Experimento Polgar

Experimento Polgar

BOCAS habló con Judit Polgar, considerada la mejor jugadora de ajedrez de la historia. 

Judit

Judit Polgár nunca fue al colegio porque sus padres decidieron hacer con sus hijas un experimento educativo desde el ‘deporte ciencia’.

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Wikipedia

Por: Leontxo García
03 de junio 2020 , 05:50 p.m.

Judit Polgar (Budapest, 1976) es un filón de hechos interesantes. Nunca fue a la escuela porque sus padres, pedagogos de profesión, habían decidido desde su noviazgo que harían un experimento educativo con sus hijos; y tuvieron tres niñas, Susan, Sofía y Judit. El objetivo era doble: demostrar que los genios no nacen, se hacen con la educación; y que las mujeres pueden jugar al ajedrez tan bien como los hombres.

La ciencia no ha avanzado lo suficiente para saber si los Polgar tienen razón en su primera hipótesis, pero la lógica indica que la genialidad mostrada por sus tres hijas tiene mucho que ver con su muy peculiar educación. Susan fue campeona del mundo femenina. Sofía, la única de las tres que no quiso ser jugadora profesional, logró éxitos tremendos en competiciones contra hombres hasta los 20 años. Y Judit superó en mucho a sus dos hermanas: es la única mujer que ha estado entre los diez mejores del mundo (octava, en el 2005); nunca ha habido más de dos entre los cien primeros.

Quizá sea aún más significativo –porque indica con qué minuciosidad se realizó–, que el experimento pedagógico del matrimonio Polgar también ha sido un gran éxito desde el punto de vista puramente humano, más allá de los éxitos deportivos. Las tres hermanas no han dado nunca, ni cuando eran niñas o jóvenes ni ahora, la imagen de ser bichos raros, animales de laboratorio. Siempre han llamado la atención justo por lo contrario: extravertidas, elegantes, políglotas, muy cultas, de mente abierta, enemigas de producir noticias chirriantes a pesar de su fama.
Nunca olvidaré el día en que descubrí su historia, una de las más impresionantes de mi carrera como periodista. Era la mañana del 11 de noviembre de 1988 en la sala de prensa de la Olimpiada de Ajedrez, que empezaba al día siguiente, en Tesalónica (Grecia). Leyendo la lista de jugadores, paré en seco al llegar a la selección femenina de Hungría: Polgar, Polgar, Polgar y Madl. ¿Sería un error? No, eran tres hermanas revolucionarias.

Desde entonces, he coincidido con Judit en innumerables viajes por medio mundo hasta que se retiró de la alta competición, en el 2014. Y luego también, porque ahora se dedica a promover el ajedrez como herramienta educativa desde la Fundación Judit Polgar. Es, sin duda, una de las personas más inteligentes que he conocido. Y me atrevo a decir que también es el tipo de persona que el mundo necesita para recuperarse de esta pesadilla en forma de pandemia.

Polgar

Se hizo famosa por ser un genio y se convirtió en la única mujer que ha estado entre los diez mejores jugadores del mundo (fue octava, en el 2005).

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Su padre sostiene que “los genios no nacen, se hacen”. ¿Está usted de acuerdo?
Me educaron en un entorno muy especial, en casa, algo muy llamativo para el resto del mundo. Ahora bien, para mí era algo muy natural, porque crecí en un modo de vida ya instaurado, en el que mis hermanas Susan y Sofía caminaban con éxito. Ser afortunado en cuanto al lugar donde naces tiene una importancia capital, de eso estoy segura. Pero también creo que la educación, los ejemplos caseros y la ausencia de límites a los sueños infantiles son un elemento clave en la vida de un niño, que marcará la diferencia en cómo será capaz de construir su mentalidad. Es decir, fijará su capacidad para tener finalmente una personalidad saludable, creativa y equilibrada.

¿Cómo recuerda aquellos días, cuando usted tenía cuatro años, en que su padre jugaba al ajedrez con Susan en una habitación, y Sofía y usted no estaban autorizadas a entrar hasta que aprendieran a jugar? ¿Ese método pedagógico fue estimulante?
Recuerdo mejor lo que ocurrió un poco después, cuando Susan ya tenía sesiones con entrenadores profesionales. Yo me sentía feliz porque ya jugaba al ajedrez, con Sofía. Y conservo un recuerdo muy intenso de lo mucho que deseaba retar a Susan y a sus entrenadores. Tanto, que en las pausas para el almuerzo me saltaba ese límite y les hacía muchas preguntas, y cada vez más frecuentes, de manera muy insistente. Los entrenadores tenían cada vez más dificultades para responderme. Todo eso me estimulaba mucho, a pesar de que mis conocimientos técnicos estaban, por supuesto, muy por detrás de los de Susan.

Durante su infancia, toda su familia y usted misma sufrieron una campaña antisemita. Además, al Gobierno húngaro no le gustaba el método de educación casera de la familia Polgar. ¿Cómo se sentía la pequeña Judit en cuanto a esas presiones exteriores?
Por desgracia, es verdad que de niña tuve algunas experiencias desagradables por ser judía. Pero las pasaba por alto. Mirando hacia entonces desde la perspectiva de hoy, veo que el comienzo de aquel proyecto educativo fue algo muy serio, una gran experiencia que nos incentivó a que cada una de nosotras apreciase mucho los éxitos de las otras dos. Por supuesto, había muchísima presión negativa; por ejemplo, en forma de artículos de prensa. Además, la Federación Húngara de Ajedrez nos insistía en que solo compitiéramos contra mujeres, no con hombres. La situación empezó a cambiar cuando ganamos la medalla de oro en la Olimpiada de Ajedrez de Tesalónica en 1988, y ya merecimos una felicitación oficial del Gobierno. Las tres hermanas éramos muy fuertes mentalmente, y además teníamos un vínculo muy firme entre nosotras, de tal modo que siempre estábamos dispuestas a hacer lo que fuera con el fin de ayudarnos mutuamente.

Lo que ustedes lograron en esa Olimpiada de Ajedrez es impresionante. Tres hermanas húngaras muy jóvenes –y otra jugadora muy joven como suplente, Ildiko Madl, que acababa de perder a su novio en un accidente de tráfico– doblegaban a las todopoderosas soviéticas, que tenían la medalla de oro poco menos que adjudicada antes de jugar. ¿Qué cambió para Judit Polgar, que entonces tenía 12 años, tras ese enorme éxito?
Esa Olimpiada fue en noviembre de 1988, que ya había sido el mejor año de mi vida hasta ese momento. Había ganado seis torneos en seis meses. De modo que yo misma me sentía como un trueno, pero los observadores del ajedrez no eran conscientes de ello, no captaban mi velocidad de progresión. De hecho, nosotras fuimos a Tesalónica mentalizadas para ganar, muy confiadas en luchar por el oro. En realidad, nuestra diferencia en el escalafón internacional con las soviéticas no era tan grande, y en el mundillo del ajedrez femenino la gente era consciente de que yo era muy peligrosa, o que al menos podría serlo… Recuerdo que Madl, después de la sexta ronda, comentó algo así: “Qué estimulante es saber que, con Susan en el primer tablero, Judit en el segundo y Sofía o yo en el tercero, ya tenemos un 1-0 casi garantizado antes de empezar”. Se refería a mi gran eficacia en la puntuación. Cuando acabó todo y ganamos el oro, yo tenía un pensamiento muy específico: mis padres podían sentir por fin que habían roto algo muy duro, que el resultado era visible para nuestros enemigos y para los escépticos. La manera de educarnos había servido para algo…

Además, usted logró 12,5 puntos en trece partidas, y ganó también la medalla de oro individual. Para una niña de doce años, eso se veía desde fuera como una gran hazaña deportiva.
Sí. Aunque mi gran objetivo ya era lograr éxitos en torneos de hombres, no negaré que ese resultado me produjo un sentimiento maravilloso. Recuerdo bien a Kaspárov mirando mis partidas de cerca con mucha atención, de pie frente a mí, mientras esperaba que su rival moviera en la suya. Incluso se reunió un rato con nosotras tras la décima ronda. Lo que ocurrió allí fue muy inspirador, y nos reforzó la confianza, porque supuso un reconocimiento general de los esfuerzos que habíamos hecho, tanto individuales como familiares.

¿Cuándo decidió rechazar los torneos femeninos, y por qué?
Simplemente, me educaron así. Mis padres me decían y repetían siempre que yo, como chica, podía hacerlo tan bien como los chicos. Que debíamos invertir mucho tiempo en un entrenamiento esforzado, y entonces tendríamos muchas probabilidades de luchar con los mejores. Y nos apoyaron en ese empeño de todas las maneras posibles. Me sentí muy privilegiada porque mis padres no limitaban mi potencial, como ocurre con tantas chicas.

Simplemente, me educaron así. Mis padres me decían y repetían siempre que yo, como chica, podía hacerlo tan bien como los chicos

Y de pronto se vio usted como única mujer de muchos torneos, rodeada de hombres. ¿Eso le hacía sentirse incómoda? ¿Se sentía como una especie de símbolo feminista, con la responsabilidad de demostrar algo?
No, porque ya me había acostumbrado desde mi adolescencia a ser la única jugadora femenina del torneo. Me concentraba en lo que ocurría en el tablero. Es verdad que al principio sentía que mis rivales me miraban con cierto escepticismo. Pero eso duró poco, porque veían que yo jugaba bien, y además con un estilo muy agresivo.

Es decir, empezaron a darse cuenta de lo peligrosa que usted podía ser delante de un tablero.
Exacto. Además, yo me tomaba muy en serio la deportividad, y siempre me vestía moderadamente, nunca quise aprovechar el atractivo sexual para distraer a mi adversario. Mi objetivo era siempre ponerme a prueba y retar a mis rivales sobre el tablero. Pero, como me hacían toneladas de entrevistas, entendí que yo era atractiva para los medios de comunicación, y muchos de mis seguidores me decían que era un gran modelo de comportamiento para las chicas. Además, otra gran parte de mis admiradores lo eran por mi estilo de juego, del que siempre me sentí muy orgullosa, porque aprecio mucho la creación de belleza, y creo que es compatible con los éxitos deportivos. Otro factor que considero importante, tanto entonces como ahora, es que soy una persona sencilla y directa, me expreso con claridad, y eso me permitió ganar el respeto de mis colegas a través de los años.

El ajedrez ha contribuido ya a la sociedad durante más de 1.500 años. Ahora puede proporcionar un entretenimiento lleno de emociones, pero también aporta bienestar social, una inversión de tiempo de calidad y valor educativo

¿Cómo era su preparación psicológica para las partidas? ¿Tenía alguna superstición o hábito especial?
Siempre me empeñé mucho en estar equilibrada, en armonía conmigo misma, y que todo lo que me rodeaba estuviera bien. Tenía una rutina durante los torneos que consideraba muy importante. En cuanto a mi alimentación, solo un desayuno tardío antes de las partidas. Una hora de ejercicio físico en mi habitación por la mañana, y dos o tres de preparación técnica. Luego, un paseo o una siesta para adoptar el estado mental apropiado de cara a la partida. Una idea clave era que, mientras durase, la partida iba a ser lo más importante del mundo para mí. Yo era muy fuerte mentalmente y si perdía o cometía un error grave, me enojaba mucho nada más terminar, pero ese estado emocional desaparecía muy rápido. Una o dos horas después ya olvidaba lo ocurrido y me centraba en la siguiente partida, el próximo reto. Esa fue, sin duda, una de mis habilidades más importantes que tuve en la alta competición.

Algunos ajedrecistas masculinos se sienten –y más aún a finales del siglo pasado– especialmente mal cuando pierden ante una mujer. ¿Se aprovechó usted de ello de algún modo?
No. Ganar a un hombre nunca me dio un placer adicional, excepto en dos o tres ocasiones porque sabía que mi rival había dicho algo muy negativo o desagradable sobre mí. Pero, como norma general, mis desafíos eran sobre todo contra mí misma, para mejorar y jugar mejor cada día. Y además aprendí que mi mayor enemigo era yo misma.

En esa época, usted fue una viajera muy frecuente durante muchos años. ¿Cuánto influyó eso para modelarla como ser humano?
Muchísimo. Es otro de los elementos para sentirme muy afortunada. Ser ajedrecista me dio la oportunidad de volar por todo el mundo. En efecto, eso modeló mi visión, personalidad, tolerancia… contribuyó mucho a lo que acabé siendo como ser humano. Ni siquiera puedo imaginar quién sería yo ahora si no hubiese conocido diferentes culturas y arquitecturas, si no hubiese probado tantas maneras diferentes de cocinar, y un largo etcétera. Viajar me ha modelado tanto que, desde que fui madre, tuve muy claro que mis hijos iban a viajar todo lo posible desde pequeños, para experimentar los latidos de los diversos continentes. Además de los viajes, también son fundamentales los idiomas. En consecuencia, mis hijos hablan fluidamente español e inglés, lo que les convierte en ciudadanos del mundo.


¿Es la educación el factor principal para explicar por qué hay solo una mujer entre los cien mejores ajedrecistas del mundo? Y si lo es, ¿por qué en Georgia, donde el ajedrez femenino tiene incluso más tradición que el masculino, sus mejores jugadoras no son tan buenas como los mejores hombres?
Esa última pregunta es la más difícil. Sin duda alguna, el factor de la educación es el más importante junto a la mentalidad general de la sociedad. Recuerdo a Nona Gaprindashvili [georgiana, campeona del mundo durante 16 años, desde 1962 a 1978, una de las poquísimas mujeres que competían con los mejores hombres hasta la irrupción de las hermanas Polgar] diciendo que una mujer nunca podrá ser campeona del mundo absoluta por el periodo menstrual. Con todo mi respeto para Nona, creo firmemente en que si no puedes imaginar algo, nunca serás capaz de conseguirlo. Hay muchos componentes necesarios para que tú, como mujer, consigas hacer algo de la mejor manera posible.

Y el que usted acaba de citar, creerse capaz de lograrlo, sería el primero.
Así es. Y entonces hay que hacerse varias preguntas. ¿Cuáles son tus objetivos? ¿Y las expectativas de tus padres? ¿Cuál es la actitud de un entrenador profesional de ajedrez con respecto a un gran talento de 6 años, según sea chico o chica? Si al chico le dice que puede ser campeón del mundo, y a la chica que puede ser campeona del mundo femenina, es como si a ella le dijera que puede acabar la enseñanza secundaria, y a él que puede llegar a ser catedrático.

Regalar un juego de ajedrez a una niña es hoy casi tan raro en muchos países como regalar una muñeca a un niño.
Claro. Algunas cosas están ya decididas desde el principio. En una partida, si la empiezas moviendo un peón poco importante en una esquina no es lo mismo que iniciarla con el avance de uno de los peones centrales, controlando casillas importantes. Estoy muy convencida de que en el asunto de las diferencias de género en ajedrez no se cometen errores importantes, sino muchos fallos pequeños, que producen una diferencia muy grande en cuanto a mentalidades.

Este asunto da para escribir un libro…
Sin duda. Alexandra Kosteniuk [rusa, campeona del mundo del 2008 al 2010, vigésima del escalafón ahora] me llamó hace unas semanas porque estaba escribiendo un artículo sobre esto, y de paso le pregunté por qué ella no pudo llegar aún más arriba en la lista mundial absoluta. Su contestación fue que, en realidad, solo se entrenaba tres horas al día; y que, cuando tenía 15 años, su entrenador no tenía un interés especial en trabajar con ella. De modo que hay muchas razones para explicar por qué soy la única mujer que llegó a estar entre los diez mejores del mundo, pero, a veces, las cosas son mucho más simples de lo que pensamos.

¿Por qué no ha seguido el método Polgar con sus hijos? ¿Juegan al ajedrez?
Las circunstancias son muy diferentes. Mis padres son maestros, profesionales de la educación, y se dedicaron de una manera increíble a lo que se marcaron como la gran labor de su vida, no solo como padres, sino también como pedagogos. Mi situación era muy distinta. Yo estaba todavía compitiendo cuando fui madre. Y mi marido, Gusztav, tenía su propia clínica veterinaria. Estuvimos de acuerdo en enviarlos a la escuela, pero también en que aprenderían idiomas desde muy pequeños como parte esencial de su educación.

Además, todo indica que el grado de motivación de sus padres, que ya habían diseñado su proyecto pedagógico desde que eran novios, era altísimo.
Cierto, y no solo eso, sino que además veían que nuestros éxitos deportivos iban a darnos una vida mucho mejor que la muy modesta que teníamos al principio. Por el contrario, cuando mis hijos nacieron, su entorno era muy distinto. Gusztav y yo no teníamos ese motor interno que nos hubiera incitado a la responsabilidad de elegir una profesión para ellos. Pensábamos que nuestros hijos podrían desarrollarse de otro modo. Y sí, jugaron al ajedrez mientras fueron muy pequeños, hasta los ocho años, más o menos, ¡pero lo abandonaron mucho antes que yo!

¿Por qué cree que el ajedrez es una herramienta educativa muy valiosa? En las escuelas, ¿debería ser obligatoria, optativa, transversal/interdisciplinar (mezclada con inteligencia emocional, matemáticas o historia, por ejemplo) o extracurricular?
La veo claramente como una herramienta transversal a todo el currículo. No soy especialmente partidaria de que sea una asignatura obligatoria, salvo cuando los propios maestros lo solicitan, lo que cada vez sucede con más frecuencia. Me parece esencial que demos a los maestros la oportunidad de probarla y familiarizarse con ella. El ajedrez es, sin duda, un juego magnífico y una herramienta educativa excepcional para todos los niños. Por supuesto, también hay buenos programas de ajedrez extraescolar, con más peso en lo deportivo que en lo educativo, pero debemos entender que eso no es para todos los niños. Y, por otro lado, también debemos tener muy en cuenta que el ajedrez educativo puede ser extremadamente útil para los niños con necesidades especiales.

¿Y debería introducirse en las universidades como parte de la educación de los futuros maestros?
Sin duda alguna. Mi experiencia me indica que, con el tiempo, los maestros se van dando cuenta de que el ajedrez no solo produce efectos positivos en los niños, sino que también es una excelente herramienta profesional para ellos, que les permite implicar mejor a los alumnos en sus enseñanzas cuando están en el aula. También creo que la Federación Internacional de Ajedrez [FIDE, engloba a 198 países] puede dar un gran impulso a la importancia del ajedrez educativo, basándose en los resultados que va teniendo en diferentes países, y creando una plataforma donde maestros de todo el mundo puedan ver y descubrir las maneras tan diversas de aplicar el ajedrez en el entorno escolar.

Hungría es uno de los países más avanzados del mundo en ajedrez educativo. Al mismo tiempo, su primer ministro, Víktor Orbán, es muy controvertido por sus discutibles hábitos democráticos. ¿Ve ahí una contradicción?
Nunca me ha gustado mezclar la política con el maravilloso juego del ajedrez. Tenemos el programa Palacio del Ajedrez, introducido desde el 2013 como una herramienta transversal curricular, que se puede combinar, por ejemplo, con matemáticas, lectura o escritura, y que fue premiado como el más innovador en el concurso de materiales educativos BELMA 2015, en Fráncfort. Ahora lo aplican más de 400 escuelas y unos 200 jardines de infancia, con muy buenos resultados. Por tanto, espero que en un próximo futuro podamos ampliar el número de niños que se benefician de este programa, todavía en desarrollo.

¿Cree que esta trágica situación de pandemia es una oportunidad de oro para el ajedrez, y no solo como entretenimiento? ¿Qué puede aportar el ajedrez al nuevo mundo que se avecina?
El ajedrez es una máquina híbrida muy especial. Ahora mismo se está formando una rama muy potente del ajedrez en las competiciones por internet, con audiencias millonarias de jugadores aficionados y de espectadores de torneos profesionales. Al mismo tiempo, se está utilizando con éxito creciente en la educación, como ya he explicado. El ajedrez ha contribuido ya a la sociedad durante más de 1.500 años. Ahora puede proporcionar un entretenimiento lleno de emociones, pero también aporta bienestar social, una inversión de tiempo de calidad y valor educativo.

Por Leontxo García
Madrid, España
BOCAS 95

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