Fanny Sanín: "A mí me retiran cuando me muera"

Fanny Sanín: "A mí me retiran cuando me muera"

BOCAS entrevistó a una de las artistas colombianas más importantes hoy día. 

Fanny

Vivió en Monterrey y Londres y desde hace 47 años vive en Nueva York, donde logró convertirse en uno de los grandes referentes del arte abstracto en Latinoamérica y EE. UU.

Foto:

Carlos Sanfer

Por: JUANITA RAMOS
18 de diciembre 2018 , 05:00 a.m.

La figura de Fanny Sanín se puede resumir en una frase del curador Félix Ángel: “Es la artista de talla internacional más discreta que haya dado Colombia”.

Desde hace 56 años vive fuera del país y, tal vez por esa obvia razón, su reconocimiento es mayor en el exterior que en su tierra. Ha residido en Monterrey, Londres y Nueva York, donde vive desde 1971 en la parte alta de Manhattan. En esta ciudad, Sanín se ha consagrado como uno de los grandes referentes del arte abstracto de Latinoamérica y Estados Unidos.

Su llegada a la “capital del mundo” no fue nada fácil. A Fanny, quien ya había expuesto en varias galerías de Latinoamérica, apenas la recibieron como a una artista más. De hecho, tuvo por primera vez una larga pausa en su carrera como artista. Duró casi tres meses sin pintar, pues no le fue fácil adaptarse. Todo fue “traumático”, dice. Nueva York, incluso, la saludó con un incendio. Recién llegada con su esposo, Mayer Sasson –a quien le habían ofrecido un trabajo como ingeniero eléctrico–, vivieron en un hotel. Justo en el cuarto de al lado donde se estaban alojando, se inició un incendio por cuenta de que uno de los huéspedes se durmió con un cigarrillo prendido. Desde afuera, tras la evacuación, Fanny solo veía el edificio arder pensando en que sus obras y el chelo de su esposo Mayer se iban a quemar o a estropear por el agua. Al final, increíblemente, todo se rescató.

Luego de la cruel y muy neoyorquina bienvenida, empezó a abrirse camino como artista pese a que su estilo era muy competido entre los estadounidenses. Sin embargo, supo moverse en galerías y poco a poco empezó a conocer gente clave para su trabajo. Muchos años después, en el 2001, esa misma ciudad que la recibió con llamas la admitió como miembro del Club Nacional de Artistas, en donde también ha recibido dos menciones de honor.

Fanny

En 1962, Fanny Sanín presentó su primera obra en el Salón Nacional de Artistas de Bogotá.

Foto:

Carlos Sanfer

Llegar a ser la Fanny Sanín de hoy –la artista de 80 años, consagrada en la capital del mundo– es mérito de su disciplina y de su espíritu curioso: nunca ha dejado de visitar galerías, museos y/o teatros. Pinta todos los días de 9:00 a.m. a 5:00 p.m., excepto los fines de semana, que los dedica, casi enteramente, a una nutrida agenda cultural. Nunca para. Por eso sus amigos dicen que si algo la irrita es que le hablen de la edad o del fin de su trabajo; y no por vanidad, sino porque ella no contempla dejar de pintar. Solo será “cuando ya no esté”, dice. De hecho, cuando le preguntan a Mayer Sasson si él va a dejar su trabajo en Nueva York, contesta que se retirará cuando Fanny lo haga. Ambos tienen una vitalidad que se alimenta de la cultura. Sus rutinas siempre han estado acompañadas por el arte. Su círculo social es el de la intelectualidad y, en él, Fanny es referente de conocimiento y buen humor. Algunos de sus amigos destacan su sarcasmo. Dicen que, cuando quiere criticar a un artista o quiere decir que su obra es una copia de otro, simula confundirse de nombre. Pero ella jamás se equivoca de autor.

La extensa obra de Fanny Sanín no cuenta una historia, pero tiene mucha información. Sus pinturas son el resultado de un trabajo individual (no tiene equipo). Siempre utiliza la luz natural, por eso es amiga de las ventanas grandes como la de su estudio. En 1966, cuando se trasladó a Londres, una ciudad gris, tuvo que ajustar su rutina porque vivían en un apartamento pequeño y, según ella, casi no veía la luz del sol. Y aunque en Nueva York el mes más frío es enero, ella dice que es una de sus temporadas favoritas para pintar, sobre todo cuando cae la nieve, por aquello de que la reflexión de la luz es muy especial.

No titula sus obras y aunque los expertos dicen que esto es común en artistas abstractos de talla internacional, ella asegura que no lo hace porque sus obras no tienen más ingredientes que la forma y el color. Su hermana Rosa Sanín, una pintora a quien admira profundamente, también hacía lo mismo.

Yo trabajo con la simetría y si pongo la firma por alguna parte, pues ya estoy rompiendo toda la armonía de la obra. La firmo por detrás.

Se ha destacado en el arte abstracto a nivel nacional e internacional por su exploración de la geometría y la impecable simetría de sus obras. Es una de las pocas artistas colombianas que han llegado a altos niveles de reconocimiento mundial. En 1976, recibió el Women’s Year Award por sus contribuciones al arte en el Women’s Arts Festival de Nueva York. A nivel nacional, ha recibido varios premios, entre ellos el Caring for Colombia Award en el 2011 –por sus contribuciones al mundo de las artes– y también el Colombia Abroad Excellence, en el 2006, que se les otorga a los colombianos que viven en el exterior. Sus obras están incluidas en las colecciones permanentes de museos como el Art Museum of the America’s Permanent Collection, el Museo del Barrio de Nueva York, el National Museum of Women in the Arts y, por supuesto, el Museo Nacional de Colombia. Una obra de Sanín puede alcanzar los 100.000 dólares.

Aunque su vida como artista se consagró en el exterior, a ella le interesa que en su país conozcan su trabajo. Por eso, por razones profesionales, viaja al país una o dos veces al año. Y cuando lo hace, se queda en un hotel, porque no tiene una casa en la ciudad donde nació. De hecho, le queda poca familia. Cuenta que durante un tiempo le gustaba recorrer el centro de Bogotá y visitar los lugares donde vivió. A veces iba y se asomaba para constatar cómo las cosas habían cambiado en los barrios de su niñez y juventud. A pesar de que Fanny Sanín haya vivido la mayor parte de su vida en Nueva York, mantiene siempre vigentes los recuerdos de sus amigos en Colombia.

Por eso, su país siempre está entre sus prioridades. Por eso planea, cuadro tras cuadro, su legado. Por eso dice cómo quiere que cuiden su obra en un futuro. Por eso está guardando cada detalle, incluso cómo quiere que se promocionen sus futuras exposiciones. Porque no quiere quedar en el olvido. Porque no quiere que su obra sea manipulada, simplemente porque sabe de su importancia, aunque ella misma no se atreva a decir que es la artista abstracta más importante de Colombia. El problema es que los más conocedores dicen que sí lo es.

Fanny

Ese mismo año (1962), se marchó al exterior y nunca más volvió a residir en Colombia, aun cuando jamás se desvinculó de su país

Foto:

Carlos Sanfer

¿Cómo llegó a usted esa pasión por las formas y los colores?
De chiquita, con mi hermana Rosa, que también era artista, nos gustaba dibujar y pintar. Y mi papá, que era muy culto, nos llevaba siempre libros de artes. Él trabajaba con contabilidad: trabajó con Gaitán porque era secretario del Partido Liberal. Las dos familias por el lado de mi mamá y mi papá eran muy ávidas de literatura, música y conocimiento. Siempre tuvimos profesores de arte; sin embargo, fue mi hermana Rosa la que insistió en que entráramos a los Andes a estudiar, y eso nos cambió la vida.

¿Estudiaron al tiempo?
Sí, a lo último nos cambiamos de clase. Recuerdo que la señora que daba historia del arte era muy dura y muy estricta. Y yo me retiré. Mi hermana sí se quedó. Ella era muy inteligente. Las compañeras le pedían en la universidad que las ayudara a arreglar los dibujos; ella era muy buena figurativa. La obra de ella es distinta pero también abstracta. Fuimos muy cercanas, nos gustaban mucho las mismas cosas, el arte, la música. Éramos muy unidas.

Pero discutían por la música. Usted ha dicho que peleaban porque a usted le gustaban los vallenatos...
Esa era una pelea con mi hermana. Había un radio en la casa, en ese tiempo no había televisor porque fue cuando Rojas Pinilla estaba al mando, y mi papá no dejó poner la televisión hasta que él no saliera del Gobierno porque siempre aparecía en la pantalla. Cuando mi papá se iba a trabajar, entonces nos dividíamos: mi hermana oía música clásica y, luego, me dejaba a mí escuchar los vallenatos. En mi casa era música todo el tiempo. Con la música clásica yo solo oía ruidos, y de tanto oírlos, creo que fue gracias a Mozart, mi oído se fue afinando. A veces veíamos televisión donde mis tíos; nos gustaba el curso que daba Marta Traba, era espectacular. Hablaba de arte y lo hacía de una manera tan popular que hasta las empleadas del servicio se interesaban. Toda esa época fue muy interesante.

¿Y de dónde salieron esos gustos tan diversos?
Mi familia es una mezcla. Mi papá era antioqueño y por el lado de mi mamá había ascendencia sirio-libanés. Ellos llegaron a Venezuela y, después, la siguiente generación, llegó a Colombia. Vivíamos en Bogotá pero teníamos dos culturas, la antioqueña y la árabe. Y era chistoso porque por el lado de los Sanín eran liberales, y por el lado de los Sader, conservadores.

¿Y usted?
Liberal.

¿Cómo recuerda Óleo número 1?
En 1962 era muy importante participar en un Salón Nacional de Artistas, era como la entrada profesional. Lo invitaban a uno pero tenía que pasar por un proceso. Seleccionaron ese cuadro mío para el Museo Nacional, y entonces fue muy bonito porque fue mi primera salida profesional. Colgaron la obra mía junto a la de uno de mis profesores. Me sentí muy orgullosa. Esos espacios eran la primera salida de todo artista. Hoy en día no existe tanto eso, el artista joven no espera estar en un salón nacional, está esperando ir a una galería. Antes para hacerse una carrera, uno exponía en exposiciones colectivas.

¿Quiénes estaban ahí?
Entre ellos estaban David Manzur, Juan Antonio Roda, bueno, los maestros de la época. No recuerdo junto a quién quedé, en todo caso estaban ahí. Me acuerdo de que llegué y vi la obra, me emocioné. Yo como estudiante iba a verlos en sus exposiciones. Los admiraba. Años más tarde fueron amigos sobre todo Eduardo Ramírez Villamizar y Enrique Grau, que vivieron aquí en Nueva York. En Bogotá, la relación fue más profesional, pero acá fuimos amigos.

Fanny

Acrylic No. 2, 2015. Acrylic on canvas, 111,8 x 101,6 cm

Foto:

Leon Tovar Gallery

Fanny

Acrylic No. 1, 1977. Acrylic on canvas, 142,2 x 198,1 cm

Foto:

Leon Tovar Gallery

Fanny

Acrylic No. 6, 1982. Acrylic on canvas, 111,8 x 121,9 cm

Foto:

Leon Tovar Gallery

Fanny

Acrylic No. 4, 1988. Acrylic on canvas, 111,76 x 86,36 cm

Foto:

Leon Tovar Gallery

¿Cómo fue esa amistad con Enrique Grau?
Grau tenía un apartamento en Washington Square, en el bajo Manhattan. Trabajaba duro y los sábados salíamos a ver todas las exposiciones en los pueblos cercanos. Con Grau no solo hablábamos de arte, sino de los árboles y de las plantas. Él se sabía todos los nombres, era muy ilustrado. También nos encantaba ir a las tiendas de antigüedades. Nos reuníamos mucho pese a que ambos estábamos pintando
siempre.

¿Y con Ramírez Villamizar?
Con Ramírez Villamizar también íbamos a los museos y a las exposiciones. Fuimos muy cercanos, sobre todo por el hecho de vivir acá en Nueva York. Con Eduardo, tengo una anécdota especial y triste a la vez. Me acuerdo de que estuve en Bogotá, antes de que él muriera en el 2004. Hablamos por teléfono para encontrarnos en la galería Diners un día miércoles. El martes me llamaron para decirme que el maestro Ramírez estaba ahí para verme y yo les dije que la cita no era ese día. Pero por supuesto fui a verlo, me dio unos textos de poesía y estuvimos charlando. Él exponía en la Diners el sábado siguiente, pero yo no iba a poder ver su exposición; entonces me dijo que fuéramos a su estudio para ver las obras que tenía allá. Me puso la cita para ir a Suba y cuando llegué me dijeron que Eduardo no se sentía muy bien, y al otro día murió. O sea que si no hubiera ido antes, no nos hubiéramos visto. Esas fueron grandes amistades.

¿Por qué decidió irse de Colombia?
Me casé con Mayer y él iba a hacer su máster en Chicago. Era una gran oportunidad de ir a Estados Unidos y salir del país. Luego volvimos a Colombia y de nuevo salimos a Monterrey. Eso fue importantísimo para él como profesional y para mí como artista.
¿Fue en México donde hizo su primera exposición individual?
Sí, allá me rodeó un grupo de artistas muy importante. A mí me decían que cómo me iba a ir a México por el machismo, pero yo sentí un apoyo increíble. Vivíamos en un una ciudad pequeña, pero recuerdo que daban clases de filosofía, música y cine, y yo asistía a todas esas clases como asistente porque yo pintaba todo el tiempo. Yo tomaba varias clases y luego me regresaba a pintar. Hice mi primera exposición en 1963 y a partir de ahí empecé a conectar con artistas. En Monterrey, estuvimos como 3 años y siempre hacíamos viajes a Ciudad de México para ver más cosas. Con Mayer nos íbamos en la noche en bus y llegábamos allá las 6 de la mañana. Salíamos a ver exposiciones y obras de teatro. Y hasta conocimos a Gabriel García Márquez.

¿Compartieron con él?
No, lo vimos una o dos veces. Yo recuerdo que Mayer, muy simpático, le preguntó: “¿Y usted qué hace?”. Y él dijo que hacía guiones para cine. Y nosotros dijimos: “¡Qué señor tan ameno!, ¿quién será?”. Y les preguntamos a los demás y era nada menos que García Márquez. No lo conocíamos pero ya habíamos leído obras de él.

En México estábamos tratando de absorber todo. Nuestra vida era el arte y siempre lo ha sido. Después de Monterrey, le dieron una beca a Mayer para irse para Inglaterra.

Inglaterra fue su primera visita a Europa…
Sí. Inglaterra fue una experiencia inolvidable. Al principio nos impresionamos porque todo se veía viejo, pero después nos encantaba ver esa ciudad, caminar por ella, los museos, los teatros. Nos tocó la época de la guerra de Vietnam y todo el mundo salía a protestar, todos íbamos. Nos unimos a esos grupos, uno estaba joven y estaba en contra de toda esa guerra espantosa.

¿Y eso dejó influencia en su obra?
Realmente yo no puedo decir que tengo una influencia directa. Pero en Londres no solo viví la parte política, fue la primera vez que fui a los museos europeos. A Mayer lo invitaban a congresos, y por eso viajamos mucho y conocimos muchos países.

Muchas artistas cambiaron su nombre por el de hombres para que les revisaran las obras. Yo nunca lo hice.

¿Qué tanto influye su esposo en su arte?
La gente dice que él es el que decide lo que yo voy a hacer, o que él es quien decide la obra que voy a exponer, y eso no es así. Él no tiene ninguna injerencia directa en mi obra. Es una persona valiosísima, me ha apoyado toda mi vida y hemos compartido una cantidad de cosas; por eso tenemos tantos años juntos. Con él nos fuimos para México, a Londres y siempre queríamos conocer más cosas. Entonces le ofrecieron un puesto en Nueva York y yo, ni corta ni perezosa, le dije que de una.

¿Cómo fue su llegada a Nueva York?
Fue terrible. Yo ya había expuesto en museos y ya tenía experiencia. Acá uno llega y no es nadie. Pero bueno, finalmente tuve exposiciones y el apoyo de mucha gente que sí me apoyó y me recomendó a galerías para que fueran y vieran mi estudio.

¿Sintió discriminación por ser mujer?
Acá, sí. Uno tenía que llevar las transparencias de la obra a la galería para que las vieran, y uno notaba que no le daban mucha importancia. Y después, todo el grupo de mujeres artistas descubrió que si ponían el nombre de un hombre lo miraban de inmediato. Muchas artistas cambiaron su nombre por el de hombres para que les revisaran las obras. Yo nunca lo hice. Ahora soy feminista en muchos aspectos porque veo todo lo que les ha tocado a las mujeres.

¿Por qué decidieron quedarse en Nueva York?
Por Mayer, por su trabajo, que es muy importante para él. Además, la ciudad ofrece tantas cosas, y eso es lo que me hace sentir viva. Lo que me dice que no hay ninguna necesidad de retirarse. Yo no me voy a retirar nunca. A mí me retiran cuando me muera. Los artistas no se retiran. La gente a veces piensa que porque uno tiene tantos años, entonces ya se vuelve anciana y ya no hace nada. Hay gente que me pregunta si todavía sigo pintando, y no hay nada que me ofenda más que eso.

Además está trabajando en su legado…
Sí. El proyecto empezó gracias a que hemos visto muchos casos patéticos de algunos artistas que ya han muerto. Acá se tiene que declarar toda la obra que se vende, y si uno muere, la obra la cogen como mercancía. Por ejemplo, si queda obra, queda para Mayer, la valoran con el precio promedio de las obras que yo haya vendido. Entonces, a la persona que yo le dejé la obra le va a quedar una carga espantosa porque va a tener que pagar impuestos, y acá es carísimo. Y por otro lado, aunque la edad yo no la vea como un impedimento, pues sí uno sabe que ya tiene sus años, es decir, uno puede morir hoy o en 10 años. Yo no tengo el dinero para hacer un museo, entonces me gustaría que la obra no se perdiera. Hay cantidad de artistas colombianos que los están rescatando ahorita, porque se olvidan de ellos. Si no tienen una galería o si no tienen a nadie que les maneje la obra. Tuvimos un amigo que no había vendido mucho, tenía un cúmulo de obras y antes de morirse la quemó toda porque no quería que su esposa tuviera esa responsabilidad. Ese caso fue terrible. Entonces, este es un trabajo más de organizar todo.

Fanny

Acaba de cumplir 86 años y, hoy, continúa pintando en su estudio en Manhattan.

Foto:

Carlos Sanfer

¿Cómo lo está haciendo?
Ya empezamos, hice una donación al Museo Nacional, fueron 8 obras, sé que están bien cuidadas, y con ellas están haciendo una exposición itinerante, que es de lo que se trata, que la gente vea la obra. Ahora, por ejemplo, el Museo Smithsonian compró una obra. La idea es que las obras queden en muy buenas manos y puedan llegar a distintos públicos.

¿Por qué insiste en que su obra no cuenta una historia?
Es exactamente eso, no es una obra literaria. Utiliza un lenguaje abstracto y concreto, que es la forma, el color, la armonía. No está contando una historia, no se está abstrayendo de la realidad.

Tampoco firma sus obras...
No. Yo trabajo con la simetría y si pongo la firma por alguna parte, pues ya estoy rompiendo toda la armonía de la obra. La firmo por detrás. Cuando hacía otras obras más orgánicas en los sesentas la firma la metía dentro del cuadro, era más espontáneo.

¿Es cierto que siempre pinta con música?
Sí, principalmente oigo música clásica. La música para mí es como un entorno. Es algo que me aísla y con lo que me puedo concentrar. Me gusta en general toda la música. Me gusta la música folclórica. Oigo de todo. Me gusta la música árabe, india y de otros países.

¿Qué hay de su vínculo con la Universidad de Antioquia?
Con la Universidad de Antioquia se estableció una relación muy bonita. Comencé en un programa para hacer un mural, y fue una donación. Me pusieron tres estudiantes para ejecutar la obra, y fue una experiencia bellísima. Después de eso hubo otra exposición con obras de papel y lo más sorpresivo fue que me dieron el Magister Honoris Causa en el 2015. La relación es muy linda, como si fuera mi alma mater. Que la Universidad de Antioquia, donde yo no estudié, me haga un reconocimiento, es una experiencia bellísima y les agradezco mucho y les voy a seguir colaborando como pueda.

Finalmente, ¿cuál es su relación hoy con Colombia?
Todo lo que hago está representando a Colombia. Siento que algo estoy haciendo por el país. La única manera de ayudar allá ha sido con subastas para beneficios de hogares de niños. En eso siempre yo estoy metida, así como con diferentes causas. Acá ayudo a los niños indígenas, que son una clase muy desfavorecida, no tienen trabajo. Pero, artísticamente, nunca me he desvinculado de Colombia, ni de Latinoamérica. Siempre he tratado de exponer en mí país. Es difícil porque entrar las obras a Colombia es caro, por los impuestos. Entonces, a las galerías no les conviene mucho eso. Pero nunca me he desvinculado de Colombia.

POR JUANITA RAMOS 
FOTOGRAFÍA CARLOS SANFER
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 81 - DICIEMBRE 2018

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