Sergio Trujillo, con Broadway a sus pies.

Sergio Trujillo, con Broadway a sus pies. 

Bocas conversó con el único colombiano en ganar un Tony (el Óscar en el mundo del teatro). 

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Sergio TrujilloSergio Trujillo, único colombiano que ha ganado el premio Tony (el Óscar en el mundo del teatro).
Sergio Trujillo

Juan Manuel Vargas

Por: Diego León Giraldo
31 de julio 2019 , 10:55 a.m.

Latino, inmigrante, ilegal, gay, humilde y con tardías aspiraciones de convertirse en bailarín –había calzado sus primeras zapatillas a los 20 años y a los 24 había presentado su primera audición en Nueva York–, Sergio Trujillo ya no iba a alcanzar el nivel de sus rivales, que eran cancheros en eso de pararse en un escenario para tratar de quedarse con un papel en Broadway.

Por ese entonces, 30 años atrás, todo jugaba en contra del muchacho nacido en El Panamericano, un barrio popular en el sur de Cali. Sin embargo, torciéndole el pescuezo al destino –después de haberse hecho a pulso, desde abajo, como coreógrafo en Broadway–, el pasado 9 de junio, a sus 55 años, se convirtió en el primer colombiano en ganar una estatuilla de los premios Tony, que no es otra cosa que el Óscar por el que dan la vida los artistas del circuito teatral de Estados Unidos, en especial los de Nueva York. Lo ganó por su trabajo en la obra Ain’t Too Proud.

Al levantar el premio como mejor coreógrafo durante la ceremonia número 73, en el Radio City Music Hall, y al dedicarlo a su mamá (Sara), a su esposo (el también artista de musicales Jack Noseworthy) y a sus fallecidos padre y hermano (ambos llamados Reynaldo), Sergio entró a formar parte de ese exclusivo club de latinos que han recibido el galardón, entre los que están la actriz boricua Rita Moreno, por la obra The Ritz (1976), y el neoyorquino de ascendencia puertorriqueña Lin Manuel Miranda, ganador de tres, uno por In the Heights (2008) y dos por Hamilton (2016).

Era la segunda vez que tenía la ilusión de escuchar su nombre en una gala de los premios Tony, pues tres años antes, por la coreografía de On your Feet –el musical sobre la vida de Gloria y Emilio Estefan– se había devuelto a casa con el pequeño papel en el que había garabateado unas palabras de agradecimiento. El autor de los bailes de Hamilton lo había vencido.

Trujillo sale por la puerta lateral del Teatro Imperial a las siete de la noche, en el 249 Oeste de la calle 45 –en pleno corazón de Broadway–, mientras los espectadores en fila van entrando a la función de Ain’t Too Proud, The Life and Times of The Temptations, que empezará en una hora. La pieza recrea la vida de los integrantes de uno de los grupos musicales más famosos de finales de los 50 y una de las joyas de la emblemática Motown Records. Los asistentes no tienen idea de que ese que está a su lado es una de las verdaderas estrellas y cerebros de lo que van a ver.

Sergio Trujillo

Trujillo ganó la estatuilla del Tony gracias a su trabajo en la obra Ain’t Too Proud.

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Juan Manuel Vargas

Desde hace algo más de 20 años, su nombre era conocido por los especialistas del género. Su carrera se fue solidificando en Broadway con musicales como Chicago, El beso de la Mujer Araña, ¡Fosse! y Victor Victoria. Reelaborar Tarzán para Disney, que en sus primeras funciones había sido un fiasco según la crítica –y que en las manos de Sergio se volvió un éxito con doce años en temporada–, fue uno de sus encargos notables. También vendrían All Shook Up, La familia Addams, Flashdance, el musical sobre Donna Summer, The Invisible Thread, Un árbol crece en Brooklyn, Peggy Sue se casa, Jersey Boys, que completa catorce años de funciones y, según se aventura a calcular el mismo artista, ha recaudado más de mil millones de dólares en entradas.

En total, ya lleva 12 montajes, ha tenido simultáneamente cuatro en temporada en Broadway, además de otras versiones satélites que recorren el mundo y de las que también está pendiente. En este momento tiene dos en Nueva York: el que le dio el Tony y Jersey Boys. En el mundo, en total, tiene diez espectáculos, repartidos en Estados Unidos, Australia, Inglaterra y Alemania.

Después de esta conversación, debía partir rumbo a Londres para montar la versión inglesa de On your Feet. Luego, volver a Nueva York para escribir, coreografiar y montar Paramour, del Circo del Sol, que en Broadway fue un fracaso en otras manos.

Sergio salió de Cali en 1976, rumbo a Toronto, cuando cursaba sexto grado en la Escuela Anexa. Al hablar, al coreógrafo se le enredan las palabras y algunas las suelta en inglés, porque se siente más cómodo, especialmente si quiere hablar de sentimientos. Cuando se esfuerza, utiliza el voseo tradicional de los caleños y cada frase la apuntala con un: “¿Entendés?”, una muletilla que refleja su apego por esa ciudad a la que solo volvió 35 años después de emigrar.

Cuando visitó de nuevo su ciudad natal, hace ocho años, se reencontró con su amigo de infancia y desconoció las calles que ahora son bien distintas. Visitó a su hermano Reynaldo, de 56 años, que meses después moriría asesinado. “Es muy difícil hablar de eso, porque fue injusto como murió. Él se había ido para Canadá primero que el resto de la familia y siempre quedó con ese amor y la necesidad de regresar a Cali, de vivir allá cuando se jubilara. Se devolvió a los 53 y a los tres años lo mataron. No debió ocurrir y eso me causó una herida profunda. Ahí volví a enfrentarme al aspecto social de Cali, de Colombia; una realidad que no había vivido; pues aunque en Norteamérica pasan cosas, la realidad en Suramérica es diferente”.

De niño tenía una sensibilidad diferente que se reflejaba en sus juegos. “Me dejaron soñar, que fuera libre. Nunca había estudiado baile ni nada, pero hacía shows de concursos, hacía un poco de cosas loquísimas, con los vecinos. Fue una de esas infancias que uno sueña tener”.

Robert De Niro fue muy respetuoso conmigo porque sabía que estaba entrando al teatro musical, algo que él no conocía mucho. Tuvimos una colaboración muy buena.

Don Reynaldo, su padre, escuchaba música clásica y el swing de Benny Goodman. Sing sing sing se repetía una y otra vez en el tocadiscos y Sergio veía a su papá bailar. Claro, también estaba el lugar común de la salsa como banda sonora permanente que representa al caleño. Estando en el colegio, se matriculó en clases de folclor, bailó mapalé, cumbia y bambuco. Esa fue su única aproximación a la danza. A los diez, se metió en un curso de actuación en el Centro Multicultural y hasta pudo presentarse en el Teatro Municipal de Cali. Pero antes de los 18 nunca vio un musical, hasta cuando en la Universidad de Toronto, donde estudiaba bioquímica, asistió a un show que presentaba lo mejor de Broadway. Fue una epifanía y decidió aprovechar el tiempo libre para tomar clases de baile.

De voz dulce y pausada, quienes lo conocen trabajando dicen que es estricto, perfeccionista y muy puntual; además, no solo da órdenes e instrucciones sino que ejecuta los pasos para que sus bailarines los repitan. Eso lo constataron en Bogotá, cuando al Iberoamericano de Teatro del 2016 llegó con Arrabal, una pieza del argentino Gustavo Santaolalla, el de Bajofondo Tango Club, que Sergio coreografió y que contaba, usando el baile, la historia de los desaparecidos durante la dictadura: “Llegamos a Colombia justo cuando se estaban conmemorando los 50 años de la violencia. El espectáculo calzó perfecto con nuestra realidad”.

Mientras conversa, Sergio saca de su maleta un viejo diario: “¡Oh, my God!, las cosas que uno hace cuando está muchacho”. Entonces, lee mentalmente con una sonrisa. “Anyway, ¡perdoná!, es que hace mucho tiempo no miraba esto. Aquí escribía todo lo que comía, todo lo que hacía cuando llegué a Nueva York”. Y sí, “La Gran Manzana” cambió su vida en todo sentido, pues allí fue donde también salió del clóset y se arriesgó a enamorarse de Jack, con quien, además, adoptó un niño, su hijo Lucas Alejandro, de un año y tres meses de edad.

Entonces, vuelve a referirse a sus palabras en los Tony: “Los principios de este país están basados en la libertad. Eso es parte de lo que tenemos que pelear; porque con los contras que tengo, pude alcanzar el sueño de ganarme un Tony y vivir mi American Dream”. Sus palabras, sin retruécanos pero directas y sensibles, le reportaron una ovación de pie.

Sergio Trujillo

Como si fuera moneda de oro, todos los productores lo buscan porque su nombre ya es garantía de éxito en un cartel en Broadway.

Foto:

Juan Manuel Vargas

¿Qué tal fue ese aterrizaje en Canadá, llegando a una cultura y un idioma distintos?
¡Alucinante! Cuando uno es niño, lo mira todo con ojos frescos, inocentes. Soñaba con llegar a Canadá, porque cuando me fui para Toronto, en 1976, ya se habían ido mis tíos y mis primos, mi hermano y mi hermana (Amparo). Mi papá, mi mamá y yo fuimos los últimos en emigrar.

¿Cómo era el sector donde vivían?
Llegamos al norte de Toronto, una zona con muchos inmigrantes de todas partes, con gente de India, del Líbano, Pakistán, Ecuador y muchos colombianos. A Canadá la llaman en inglés The Salad Bowl, porque aunque todos estén en el mismo lugar, como en una ensaladera, todos mantienen su cultura. Mientras que la gente que llega a Estados Unidos pierde más fácilmente su identidad, su espíritu cultural, para insertarse en el "American Dream".

¿Qué hacían sus padres para sobrevivir?
En Cali, mi papá trabajaba en Laboratorios Squibb. Cuando llegamos a Toronto comenzó a trabajar en una fábrica de muebles. Mi mamá cosía, hacía abrigos y chaquetas, eran trabajadores. Éramos la típica familia de inmigrantes.

Y se metió a estudiar bioquímica y luego se hizo quiropráctico…
Eso lo estudié solo para ayudar a mi familia, porque había que ser doctor. Creo que la quiropráctica hoy solo me ayuda si algo le ocurre a alguno de mis bailarines durante las coreografías. En ese caso, soy el primero que los mira, los atiende y los venda. Aprendí a conocer más el cuerpo.

¿Cuándo fue que la danza pasó de ser un pasatiempo a una obsesión?
Cuando estaba en la universidad y vi ese primer show, me picó el verdadero deseo de ser bailarín. Yo era buen estudiante y sacaba buenas notas en bioquímica porque me gustaba estudiar; pero cuando dejaba los libros, dedicaba el resto del tiempo al baile, a tomar clases de jazz y ballet clásico. No tenía vida social, solo estudiaba y bailaba.

Y de pronto abandonó todo lo que había estudiado y se lanzó como al vacío para irse tras el sueño de ser bailarín…
Sí, pero lo tenía que hacer, sin pensarlo, solo como algo intuitivo. Les dije a mis papás que me iba a tomar un año sabático. Creo que no entendían mucho, pero, como siempre, me apoyaron. Cogí unos ahorros, como 400 dólares, y mis papás me llevaron en el carro familiar hasta Búfalo, en Estados Unidos, que queda a hora y media de Toronto. Allí tomé un avión hacia Nueva York. Llegué al aeropuerto La Guardia y cogí bus al centro. Me quedé en el YMCA y empecé a buscar los sitios de clases que me habían recomendado algunos conocidos.

Fui a la Casa Blanca a visitar a los Obama [...] cuando estábamos haciendo On your Feet. Michelle Obama vino un día a mirar el ensayo, le pregunté si quería aprender a bailar conga, y aceptó.

¿Cómo sobrevivió económicamente?
Conseguí trabajo como mesero y limpiaba los estudios de danza después del día, para no tener que pagar las clases. Eso lo hacía como tres o cuatro veces en la semana, lavando los inodoros y de rodillas restregando pisos. También trabajaba los domingos en la seguridad en uno de los estudios, chequeando la puerta.

Pero, ¿quiso tirar la toalla en algún momento?
Siempre, pero como me había tomado un año sabático, tenía un límite; además, era la única oportunidad para darle todo a mi sueño. La decisión, la ambición y la claridad que tenía de querer alcanzar algo me mantenían y me daban mucho fuego.

Comenzó a bailar tarde…
Había comenzado a los 19, en Toronto. Ya estaba grande, pero justamente eso es lo que siempre me ha ayudado, pues nunca me siento inferior, porque pienso que si trabajo y me esfuerzo, si me dedico, algo va a resultar. Eso es algo que mi papá me enseñó. Él siempre era muy positivo. Creo que en la vida uno tiene que ser realista, pero también hay que tener optimismo para alcanzar los sueños.

¿Cómo era su papá?
Tenía un espíritu muy noble, era educado, muy decente. Él creció en Florencia (Caquetá), no tenía papá, vendía periódicos cuando era muchachito y así aprendió a leer. Se levantó solito. Pienso que todos esos esfuerzos que hizo son mi ejemplo. Justo ahora pienso que es mi momento para mirar el pasado, respetar y agradecer lo que hizo por nosotros y en especial por mí; pues de no ser por él, no tendría todo lo que tengo ahora.

Sus papás nada tenían que ver con el mundo artístico, ¿cómo los convenció de dejar todo botado para perseguir lo que parecía una locura?
Siempre fueron muy confiados y respetaron mi independencia. Nunca me molestaron ni reclamaron. Sabían que, desde niñito, yo estaba enfocado y tenía mucha disciplina. Confiaban en que no me iba a meter en ningún problema. Estaba muy motivado, de la misma manera que lo estoy ahora, nada ha cambiado.

Ya en Nueva York, ¿en quién confió, quién lo impulsó para no desfallecer?
Fui muy de buenas, pues una de las primeras personas que conocí en las clases y me dio mucha confianza para que creyera fue Michael Peters [falleció en 1994], que fue coreógrafo de Michael Jackson y que luego ganó un Tony por Dreamgirls. Él me impulsó a tener coraje para aprovechar las oportunidades.

¿Cómo afrontaba los primeros rechazos en las audiciones?
Me devastaban, pero le seguía dando más duro. Cada vez que algo no me resultaba, trabajaba más duro. Al comienzo, había llegado para bailar en Broadway, pero nada me resultaba. Ya habían pasado cinco meses y los ahorros se acababan. Tenía un tiempo límite para cumplir el sueño. Además, tenía anhelos de bailar en televisión, en videos musicales. Tomé la decisión de irme para Los Ángeles. Fue muy difícil, tenía un presupuesto de cinco dólares diarios y debía decidir entre comer o pagar las clases. No conocía a nadie y allá hay que tener carro. Alquilé uno, lo que redujo aún más lo que podía gastar. Por las noches, me parqueaba frente a un hotel o cerca de los estudios donde tomaba las clases, en callecitas que fueran más seguras, para dormir en el carro, pues no tenía cómo pagar un hotel. Fui conociendo gente que me dejó dormir en el piso de sus apartamentos. Eso lo hice como por cuatro meses.

El “American Dream” se estaba volviendo una pesadilla…
No pensaba en eso, pues siempre he creído en el destino, en el don que me ha dado Dios, que es algo muy especial. Uno decide claramente lo que quiere y debe escuchar las señales que da la vida para encontrar la razón por la que ha venido aquí. No quiero sonar raro, pero mi destino ha sido este de ser bailarín, coreógrafo, director, y la vida me ha guiado lindamente.

Suena como religioso…
No, es la filosofía de la vida, del instinto. Creo que vivo muy despierto, muy realista pero también soñador, y esa mezcla me ha ayudado en mi carrera.

Sergio Trujillo

Sergio Trujillo.

Foto:

Juan Manuel Vargas

Sergio Trujillo

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Juan Manuel Vargas

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Sergio Trujillo.

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Juan Manuel Vargas

En esa medida, ¿ganar el Tony con un espectáculo en el Teatro Imperial es parte de esas señales?
Por supuesto, porque fue en el Imperial donde comencé mi carrera y donde empecé a soñar. Treinta años después de hacer mi primer show de Broadway –Jerome Robbins’ Broadway–, llegar al mismo teatro y alcanzar uno de los momentos más importantes de mi vida, es un regalo.

¿Cómo era Michael Jackson?
Lo conocí para el décimo aniversario de MTV (2003), cuando me contrataron para bailar para él. La experiencia fue un poco rarita, porque él era muy tímido, muy callado. Fue en ese tiempo que usaba la máscara y andaba con los chimpancés. Era como un extraterrestre. No teníamos mucho contacto, porque ensayaba separado de nosotros, luego entraba y ensamblaba brevemente con todo el grupo de bailarines. Fue increíble esa experiencia de verlo bailar, verlo cantar, ver su concentración y cómo de pronto sacaba todo ese fuego en el escenario.

¿Paula Abdul?
Dulce, linda, bailé bastante con ella; también la asistí en varios videos, es buena amiga.

¿Jerome Robbins?
Es mi ídolo, uno de los mejores directores y coreógrafos que han existido [murió en 1998]. Fue un camaleón, hizo West Side Story, El Rey y yo, Funny Girl. Nunca se repitió, como sí ocurría con (Bob) Fosse, que tenía un estilo muy reconocible. Para Jerome era muy importante encontrar un lenguaje, un vocabulario de baile que perteneciera a cada una de las historias que estaba contando. Eso ha tenido mucha influencia en la manera en que hago mi trabajo.

¿Robert De Niro?
Él dirigió A Bronx Tale hace tres años (también la dirigió en cine, en 1993). De Niro fue muy respetuoso conmigo porque sabía que estaba entrando al teatro musical, algo que él no conocía mucho. Tuvimos una colaboración muy buena.

A Debbie Allen la conocimos sobre todo por ser la profesora de danza de la famosa serie Fama. ¿Cómo es?
Es una de las personas más importantes en mi vida, pues me brindó uno de mis primeros permisos de trabajo y fue gracias a ella que tuve algunas de las oportunidades iniciales. La quiero mucho.

Sergio Trujillo

Creador de los bailes de algunos de los más recientes éxitos del teatro musical, actualmente tiene dos montajes paralelos en Nueva York y diez girando por todo el mundo.

Foto:

Juan Manuel Vargas

¿Michelle Obama?
Fui a la Casa Blanca a visitar a los Obama, con Gloria y Emilio Estefan [en noviembre de 2015], cuando estábamos haciendo On your Feet. Ella vino un día a mirar el ensayo, le pregunté si quería aprender a bailar conga, y aceptó. Fue un momento increíble.

¿Los Estefan?
¡Oh!, ¡los quiero hasta que ya! Gente lindísima, son muy bondadosos, cariñosos. Ocupan una gran parte de mi corazón. Son un modelo de lo que es vivir el American Dream, porque tuvieron que dejar su país, sacrificaron mucho por tener lo que tienen, son muy famosos pero son sencillos y muy honestos.

¿Qué le dijo Oprah Winfrey cuando vio Ain’t Too Proud?
Fue una gran oportunidad tenerla en el show [el 16 de mayo pasado], se puso loquísima con el espectáculo. Me dijo que yo había hecho un trabajo lindísimo, que se había conmovido, que la había hecho querer bailar.


Otro de sus éxitos es Jersey Boys, una historia de muchachos de barrio, como usted. ¿Qué tanto se inspiró en su propia vida para ponerlos en escena?
Gran parte del éxito del show es porque el público se identifica con la historia –se estrenó en 2005 y sigue en cartelera–. Fueron chicos de Nueva Jersey, italianos, de familias de pocos recursos y mira a dónde llegaron. Eso para mí es algo universal, algo que tenemos todos, el deseo de buscar el triunfo.

¿Qué debe tener una historia para que la quiera contar?
Por ejemplo, Ain’t Too Proud está basado en un grupo real, The Temptations, que nació en 1959. Estrellas del R&B que ocuparon un momento importante en la vida musical estadounidense. Nuestra historia está contada a través de Otis Williams, que es el narrador pero también el protagonista y es el único sobreviviente del grupo original. Ellos todavía están haciendo giras con nuevos integrantes. Otis nos ha enseñado mucho de cómo ser fuertes y seguir adelante. Esas son las historias que son buenas, que conmueven, porque no son ficción. Eso es lo que quiero encontrar.

Pero los musicales parecen interesar solo a la gente mayor, ¿cómo atraer a los públicos jóvenes?
Si hacemos algo muy tradicional, los jóvenes no estarán interesados como si es algo con la música que escuchan. Por eso he pensado que una opción sería crear algo con reguetón. Me gusta mucho el reguetón que están haciendo en Colombia, porque me interesan algunas letras y los ritmos.

¿Qué significa tener hoy todo el foco de atención y ser considerado un ejemplo para tantas personas?
Es interesante porque llevo treinta años en Estados Unidos, diez como bailarín y más de quince como coreógrafo. Siempre me he mantenido enfocado en mi carrera, en lo que quiero alcanzar, concentrado en mis shows y nunca he buscado la fama. Ahora lo más importante, y por eso lo he empezado a mencionar, es que siempre he querido y quiero usar mi experiencia, mi ejemplo, para inspirar a otros chicos, especialmente latinos y ojalá colombianos, para que sepan que en el arte se puede triunfar, se puede encontrar felicidad y se puede ganar dinero, se puede tener una carrera respetuosa.

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Ain’t Too Proud está basado en un grupo real, The Temptations, que nació en 1959. Estrellas del R&B que ocuparon un momento importante en la vida musical estadounidense.

Foto:

Cartel de la obra Ain't Too Proud.

También se está estrenando como papá…
Lucas Alejandro tiene quince meses y es lo más importante para mí. Jack [Noseworthy] y yo siempre quisimos tener una familia, hemos estado juntos casi 30 años; pero la duda era saber cuándo lo podríamos hacer. Ahora estoy en un punto de mi carrera, que puedo dedicarme al niño. Antes vivía esclavo de mi trabajo. Lucas Alejandro me está enseñando a tener balance.

¿Cómo celebraron el Día del Padre?
Jack tenía que trabajar y yo tenía que hacer una cantidad de vainas, también de trabajo. Entonces, tuvimos un desayuno lindo por la mañana mientras viene la celebración en unas semanas, en España, a donde nos vamos de vacaciones.

¿Cuál es la fórmula para que funcione la relación en un mundo tan frenético y lleno de vanidades como el del espectáculo?
Nos conocimos haciendo nuestro primer show, Jerome Robbins’ Broadway, y fuimos mejores amigos antes de unirnos. Jack era cantante, bailarín y actor. Ha hecho películas en cine y televisión, musicales. Lo más importante es entender los sueños de la otra persona y apoyarlos; y encontrar la manera en que siempre estemos uno al lado del otro, como fanáticos el uno del otro y para que cada cual alcance lo que quiere hacer.

‘Stop and Smell the Roses’ es una expresión muy estadounidense. ¿Ya ha tenido tiempo de oler las rosas?
Lucas me está enseñando. No tengo otra opción y es muy interesante, porque desde que me nominaron para los Tony, el último mes, antes de ganarlo, fue mi cable a tierra. Incluso el día de la ceremonia, estuve con él todo el día, y para Lucas no tenía importancia nada de lo que ocurría. Tuve toda la atención en él y eso me permitió estar tranquilo. Y cuando gané, después de las fiestas me fui para la casa y no pude dormir, pues no veía la hora de que despertara para que jugara con el Tony.

¿El arte para qué, en la vida de alguien?
Cuando estamos en el vientre materno, oímos el ritmo del corazón de nuestra madre. Eso lo primero que uno escucha, ahí comienza nuestra relación con el arte. El arte ayuda a tener un balance espiritual, es algo muy profundo. Por ejemplo, a través de mi don como artista, como bailarín, como coreógrafo, traigo disfrute a otros seres humanos. Cuando alguien viene a ver mis musicales, durante esas dos horas y media me lo llevo a un viaje, lo dejo escapar de la realidad de su vida y lo invito a soñar. El arte alivia a la gente. A mí, el arte me salvó, me enseñó a vivir.

POR DIEGO LEÓN GIRALDO
FOTOGRAFÍA JUAN MANUEL VARGAS 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 87 . JULIO - AGOSTO DEL 2019

Sergio Trujillo

Con Broadway a sus pies.

Foto:

Revista BOCAS

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