Carácter gráfico

Carácter gráfico

BOCAS conversó con una de las pioneras del diseño gráfico en Colombia: Marta Granados. 

marta granados

Desde su primera exposición individual (“Diseños”, en 1972), Marta Granados se convirtió en uno de los grandes emblemas del diseño gráfico en Colombia.

Foto:

Natalia Hoyos

Por: Adriana Restrepo
26 de agosto 2019 , 04:06 p.m.

Marta Granados es la cartelista más importante de Colombia. Es también la única sobreviviente de una generación de leyendas. Nació en Duitama, Boyacá, en 1943, y después de estudiar diseño en Bogotá, entendió que necesitaba del mundo que aún no había visto, pero que intuía enorme. Viajó a Francia, a Polonia, a Inglaterra, a Japón; vivió de cerca la revolución del 68 en las calles de París, lavó platos para sostenerse, se alimentó de música, de arte, de cultura, y regresó. Lo hizo porque quería enseñar a los jóvenes (duró más de 30 años en las aulas) todo aquello que había visto y oído, cuántos matices podía ofrecer a ese nuevo oficio. Pero también regresó porque este era su lugar. Estaba destinada a hacer historia en Colombia.

Su primer gran momento lo tuvo en 1983, cuando el Museo de Arte Moderno de Bogotá y OP Gráficas la invitaron a una exposición, junto a Dicken Castro y David Consuegra, dos nombres que despertaban el interés del público. Fue un hito: uno de los recintos más importantes del arte le abría las puertas al diseño por primera vez. El país entendía que lo que se estaba cocinando en ese momento era mucho más que un buen logotipo. Granados, Consuegra y Castro lo confirmaron y despejaron el camino a nuevas generaciones. Marta lo hizo con una serie de carteles que llamó “Colombia es”, en la que con colores primarios y líneas sencillas habló de las riquezas del país: agua, energía, verde, fauna, libertad. Luego vinieron sus trabajos emblemáticos para el MamBo, el Festival Iberoamericano de Teatro, el Camarín del Carmen o el Museo Nacional, entre muchos otros. Vinieron también las bienales en los cinco continentes, los libros y los premios internacionales. La diseñadora reinterpretó los grandes momentos culturales del país durante los últimos cuarenta años. A su manera, con optimismo y poesía, registró la Historia.

Marta Granados ha sido talentosa, visionaria, emprendedora y trabajadora incansable. Se consagró como nadie a una carrera profesional a la que le dio forma. Y ha mantenido con orgullo la misma bandera: llevar al mundo una imagen amable del país. En un homenaje merecido a su labor (que hizo en solitario y siempre lejos de los reflectores), el Museo Nacional compró hace un par de años ocho de sus piezas más emblemáticas y las expuso durante los meses de julio y agosto del 2019 con el título “Los colores de la identidad”.

En su momento, el arte estaba en furor y el diseño, en cambio, no existía. ¿Por qué eligió el segundo?
Yo nací en Duitama, Boyacá, pero terminé mi bachillerato en el colegio Santa Clara de Bogotá, interna. En el sexto año, solo tenía dos opciones, porque tenía claro que no sería ni matemática ni financiera. Entonces, podía estudiar secretariado bilingüe, que se usaba mucho para las mujeres, pero me parecía horrible, o algo que me ayudara a explotar mis gustos artísticos. Hoy pienso que hubiera sido muy interesante haber estudiado Bellas Artes en la Universidad de los Andes, pero en ese momento terminé estudiando Arte y Decoración Arquitectónica en la Pontificia Universidad Javeriana por un factor absurdo. Era muy jovencita y muy inexperta y pensaba que la Universidad de los Andes quedaba muy lejos.

¿Fue mala estudiante en el colegio?
Las materias que no eran sensibles, como arte y pintura, eran muy extrañas para mí. Digamos que no fui la mejor bachiller, pero logré salir. Ya en la universidad sí empecé a hacer mi estudio seriamente, porque me gustaba.

Después sí pasó a la Universidad de los Andes…
Sí, cuando estaba en el año de la tesis una compañera me habló de un profesor fantástico de diseño que acababa de llegar de Estados Unidos y estaba dando clases en los Andes. Era David Consuegra. Además, a mi tío Jaime Villarreal, que era decano de estudiantes de los Andes, le debió parecer terrible que yo me quedara en ese nivel, así que me sugirió que entrara a la universidad. Y fue así como
me vinculé.

marta

En 1983, cuando el Museo de Arte Moderno de Bogotá hizo la primera muestra de diseño, su trabajo no solo brilló sino que ayudó a abrirles el camino a las nuevas generaciones.

Foto:

Natalia Hoyos

¿En los Andes tuvo entonces su primer acercamiento con el arte?
Sí, dichosamente al llegar allí descubrí un medio que me llenó por completo, que me enamoró: el arte, la literatura, la cultura, las exposiciones. Tuve la oportunidad de conocer de cerca a Marta Traba, quien estaba empezando con el Museo de Arte Moderno. La ayudé en las labores que ella hacía allí. ¡Qué maravilla todo lo que me sucedía en ese momento! Me di cuenta de que yo estaba para algo más.

Antes de llegar a los Andes, ¿cómo imaginaba que sería su vida?
Que yo salía de ahí y me iba a una oficina de arquitectos para ser dibujante. Ese era mi destino, y me gustaba. Era correcto y seguramente me hubiera ido bien. Pero al entrar a los Andes y abrirse ante mí la magia del Museo de Arte Moderno, de las clases de pintura con el maestro Juan Antonio Roda, todo cambió. Era un mundo floreciente, vibrante y todos los que estaban a mi alrededor lo estaban viviendo y se encontraban igualmente sorprendidos y fascinados. Sentí entonces la necesidad de conocer el mundo, que ya sospechaba inmensamente grande.

Y estando tan feliz, ¿por qué no se quedó en la carrera de Bellas Artes?
Pues es que todo era tan sofisticado: la literatura, las exposiciones, los artistas. ¡Y yo tan provinciana! No estaba fogueada. Era difícil para mí. Además, Consuegra abrió un taller de diseño gráfico y yo preferí salirme de ese mundo tan elegante y complejo de las Bellas Artes. David me ayudó a terminar mi tesis para la Javeriana, y me la laurearon. Claro que no sé si eso sí quedó en letras de molde o no.

Luego llegó su viaje a París, su primer gran destino.
No conseguí una beca, así que pedí un préstamo y me fui a París. Era, por supuesto, la primera vez que me subía a un avión porque éramos boyacenses y nuestras vacaciones no pasaban de Duitama y Nobsa, donde teníamos una finca. No habíamos ido ni siquiera a Tunja. Mi papá no era viajero y ¡uy!, de pronto yo en esas. Salieron mis cinco hermanos, mamá, papá y mis tíos a despedirme porque, claro, era un viaje largo, lejísimos, donde no tendríamos comunicación alguna. Pero a mí la intuición me decía que había algo grande esperándome.

¿Cómo fue la llegada? ¿Le dio duro?
Durísimo. No sabía ni qué hacer con el pasaporte, pero me ayudaron hasta que llegué a la residencia donde se suponía que me hospedaría. Allí me dijeron: “No, no, no”. Yo hablaba algo de francés, pero tenía cero experiencia en viajes; además, solo tenía 22 años y no conocía a nadie. ¡Estaba muy asustada! Finalmente me dieron la dirección de un hotelito y me fui para allá, caminando, con mi maleta enorme. Alquilé la habitación del último piso porque era la más barata. Recuerdo que era un hotel de cinco pisos y tapetes rojos. Yo tan asustada como estaba, no sabía si había llegado a un prostíbulo. Y ahí sí pues el dolor. Sola. Lejos. Lloré como loca.

¿Pensó en devolverse?
Sí, pero al rato me sequé las lágrimas y salí a caminar. Era agosto y había luz hasta bien entrada la noche. Era un fenómeno nuevo para mí. El aroma de esa ciudad, el aire tibio, la luz que había. Era otra cosa. Caminé sin parar toda esa tarde. Dos semanas después empecé a estudiar francés en la Alianza Francesa y entré también a la Escuela Nacional Superior de Artes Decorativas. Eran los años sesenta y todavía había rastros del sufrimiento de la guerra y las construcciones no tenían ese confort moderno, pero nada importaba. Para mí estar en París era lo más grande que me había pasado, y lo aprovecharía.

¿Cómo fue su vida en París?
Dejé el hotel, que por fortuna resultó no ser ningún prostíbulo. Y la Alianza me ayudó a buscar un lugar donde vivir. Me ofrecieron una habitación en la casa de una señora muy fina y muy parisina, cuya sobrina había vivido en Argentina. Eso me gustó. Como era estudiante tenía un carné que me permitía ir a cine, exposiciones y teatro. Andaba encantada. Luego, claro, llegaba tarde al apartamento de la señora y me tocaba en puntitas, porque el piso chirriaba, pero eso sí, yo era muy bien educada. En mi segundo año, después de pasar unos meses en Italia, ya no pude renovar mi contrato con la señora, pero me ayudó a que su sobrina me alquilara una buhardilla en un edificio muy bueno. Y acordamos que me permitiría bajar para bañarme en su apartamento dos o tres veces por semana.

En 2014 formé parte de una selección de 40 diseñadores del mundo para rendir un homenaje al cartel. Fue una machera. Yo no podía creer tener mi cartel ahí

¡¿Y cómo le fue con eso?!
Ya pedir bañarme era mucho. Ella era muy fina y llegar uno a esa tina era un poco intimidante. Era el refinamiento francés absoluto. Tanto que su esposo había formado parte del gobierno de Charles de Gaulle. Entre las muchas cosas que aprendí de ella fue que me faltaba cultura. Así que me inscribí en unos cursos de La Sorbona. Pero justo en ese momento estalló la Revolución del 68, entonces se hizo difícil asistir a clases. Uno solo iba a la universidad para oír las arengas de “prohibido prohibir”. Me acuerdo cómo sonaban en las noches las sirenas de las ambulancias, porque tienen un sonido muy particular. Muchas veces me encontré en medio de las peleas, pero siempre hubo un sentido de responsabilidad. Aun estando en medio de ese bochinche, uno no tenía miedo de que le metieran un cuchillo o le dispararan.

¿Tuvo que abandonar Francia?
Viendo cómo estaba la situación, se me ocurrió ir a Londres para aprender inglés. Me fui como au pair; es decir, para ayudar con los servicios domésticos. Pero, la verdad, yo era muy inexperta en esas labores. No sabía ni hacer pastas. Se dieron cuenta los señores de la casa y me ayudaron bastante para que no me tocara tan duro. Entonces, en las mañanas los ayudaba con los niños, en la tarde iba a mis clases y en la noches lavaba los platos.

¿En qué momento decidió volver a Colombia y dedicarse a hacer historia como diseñadora gráfica?
Tenía que pagar el préstamo, así que regresé después de tres meses en Londres. Volví en un barco, que era lo más exótico. Pasé fantástico en ese viaje porque hice amigos. Era una época en la que a los europeos de izquierda les gustaba venir a conquistar América Latina. Llegué con un baúl gigante, que pesaba una tonelada. Fue un viaje de 15 días hasta llegar a Cartagena, donde me esperaban mis papás. ¡El golpe fue durísimo! Sobre todo cuando llegué a Duitama de nuevo. ¡Casi me muero! Regresé pronto a Bogotá y me vinculé con la Universidad Jorge Tadeo Lozano, donde estaba arrancando la carrera de diseño gráfico y tenía profesores muy reconocidos como Luis Caballero y David Consuegra. Estaba tan entusiasmada y venía con tantas ideas y matices, que me encariñé muchísimo con los estudiantes y las clases, pero suscité envidias y me sacaron. Me uní a un movimiento laboral inconforme que había en ese momento, pero no logré nada. La verdad es que me dio mucho dolor porque me gustaba lo que hacía.

Pero para ese entonces, usted ya había empezado con su trabajo independiente, ¿o no?
Sí, aunque empecé a trabajar como docente en la Universidad Nacional, donde estuve más de treinta años. Había entendido que tenía que tener mi obra personal y estaba haciendo cositas. Mi primera exposición individual la presenté en el Centro Colombo Americano en 1972. Fue una exposición de diseño; así fue catalogada.

Perdón la insistencia. Cuando uno mira sus carteles, ¿dónde debe pararse para entender que es diseño y no arte?
Un cartel está en función de algo más. Está hecho para comunicar algo. En mi caso, siempre he buscado entregar algo bello y no más horror. Pero nunca aprendí gran dibujo. No hice esa escuela. Mis elementos eran el color, la forma, el equilibrio, la estética, lo sensible, pero no una gran técnica.

Sin embargo, usted firma sus piezas…
Sí, porque es una batalla que he querido pelear. Los diseñadores siempre son anónimos, nadie les da su crédito. Al fotógrafo se le da, al artista se le da y ¿quién piensa en el diseñador? Por eso he pedido siempre que se reconozca mi trabajo.

¿Siempre trabajó de manera independiente o lo hizo para alguna agencia de publicidad?
Intenté trabajar en agencias, pero no pude, no me salía nada bien, me bloqueaba. En la vida he sostenido que la publicidad hace mucho mal. Fíjese, con el artista Santiago Cárdenas y otra gente muy sensible que trabajaba entonces en la Universidad Nacional teníamos la misma inquietud y logramos cambiar el nombre de la carrera. Se llamaba Diseño Publicitario y se quedó Diseño.

Sus trabajos más conocidos siempre fueron los de cultura: los carteles de películas (como el famoso cartel de Rodrigo D no futuro, de Víctor Gaviria), los afiches del Festival Iberoamericano de Teatro, los libros para el Museo Nacional, para Santillana…
La primera en creer que yo podía tener madera para esto fue Isadora de Norden, quien dirigía la Cinemateca Distrital. En 1973, ella me pidió un afiche sobre los clásicos del cine mudo. Me quedó muy bonito. Entonces, ella le contó a Gloria Zea, que ya dirigía el Museo de Arte Moderno, y esta me propuso hacer el primer catálogo del museo. Gloria quedó muy entusiasmada porque le hice un objeto con volumen, bellísimo. Sentía que la vida me estaba llegando a la mano y que debía darlo todo. Le juro que de los 1.000 trabajos que hice, nunca hice uno por salir del paso. Por eso tuve siempre a mi lado personas que creyeron en mí, como Gloria Zea, Fanny Mikey, Marta Traba y el presidente Belisario Betancur. Nunca tuve grandes contratos, pero siempre pude trabajar muy cómodamente.

marta

Su importancia se consolidó con carteles sobre el cine colombiano, el Festival de Teatro, y con sus obras geométricas, abstractas y coloridas, logró plasmar un imaginario total sobre el país.

Foto:

Natalia Hoyos

Hay un momento icónico para Colombia, porque es la primera vez que se reconoce el diseño como un arte digno de grandes museos…
Sí, en el año 1983 el Museo de Arte Moderno de Bogotá, junto con OP Gráficas, quiso abrirle las puertas al diseño gráfico. Nos llamaron a Dicken Castro, a David Consuegra y a mí, y nos entregaron cuatro pliegos para que hiciéramos lo que quisiéramos. ¡Qué gran oportunidad! Tenía una obligación conmigo misma, sabía que tenía que hacer algo muy especial. Para ese momento, el presidente Betancur empezó a inculcar la necesidad de una identidad nacional, que la gente se sintiera orgullosa de su país. Yo no tenía ninguna cercanía con él, pero entendí ese mensaje. Así que con mis conocimientos conjugué el tema cromático de la bandera y fui hilando poco a poco, hasta que llegué a los ocho carteles iniciales de la serie “Colombia es”. Estaba diciendo pura verdad porque Colombia es verde, fauna, agua, aves. Ese fue mi momento, mi gran noche. Se hizo evidente cuánto podía trabajar por el diseño en el país.

¿Qué vino después?
Me llamaron de la Presidencia de la República. Belisario Betancur me citó un día a las ocho de la mañana en Palacio. Me vestí lo mejor que pude, con un vestidito de Guatemala. Llegué y me encontré con ese señor tan formal, sentado en su escritorio, oyendo música folclórica. Y me dijo: “Bueno, Marta, ¿qué quiere?”. Yo le contesté: “Presidente, quiero que esos afiches rueden por toda Colombia”. Y así fue. También se hizo un libro.

Hizo logotipos, catálogos y otras cosas, pero lo que realmente la hizo grande fueron los carteles. Los llevó por el mundo, a bienales en tantas ciudades, ganó premios, ha sido jurado…
¿Sabe dónde descubrí eso? En Polonia. El cartel de la posguerra fue muy importante, era su mayor forma de expresión, era el alma de ese país y el mundo entero aprendía de ellos. En el año 1986 logré que la Bienal de Polonia escogiera dos de mis carteles. Para ese entonces era la línea dura del gobierno polaco, que todavía era comunista. Caminé por las calles de Varsovia, con sus tiendas cerradas, conocí a grandes artistas y me llevé una lección estética muy importante: el mundo es más grande, vamos a jugarle a eso. Desde entonces empecé a mandar mis carteles a Finlandia, a Estados Unidos, a México muchas veces, a Irán. Además, vendía el alma al diablo con tal de ir a acompañar mis carteles donde fuera. Quería mostrar que en Colombia se podía hacer un trabajo fino, bonito. También ayudé a traer a grandes personalidades a Colombia. Gracias a mi interlocución, aquí estuvieron Alain Le Quernec, el famoso cartelista francés; el finlandés Pekka Loira e Iván Chermanyeff, dueño de la oficina de diseño más importante de Nueva York.

¿Por qué Japón fue tan importante para usted?
Japón es otro capítulo importante. Cuando viajé a ese país lo hice sobre ruedas. Me hospedé en la embajada, me recogieron en el aeropuerto y me llevaron a conocer a grandes estrellas del diseño. En mi opinión, los diseñadores japoneses son tan
perfeccionistas que son incluso mejores que los artistas. De ahí llegué resuelta a hacer un libro con la recopilación de mi trabajo. OP Gráficas se lanzó a hacer el libro y Gloria Zea, una exposición individual. La inauguraron el presidente Betancur y el alcalde Jaime Castro.

Hablemos de la animación.
Volví a Londres, en un momento en que era muy consentida por el medio. El gobierno británico salió a recibirme y fui muy feliz. Durante ese año aprendí animación cinematográfica y asistí a varios festivales internacionales. Era, por supuesto, una forma de animar muy diferente a la de ahora. En ese entonces se hacía en un taller, con papeles recortados. Era una cosa muy bonita. Al regresar a la Nacional, después de la licencia, dicté clases de animación, pero al final me vi envuelta de nuevo en mi trabajo gráfico, que era mucho más conocido, y ahí me quedé.

Ha hablado de su vida entre la élite de la cultura aquí y en el mundo. Tuvo la oportunidad de tener relación con personajes muy sensibles. ¿Cómo fue su vida sentimental?
Tuve muchos novios pero todos utópicos. Uno quiere a la gente, tiene la ilusión del amor, pero la verdad, yo estaba comprometida ciento por ciento con mi trabajo. Ahí siempre me sentí capaz. Era mi feudo y lo manejaba bien. Los amores los miré un poco de reojo, sin saber muy bien qué tocaba, por eso nunca me casé. No hubiera servido. Eso sí, tuve relaciones que me nutrieron mucho. En Londres tuve un gran amigo músico que tocaba la viola, era generoso y sensible. Fue una de esas relaciones sin compromiso, pero de las que se obtiene una amistad tan bonita. Lástima, me sentí tan dueña y responsable de mi trabajo que descuidé otras cosas.

Los diseñadores siempre son anónimos, nadie les da su crédito. Al fotógrafo se le da, al artista se le da y ¿quién piensa en el diseñador? Por eso he pedido siempre que se reconozca mi trabajo

Tengo entendido que es amante de los carros lujosos. ¿Es cierto?
No tanto así. Cuando murió mi mamá, me quedaron tres pesos y como soy tan poco práctica, más bien como de otro planeta, se me ocurrió comprar un Alfa Romeo que estaba en exposición. En eso se me convirtió la herencia, pero fue la cosa menos inteligente que pude hacer.

No podemos dejar de hablar nuevamente de Francia. Pero esta vez con su entrada triunfal en los Campos Elíseos en el 2014 con la exposición “Célebrer Paris”.
Francia siempre ha sido importante en mi vida. En 2006 fui invitada a Echirolles, al festival “Nueve mujeres, nueve latitudes”. Fue emocionante porque pude exponer 23 de mis mejores carteles en una retrospectiva de mi trabajo. En 2014 formé parte de una selección de 40 diseñadores del mundo para rendir un homenaje al cartel. Fue una machera. Yo no podía creer tener mi cartel ahí (una propuesta geométrica con la pirámide del Louvre atravesada por rayos de luz) en medio de los Campos Elíseos. Me tomaba fotos, una y otra vez. Fue mágico.

Muy importante también es la adquisición que el Museo Nacional hizo de su serie “Colombia es”. Además de haberla expuesto al público…
Sí, eso ha sido fantástico. Hace un par de años adquirieron la obra y yo estaba feliz porque no me lo esperaba. Pasó el tiempo y, de pronto, sin pedirlo, me propusieron que les prestara los bocetos de la serie para una exposición que estaba enmarcada en el Bicentenario del país. Esto ha sido muy reconfortante: verme en el Museo Nacional y saber que ahí quedará mi obra para siempre.

¿Cómo es su trabajo actualmente?

Cada vez tengo menos. Estoy tan resentida con los gobiernos, ¿cómo es posible que no apoyen el cartel? No es que haya mucha gente haciéndolos. No pido que yo deba hacer todo, pero ni los hago yo ni los hacen otros. ¡Es una lástima! Me dolió mucho que en las jornadas de Francia Colombia no hubiera un cartel. Yo lo pedí, pero prefirieron quedarse con nada. El diseño está siendo ignorado. Ahora se cree que el computador hace todo o que la gente no es sensible, pero no, la gráfica es importante, es un testimonio de un quehacer cultural. Colombia hace danza, hace teatro, hace cine y ¿dónde está el registro de todo eso? ¡En la gráfica!

Hablando del computador, ¿cómo ha sido su paso hacia lo digital?
No soy ciento por ciento digital. No puedo y tampoco me gustaría, pero hago mucho trabajo de taller, con recortes y pintura, y luego alguien me ayuda a pasar eso al computador. Ahí empieza un proceso de corrección larguísimo hasta lograr un grado de perfección que antes no se podía. Algo que sí respeto y siempre inculqué en mis estudiantes es el proceso de búsqueda. Si uno no acepta que tiene que sentarse, serenarse y empezar un proceso, nunca tendrá un buen resultado. Hay que depurar mucho antes de llegar a la meta.

Usted va un paso adelante de todos. ¿Qué viene?
Sueño con hacer una gran exposición con 100 de mis carteles. ¿Qué dejaría dicho? Que los carteles en Colombia tienen un alto nivel estético, que tienen vida propia y que son un testimonio del país. Una bandera que me parece importantísima es seguir recreando a Colombia en términos bonitos, en vez de seguir registrando la muerte. Quiero también rescatar el cartel. Que Colombia lo retome, porque un cartel no es una fotografía bonita con un título ni tampoco una obra de arte con un título. Puede ser muy valiosa la pintura pero eso no es un cartel. Estoy segura de que Botero estará de acuerdo conmigo.


POR ADRIANA RESTREPO
FOTOGRAFÍA NATALIA HOYOS 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 88 . AGOSTO - SEPTIEMBRE DEL 2019

Descarga la app El Tiempo. Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias. Conócela acá

Empodera tu conocimiento

Sal de la rutina

Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.