Guaidó, el presidente insospechado

Guaidó, el presidente insospechado

Habla el líder de la oposición que sueña con despachar desde el Palacio de Miraflores.

guaidó

Juan Gerardo Antonio Guaidó Márquez nació y creció en La Guaira. Tiene 36 años. 

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Alejandro Cegarra

Por: Sinar Alvarado
29 de octubre 2019 , 04:17 p.m.

Juan Guaidó mira todos los días desde su oficina unas fotos del Palacio de Miraflores, la sede del gobierno en Venezuela. El edificio, donde despacha Nicolás Maduro, está en el centro de Caracas, varios kilómetros al occidente de la sede de Guaidó, situada en una torre ejecutiva de aspecto sobrio. Pero allí, sobre su escritorio, el político de 36 años conserva un libro con fotografías del Palacio donde espera vivir y despachar en el corto plazo. Las imágenes, de página completa y a todo color, son un amuleto que le indica cuál es su objetivo. Pero también, cada mañana, ese Miraflores de papel le recuerda que su presidencia sigue siendo simbólica.

El 5 de enero de 2019, Juan Guaidó se convirtió en el nuevo presidente de la Asamblea Nacional, el último poder público elegido en Venezuela en 2015, cuando la coalición opositora logró la mayoría calificada del Parlamento. Por un acuerdo entre la oposición, el partido Voluntad Popular postuló a Guaidó para presidir la cámara de 2019 a 2020.

El 10 de enero se cumplieron seis años desde que Nicolás Maduro asumió la presidencia de la república, justo después de que Hugo Chávez se retiró por enfermedad antes de morir en marzo de 2013. Con Guaidó recién elegido en la Asamblea, la oposición argumentó que Maduro empezaba a usurpar el cargo. Guaidó invocó el artículo 233 de la Constitución venezolana, que faculta al presidente del Poder Legislativo para encargarse del Ejecutivo de forma provisional.

Desde entonces, su exigencia, apoyada por la mayoría de los partidos de oposición, se resume en tres pasos: cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres.

Alrededor de 60 países, incluidos Estados Unidos y la Unión Europea, reconocen a Guaidó como el presidente legítimo de Venezuela. Este apoyo se logró con un intenso lobby internacional que empezó a fraguarse en diciembre de 2018, poco antes de su ascenso a la presidencia del Parlamento. Aunque aliados como Donald Trump e Iván Duque le han prestado un apoyo esencial al inusitado gobierno de Guaidó, Nicolás Maduro sigue firme en el sillón presidencial. Nueve meses han pasado desde que el líder de la oposición juró su cargo como jefe de Estado frente a miles de venezolanos en las calles de Caracas, pero la criatura de un nuevo poder en Venezuela continúa en gestación.

Juan Guaidó es el diputado más joven que ha alcanzado la presidencia del Legislativo en Venezuela. Ingeniero industrial con posgrado en gerencia pública, se formó en la Universidad Católica Andrés Bello, donde empezó su preparación política como activista y líder estudiantil. Guaidó nació y creció en La Guaira, una zona del litoral central de Venezuela ubicada a solo 40 kilómetros de Caracas.

En diciembre de 1999, mientras Hugo Chávez animaba a sus seguidores para que votaran una nueva constitución, un derrumbe provocado por intensas lluvias bajó del cerro y sepultó a miles de víctimas. Hubo alertas y se consideró suspender la elección para evitar riesgos, pero el entonces presidente citó a Simón Bolívar: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. La naturaleza no obedeció, y la cifra de muertos superó los diez mil.

Entonces, a los 16 años, Juan Guaidó empezó a padecer una forma de actuar que se volvería típica durante la hegemonía chavista: primero el poder; después todo lo demás.

Expulsada por ese derrumbe, la familia Guaidó, junto con miles de vecinos, tuvo que abandonar La Guaira para radicarse de forma provisional en casas de algunos familiares. Hoy, el político recuerda que dormía junto a su madre y hermanos hacinados en una misma alcoba. En aquella época, para reconocer las consecuencias de la tragedia, algunos estudiantes recibieron becas, entre ellos Juan Guaidó.

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Tiene el reconocimiento oficial de 60 países y es respaldado por la mayoría de sus coterráneos como el mandatario legítimo de Venezuela.

Foto:

Alejandro Cegarra

Esos días le generan sonrisas, pero también revive los múltiples esfuerzos que debió hacer para vivir en distintos lugares mientras completaba su carrera universitaria. Durante varios años, en vacaciones, Guaidó viajó hasta el estado Zulia, en el occidente de Venezuela, para visitar a su madre, quien se había mudado a esa zona.

Junto con varios políticos de su edad, Guaidó debutó en la escena pública en 2007, cuando Chávez canceló la licencia de Radio Caracas Televisión, un canal muy crítico hacia su gobierno. Este cierre estimuló protestas, y él, en compañía de otros estudiantes que hoy son diputados, varios de ellos presos o exiliados, lideró protestas que le abrieron un camino en la política nacional.

Con esos colegas y bajo la mentoría de Leopoldo López, otro líder opositor perseguido, Guaidó ayudó a fundar en 2009 el partido Voluntad Popular, que ha sido protagonista en la resistencia frente a Maduro durante estos años. Criado en una familia de clase media baja, Guaidó integra la última generación de venezolanos que pudo ascender en la escala social gracias al estado de bienestar que financió el petróleo. Al mismo tiempo pertenece a la primera generación que creció bajo el chavismo como único sistema de gobierno: el que despojó a millones de jóvenes de una verdadera oportunidad de desarrollo dentro de su país.

El desafío personal de Juan Guaidó contra el régimen de Nicolás Maduro es, en resumen, una cruzada por el derecho al futuro.

Pasa el tiempo, y hay un desgaste de su figura como líder. También es evidente y está medido el desgaste de la gente. ¿Cómo administra la desesperanza?


Tengo una ventaja: yo soy de La Guaira. Soy fanático de los Tiburones de la Guaira, un equipo de béisbol que tiene 30 años sin ganar. Sin embargo, nos mantenemos militantes de la fe y de la esperanza.

¿Y la desesperanza de la gente?
La frustración es un tema latente. Nuestro trabajo es generar certezas, esa es la parte complicada en medio de esta incertidumbre que la dictadura convirtió en algo cotidiano. He hablado con familias cuyos hijos se han ido caminando durante semanas hasta Perú. En Colombia tenemos también a muchos venezolanos. La normalidad en Venezuela se convirtió en una urgencia. Cuando uno tiene una urgencia, ¿qué hace? Lo que sea necesario para resolverla.

¿Existe aún la posibilidad de una intervención militar en Venezuela?
Nosotros estamos pagando los costos de la guerra sin haberla tenido. Hoy, Colombia está sufriendo los embates de una guerra que no existió en Venezuela. Tenemos los indicadores terribles de una guerra, pero sin ella. Aquí ya existe una invasión: de los cubanos, de los rusos, de grupos irregulares como las disidencias de las Farc y el Eln, al que le permiten explotar nuestros recursos y contrabandearlos hacia Colombia. Pero de esa invasión no se habla, y me parece hipócrita. Este dilema no puede ser visto como un dilema de guerra o paz; el dilema es cómo se soluciona el conflicto de la mejor manera en Venezuela. Colombia ha sido absolutamente solidaria con nuestra situación, y nos unen lazos históricos. A Colombia, además, le conviene que Venezuela se recupere, porque es su primer socio comercial. Lo que ha hecho Iván Duque con el caso venezolano es acertado y noble, pero además, inteligente.

Si tuviera que repetir lo que hicieron en la frontera con Cúcuta, ¿lo repetiría o probaría otro modo?
Lo repetiría, sin duda, y buscaría mejores mecanismos para que ingresara más ayuda. Tenemos siete millones de venezolanos en emergencia humanitaria compleja. Y a esos hay que sumar todos los que están fuera del país.

¿Podría explicar sus fotos con miembros de ‘los Rastrojos’?
El impacto de eso en Venezuela fue nulo. ¿Por qué? Porque aquí se entiende la vulnerabilidad que existe hoy no solo en la frontera, sino en muchos sectores del país tomados por el hampa. Ahí, lo que pasó es que el Gobierno venezolano bloqueó la frontera para tratar de impedir el ingreso de la ayuda humanitaria, y nosotros salimos por el lugar que pudimos sin conocimiento de cuáles sectores están bajo el dominio de quién en torno a la frontera. Lo cierto es que esos señores están presos en Colombia, como tienen que estar. La verdad, no tenía idea de quiénes eran. Yo atravesé por un lugar que era el único posible para poder llegar a Colombia.

A las 3 de la mañana tocaron la puerta, y pensé: ‘me vinieron a buscar, llegó la dictadura’

¿Cree que todavía hay músculo de protesta en la gente?
¡Sin duda! Estamos en una sociedad más desgastada por la situación crítica que vivimos; llevamos años en esto. Pero hoy, el dilema en Venezuela es existencial. El dilema es por la propia existencia de la república y de sus ciudadanos. Una y otra vez nos han exigido como sociedad. Durante mucho tiempo, la comunidad internacional vio esto con buenos ojos: le parecía un socialismo simpático. Y trataron de ver esto como un tema de izquierdas y derechas. Y lo advertimos desde siempre: este no es un tema de ideologías; es un tema de derechos fundamentales.

Vamos al inicio de todo. Usted creció junto al mar, ¿cierto?
Sí, tenía la playa a dos cuadras. Y, la verdad, siento que era otra Venezuela, una muy distinta a la que vemos hoy. En esa época, la única preocupación de mi mamá era si me raspaba las rodillas corriendo en la calle, o si peleaba con un amigo o un vecino. Nada más.

¿Tenía algún tipo de conciencia política en esa época?
Me gustaba organizar el salón. Ayudar a organizar los equipos, los intercambios deportivos. Más que conciencia política, tenía mucha conciencia del contexto en el que vivía. Eso sí.

¿Cuándo ocurrieron las primeras aproximaciones a la política?
En la universidad, con ese mismo análisis de contexto: para que la familia esté bien, todos tenemos que estar bien, pensaba en esa época. Porque el bienestar es la suma de responsabilidades y de la conciencia cívica. Empecé por la cultura ciudadana; por la responsabilidad en sociedad, los deberes y los derechos. En esa época entendimos que si no aportábamos todos, nada iba a funcionar. Y fundamos nuestra primera agrupación política, y realizamos nuestras primeras acciones. Los estudiantes eran muy apáticos y estaban muy desconectados de la realidad. Entonces tratábamos de generar conciencia para que participaran en las labores de todos, en el voluntariado, en los centros de estudiantes. Ahí participé porque sentía que los líderes estudiantiles no me representaban, y tenían seis años seguidos siendo electos en cargos que duraban un año. Gracias a ese descontento armamos nuestro grupo.

Siempre le ha tocado enfrentarse a gente que se aferra al poder y no lo suelta.
Y por distintas razones [risas]; pero ciertamente nos tocó.

En esa etapa como estudiante conoció a varios de sus aliados de hoy.
Sí. Hay dos frases que marcaron a mi generación. La primera: no podemos tener profesionales exitosos en sociedades fracasadas. La segunda: tenemos que ensuciar nuestras manos de realidad. La segunda era de un profesor jesuita, y le dimos muchas vueltas. Porque era entender cómo funcionan la política y los factores de poder para transformar la sociedad. Y además, la constancia. La danza de la lluvia que hacen los indios funciona porque bailan hasta que llueve. Hay que bailar hasta que llueva.

¿Usted pensaba entonces en un destino como político?
No sé en qué momento lo pensé, o lo asumí. Yo veía por televisión a los diputados, a los alcaldes, y me llamaba la atención. “En todo amar y servir”, esa frase de san Ignacio de Loyola me marcó. En la universidad hicimos un curso basado en el liderazgo al estilo de los jesuitas. Ahí se inició para mí un proceso de germinación de ideas, de debate político intenso, y la necesidad del aporte en sociedad.

¿Llegó a soñar con la presidencia en esa etapa?
Fue un proceso; fuimos cumpliendo pasos. En 2007, cuando Chávez promovió la reforma constitucional que permitió la reelección indefinida, nos dimos cuenta de que había que asumir esto en primera persona. Entendimos que este problema es nuestro, no de un tercero.

Hay que entrar en el juego.
Exacto. Ahí vino un cambio importante para mi generación, que creció en la antipolítica. Somos hijos de esa antipolítica. “Los políticos son malos, son
corruptos, ahí no hay que meterse”, decían mucho en ese tiempo. Pues siendo joven yo tomé la decisión de meterme de lleno. En 2008 me gradué y empecé a trabajar como ingeniero industrial; ganaba un salario alto siendo un profesional joven. Pero renuncié a los seis meses porque descubrí que eso no era lo mío. Recuerdo una frase de un amigo que me dijo: “Esto no es un pasatiempo, es una vocación”. Y así lo asumí desde ese momento.

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El presidente de la Asamblea Nacional y aspirante a líder de la transición busca generar un quiebre entre los militares que sostienen el régimen de Nicolás Maduro.

Foto:

Alejandro Cegarra

Ramón J. Velásquez, quien fue presidente encargado de Venezuela entre 1993 y 1994, dijo que para ser presidente había que nacer.
Buena figura esa. Más que en el destino, yo creo en la preparación. Nos fuimos formando para asumir ciertas responsabilidades. Evidentemente, nadie se forma para encargarse de la presidencia bajo una dictadura que asesina, que persigue y genera la crisis humanitaria más severa en la historia del continente. Pero así fue: nos formamos en dictadura, en la protesta, en la defensa de nuestros derechos, y en formar en paralelo un plan de gobierno. Cuando lo ves en retrospectiva, no sé si es el destino.

¿Cómo es su rutina?
Bueno, siempre ha sido muy laboriosa, desde que tenía que levantarme a las 4 de la mañana para ir a la universidad. Todos los semestres hice cursos de verano para tratar de adelantar lo máximo posible. Trabajaba en vacaciones. Durante los semestres no me daba tiempo porque era una carrera muy exigida. Siempre he tenido una dinámica bien activa. Obviamente, en esta emergencia que estamos atravesando, mucho más. Estamos en una situación totalmente atípica: un presidente encargado en dictadura, reconocido por 60 países. Pero, aun así, el régimen de facto controla mucho el gobierno, entre comillas. Y digo entre comillas porque hoy ya no gobiernan. No ha habido un acto de gobierno real en el último año y medio. Maduro ya no gobierna; es un prisionero del poder.

Con más de 200 militares presos, muchos de ellos torturados, ¿cómo conquistarlos para su causa cuando existe entre ellos tanto miedo?

Nadie está cómodo con lo que está pasando. Ni siquiera la dictadura, y se les nota. Las fuerzas armadas están absolutamente descontentas. Un 80 o quizá 85 por ciento de ellos no está conforme con esta situación. Entonces hay que construir garantías para todos los sectores. Nosotros hablamos de la Ley de Amnistía y Garantías, pero lamentablemente no cuajó. Luego de la mediación de Noruega, nosotros propusimos la conformación de un Consejo de Estado. Si los militares no confían en un Parlamento que pueda respetar sus garantías, que confíen en ellos mismos, y que formen parte de este Consejo. Allí cabrían tres acciones: contener la emergencia humanitaria compleja, reinstitucionalizar el país y generar una elección presidencial libre que genere estabilidad y gobernabilidad. Esa es la propuesta. Tenemos más de 400 presos políticos y más de mil exiliados que debemos ayudar a volver.

¿Planean volver a las negociaciones en Oslo?
Oslo era para nosotros un mecanismo, y no estamos enamorados de ningún mecanismo. Estamos enamorados de la solución. Si es a través de Oslo, bienvenida.

La inmensa presión que ustedes han generado contra el chavismo todavía no produce el desenlace. ¿Qué nuevas estrategias quedan?
Primero, presionar a la dictadura. Vienen más acciones de calle. Y se pueden esperar más sanciones.

Mayor aislamiento político y económico para Maduro y los suyos.
Ya lo tienen, y va a aumentar. Mientras sigan a la defensiva van a tener muchos más problemas. Tienen un problema central que es el económico. Ya no tienen socios, sino acreedores; ya no tienen aliados, sino financistas. Ellos se quedaron solos hace mucho tiempo.

¿Cuánto tiempo antes del 23 de enero de este año se tomó la decisión de asumir la presidencia?
Veníamos construyendo esas capacidades, conversando con los países desde finales del año pasado. Veníamos conversando con los partidos políticos, con los distintos actores sociales. Y logramos reunir todo ese 23 de enero.

Y mucho lobby internacional también.
Claro, mucho lobby internacional, pero ese se hizo todo en diciembre, y el avance final se completó en enero.

Unas navidades y un Año Nuevo muy activos.
Hubo mucho trabajo para mí y toda nuestra gente. Fue muy intenso, y había un factor fundamental que era la gente. Ese 23 de enero, la fecha en que cayó la última dictadura venezolana, tuvimos esa gran manifestación en Caracas y en 56 ciudades de Venezuela. Fue impresionante. Bueno, ahí dijimos: “Aquí ya hay una oportunidad; tenemos el respaldo popular y el respaldo internacional”.

Nadie está cómodo con lo que está pasando. Ni siquiera la dictadura, y se les nota. Las fuerzas armadas están absolutamente descontentas.

¿En enero ustedes pensaron que el desenlace estaba más cerca?
En principio, nadie tenía expectativa. Recién juramentado como presidente del Parlamento, mi discurso no fue de agradecimiento; dije más bien que era el momento de rehabilitar y construir capacidades para enfrentar a una dictadura. Había llegado el momento de ejercer la mayoría. No basta solamente con ser mayoría; hay que ejercerla. Sobre todo en una situación como la que estamos viviendo. Entonces, en principio, nadie tenía expectativa, pero la construimos muy rápido. Recuperamos rápido la esperanza. Aún no nos hemos rendido, y el pueblo venezolano tampoco se va a rendir. Por eso digo que la dictadura está derrotada.

¿Por qué no lo han metido preso?
Porque es muy costoso políticamente para ellos, todavía. Digo todavía porque ese riesgo estará siempre latente.

¿Y cómo se prepara para la cárcel?
El día que secuestraron a Roberto Marrero, mi jefe de despacho, yo estaba solo en mi casa. Mi esposa se había ido de gira por Chile, Perú, Estados Unidos. A las 3 de la mañana tocaron la puerta, y pensé: “Me vinieron a buscar, llegó la dictadura”. Pero no; venían a avisarme lo de Roberto.

Usted ya ha asumido ese escenario como uno de los posibles.
Sin duda. Nosotros hemos pasado por el escenario de perder la vida en este rol.

¿Cuánto influye Leopoldo López, su mentor, en su trabajo político?
Tenemos los roles muy claros. Leopoldo es el coordinador de Voluntad Popular, nuestro partido; y yo soy el presidente encargado de Venezuela, y presidente del Parlamento.

¿Hablan con frecuencia, lo aconseja?
Hablo con Leopoldo (López), con Henrique (Capriles), con María Corina (Machado). Hablo con todos los jefes de los partidos, con muchas personas de la sociedad civil.

¿Cómo consigue navegar entre los distintos bandos de la oposición y, además, combatir el chavismo?
Diría Steve Jobs: “conectar los puntos”. Yo fui jefe de fracción parlamentaria el año pasado en la Asamblea Nacional. Mi trabajo era articularlos a todos para lograr los acuerdos políticos, para mantener la unidad. No fue una tarea fácil, pero sí había buena voluntad de todos.

¿Y cómo está hoy la unidad de la oposición?
Muy sólida. Por primera vez en años trascendimos de una unidad electoral a una unidad de causa. Debemos estar juntos o no vamos a tener país.

¿Usted ha considerado competir por la presidencia?
En esta etapa ese es un debate extemporáneo, porque mi rol ahora mismo es de articulador. Pero lo evaluaría llegado el momento.

¿Cómo espera que lo recuerde la historia de Venezuela?

Como un servidor público que no solo lo intentó, sino que logró recuperar la democracia y la dignidad para su país; que ayudó a sanar la nación. En definitiva, que me recuerden como un servidor de Venezuela.


POR SINAR ALVARADO
FOTOGRAFÍA ALEJANDRO CEGARRA 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 90. OCTUBRE - NOVIEMBRE DEL 2019

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