“Yo fui un niño guerrillero”

“Yo fui un niño guerrillero”

BOCAS habló con John Jairo Rodríguez, un joven que fue reclutado por las Farc cuando tenía 6 años.

John Jairo

John Jairo Rodríguez es un hijo de la guerra. A los 6 años, las FARC lo vincularon a sus filas y le pusieron en sus manos una pistola 9 milímetros.

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Pablo Salgado

Por: Mauricio Silva Guzmán
28 de julio 2019 , 06:27 a.m.

John Jairo Rodríguez tenía seis años cuando las FARC lo tentaron con dos caramelos y una promesa: “Con nosotros le va a ir mucho mejor que en su casa”. Eso fue en el 2006.

Al año siguiente, cuando apenas había cumplido 7 años de edad, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia lo llevaron a conocer el campamento más cercano a su pueblo (Curillo, Caquetá). En aquella primera visita, sin la más mínima consideración, le pusieron en sus manos una pistola 9 milímetros. Así nació su relación directa con la guerrilla y su vínculo con el conflicto armado en Colombia.

A partir de ese momento, y a lo largo de 5 años, John iba y venía de su casa al cuartel, hasta que a sus 12 años lo alistaron en las filas de las FARC, le dieron su primer fusil y lo convirtieron en guardia. Al año siguiente, “listo para la guerra”, según avisó su comandante de turno, comenzó a patrullar y a combatir.

En el campamento, John conoció a Diana, otra niña que había sido reclutada en la misma camada en la que él fue vinculado. Cuando iniciaron las pruebas de adiestramiento, juntos decidieron hacer pareja para simular las prácticas de la guerra y, como era apenas natural, para sentirse acompañados. Y se enamoraron.

John, con 13 años, y Diana, con 16, prometieron protegerse el uno al otro. Incluso, una vez empezaron a padecer los espantos de la guerra, resolvieron que tenían que escaparse. Pero no pudieron hacerlo juntos. Su historia de amor terminó mal.

Cuando tuvieron que informarles a sus superiores sobre su relación –según exigían las leyes y los códigos de esa guerrilla–, el comandante de su escuadra, que estaba prendado con Diana, los agarró entre ojos. Los castigó. Los maltrató. Los llevó al límite.

Una tarde de patrullaje en el monte, Diana le reclamó al comandante por los abusos y, a manera de sanción, envió a la niña a la cabeza del pelotón. El Ejército se los encontró de frente, y ella fue la primera que cayó en aquel combate. John la vio morir y, en medio del repliegue, no pudo recoger su cuerpo.

John Jairo

Portada 87 de la revista BOCAS.

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Revista BOCAS

Después de la muerte de Diana, John Jairo, que en ese momento tenía 14 años, tomó la decisión de desertar de la guerrilla. Y su fuga fue de película. Una noche salió a correr, lo persiguieron por horas, las balas lo rozaron, se atrincheró y logró desaparecer. Al otro día el Ejército, lo encontró entre la maleza y, desde entonces, comenzó un proceso de reinserción con altibajos.

El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) lo rescató y lo llevó a Medellín, donde, luego de su adaptación en uno de los Hogares Sustituto Tutor, no soportó la presión de la urbe y cayó en el consumo de sustancias psicoactivas. Sus protectores se dieron cuenta y lo enviaron a un centro rehabilitación, donde, a lo largo de tres meses, pudo emancipar sus fantasmas.

Con todo en su contra, y luego de soportar retraimientos –comunicarse con sus compañeros de colegio fue básicamente un lío–, de pasar validaciones escolares –al fin y al cabo, nunca había asistido a una clase formal– y de adaptarse a su nueva familia –una madre sustituta sola–, terminó su bachillerato. Hoy, orgulloso, acaba de iniciar su carrera como ingeniero industrial.

Esta es la historia de John Jairo Rodríguez, uno de los 6.700 infantes que, en lo que va del siglo XXI, ha atendido el ICBF bajo el programa de atención especializada para el restablecimiento de derechos a niños, niñas y adolescentes víctimas de reclutamiento ilícito, que se han desvinculado de los grupos armados y organizados al margen de la ley.

Este es el testimonio de un joven campesino que hoy, después de haber entregado su infancia y su adolescencia a la guerrilla, está intentando restablecer no solo sus derechos, sino sus oportunidades de vida.

Estas son las confidencias de un muchacho desvinculado, inteligente, agudo, intrépido y, sobre todo, muy valiente. La conmovedora voz de otra víctima del conflicto armado en Colombia.

Ellos me robaron la infancia. Es que se supone que debería estar jugando y no estar en una guerra a la que uno no pertenece.

¿Dónde y cuándo nació?
Nací en Curillo, Caquetá, el 15 de octubre de 2000.

¿Cuál fue el entorno familiar en el que creció?
Muy complicado, porque yo me crie con mis abuelos paternos. De mi mamá nunca supe nada, y en cuanto a mi papá, apenas lo conocí.

¿Tuvo una niñez feliz o cree que, por la zona donde nació, su infancia solo estuvo atravesada por la violencia?
No creo que mi infancia haiga [sic] sido así muy bonita que digamos, porque siempre se miraba mucha guerrilla por ahí. No tuve una niñez normal, nunca llegué a jugar con nada.

¿Cuándo y cómo empezaron a coquetearle para formar parte de las Farc?
Desde muy pequeño. Desde los 6 años. Pasaban por ahí y empezaron a decirme que, como mis abuelos me usaban para trabajar y me maltrataban, pues ellos podían darme familia para que no siguiera viviendo eso. Y usted sabe que un niño es muy fácil de convencer.

¿Cuál fue el maltrato que recibió de sus abuelos?
Me pegaban. Y como la guerrilla me daba dulces y me decían que iba a tener una vida diferente a la que estaba viviendo, pues me fui.

¿Es cierto que, inmediatamente entró a la guerrilla, le dieron un arma?
Sí. Cuando entré, primero me mostraron el campamento. Luego, a mis 7 años, me dieron una pistola 9 milímetros. Pero no me pusieron a hacer nada, era solo para conocer, para enseñarme cómo eran las cosas en el campamento. Yo iba a mi casa y de vez en cuando volvía al campamento.

¿A qué edad ingresó formalmente y cuál fue la primera tarea que le pusieron a hacer?
A los 12 años. Ahí sí me dieron un fusil, porque ya era más grande y ya tenía más fuerza. Y me pusieron a prestar guardia.

¿Había consideración o distinción de labores por ser menor de edad?
No. Allá es todo por igual. Allá toca hacer todo lo que ellos digan.

John Jairo

A los 12, le dieron su primer fusil y lo convirtieron en guardia. A los 13, comenzó a patrullar y a combatir.

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Pablo Salgado

Luego pasó a patrullar. ¿Por cuáles zonas del país anduvo?
Por Caquetá, Putumayo, Meta y Amazonía. Por toda esa zona nos movíamos. Largas caminatas monte adentro.

Entiendo que, además, tuvo a su cargo la radio.
La función del radista es darles coordenadas a las otras escuadras de por donde vamos a hacer inteligencia o los lugares que vamos a atacar. El radista informa lo que diga el comandante. Eso siempre es por códigos, y todo eso me lo enseñaron. Una responsabilidad muy grande porque si uno falla, falla todo y por eso a uno lo pueden sancionar duro. Por fortuna, nunca fallé y eso que tenía 13 años.

También hizo las veces de mensajero y encargado de llevar remesas. ¿Cómo fue esa labor?
Es que por ser niño uno pasa muchas cosas, porque un soldado de golpe no le dice “venga lo requiso”. Algunas veces pasaba remesas, algunas veces municiones. Caminaba dos o tres horas de vereda en vereda.

¿Hay alguna parte de su vida en la guerrilla que haya disfrutado?
No. Ninguna. Eso es una pesadilla. Yo fui un niño guerrillero y ellos me robaron la infancia. Es que se supone que, a esa edad, yo debería estar jugando y no estar en una guerra a la que uno no pertenece. Pensando en qué momento uno va a caer o lo van a coger.

¿Cree haber tenido una buena o una mala alimentación en la guerrilla?
No. Si solo pasábamos hambre. La comida allá en el monte es muy poca y mala. A mí me tocó matar culebra y armadillo para poder tener qué comer.

¿En cuántos enfrentamientos armados estuvo?
Muchos. Por la zona en que estaba… siempre fue que estuve en muchos.

¿Cuántas balas cree que alcanzó a disparar en su paso por la guerrilla?
Más de mil, seguro.

¿Cuál fue el día o la noche en que más sintió el horror de la guerra?
Una noche que nos bombardearon. Nosotros estábamos durmiendo tranquilamente –mentiras, tranquilamente uno no duerme en la guerrilla–, descansando, mejor, y de un momento a otro solo escuché que soltaron las bombas. Uno piensa en salir a correr, pero uno no sabe para dónde coger porque solo son explosiones. Ahí perdí a muchos compañeros. Pero no solo fue esa. Varias veces viví los bombardeos y varias veces perdí compañeros.

A mis 7 años, me dieron una pistola 9 milímetros.

¿Es cierto que usted se enamoró de una compañera?
Sí, se llamaba Diana.

¿Quién era ella? ¿Cómo se conocieron? ¿También era menor de edad?
Sí, era otra menor de edad. Ella tenía como 16 años y yo unos 13. A Diana la conocí en el campamento. Los dos llegamos casi al tiempo y cuando nos ponían a hacer el entrenamiento, pues siempre nos hacíamos los dos, y así todo empezó a fluir, ahí empezaron a darse las cosas.

¿Usted le declaró su amor?
Sí. Fue hasta chistoso porque un día que nos tocaba cocinar, yo le dije que si quería ser mi novia y, apenas me le declaré, le di el plátano que a mí me correspondía. Entonces, ella me dio su porción de lentejas y ahí empezamos. ¡Novios! Desde entonces, no nos separábamos, ella siempre iba detrás de mí. Nos protegíamos. A cualquier ruido, ella buscaba mis ojos y yo los de ella, y nos avisábamos todo.
Siempre nos cuidábamos mutuamente.

¿Tuvo que comentarles a sus superiores sobre su relación con Diana?
Sí. Allá toca avisar para hacer legítima la relación. Y lo hicimos juntos, pero al comandante no le gustó de a mucho que digamos porque él le caminaba a Diana, estaba como enamorado de ella, y por eso nos cogió bronca. A ambos nos castigaba por nada. Nos ponía a hacer guardia, a cocinar. Nos maltrataba.

¿Planearon escapar?
Claro. Nosotros planeábamos volarnos, pero todo el tiempo estábamos pensando en nuestras familias, porque si nos salíamos de allá, la tomaban contra nuestras familias. Entonces, uno termina quedándose ahí para tener a salvo a la propia familia, porque ellos las tienen bien ubicadas. Pero lo hablamos varias veces. Ambos queríamos comenzar una nueva perspectiva [sic.]. Pero no se pudo.

¿Qué sueños tenían juntos?
Ella quería tener una finca y cultivar comida. Y eso a mí me parecía perfecto.

¿Fue una mala decisión de su excomandante la que hizo que su novia perdiera la vida?
Sí, claro. Ellos tenían roces. Ese día, el comandante mandó a Diana a hacer algo y ella le reclamó y, para castigarla, él la puso a marchar a la cabeza de la escuadra. Y como ella era la que iba adelante, pues fue la primera que vieron y la primera que bajaron.

¿Usted la vio caer?
Sí. Fueron varios impactos. Yo quise ir por ella, pero no pude porque venían hacia nosotros. A mí eso me dolió mucho porque ella fue la primera novia que tuve en mi vida. Esa fue una de las grandes rabias que yo tuve contra la guerrilla, porque, por culpa de un comandante, a ella la mandaron a “frentear”, y por esas decisiones se pierden vidas que no deberían perderse. Ese día perdimos a 11 compañeros, todos jovencitos. Es que los niños y los muchachos de este país no merecemos morir por otras personas por las que no vale la pena dar la vida.

John Jairo

Niños guerrilleros pertenecientes a la exguerrilla de las Farc.

Foto:

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

¿Cómo empezó a trabajar su desvinculación de la guerrilla?
La muerte de Diana me puso a pensar: “Cómo es que yo voy a dar la vida por una persona que le hace daño a la sociedad”. También me hicieron reflexionar mucho mis hermanos pequeños, porque yo decía que no quería que ellos vivieran la vida que yo estaba viviendo en esos momentos.

¿Cuándo y cómo se escapó de la guerrilla?
Yo ya venía pensándolo. Una noche, como a las cuatro de la mañana, le pedí permiso al comandante de ir a los “chontos”, que son como los baños, y me dije: “Si no es hoy, no es nunca”. Entonces, me senté un ratico y ni lo pensé. Simplemente, arranqué a correr.

¿Sabía para dónde estaba corriendo?
No. Y por eso lo hice. Primero, porque ese día estábamos poquitos y luego porque ni yo ni ellos sabíamos dónde estábamos. Nadie conocía la zona y eso lo vi como una ventaja. Pero el guardia me vio y me hizo como dos tiros para no dejarme ir. Pero no me dio.

No eran tiros de aviso, claramente.
¡Nooo! Eran tiros para joderme, porque allá es así. Eran para herirme y para que me agarraran, porque allá no dejan ir a nadie. Pero seguí corriendo.

Y lo persiguieron, por supuesto.
Me siguieron un día entero. Las cuatro o cinco primeras horas estuvieron muy cerca de mí, porque me hicieron muchos tiros que yo sentía pasar cerca. Luego los despisté cuando crucé un río hacia el otro lado. Ahí ya no los volví a sentir. Caminé ocho horas más y luego volví a sentir gente por allá lejos. Entonces, me atrincheré y dije: “Yo me quedo aquí escondido hasta que no oiga a nadie”.

John Jairo

Niños guerrilleros pertenecientes a la exguerrilla de las Farc.

Foto:

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

¿Cómo se atrincheró?
Es que hay lomas que, de tanto llover, se les hacen cuevas. Yo me metí en una, me acosté, me eché barro encima y me quedé quietico. Y ahí me cogió la noche. Y como no sabía ni pa dónde había agarrado, entonces dejé que amaneciera. Al otro día seguí caminando, y seguí caminando, hasta que llegué a un alto donde pude ver un campamento así a lo lejos, pero yo no sabía si era Ejército o guerrilla. Entonces, me di vuelta y me fui a esconderme cuando de pronto ya estaban encima de mí, encañonándome.

¿Ejército?
Sí. Me dijeron: “Pase todo lo que tenga”. Me limpiaron y me llevaron al campamento de ellos. Y ahí empezaron a interrogarme: “¿Dónde están ubicados? ¿Quiénes son los cabecillas?”. Lo normal, lo que ellos hacen. Yo les di la información que pude, pero les pedí que me sacaran de ahí porque yo sabía que la guerrilla estaba ahí cerca.

Si lo hubiera atrapado su escuadra, ¿qué le hubiera pasado?
Me hubieran hecho consejo de guerra. Y una de las dos: o lo asesinan a uno o lo sancionan.

¿Cuál hubiese sido su sanción?
Muy extrema. Lo encadenan a uno por ahí seis o siete días, lo dejan amarrado sin darle de comer, así desnudo completamente para que lo piquen los mosquitos, haciendo ahí las necesidades. Y encima de eso, lo maltratan.

¿Usted vio eso?
Sí, varias veces, a otros compañeros.

¿A qué lugar lo llevó el Ejército?
Me pidieron el helicóptero. Me llevaron a la estación de Policía de un pueblo. Me interrogaron más. Ya me dieron ropa de civil. Y ahí amanecí. Y al otro día me sacaron para otro pueblo, donde había un hogar de paso. Ahí me tuvieron cinco días. Y como era menor de edad, ahí llegó una señora de Bienestar y la Fiscalía también. Ahí di declaraciones y luego, entonces, me trasmiten [sic] para Medellín.

Me siento muy afortunado, porque salir de la guerrilla ileso o completo es muy difícil.

¿Cómo fueron esas primeras noches en el hogar de paso apenas se desvinculó? ¿Cómo descargó toda la tensión?
Por primera vez pude dormir tranquilamente. Tampoco olvidaré que la señora del Bienestar me dijo que ahí estaban para ayudarme. Y me abrazó.

¿Primera vez que lo abrazaban?
Sí.

¿Pudo llorar?
Sí, claro. Ahí me puse a chillar.

¿Pudo más el sentimiento de libertad o el sentimiento de miedo?
De libertad y de miedo. De liberación, porque sí me sentía libre y decía: “Bueno, ya salí de esa vida y ya no tengo que estar preocupándome todas las noches en las que, en cualquier momento, me fueran a llegar o me fueran a agarrar”. Y miedo por parte de la familia, porque uno no sabe qué les vayan a hacer.

¿Le pasó algo a su familia?
A una hermana mía la desplazaron por mi salida. Le tocó irse porque la amenazaron. Pero sé que todos, por ahora, están bien.

¿Le costó su reinserción en lo social?
La verdad, bastante. Es que llevar una vida de sufrimiento, de siempre estar entre una selva, de tener unas costumbres diferentes a las que tiene la sociedad, para llegar a una gran ciudad y pasar de solo monte y animales a ver la ciudad inmensa, pues me impactó mucho. Yo miraba a las demás personas y me sentía como raro. Yo sentía que no encajaba.

¿Cuál fue su gran choque con la ciudad?
La intolerancia de la gente. Las primeras veces que me subía al bus, listo, yo dejaba pasar a la gente, pero de un momento a otro me empezaron a empujar y a meterme así a la brava, y yo decía “Pero deberíamos como colaborarnos entre nosotros y no atacarnos”. Porque, por ejemplo, en los pueblos de donde yo vengo, todo el mundo se saluda, uno le pide un favor a alguien y se lo hace. En la ciudad, uno pregunta la hora y creen que uno los va a robar.

John Jairo

En un enfrentamiento con el ejército, perdió a su novia. A los 14, en una fuga de película, se escapó de la guerrilla.

Foto:

Pablo Salgado

¿Por qué y cómo terminó consumiendo sustancias?
Porque tenía marcada la vida que llevaba allá y lo que hice fue refugiarme en eso; para salirme de la realidad y no estar pensando siempre lo mismo y todo lo que me tocó vivir. Pero fue una mala decisión porque, al final, me perjudicó, ya que, cada vez que volvía a eso, me hacía recordar más cosas; cada vez consumía más y, en lugar de olvidarlas, me las acordabas más.

¿Qué sustancia?
Creepy [marihuana genéticamente alterada]. Ahí la conseguí en el colegio. Me dijeron que era bueno para olvidar, y yo dije: “Bueno, la pruebo”.

¿Cómo y cuándo se dieron cuenta de que usted estaba enganchado con esa sustancia?
Pues de pasar de ser un muchacho humilde, al que le decían haga tal cosa y yo la hacía, pasé a ser un rebelde. Ya no hacía caso, respondía a las personas que me decían algo y ya en el colegio no rendía. No hacía nada. Y encima, me empecé a poner agresivo.

Por cierto, ¿cómo fue esa experiencia de entrar a un colegio y compartir con compañeros citadinos?
Muchas diferencias. La forma de ser de ellos. La forma de hablar. Luego, también, me dio duro ver que a ellos los recogía la mamá en el colegio, y a mí, nadie.

¿Cómo lidió con su nivel escolar? ¿En la guerrilla tuvo algún tipo de educación? ¿Algo de matemáticas, español, ciencias…?
No, nada. Allá solo practican la guerra. En el colegio me pusieron a validar. A regular por ciclos. Dos ciclos en un año.

¿Le gustó alguna materia?
La biología, por los animalitos.

Yo le diría al presidente Duque que si quiere judicializar a los cabecillas, o lo que quiera, pues bien, pero que piense en las víctimas que vienen detrás. Sobre todo los menores...

¿Cómo dejó la marihuana?
Me internaron en una institución de rehabilitación. Trabajé con terapeutas que me decían que la decisión del cambio está en uno mismo y, cuando vi cómo llegaban otros muchachos, dije: “Yo no quiero estar así toda mi vida. Yo quiero salir adelante a pesar de todo lo que haiga [sic] vivido”. Yo sé que uno queda marcado, pero uno también tiene que superarse.

¿Cuánto tiempo duró su rehabilitación?
Tres meses.

¿Hoy es otro?
Sí, me siento muy diferente, la verdad.

Su historia parte de una ausencia del Estado en la zona en la que nació, pero toda su reinserción se está dando gracias al Estado. ¿Cómo ve hoy esa contradicción?
Pues está claro que si el Ejército y la educación no llegan a zonas apartadas, pues los grupos ilegales las agarran y comienzan a mandar en todo. Yo pido más presencia del Estado, que estén atentos de la gente, porque hay territorios desolados. Ahora, yo sí le agradezco mucho al Estado y a todas esas modalidades que tienen para acoger a todos esos muchachos que salen del conflicto. Doy gracias porque, a pesar de todo, lo hacen cambiar a uno de lo que le enseñan a uno allá en la guerrilla y, lo más importante, nos dan las oportunidades de estudiar, de hacer una carrera. A mí me van a ayudar con la universidad.

¿Qué va a estudiar?
Ingeniería industrial. Acabo de empezar.

Si pudiera volver a su pueblo, ¿qué le gustaría hacer allá?
Yo no volvería allá. Eso sigue siendo zona roja.

¿Añora algo?
Los animales. La paz que tiene el sonido allá, no la otra paz, no, esa no existe; hablo del sonido de los pájaros, eso me tranquiliza. En la ciudad es carros por todos lados, pitos por todos lados. Eso me desespera.

¿Ha superado su pasado?
En cierto modo, sí. Uno queda marcado, porque a mí me robaron la infancia y la infancia no se da dos veces, solo se tiene una. Pero sí lo superé porque he salido adelante. Y sé que puedo convivir con ese pasado. Para mí, esto es como una experiencia, como un aprendizaje para poderles decir a otros muchachos: “Mira, estos errores no se pueden cometer”.

John Jairo

El ejército y el ICBF lo rescataron y trasladaron a Medellín. Sin embargo, no soportó la presión y cayó en las drogas. Se rehabilitó, terminó su bachillerato y hoy iniciará su carrera profesional.

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Pablo Salgado

¿Lo han buscado sus victimarios y/o se ha sentido revictimizado?
Una vez sentí que me estaba siguiendo un man, un tipo que me miraba y me miraba y esas rarezas; y por eso me cambiaron de hogar.

¿Se considera un afortunado, teniendo en cuenta la cantidad de casos de compañeros suyos que terminaron mal?
Me siento muy afortunado, porque salir de la guerrilla ileso o completo es muy difícil. En cambio, hay muchachos que no pueden salir de ese mundo y les toca quedarsen [sic] allá o pierden la vida intentando salir.

Sé que, además, perdió a un amigo en un intento de escapada.
Sí. Un compañero con el que teníamos muchos afectos. Él se intentó ir y, pues, en el camino dijeron: “No se sabe qué pasó”. Pero yo estoy seguro de que lo mataron, porque en la guerrilla hay rumores y siempre se sabe qué pasó. Al final, de una y otra manera, nos hacen saber qué pasó.

¿Vio a muchos menores de edad en la guerrilla?

Sí, bastantes. Unos porque querían, otros obligados, otros sobornados.

¿Cuál era el porcentaje de menores de edad en su escuadra?
Si una escuadra son ciento y algo de personas, yo puedo decir que por ahí la mitad éramos menores de edad.

¿Qué sintió cuando vio que Rodrigo Londoño, entonces conocido como Timochenko, firmó la paz con el expresidente Santos en noviembre de 2016?
Lo primero que pensé fue: “Finalmente se va a acabar el reclutamiento de menores”. Y me alegré mucho. Pero luego he visto que no le han puesto mucho interés a eso.

¿Qué mensaje le enviaría al presidente Duque con respecto al manejo del proceso de paz?
Yo le diría que no piense solo en los cabecillas, sino que piense más en nosotros, porque si se acaba el proceso de paz va a seguir la violencia. Que si quiere judicializar a los cabecillas, o lo que quiera, pues bien, pero que piense en las víctimas que vienen detrás. Sobre todo los menores, porque sin tratado de paz, los menores van a seguir yendo a la guerra, participando en conflictos y perjudicando a la sociedad. Que piense mucho más en las víctimas que dejó todo eso que son las FARC.

¿Y qué mensaje les puede enviar a los colombianos que, de alguna manera, sienten estar alejados del conflicto?
Que colaboren con la paz. Que apoyen a los que decidimos entregarnos. Que sepan que la paz inicia en el hogar, un hogar no tuve. Eso no más.

POR MAURICIO SILVA GUZMÁN
FOTOGRAFÍA PABLO SALGADO Y HÉCTOR FABIO ZAMORA 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 87 . JULIO - AGOSTO  DEL 2019

John Jairo

“Yo fui un niño guerrillero”.

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Revista BOCAS

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