposición se llamó Orificios de viento y va a enviarla pronto al Museo Rayo, en Roldanillo, Valle del Cauca.

Este año lo invitaron a una bienal en Beijing. No tiene más exposiciones programadas, pero el tema no lo inquieta ni lo afana. Jacanamijoy se acostumbró a trabajar en libertad. Ha pintado casi 3.000 cuadros por el gusto de hacerlo. Como un chamán, ha sabido transformar colores y formas para demostrar que el mundo es mucho más de lo que conocemos.

Cuando llegaba a la casa de mi abuela se abría el universo inga: nos ahumaban, nos bañaban con plantas, era divino.

¿Qué significa Jacanamijoy?
Comedor de curíes. Mi apellido es un trabalenguas para mucha gente de acá, y a la larga es fácil, yo los corrijo mucho.

Usted viene de una familia muy numerosa. ¿Cuántos son en total?
Mi papá enviudó con 5 hijos, y con mi mamá tuvo 18 más, así que somos 23 en total. De esos 18 de mi mamá, quedamos 12 vivos. Yo soy el número 6.

Gran parte de su infancia la pasó con sus abuelos. ¿Qué recuerdos le quedan de esa época?
Mis padres viajaban mucho, sobre todo para Venezuela por el trabajo como chamán de mi papá, y la mayoría de mis hermanos iban con ellos. Yo me quedé solo donde mis abuelos. Mi abuelo era carpintero y me construyó mis primeros bastidores, mientras mi abuela convertía costales de harina y sábanas en lienzos. También me quedé con ellos porque quería terminar el bachillerato. En la familia no existía la tradición de estudiar; yo rompí esa costumbre, pero hacerlo fue una hazaña.
Su padre fue un gran chamán. ¿Nunca lo tentó la idea de dedicarse a lo mismo?
Me hubiera gustado mucho, pero ser pintor es muy cercano a ser chamán. Además, la vida de un chamán es muy dura, ellos tienen que traspasar la vida y la muerte, tienen que sanar, conectarse muchísimo con los fenómenos de la naturaleza y con su yo interior. Y yo desde niño sabía que quería ser pintor, salir del pueblo y viajar. Por eso quise estudiar. Fui yo quien le dijo a mi hermano mayor que quería ir al colegio con él.

Tengo entendido que fue en el colegio donde sintió, por primera vez, el racismo. ¿Cómo fue eso?
Desde la Conquista, este país ha sido muy racista. Como los españoles tenían afán de dominio dijeron que había seres superiores y seres inferiores. Decían que los indios eran feos, sucios, brujos, y esa idea ha permanecido en el tiempo. Justamente fue en mi pueblo donde más sentí el racismo. En la escuela, mis hermanos y yo hablábamos inga a escondidas porque se burlaban cuando lo hacíamos, teníamos que esconder nuestras costumbres. Pero cuando llegaba a la casa de mi abuela, se abría el universo inga: nos ahumaban, nos bañaban con plantas, era divino.

¿Era como estar entre dos mundos?
Sí, eran dos umbrales que se abrían y se cerraban. Yo soy bicultural porque los chamanes también son muy católicos. Al hacer el ritual del ayahuasca se santiguan; es como entrar a un templo, pero para la religión católica es un templo pagano. Es triste que uno haya vivido así, que un niño viva así cuando la naturaleza, las plantas, la selva y los ríos son la madre. No es un cliché, como ahora lo usan, es algo real que no pertenece únicamente a unas culturas que viven en el monte, es muy humano.

Jacanamijoy

Su padre fue un gran chamán de la comunidad inga. Hizo el bachillerato en Pasto. Se graduó como Maestro en Artes Plásticas en la Universidad Nacional.

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Sebastián Jaramillo

¿El arte lo ayudó a sobrellevar esos momentos de su infancia?
La pintura me salvó de muchas cosas, me educó, me formó. Como todo lo dibujaba, mis profesores creían que era un niño juicioso, pero lo que me gustaba era el dibujo. Sentía mucha soledad porque mis padres viajaban constantemente y la pintura era la ventana que utilizaba para mirar otro mundo.

Sé que Miguel Ángel y Leonardo da Vinci lo marcaron de niño. ¿Por qué?

A los 13 años compré dos libros: uno de Miguel Ángel y otro de Da Vinci, y cuando leí esas historias dije: “Yo quiero ser como ellos”. Mientras mis compañeros decían voy a estudiar derecho, medicina, yo fui el único que dijo: “Quiero ser doctor en pintura”. Todo el mundo se rió, hasta los profesores me decían que esa carrera no existía, pero yo sabía que se podía. Para mí, el mejor mentor es ese ímpetu que uno tiene, esas ganas de mejorar, de explorar, es una pasión mística, y eso no lo enseñan en ninguna parte.

Pero usted sabía que era bueno...

Claro, porque sobresalía. Yo era introvertido, y eso me servía para hacerme notar; además, me ganaba los concursos de pintura y de dibujo en el colegio. Mi abuelita me decía: “Ese es un don de Dios”. Cuando conocí a Gabriel García Márquez en México, me recibió en su casa y me preguntó: ¿quién te descubrió? Yo me quedé mirándolo, le iba a preguntar: ¿por qué me preguntas eso?, y él, antes de que yo le fuera a contestar, me dijo: “Claro, es que cuando a uno le gusta lo que hace, todo es fácil”.

Si confiaba tanto en su talento, ¿por qué decidió estudiar filosofía en La Salle?
Porque yo pensaba que no iba a poder vivir del arte y decidí estudiar para ser profesor de filosofía en alguna universidad y así dedicarle mi tiempo libre a esto. Veía muy difícil vivir de la pintura, pero no la soltaba. Todo lo que yo he hecho lo he hecho con la pintura: pinté paisajes, hice retratos, bodegones y con eso pude sobrevivir, nunca trabajé en otra cosa. Incluso me ofrecieron trabajo como rector de un colegio en el Putumayo, y dije que no. Me dijeron orgulloso y pretensioso, pero yo quería estar en Bogotá.

¿Es cierto que durante un tiempo vendió cartas de amor?
Eras esquelas con dibujos y poesías, y con lo que me pagaban me compraba mis almuerzos en la universidad. Un día me pilló un amigo, le dije que yo las hacía, me pidió que le hiciera una para su novia, y así fueron llegando más. Como Cyrano de Bergerac, escuchaba la historia que me contaban y, a partir de ahí, escribía. Muchas parejas se reconciliaron o se ennoviaron con mis esquelas.

En una entrevista, me paré a buscar algo y me encontré a mi papá. Me dijo: ‘Muéstreles estos cuadros, no esas manchas’. Ese día le expliqué mi pintura y, al hacerlo, también entendí mi trabajo

En ese tiempo, usted pintaba bodegones y desnudos, ¿cómo encontró su lenguaje?
Cuando me gradué de la Nacional sabía que tenía que encontrar mi estilo y alejarme de la pintura más académica, empezar de cero y arrancar. Fue muy difícil, no hallaba por dónde, dibujé muchísimo buscando ese lenguaje. Fue en el año 93, cuando me encerré a trabajar en tres cuadros que desbarataba, borraba y volvía a pintar, que fue surgiendo mi pintura.

Entonces todo explotó y llegó la fama...

El salto fue poco a poco. Primero en la parte académica: me gané dos becas al tiempo y una bolsa de trabajo de Colcultura para vivir dos años, con la que alquilé un estudio, compré materiales, música clásica, un equipo de sonido, una cámara de video y una de fotos. Luego llegaron el Salón Nacional y los salones de arte joven. Cuando todo arrancó, como un cohete hacia arriba, yo estaba muy entusiasmado; de todos lados me llegaban proyectos, y esa fuerza la aprovechaba, había mucha inspiración, muchas ganas. No había aprendido a parar y a decir no, y podía pintar todo el día.

¿Qué decía su padre sobre su pintura?
Él no entendía por qué yo hacía todas esas manchas si sabía pintar paisajes. Una vez, en una entrevista para televisión, me paré a buscar algo y me encontré a mi papá en el pasillo con dos pinturas. Me dijo pasito y en inga: “Muéstreles estos cuadros a ellos”. Eran unos bodegones y unos desnudos. “No esas manchas, ellos no van a saber que usted aprendió a pintar”. Ese día le expliqué de qué se trataba mi pintura y, al hacerlo, también entendí mi trabajo. Le dije: “Lo que usted hace con esa rama con la que cura, limpia, baila y recoge espíritus de la naturaleza con la ayuda del viento y el soplo, es lo mismo que yo hago en mi pintura: recojo con el pincel y lo voy consignando en el lienzo”. Así entendió.

¿Cómo es el cuento del primer dibujo que vendió a los doce años?
En la semana cultural del colegio vendí un dibujito. Una señora prestante llegó a comprarlo, yo le pedí 20 centavos; se me hacía mucho porque eso me alcanzaba para una semana de golosinas y mecato, pero fue lo que me aconsejó pedir la secretaria del colegio. Ella se sonrió y me dijo: “Te voy a dar 50”. Yo estaba feliz. Hace poco conocí a su hija, son de origen paisa, me dijo que aún guardaba el dibujo.

Ahora vende obras que han superado los 150.000 dólares...
A veces se ve ese tema del arte como un tabú, como si fuera un pecado o una culpa que alguien venda su trabajo. A mí me parece maravilloso que uno pueda ganarse la vida con la pasión que uno tiene. Cuando he visitado universidades, los artistas jóvenes me preguntan mucho qué pienso de los trabajos que se vuelven comerciales. Yo les contesto: “Ojalá se vuelva comercial, el resto depende de cómo se ve lo comercial”. Cuando una obra se vuelve artística es cuando no es una rueda suelta en una sociedad, hace parte de un engranaje social y de una evolución cultural. Sin embargo, aún no existen políticas de Estado con la cultura. Los artistas no tenemos un seguro o una pensión. Nos toca con las uñas, a los codazos.

Jacanamijoy

Ha presentado exposiciones en el Smithsonian de Nueva York y Washington; en la Casa de América de Madrid; en el Palacio de los Trabajadores de China y en el Palacio de las Naciones Unidas de Ginebra.

Foto:

Sebastián Jaramillo

¿Tuvo alguna vez la pretensión de hacer una gran obra de arte?
Lo pensé en algún momento, dije: “Voy a hacer una obra icónica, que marque”, pero hoy creo que la gran pintura es toda la obra de un artista.

¿Cómo es su proceso?
Me gusta madrugar, por lo general trabajo en la mañana, hasta donde me dé la luz. Algunos cuadros los dejo en proceso, observo mucho, a veces me doy tiempo también de no pintar, no es algo así de todos los días. No hago bocetos y por lo general arranco de una, como hace un niño, con esa fluidez, naturalidad e inocencia.

¿Habla con la obra?
El diálogo con la pintura es un diálogo con uno mismo. A veces paro, me doy el gusto de leer, voy a cine, salgo, viajo, tener una tela en blanco es un disfrute también. Yo voy pintando como para mí, para darme el gusto de ser artista.

¿El pintor, por excelencia, es un ser solitario?
La pintura ayuda a sopesar la soledad, que es una de las cosas a las que el ser humano les tiene más miedo. Es un trabajo muy solitario, y eso es muy rico. Yo necesito estar muy solo, así no esté pintando.

¿Busca generar alguna experiencia concreta con su pintura?
La idea es dejarse llevar por la pintura. Busco que mi pintura sea bien irracional, que sea para sentir. La satisfacción personal es que las personas sientan de entrada, aunque no tengan el ojo educado en el mundo del arte.

¿Cree que la pintura puede transformar consciencias?
Sí, y con la mía intento hacerlo. El arte siempre me pareció una herramienta buenísima de transformación social. Uno de los postulados fuertes de mi trabajo es esa relación estrecha del hombre con la naturaleza y el reconocimiento de la sabiduría ancestral, a la que le hago un tributo. Cuando leí y me releí De lo espiritual en el arte, lo entendí perfecto. Se trataba de trasladar todo a la pintura y crear una puesta en escena en la que estuvieran todos los sentidos, pintar creando silencios, sonidos y atmósferas. Eso es lo que yo entiendo como lo espiritual en una pintura.

Muchas personas creen que las formas y los colores de su pintura han surgido gracias al yagé.
Ese es otro cliché, se trata de explicar un mito con otro mito, es la explicación de lo inexplicable. Primero, es imposible pintar en un ritual de yagé. Segundo, yo no he visto nada, nunca he tenido alucinaciones, pero sí siento muchísimo, unos viajes internos fuertísimos. Mi pintura tiene mucho que ver con un viaje interior; entonces, la gente dice que es por los efectos del yagé.

Pero, ¿usted sí toma yagé con frecuencia?
No realmente. El yagé es una planta sagrada y uno de los pilares de mi cultura inga; por eso desde niños nos dan yagé. Con mi papá tomé algunas veces, pero desde que él murió, en 2008, he tomado unas dos o tres veces, no más. El problema está en que no respetamos la sabiduría de nuestras plantas. Esa propaganda de la mata que mata estuvo muy mal, fue mala información; lo mismo pasa con el yagé, es el uso que se le da. El ser humano se ha desconectado de la naturaleza por andar afanado, nosotros mismos hemos perdido la esencia como seres humanos.

A usted lo han llamado “pintor indígena”. ¿Le gusta ese calificativo?
Creo que es muy racista. Por qué no se dice el pintor blanco Botero o el pintor mestizo Obregón, pero sí se dice “pintor indígena”. Hay dos tipos de racismo: el positivo y el negativo. El positivo es cuando los presidentes cantan el himno nacional en wayú, cuando se empluman o se hacen retratar con los indígenas, pero cuando reclaman tierras cambia el panorama, ahí sí estorban. Colombia como sociedad no habla bien de su pasado, hay un poquito de paternalismo, incluso en las instituciones. En la academia y en la Constitución política, los indígenas recién empezamos a existir, porque antes éramos un cero a la izquierda. No se nos nombraba como algo de mostrar, sino como algo de esconder.

Iba a Londres a estudiar. Cuando llegué me sacaron de la fila de inmigración. Con el poco inglés que sabía les mostré todos mis papeles, pero no les importó y me mandaron de regreso a Bogotá.

¿Cree que la cultura ha exotizado al indígena?
Por supuesto, a la sola palabra “indio” se le ha dado un contenido muy fuerte. Parte de mi trabajo es desexotizar y desnaturalizar ese racismo que creemos tan natural. En la universidad enseñan arte precolombino, en los billetes se habla de los indios, está el Museo del Oro, pero en la calle, en la cotidianidad, no se siente que amemos el mestizaje que somos. Todos somos hermanitos, por eso es una tontería hablar de las razas.

Usted vivió un episodio de racismo muy doloroso en 1997. ¿Cómo es el cuento?
Iba a Londres a estudiar inglés por dos meses. Cuando llegué, me sacaron de la fila de inmigración y me metieron a una cabina, me preguntaron a qué iba, para qué quería estudiar inglés, si llevaba drogas, que quién me estaba pagando. Con el poco inglés que sabía les mostré mi obra y todos mis papeles, que estaban en regla, pero no les importó y me mandaron de regreso a Bogotá. Fue un caso de xenofobia y racismo total. Ahora siempre que viajo, así sea a una exposición, digo que voy de paseo.

Un año después tuvo una experiencia muy distinta en China. 
Fue una exposición en Beijing muy importante. Allá, todos me decían que no me hiciera el turista, que yo era de allá. Creo que se sintieron muy identificados con mi trabajo en la manera de ver e interpretar la naturaleza.

¿Dónde se origina su pintura?
En los cuatro elementos. En la tierra de la chagra de mi abuela, en el fogón que permanecía encendido en la casa ,y en la cascada de la selva.

Hábleme de sus colores.
Yo siento los colores. Desde mis primeras pinturas fui muy perceptivo, se vuelve como un ritual en el que me muevo con todo el cuerpo, algunas veces camino sobre el lienzo. Lo que hago es que hago sinestesia, buscarles colores a los sabores y sonidos a los colores, ese tipo de asociaciones. A partir de ahí voy sintiendo mucho los colores.

También ha trabajado en blanco y negro, como en la serie de los peces en tinta china.
El blanco y el negro los estoy sintiendo en color. Los peces en tinta china son pinturas alegres hechas en quince minutos. De niño, cuando íbamos por la selva, pescábamos con anzuelos, y la sensación cuando el pez muerde el anzuelo es parecida a la luz. Con esos peces quise transmitir una especie de brillo. Cuando la obra salía bien, decía: “Lo pesqué”. Si salía mal, lo descartaba porque no quería borrar, quería lograr una pintura desde un gesto.

Jacanamijoy

“Jaca”, como es conocido en el mundo artístico, es un inmenso referente de la plástica nacional.

Foto:

Sebastián Jaramillo

¿Qué pez es?
Es un pez karahuaja, aquí le dicen cucha, tiene un caparazón negro. En la selva hacen caldos para después del parto o cuando las personas están convalecientes. Para mí es sinónimo de vida, de sorpresa.

Hablando de sorpresas, la serie de pizarras que presentó en el 2013 es un trabajo muy diferente al que nos tenía acostumbrados. ¿Qué lo llevó a ellas?
Coincidió con la retrospectiva que hice en el MAMBO. Me provocó darle un respiro a cada época y tienen que ver con la diferencia. Qué pasa cuando uno ve y siente diferente, y de qué manera, como seres humanos, podemos vivir en la diferencia.

El presidente Duque lo nombró hace poco parte de la mesa de trabajo de industrias creativas y culturales de la Misión de Sabios. ¿Cómo llegó allá?
Me llamaron de Presidencia, no sé quién me recomendó ni por qué, pero me parece una experiencia maravillosa para aportarle al país. Esa mesa era como la cenicienta, pero esta vez le dieron mucha relevancia para poder darles ese impulso a las artes del país como herramientas de transformación social. Lo importante es que se puedan hacer cosas y que no se quede todo en un papel. Yo estoy muy optimista.

Usted no para de estudiar, ¿qué viene ahora?
Voy a hacer una maestría en Escrituras Creativas en la Universidad Central. Mi idea es hacer una novela, y, si luego la puedo adaptar al cine, me encantaría.

Su hijo mayor es artista plástico y el menor cineasta. ¿Es difícil surgir en el mundo del arte cuando se tiene un padre tan famoso como usted?
Ellos siempre han vivido entre artistas, intelectuales y escritores, era natural que escogieran ese camino. Pero por el hecho de ser mis hijos no tienen que expresarse de la misma manera que yo. Espero que no sientan esa presión que tiene que ver con temas más sociales. Ojalá que tengan mucha fuerza para que sigan así de independientes. Qué rico que puedan bucear su vida a su antojo y que sean muy libres.

¿Usted lo ha sido?
Sí. Me parece una delicia pintar con libertad. Uno de los gustos que se puede dar uno como artista es ese: sentirse muy libre.

¿Cómo le gustaría que lo recordaran?
Sobre todo, como buena papa.

POR MARÍA ALEXANDRA CABRERA 
FOTOGRAFÍA SEBASTIÁN JARAMILLO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 83 - MARZO 2019

Jacanamijoy

Los universos de Jaca.

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Revista BOCAS

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