Boaventura de Sousa Santos y la cruel pedagogía del virus

Boaventura de Sousa Santos y la cruel pedagogía del virus

Una entrevista con el sociólogo portugués, sobre la sociedad en tiempos de cuarentena. 

SOUSA

Boaventura de Sousa Santos

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Cortesía Siglo del Hombre

Por: DIEGO FELIPE GONZÁLEZ GÓMEZ
02 de junio 2020 , 11:02 a.m.

Los escenarios desde los que habla el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos son diversos. Así como puede dar una conferencia sobre las perspectivas de paz en Colombia, frente a varios líderes sociales y estudiantes de la Universidad Autónoma Indígena Intercultural, en Popayán, también puede conversar sobre colonialismo en el auditorio principal de la Universidad de California, Irvine, o puede dar una clase sobre las consecuencias nefastas del patriarcado en la Universidad de Barcelona.

Porque su trabajo va más allá de los libros. Una parte fundamental de sus investigaciones consiste en ir hasta las comunidades más vulnerables y escucharlas frente a frente. Por eso no es extraño verlo en las villas miseria de Buenos Aires, en las favelas de Río de Janeiro, en un campo de refugiados en Europa o reuniéndose con las comunidades indígenas de Brasil, en el Amazonas. Aunque ahora, por la pandemia, varios de estos encuentros los tiene que hacer por internet: “Lo que está pasando con muchas de estas comunidades es terrible y no podemos olvidarnos de ellos en estos momentos”, dice.

De Sousa Santos es uno de los pensadores que han tratado de explicar qué es lo que está pasando con la covid-19. En momentos de noticias falsas, de nacionalismos en aumento y de crisis sanitaria, pensar en las consecuencias de este virus es una tarea que exige tiempo: “Al igual que los políticos, los intelectuales, en general, también dejaron de mediar entre sus ideologías, las necesidades y las aspiraciones de los ciudadanos comunes […] Escriben sobre el mundo, pero no con el mundo”, dice Santos en su ensayo La cruel pedagogía del virus. Por eso hace un llamado a pensar desde la gente y sus problemas y no desde las burbujas del privilegio desde las cuales pontifican muchos expertos.

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El portugués Boaventura de Sousa Santos es uno de los intelectuales en el mundo que, desde la sociología, han tratado de explicar qué es lo que está pasando con la covid-19.

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Cortesía Siglo del Hombre

Nació en 1940, en Coímbra, Portugal, ciudad donde vive la mitad del año (de enero a julio) y donde es profesor jubilado de la Facultad de Economía y director emérito del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra. También es doctor en sociología de la Universidad Yale y distinguished legal scholar en la Facultad de Derecho de la Universidad de Wisconsin-Madison, en EE. UU., donde pasa la otra mitad del año (de agosto a diciembre).

Algunos de sus libros más importantes son: Una epistemología del sur, Democracia al borde del caos: Ensayo contra la autoflagelación, El fin del imperio cognitivo, Izquierdas del mundo, ¡uníos! y el reciente ensayo La cruel pedagogía del virus, un primer esbozo que trazó para buscar algunas explicaciones sobre esta pandemia.

Su trabajo es reconocido en Europa y en América, tanto que el diario El País, de España, lo catalogó como: “El pensador estrella de los movimientos sociales”, algo que las largas filas para ver sus charlas en la Feria del Libro de Bogotá del 2017 certifican. Además, De Sousa es miembro del Comité Asesor de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, organismo creado luego de la firma de los Acuerdos de Paz, y también es asesor de la Justicia Especial para la Paz (JEP). Sin embargo, su relación con el país no es nueva; el portugués ha estudiado los conflictos sociales colombianos desde hace más de cinco décadas y lo visita con bastante frecuencia.

En la misma línea que intelectuales como Paul B. Preciado, Slavoj Zizek, Giorgio Agamben y Byung-Chul Han, Boaventura de Sousa Santos ha tratado de comprender y explicar qué es lo que está pasando y cómo podremos entender las consecuencias de esta pandemia en nuestras vidas.

Como sociedad, ¿hemos aprendido algo de esta pandemia?
La historia no es muy favorable cuando hablamos de aprendizajes, porque ha habido otras pandemias en el pasado y las sociedades no lograron aprender mucho de ellas. Esta, quizás, es un poco distinta, en la medida en que es un producto de la globalización; porque nunca se expandió tan rápidamente una pandemia como ahora. Además, con los modos en que está organizada la economía, y porque no había vacuna para esto, la solución fue parar la economía durante un tiempo. Esto ha permitido ver una serie de cosas que eran menos visibles para el grueso de la sociedad. Por eso pienso que la oportunidad para aprender es enorme; el problema es saber si vamos a aprender algo de ella, si realmente el sistema político y los movimientos sociales van a aprender algo de todo esto. No es fácil, realmente, porque por lo general lo que ocurre es que las clases sociales que se ven afectadas, y las personas que se ven afectadas por algo como una pandemia, lo primero que quieren cuando pase es volver a la normalidad, volver al pasado.

La educación en el sistema occidental no es para la solidaridad ni para el mutualismo, sino para el emprendedurismo o para la libre iniciativa o para el éxito a toda costa, un individualismo posesivo

Sin embargo, esa normalidad fue la responsable de que se desatara esta crisis por la pandemia, ¿no?
Esa normalidad a la que algunos quieren volver es muy violenta para mucha gente. Sobre todo para la gente que está muriendo por estar en situaciones vulnerables, desde el punto de vista económico, racial, hasta de exclusión social. Para dar un ejemplo: en São Paulo, Brasil, en un barrio pobre, o favela, la tasa de mortalidad puede llegar al 60 por ciento, mientras que en otro barrio de clase media alta se puede tener una tasa de tan solo el 2 por ciento de mortalidad por el virus. Al contrario de lo que nos han dicho, el virus no mata indiscriminadamente, este tiene su criterio; que se rige por la vulnerabilidad de las personas. Entonces volver a la normalidad es volver a condiciones que han hecho que gran parte de la población sea muy vulnerable a las pandemias y que, además, por todas las políticas de las últimas décadas no pueden hacer el confinamiento que se recomienda por organizaciones como la Organización Mundial de la Salud (OMS). Más en un lugar como América Latina, donde la informalidad de los trabajadores puede llegar al 60 por ciento, eso significa que un día sin salir a trabajar es un día en que tal vez no se pueda comprar la comida para el siguiente, así es muy difícil confinarse, ¿no? El privilegio del teletrabajo es eso, un privilegio al cual muchas personas ni siquiera pueden optar. Por tanto, lo que esta crisis permitió ver es que seguramente se agravarán las exclusiones sociales y la discriminación. Esto lo vemos, por ejemplo, en los pueblos indígenas de Colombia y de otros países. A la gente se le olvida que ellos fueron los primeros afectados por una especie de guerra biológica cuando llegaron los colonialistas europeos. Ellos fueron los cuerpos más vulnerabilizados y fueron infectados por gente que viene desde afuera, no por la comunidad.

¿Usted qué cree que significará esa nueva normalidad de la que tanto hablan los gobiernos?
Los gobiernos son un poco oportunistas cuando hablan de esto. Hay que mirar, porque yo también digo que va a haber una nueva normalidad en el sentido que vamos a estar en un periodo de pandemia intermitente, con repuntes de los contagios y las muertes, hasta que llegue esa vacuna universal. Los Estados lo que hacen –cuando hablan de esto– es buscar un consenso, una obediencia de la sociedad, sin conflicto político. Cuando la verdad es que eran Estados con muchos conflictos antes de la pandemia, como Piñera, en Chile; Duque, en Colombia, y quieren aprovechar esta idea para promover un consenso basado en la obediencia de los ciudadanos porque hay una pandemia. Lo curioso es que normalmente son los gobiernos de derecha los que hablan de esta nueva normalidad.

¿Qué otros problemas nos ha permitido ver esta pandemia o cuáles ha hecho que no se puedan ignorar más?
La pandemia hace más visibles todas estas injusticias que están presentes en la sociedad y de ahí se podría aprender algo. Cosas concretas como que los países más vulnerables –y que no resuelven tan bien la pandemia– son los que privatizaron más los sistemas de salud o que nunca tuvieron un sistema público como es el caso de los EE. UU. Otro aprendizaje sería que los servicios de salud pública no son un costo para el Estado, son una inversión. Y que los países pagan mucho más durante una pandemia cuanto menos recursos han invertido en la salud pública.

Esto también implicó un nuevo protagonismo del Estado.
El Estado volvió a tener una centralidad, sobre todo en países de América y Europa. Durante los últimos cuarenta años, muchos “analistas” han dicho que el Estado es un depredador, que el Estado es ineficiente, que todo se debía privatizar, y ahora que llegó la pandemia estos mismos mercados, que eran supuestamente los mejores reguladores de la vida social y económica, desaparecieron; lo que llevó a mucha gente a mirar de nuevo al Estado, pero un Estado que los proteja, no uno que haga vigilancia o que los reprima. El problema es que el Estado no es capaz de protegerlos porque durante los últimos cuarenta años se produjo una teoría, y una práctica política, para incapacitarlos. Todos los recortes que se dieron en políticas sociales y en la administración pública –para desprestigiar y desmoralizar a los funcionarios– se volvió un problema mayor. Segundo, en este modelo de desarrollo se ha demostrado, a través de toda la plataforma intergubernamental de políticas científicas y de biodiversidad de la ONU, que las pandemias están muy conectadas con este modelo de desarrollo de explotación sobre la tierra, de contaminación de aguas, de deforestación y de todo aquel que interfiera de manera violenta con los ecosistemas naturales. Cuanto más invasores seamos, más vamos a sufrir de estas pandemias. Esto quiere decir que el Estado va a ser un Estado de emergencia permanente y esto trae un problema, porque por definición estos no son democráticos, según muchos pensadores. Pero yo creo que el Estado de emergencia puede ser democrático si es por un periodo corto, tal vez quince días, y que eso sea renovado unas dos o tres veces, como se hizo en Portugal.

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El pensador, escritor y doctor en sociología de la Universidad Yale escribió el ensayo La cruel pedagogía del virus, en el que hace un llamado a pensar desde la gente y sus problemas.

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¿Sin un cambio de modelo económico, estas pandemias seguirán existiendo?
La pandemia está relacionada con problemas como el calentamiento global y la crisis climática. Eso significa que, por ejemplo, no tendríamos que centrar las actividades productivas en actividades extractivistas, como pasa en varios países del continente americano. Y para mirar alternativas de cambios tenemos grandes maestros que nos pueden enseñar a relacionarnos de una forma distinta con la Tierra como lo son los pueblos indígenas y los pueblos afrodescendientes. Son ellos los que nos están diciendo hace mucho tiempo que este modelo es malo, no solo para ellos, sino que es malo para todos. Nosotros acabamos por ser víctimas de este modelo cuando llega a las ciudades, como ahora. Esto implicaría una revisión de la matriz económica de los países y quizás esto consista en desglobalizar parte de la economía. Se pasó de hablar de globalización a relocalización, pero ¿por qué pasa esto?

¿Por qué?
En primer lugar, por un tema de soberanía alimentaria. Hay países que ni siquiera estaban preparados para alimentar a las personas todos los días, ahora –de repente– queda claro que la soberanía alimentaria es necesaria. Por otro lado, se habla de soberanía industrial, ¿por qué? Porque el país más rico del mundo, el país que puede destruir varios mundos con su poder militar no produce ni guantes ni mascarillas ni respiradores, cosas sencillas y todo lo tiene que importar de China y de India. En el caso de los medicamentos y de las vacunas, seguramente serán producidas en la India y no en otro lugar. Aquí hay una cadena de producción global que está basada en una lógica de alto riesgo en un mundo de pandemias, porque desde que haya un corte o un disturbio en alguna parte de la cadena, que es global, quedas paralizado. Otro ejemplo, uno no puede seguir financiando, o subsidiando, la industria energética o la producción de automóviles privados, porque al hacerlo se está financiando que ocurran pandemias, estamos produciendo las pandemias; porque es la energía fósil, es el transporte privado lo que está detrás del calentamiento global. Pero voy más lejos, hay otras cosas que la pandemia nos está enseñando, una de ellas, que la gente no nota, es la educación o nuestro comportamiento.

¿Cómo influye la educación frente al comportamiento que se tiene ante los riesgos de la pandemia?
Se dice que los países asiáticos son más autoritarios, como Corea, Singapur, Taiwán o China, pero uno tiene países como Vietnam –con miles de kilómetros de frontera con China– y los efectos de la pandemia no han sido tan letales, ¿por qué? No es por la represión, es porque la gente sigue un sistema colectivo en el que entiende que para protegerse tiene que seguir ciertas reglas y no es necesario vigilar. Mientras que en Europa, si quieres que las personas se mantengan en casa o que usen las mascarillas tienes que amenazar con el castigo o con una multa. En Vietnam no era necesario, por su educación. La educación en el sistema occidental no es para la solidaridad ni para el mutualismo, sino para el emprendedurismo o para la libre iniciativa o para el éxito a toda costa, un individualismo posesivo. Y la gente está reaccionando de esa forma. Solo hay que ver en los EE. UU. a las organizaciones de derecha como Americans for Prosperity, que dicen: “Para qué todas estas limitaciones de la libertad a los ciudadanos, es nuestra libertad”, pero esa es una libertad asesina, porque no solo se pueden morir, sino que también pueden contagiar a muchas personas. Nuestra educación no nos ha enseñado a valorar los bienes comunes o a valorar el destino común de todos nosotros o a valorar la comunidad.

El neoliberalismo solo sirve para concentrar la riqueza y esa política es la que está dominando hoy a Colombia, con Iván Duque

Una de las consecuencias de esta pandemia es que desnudó la lógica del hipercapitalismo, esa idea de que no hay alternativa fuera de él. ¿En qué sentidos lo desnudó?
Lo desnudó porque, si fuera verdad que los mercados son el mejor regulador de las relaciones sociales y que todo lo que se puede privatizar debería privatizarse, entonces, ¿cómo se explica que durante la pandemia los mercados desaparecieron? Lo que vamos a ver es que los empresarios le van a pedir apoyo al Estado, de una manera totalmente oportunista. Se pasaron las últimas cuatro décadas diciendo que no querían regulaciones, que el Estado debía salirse de la economía, que querían regularse ellos mismos, una desregularización total, es decir: no querían al Estado, pero viene una crisis y ahí sí quieren un Estado que los defienda, que pague los layoffs [despidos] como los están pagando en muchos países. Se desnudó que el neoliberalismo es una mentira, algo sobre lo cual yo ya había escrito durante la crisis del 2011 al 2016 que afectó a países como España, Grecia y Portugal. El neoliberalismo solo sirve para concentrar la riqueza, y esa política es la que está dominando hoy a Colombia, con Iván Duque. Los colombianos deben tener muy claro que sus decisiones no serán para favorecer la economía a futuro, sino para concentrar la riqueza. Eso es lo que esta pandemia desnudó.

Otra consecuencia de la pandemia ha sido una virtualización de la vida. ¿Qué efectos podrá tener esto en la vida cotidiana o en actividades como la educación?
Un desastre. Lo veo y lo estoy viviendo. Ahora que dicto mis clases por Zoom solo puedo decir que una de las personas cuya riqueza aumentó considerablemente durante esta pandemia es la del creador de dicha plataforma. El capitalismo ve en todas las crisis una ocasión de lucro, de ganancia, y aquí está presente en este caso. Yo pienso lo siguiente, por un lado, veo la oportunidad, y en esta área estratégica es donde veo más claramente la contradicción entre la buena oportunidad y el alto riesgo. La buena oportunidad es que nosotros nos podemos comunicar de una manera que nos permite quedarnos en un aislamiento total durante una pandemia; el gran riesgo es que el capitalismo educativo, en general, entrará fuertemente en este campo diciendo: “Nosotros no necesitamos de campus ni de nada para la educación, solo necesitamos el internet y distribuir las computadoras”. Eso va a aumentar la infoexclusión, porque no todo el mundo tiene smartphones ni todo el mundo tiene computadores. Hace poco charlé con un grupo de indígenas brasileños que vive en Tabatinga, en la frontera con Colombia, y cuando estaba hablando con ellos la señal de internet era muy débil y se caía todo el tiempo, eso muestra que el internet tampoco es un vehículo de comunicación igual para todos. El problema en cuanto a la educación es que no solo es transmitir conocimiento, la educación es socialización. La universidad y la escuela son formas de sociabilidad, de convivencia, de salir de la familia hacia una comunidad más amplia, porque si te educas solo en el círculo de tu familia no conoces el mundo. Los educadores están preocupados porque esto abre una nueva frontera a la privatización de la educación, que fue algo similar a lo que pasó con la salud. Y para cerrar, con el teletrabajo podemos ver que esto es un ensayo para la revolución –que va a venir– de la inteligencia artificial, las 5G y toda la estrategia de la impresión en 3D.

Hablando del futuro y la educación, ¿qué papel tienen los intelectuales en estos momentos?
Los intelectuales deberían ser bastante humildes en este momento, porque esta es una situación muy excepcional. Por ejemplo, vemos que en varios países se recurre a los científicos, a los epidemiólogos, y es muy bueno que ellos hablen, pero tendremos que saber que no saben mucho de la dinámica de la pandemia. Nosotros disfrazamos nuestro desconocimiento con gráficos y con estadísticas, pero no sabemos la dinámica de lo que está detrás. Las conexiones entre esta pandemia y la crisis climática nunca se tocan en este momento. Hay mucho desconocimiento y muchos problemas invisibilizados, por eso pienso que los intelectuales deben abrir el campo de reflexión, mostrar cuáles son los diferentes temas y las diferentes heridas que se abren en nuestra sociedad, esas venas abiertas de América Latina están más abiertas que nunca. Los intelectuales tienen que mirar con mucho cuidado la situación, por eso siempre digo que yo no soy un intelectual de vanguardia, sino un intelectual de retaguardia.

Un problema que han enfrentado muchos países ha sido el de cómo solucionar el dilema entre hambre y protección contra el virus.
Es un dilema social tremendo. Por un lado, hay que comprender que la gente confinada está con hambre, y el hambre que ya existía se acentúa más. En muchos países se está viendo eso que han llamado los nuevos pobres, que es la misma gente de la clase media –que eran autónomos o trabajadores independientes– que trabajaban en sectores de servicios presenciales, como los abogados, por ejemplo. De la noche a la mañana se han quedado sin seguridad social ni sistemas de protección y se han quedado sin ninguna renta. También está todo el comercio informal, como es el caso de los vendedores ambulantes, que necesitan salir a la calle y que la gente salga a la calle para subsistir. Claramente hay un riesgo que será necesario enfrentar, porque como dice mi amigo el escritor William Ospina, el confinamiento tiene límites. Meter a la gente en la casa durante meses y meses y meses puede ser un problema mayor, puede causar problemas mentales o de supervivencia o, como se ha visto, un aumento de la violencia contra las mujeres, otro de los grupos sociales más afectados por esta crisis. Por eso tiene que haber una negociación entre dos bienes que tiene que ser manejada muy bien.

En su ensayo La cruel pedagogía del virus, una de las lecciones que dice nos dejará todo esto será la desacreditación de la extrema derecha y la derecha neoliberal. ¿Por qué podrá pasar esto?
Los hechos. Basta mirar los hechos en general y se ve que la extrema derecha, y la derecha en general, lo que hicieron fue una cosa desastrosa. Lo primero que hicieron fue minimizar la pandemia. Segundo, crearon una dicotomía, a mi juicio, fatal entre economía y vida. Cuando ellos dicen que necesitan proteger la economía y que la vida viene después, porque necesitamos la economía para mantener a la gente viva, lo que dan a entender es que estaban sugiriendo un darwinismo social. Va a morir gente, pero ¿quién muere? Según ellos, morirán los viejos, que son los menos productivos para la economía, que son una carga para la seguridad social por las pensiones y, según ellos, sería bueno que desaparezcan, o las poblaciones más vulnerables. Lo peor es que uno oye esto dicho así tal cual por personas como Bolsonaro en Brasil, que es la caricatura de todo esto. Pero Boris Johnson lo dijo de alguna manera en Inglaterra y por eso dejaron que la gente se contagiara, tanto que el propio Johnson se terminó contagiando. Lo interesante es que lo salvó el sistema público que él quería privatizar, y también fue salvado por dos enfermeros, uno portugués y una neozelandesa, que él quería impedir que entraran en el país. Es decir, las políticas neoliberales van en contra de toda la protección de la vida. Trump es lo mismo, dijo que esto era una gripa que iba a desaparecer rápido, que con el calor iba a desaparecer, y sigue diciendo cualquier tontería todos los días para impedir que las noticias se concentren en la única verdad: su incompetencia para lidiar y tratar y prevenir esta pandemia. Lo que hemos visto es que los gobiernos de derecha y extrema derecha son muy buenos para destruir, pero muy malos para construir. Buenos para destruir el Estado, la economía y los servicios públicos, y cuando es necesario construir una alternativa para proteger a la gente, no la tienen. Y pienso que esto es verdad en Colombia también.

Pero entonces, ¿usted cómo calificaría la reacción de gobiernos de izquierda como el de España o el de México?
Con el gobierno de España pasa lo siguiente: el gobierno despertó tarde porque fueron tomados de sorpresa. Pedro Sánchez reconoció que fue un error actuar tan tarde y que la demora en tomar medidas de confinamiento causó muchos problemas. A partir de ahí tomaron decisiones fuertes para proteger la vida. Y AMLO en México es un caso muy especial. AMLO no es un hombre de izquierdas, pero tampoco es de derechas a lo Bolsonaro o Iván Duque. Él es un cristiano muy interesado por las clases populares, y AMLO lo que vio fue la realidad económica de México, unas tasas de informalidad muy altas. De ahí que su primera reacción fuera una reacción errada, retardar el confinamiento. Pero aquí hay una diferencia, él buscaba proteger esa economía informal, no a los grandes empresarios. Lo que yo digo es que no necesariamente la izquierda ha actuado mejor en todos los casos, pero por lo menos han puesto la vida por encima de la economía, algo que la derecha no ha hecho.

¿Cómo cree que esta pandemia afectará a Colombia?
La pandemia va a afectar a Colombia duramente, pero ustedes tienen el remedio. Son el único país del continente que en la segunda década del siglo ha traído una buena noticia: los acuerdos de paz. Entonces el remedio está ahí. Si uno mira los acuerdos, basta con que haya voluntad política para cumplirlos, en todas sus dimensiones, para que Colombia salga adelante y supere muy bien esta pandemia. Tendría un modelo de desarrollo distinto, donde se protegería a las comunidades y finalmente terminar con la concentración de tierras, terminar con los actores armados en su totalidad. La solución, que yo he llamado la paz democrática en los textos que he escrito sobre la paz en Colombia, está ahí. Esa es la gran tragedia de Colombia, por eso estoy seguro de que vamos a volver al minuto cero, que era el del paro y de las protestas que habían antes de la pandemia. Quizás con más fuerza, porque las condiciones serán peores si los acuerdos van a ser de nuevo un papel que va a la basura, a pesar de todos los esfuerzos que hacemos en la Comisión de la Verdad y en la JEP para cumplirlos.

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